miércoles, 3 de enero de 2024

 EL PIE Y LA PASION DE CRISTO EN LA PINTURA

SABANA SANTA

Excavaciones arqueológicas.

El suplicio de la cruz es de origen oriental, y los griegos, egipcios y romanos lo recibieron de los fenicios, persas, asirios y caldeos.

Alejandro Magno heredó tal práctica de los persas que la emplearon sistemáticamente en el siglo VI a.C.

Se cree que fueron los fenicios los que la introdujeron en la capital del imperio itálico tres siglos después.

Otros académicos postulan que fueron los cartagineses los referentes que inspiraron a los romanos en este modo de ajusticiamiento, creencia compartida con Gualdi y el resto de investigadores, quienes consideran que los romanos la usaron durante casi un milenio hasta que el emperador Constantino la prohibió en el siglo IV d.C.

Constituye la forma de muertes más inhumana, suplicio infamante (servile suppliciun), por lo que el imperio romano la reservaba para los peores criminales, los esclavos, los extranjeros, los prisioneros de guerra, los enemigos del Imperio.

Se conoce que, en la rebelión de Espartaco, en el 71 a.C, se crucificaron a más de 6.000 prisioneros. Espartaco era un esclavo de origen tracio, de la tribu medos, con probable localización en la región de influencia de Macedonia. Junto a otros esclavos gladiadores, idearon un plan de escape que desembocó en un estallido en toda la península. Se les unían esclavos fugitivos de todas partes, conformándose de esta manera un gran ejército formado por hombres, mujeres y niños que, sorprendentemente, constituyó una combinación que demostró repetidas veces su capacidad para resistir y superar al equipado y entrenado ejército romano, las cualificadas legiones. Tras numerosas victorias, y a punto de obtener la libertad cruzando los Alpes, regresaron para sitiar Roma. La guerra acabó finalmente en 71 a. C.

Flavio Josefo escribe que en el asedio a Jerusalén los romanos crucificaban diariamente a quinientos prisioneros judíos frente a las murallas para intimidar a los que resistían: “Eran tantas sus víctimas que no tenían espacio suficiente para poner sus cruces, ni cruces para clavar sus cuerpos”.

Retrato (ficticio) de Josefo que aparece en la traducción de su obra elaborada por William Whistonde 1817


El sitio de Jerusalén del año 70 d.C.    fue un acontecimiento decisivo en la primera guerra judeo-romana, que finalizó con la caída de Masada en el año 73. El ejército romano, dirigido por el futuro emperador Tito, sitió y conquistó la ciudad de Jerusalén, que había estado ocupada por sus defensores judíos desde el año 66. La destrucción del Templo de Jerusalén es lamentada anualmente durante la festividad judía Tisha b´Av, a finales de agosto, y aparece en el Arco de Tito de Roma donde se representa y celebra el saqueo de Jerusalén y del Templo.

Según las fuentes históricas antiguas, los condenados nunca llevaban la cruz completa, como se cree comúnmente y se representa artísticamente; en lugar de esto, trasportaba solamente el travesaño horizontal o Patibulum, mientras que el palo vertical o Estipe se dejaba en un lugar permanente donde era utilizado para las ejecuciones posteriores. 

Por otra parte, sabemos por Josefo que, durante el primer siglo, la madera era tan escasa en Jerusalén que los romanos se vieron obligados a viajar a diez millas de Jerusalén para obtener la madera para sus máquinas de asedio. 

Por lo tanto, se puede suponer razonablemente que las escaseces de la madera pueden haber sido expresada en la economía de la crucifixión en el que el travesaño, así como el montante sería utilizado en varias ocasiones.

Campo de Crucifixión

A pesar de estas múltiples crucifixiones romanas no existe gran documentación arqueológicas sobre las mismas.

Excavaciones arqueológicas de  Giv’at ha-Mitvar, al norte de Jerusalén.

En 1968, unos constructores trabajaban en   Giv’at ha-Mitvar, un barrio judío en el norte de Jerusalén, y accidentalmente encontraron un gran cementerio judío del periodo del Segundo Templo, del siglo II a.C al año 70 d.C.

En total se trataba de los restos de 17 individuos de dos generaciones de una misma familia. Gente de cierta importancia y con recursos, porque no todo el mundo podía permitirse unos osarios como estos. 

Este esqueleto hallado en 2007 muestra evidencias que podrían indicar una crucifixión, pero no pudo demostrarse hasta ahora (Springer-Verlag GmbH)

Uno de ellos contenía los huesos de un tal “Simón, constructor del Templo”, quizá un albañil o un ingeniero que trabajó en la reconstrucción del Templo de Jerusalén realizada por Herodes el Grande. Otro albergaba los huesos de “Jehonathan, el alfarero”. Cinco de los miembros fallecieron con menos de 7 años y solo dos alcanzaron los 50. Un niño murió de inanición y una mujer fue asesinada de un mazazo en la cabeza.

Uno de los hombres había muerto en la cruz en el siglo I y uno de sus talones estaba todavía atravesado por un clavo. 

Se trataba de “Jehohanan, hijo de Hagkol”, según indica la inscripción que lo identifica. 

Medía 167 centímetros, no era especialmente musculoso, no parece que hubiese realizado trabajos que requirieran esfuerzo físico y tenía entre 24 y 28 años. 

Tzaferis descarta que fuera un ladrón, dada su buena posición social y económica, y además la cruz era castigo reservado a los extranjeros sediciosos. 

