lunes, 2 de febrero de 2026

MEDICINA DE CABECERA

El Doctor. Sir Luke Fildes.



“La medicina es la más humana de las artes, la más artística de las ciencias y la más científica de las humanidades”, escribió Edmund Pellegrino en 1990. 

Esta afirmación encuentra una expresión visual especialmente elocuente en “El Doctor”, una de las obras más conocidas de Sir Luke Fildes, donde la práctica médica se presenta no solo como un saber técnico, sino como un ejercicio profundo de humanidad.

La escena se desarrolla en el interior de una modesta vivienda rural. En ella, un médico vela a una niña gravemente enferma, tendida en una cama improvisada formada por dos sillas y varias almohadas. Todo sugiere que la pequeña padece una enfermedad infecciosa, una de las principales causas de mortalidad infantil en el siglo XIX. La magnitud de este drama era tal que, en aquella época, solo uno de cada cuatro niños lograba alcanzar la edad adulta.

El cuerpo frágil de la niña yacente transmite vulnerabilidad y debilidad extrema. Su rostro pálido, iluminado por la luz cálida de una lámpara de aceite situada sobre la mesa, se convierte en el foco emocional del cuadro. La pantalla inclinada de la lámpara no es un detalle casual, sino que dirige la luz hacia el rostro enfermo, subrayando la gravedad del momento y reforzando la intimidad de la escena. La expresión del niño despierta de inmediato la compasión del espectador. 

Detalle de la niña

En segundo plano, envueltos en la penumbra, aparecen los padres. Son figuras casi inmóviles, paralizadas por la impotencia y la resignación. 

El padre permanece de pie, observando con ansiedad contenida, mientras apoya una mano sobre el hombro de la madre. 

Ella, sentada junto a la mesa, se inclina hacia delante y llora desconsoladamente, con las manos entrelazadas en un gesto que recuerda a la oración. Su postura sugiere tanto súplica como agotamiento, una mezcla de esperanza y desesperación ante la incertidumbre del destino de su hija.

Detalle de los padres

En primer plano se sitúa el médico, vestido con la indumentaria sobria de la época. Su rostro, que es en realidad un autorretrato del propio Fildes, muestra el ceño fruncido y una expresión profundamente reflexiva. Con la mano apoyada en el mentón, observa atentamente a la paciente, como si repasara mentalmente cada síntoma, cada decisión tomada, temiendo haber pasado por alto algún detalle crucial. No hay en su actitud dramatismo ni gestos grandilocuentes, solo una concentración absoluta, una espera vigilante, casi contenida, ante la posibilidad de un leve signo de mejoría.

Detalle del Doctor


Sobre la mesa, junto a la lámpara, se distinguen varios objetos que aluden a la práctica médica cotidiana: un frasco de medicación, una taza y una cuchara. En un banco, junto a la cabeza de la niña —para cuya representación Fildes utilizó como modelos a dos de sus propios hijos— se observan una jarra y un recipiente que podría ser un mortero o, quizá, un simple cuenco con agua destinado a aliviar la fiebre. Estos elementos refuerzan la idea de una medicina todavía limitada en recursos, pero ejercida con dedicación y cuidado constante.

Detalle de la mesa

Detalle del banco

A través de una ventana situada junto a los padres se filtra una luz tenue, casi imperceptible: el amanecer. Según palabras del propio Fildes, esta claridad incipiente simboliza el inicio de la recuperación de la niña. La noche ha sido larga y angustiosa, pero la crisis ha pasado. Ese leve resplandor introduce una nota de esperanza que equilibra el dramatismo de la escena.

Detalle de la ventana

Una de las experiencias más duras para cualquier médico es asistir, sin poder evitarlo, a la muerte de un niño. El centro emocional del cuadro no es el sufrimiento de la familia ni la precariedad del entorno, sino la actitud del médico. No mira a los padres, no recorre la habitación con la vista, su atención está fija exclusivamente en la niña. Ha pasado toda la noche sentado junto a su cabecera, sin dormir, sin apartarse, simplemente observando. Porque, como sugiere la obra, un buen médico no es solo quien cura, sino quien permanece y no se va. 

Detalle del Doctor y la niña


La carga emocional de El Doctor tiene una raíz profundamente personal. En la Navidad de 1877, el hijo mayor de Fildes, Philip, falleció con apenas un año de vida a causa de la tuberculosis, pese a los dedicados cuidados del doctor Gustav Murray, médico de la familia, que acompañó al niño y a sus padres durante todo el proceso. Esta experiencia marcó de forma indeleble al artista.

Años después, cuando Sir Henry Tate le encargó una obra de tema libre para su galería, Fildes eligió rendir homenaje no solo a aquel médico concreto, sino a la medicina en su conjunto. El resultado fue una representación del vínculo médico-paciente, basada en valores que trascienden el tiempo: la atención constante, el compromiso, la empatía y la confianza depositada por la familia en quien cuida de lo más valioso que poseen, son los valores que trascienden a la pintura.

Revisitar obras pictóricas centradas en el acto médico permite recuperar la esencia más profunda de la profesión. Estas imágenes son un reflejo fiel del impacto de la enfermedad no solo en el paciente, sino también en quien lo atiende, recordándonos que la medicina es, ante todo, una relación humana.

El antiguo aforismo “Curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre”, atribuido a figuras como Hipócrates, Ambroise Paré, Claude Bernard, Pasteur, Osler o Alexis Carrel, sigue plenamente vigente incluso en una era dominada por la tecnología, la inteligencia artificial y la medicina basada en la evidencia.

Si no se puede curar, se debe ayudar.
Si no se puede aliviar, se debe consolar.
Y si nada de eso es posible, al menos se debe acompañar.

jueves, 29 de enero de 2026

EL PIE Y LOS NAZARENOS DE SEVILLA

Nuestro Padre Jesús de la Humildad. Iglesia del Santo Ángel.

Nuestro Padre Jesús de la Humildad

La imagen de Nuestro Padre Jesús de la Humildad es una creación del escultor e imaginero Antonio Luis Troya y recibe culto en la Iglesia del Santo Ángel de Sevilla, donde se presenta como una obra de profunda carga expresiva y cuidada ejecución técnica.

La talla alcanza una altura aproximada de 1,80 metros y está realizada en madera de cedro real, material elegido por su calidad y durabilidad. La policromía, aplicada al óleo, se resuelve en una gama de tonos cálidos que refuerzan el naturalismo de la anatomía y aportan veracidad a la escena representada. Según palabras del propio autor, la imagen plasma el instante posterior a la sentencia de muerte, cuando Jesús se dispone a cargar con la cruz e iniciar el camino hacia el Calvario. Esta idea se traduce plásticamente en una figura que avanza, marcada por las huellas del sufrimiento de la Pasión, pero con una actitud firme y decidida.

El cuerpo adopta un leve giro hacia el lado derecho, tanto en el torso como en el rostro, lo que acentúa la sensación de movimiento y dinamismo. La mirada, suavemente descendente, no es derrotada, sino intensa y valiente, buscando un diálogo silencioso con el fiel que la contempla. A pesar del dolor evidente, el conjunto transmite una serena fortaleza interior y una aceptación consciente del sacrificio.

El rostro, con la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante, combina rasgos de marcada virilidad con una expresión sosegada. Las facciones, bien proporcionadas y de gran fuerza plástica, se articulan mediante volúmenes definidos que destacan los pómulos prominentes, la frente amplia y el entrecejo suavemente fruncido, signo de cansancio y concentración. La nariz, de perfil aguileño y carácter semita, refuerza el realismo de la imagen. Los ojos, abiertos y de tonalidad miel, aparecen fatigados, pero mantienen una intensidad que refuerza el carácter comunicativo de la talla. La boca, entreabierta y de gesto contenido, permite apreciar dientes y lengua, recurso que subraya el naturalismo y sugiere la acción de dirigirse al espectador.

Detalle del rostro

El cabello, largo y dispuesto en mechones tallados con soltura, presenta un acusado movimiento y un notable volumen, en armonía con la barba rizada, de tratamiento minucioso. La corona de espinas, de gran tamaño e irregular trazado, está tallada también en madera de cedro y rematada con largas y afiladas espinas de acacia, que intensifican el dramatismo del conjunto. En el rostro y el cuero cabelludo se aprecian las heridas causadas por las espinas, de las que mana la sangre mezclada con el sudor, especialmente visible en las sienes y la frente, aportando un alto grado de verismo y reforzando el carácter pasionista de la imagen.