En todo caso, cuando fue desclavado, ya muerto, sus familiares no fueron capaces de retirar el clavo que atravesaba uno de sus talones y que, según los médicos que examinaron sus restos, en realidad fijó los dos pies a un duro madero de olivo. 

El clavo debió tener aproximadamente 7 pulgadas (17-18 cm) de largo. 

Prueba de la crucifixión: el hueso del talón y las uñas del osario de Yehohanan, descubierto en Jerusalén en 1968. (Cortesía del Museo de Israel. Fotógrafo: Ilan Shtulman).

En las investigaciones antropológicas iniciales de 1970 en la Universidad Hebrea de Jerusalén, el doctor Haas concluyó que Jehohanan fue crucificado con los brazos estirados y sus antebrazos clavados sobre una Cruz latina de dos vigas.

Joe Zias, conservador del departamento de Arqueología y Antropología de la Autoridad de Antigüedades de Israel entre 1972 y 1997, y el doctor Eliezer Sekeles, de la Facultad de Medicina de la Universidad Hebrea de Jerusalén, reexaminaron los restos y concluyeron que el clavo conservado había sido mucho más corto de lo supuesto por Haas, de unos 11,5 centímetros, de forma que cada talón fue clavado a cada lado de la cruz. Además, señalaron que no había señales de clavos en los antebrazos, por lo que es posible que estos fuesen amarrados con sogas al travesaño... si es que hubo un travesaño, porque consideraron que Jehohanan pudo haber sido ejecutado en una “cruz simple”, es decir, un poste vertical.

Excavaciones arqueológicas en Fenstanton, condado de Cambridgeshire, Reino Unido.

En noviembre de 2017 se realizaron unas prospecciones arqueológicas en la zona de una antigua planta embotelladora de leche, en el pueblo de Fenstanton, en el condado de Cambridgeshire, en Reino Unido, como fase previa para la construcción de una nueva serie de viviendas. 

La tumba en la localidad de Fenstanton del hombre crucificado. Albion Archaeology.

Los arqueólogos de la compañía Albion Archaeology encontraron un asentamiento romano, datado entre los siglos II y IV, que contenía los enterramientos de 40 adultos y cinco niños.  Entre ellos, un hombre de unos 25 a 35 años, presentaba un clavo que atravesaba uno de sus talones, como clara evidencia de que había sido ejecutado por medio de una crucifixión.

Como curiosidad, es inusual que el clavo apareciera clavado en el esqueleto del reo, pues normalmente estas piezas solían retirarse de los cadáveres tras la ejecución, ya que en la sociedad romana de aquel tiempo se creía que tenía propiedades mágicas o curativas.

Por otra parte, también era curioso que el cadáver fuese enterrado en un ataúd de madera de roble, lo que indica que probablemente fue entregado a sus familiares o allegados para su inhumación, algo del todo inusual al tratarse de un reo ejecutado mediante crucifixión, un castigo reservado a malhechores o enemigos de Roma.

Además, los arqueólogos consideran que el hombre era posiblemente un esclavo, pues presentaba signos evidentes de infecciones y daños en los huesos de sus espinillas, indicando que había estado encadenado; por esta razón, sorprende que el ejecutado fuese devuelto a sus familiares para su entierro, en lugar de ser sepultado en una fosa común, como solía ser habitual.

Cristo en la Cruz. Aimé Morot. 1883. Óleo sobre lienzo. Museo de Bellas Artes de Nancy

Excavaciones arqueológicas en Jerusalén.

En 1990, arqueólogos de la Autoridad de Antigüedades de Israel excavaron una cueva funeraria judía del siglo I después de Cristo, con ocasión de la construcción en el barrio de Talpiyot, a medio camino entre la antigua Jerusalén y Belén, al norte de Jerusalén.

La cueva contenía 12 osarios, cajas de piedra caliza en las que los judíos de este período colocaban tradicionalmente los restos de los difuntos una vez que los cuerpos se habían descompuesto.

Lo que distingue este entierro de otras tumbas encontradas en Jerusalén es que en uno de los osarios se inscribió el nombre “Caifás” (Kayafa en hebreo), y en otro con las palabras “José, hijo de Caifás”. Por lo que, muchos eruditos, aunque no todos, han identificado la cueva como la tumba familiar del sumo sacerdote que, según los evangelios, entregó a Jesús a Poncio Pilato y a los romanos para que lo ejecutaran.

Se encontraron dos clavos. Uno en el piso donde estaban los osarios 5 y 6; el otro, dentro del osario 1. Se dijo que los clavos se usaron para fijar las tapas de los osarios o para rayar el nombre del difunto en el costado de un osario. Ha sido la explicación admitida en los círculos académicos y por eso nadie se escandalizó cuando se perdieron.

Los dos clavos del debate: ¿de verdad atravesaron a un crucificado? ¿O simplemente se le han adherido trozos de hueso por haber estado en un osario?

Los clavos o uñas, como también se le denomina en el estudio, miden 8 cm de largo con un extremo ligeramente ahusado, se doblaron intencionalmente en un ángulo, una práctica aparentemente relacionada con los clavos usados ​​en crucifixiones. Los fragmentos blancos adheridos son en su mayoría minerales de fosfato secundarios formados a partir de la descomposición del fósforo óseo.

El Dr. Joe Zias, que en 1985 investigó el clavo de Jehohanan, considera que estos dos clavos estaban en el laboratorio de Haas y que los envió a la Universidad de Tel Aviv, donde se perdieron pues no se guardaron al considéralos de “poca importancia científica”, y son por lo tanto 15 años anteriores al hallazgo de la tumba de Caifás.  

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