Detalle del rostro

Detalle del rostro

Detalle de las manos

Finalmente, destaca la morfología de su ante pie que corresponde claramente a un tipo de pie cuadrado con el primer de igual longitud que el segundo.

Detalle del pie

Esquema de la morfología del antepie

Por Andrés Carranza Bencano

lunes, 12 de enero de 2026

SIMBOLISMO DEL PIE EN LA PINTURA

Niño Jesús Salvador. Juan de Roelas

Niño Jesús Salvador. Roelas, Juan de. Hacia 1610. Óleo sobre tabla. 70,3 x 47,3 cm. Museo de Bellas Artes. Sala IV. Adquirido por la Junta de Andalucía en 2004 para su depósito en el Museo de Bellas Artes de Sevilla

El Niño se cubre con una túnica blanca que alude a su infancia. Sobre ésta se dispone un manto rojo que premoniza su dramático destino: la Pasión.

La pequeña cruz con estandarte simboliza su resurrección. El Niño aparece sentado sobre una bola del mundo, que alude al triunfo de la fe. La serpiente que, en el tercio inferior, está mordiendo una manzana es la manifestación del triunfo del nuevo hombre sobre el antiguo, sobre el pecado original. 

El pie se apoya sobre una calavera que representa la muerte, por lo que el pie  simboliza el triunfo sobre la muerte.

Detalles de la parte inferior del cuadro: sentado sobre bola del mundo, pie apoyado sobre calavera, serpiente mordiendo una manzana

Por Andrés Carranza Bencano

domingo, 11 de enero de 2026

PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Pie griego-Pie Egipcio

Sagrada Cena. Alonso Vázquez.

Sagrada cena. Vázquez, Alonso. 1588. Óleo sobre lienzo. 318 x 402 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V. Procede de la desamortización de 1840 del Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla

Alonso Vázquez, discípulo del cordobés Pablo de Céspedes, desarrolla un lenguaje plenamente inscrito en el Manierismo, perceptible tanto en la monumentalidad de las figuras como en la complejidad compositiva y espacial de sus obras. Su actividad en Sevilla está documentada al menos desde 1588, año de realización de esta pintura, y se prolonga hasta 1603, cuando se traslada a México formando parte del séquito del III marqués de Montesclaros. Allí ejerció su oficio hasta su fallecimiento, ocurrido el 13 de abril de 1607.

Este lienzo reviste un interés excepcional al considerarse la primera obra conocida del artista. Durante largo tiempo fue atribuida a Pablo de Céspedes, hasta que Diego Angulo, tras un minucioso análisis estilístico, propuso su correcta adscripción a Alonso Vázquez. En dicho estudio señaló, entre otros aspectos, el uso de maniquíes recubiertos de tela engomada o papel humedecido para el estudio de los volúmenes, una técnica que continuó empleándose en el siglo XVII y que llegó a ser utilizada por pintores como Zurbarán.

La escena de la Última Cena se desarrolla en un fastuoso marco arquitectónico de carácter renacentista, concebido como un palacio adornado con esculturas. En este espacio, Cristo comparte la mesa con los apóstoles, mientras el pintor introduce un elaborado juego perspectivo, especialmente visible en los ángulos superiores de la composición.

La mesa aparece presidida por Jesús y, en evidente paralelismo con la célebre obra de Leonardo da Vinci, los discípulos se organizan en grupos de tres, reforzando el ritmo y el equilibrio del conjunto. Siguiendo las indicaciones de algunos tratadistas, entre ellos Francisco Pacheco, el autor altera la disposición habitual de los apóstoles y sitúa a san Pedro a la derecha de Cristo, otorgándole un lugar destacado en consonancia con su condición de vicario de Dios en la tierra.

A la izquierda del Salvador se representa a Santiago el Menor, cuyo rostro, según las recomendaciones de Pacheco, debía asemejarse al de Cristo. Reclinándose sobre su pecho aparece san Juan, el discípulo amado, símbolo de la fidelidad y la cercanía espiritual. En primer término, Judas Iscariote dirige su mirada al espectador mientras sostiene la bolsa con los treinta siclos, clara alusión a la traición que está a punto de consumarse.

Detalle de Jesús con San Pedro, Santiago el Menor y san Juan

Al fondo a la izquierda una segunda escena representa el lavatorio.

Escena del lavatorio

La obra evidencia la influencia de Miguel Ángel en la concepción de las figuras, robustas y de poderosa anatomía, perceptible bajo los pliegues de los amplios ropajes. Junto a esta monumentalidad destaca el acusado naturalismo con el que se representan los elementos del bodegón dispuesto sobre la mesa —panes, servilletas, recipientes y bandejas— así como los objetos, adornos y flores esparcidos por el suelo de la estancia, que enriquecen la escena y subrayan el interés del artista por la observación directa de la realidad.

Curiosamente dos apóstoles presentan unos pies de morfología griega, con el primer dedo más corto que el segundo. Se conoce como griego debido a que en la mitología griega está asociado a las diosas y sus poderes. Mientras que los pies de Judas Iscariote se representan con morfología egipcia.

Detalle del apóstol de la derecha

Detalle de su pie griego

Detalle del apóstol de la izquierda

Detalle de su pie griego

Detalle de   Judas Iscariote

Detalle de su pie egipcio

Por Andrés Carranza Bencano

 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Pie griego

San Antonio de Padua y el Niño. Bartolomé Esteban Murillo.

San Antonio de Padua y el Niño. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1668-1669. Óleo sobre lienzo. 283 x 188 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala V. Desamortización del convento de los Capuchinos

Para ocupar uno de los altares laterales de la nave del evangelio, al lado izquierdo de la pintura de la Anunciación, junto al presbiterio, pintó Murillo, entre los años 1668 y 1669, este San Antonio de Padua y el Niño.

San Antonio (ver) representa el ideal de espiritualidad popular propugnado por los primeros franciscanos, y por ello los capuchinos, surgidos de la necesidad de volver a la forma de vida original de la orden, lo incluyen en el programa iconográfico contratado al pintor.

A pesar de las numerosas veces -en torno a una decena- que el pintor representa al fraile franciscano a lo largo de su dilatada carrera, la sencillez con la que aborda esta composición la convierte, de entre las conocidas hoy, en una de las más conmovedoras.

Desde la Vita prima o Assidua, primer testimonio conocido sobre su vida, hasta el Liber miraculorum Sancti Antonii, son muchas las fuentes textuales que van acrecentando su devoción y configurando, por extensión, su iconografía para el arte.

La obra se distribuye en un plano superior de gloria con diferentes angelitos y un plano inferior con el santo y el Niño Jesús.

Plano superior de gloria


El milagro de la aparición del Niño Jesús a san Antonio, una sacra conversación, tiene origen en el citado Liber miraculorum Sancti Antonii. Este episodio, que otorga al santo el matiz de protector de la infancia, es el más usual de toda la iconografía antoniana y también el predilecto de Murillo, que lo trata con especial mimo por su natural tendencia a representar el mundo infantil.

En la tela de Capuchinos, san Antonio, muy joven y con la barba capuchina -a diferencia de las otras representaciones murillescas del santo-, aparece arrodillado en un suelo rocoso, rodeando con su brazo izquierdo al Niño, que está sentado en un libro abierto. Jesús, que ha descendido de un rompimiento de gloria donde revolotean ángeles, y del que emana un haz de luz que ilumina la escena, alza el brazo derecho para señalarle al santo los dones celestiales que la entrega a Dios le hará gozar. 

Detalle

Hacen reconocible a san Antonio de Padua varios atributos: la presencia del libro, el hábito marrón de la orden franciscana, ceñido a la cintura con el cíngulo de tres nudos simbolizando los votos de castidad, pobreza y obediencia, con el capucho piramidal del hábito primitivo que la rama de los capuchinos adopta, y las azucenas que sostiene con su mano derecha, a manera de pluma de escritura, como las porta en la misma serie el ángel de la Anunciación (Web Oficial del Museo de Bellas Artes).

Finalmente destaca la posición de flexión de rodilla y de hiperextensión del primer dedo en un pie con la morfología del ante pie que corresponde claramente a un tipo de pie griego con el primer dedo más corto que el segundo.

Se conoce como griego debido a que en la mitología griega está asociado a las diosas y sus poderes.

Detalle del pie

Por Andrés Carranza Bencano

PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Pie griego

San Jesé con el Niño. Bartolomé Esteban Murillo.

San José con el Niño. Murillo, Bartolomé Esteba. 1665-1666. Óleo sobre lienzo. 197 x 116 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V.

Murillo trató en numerosas ocasiones este tema iconográfico, que fue ampliamente difundido en el arte cristiano de los siglos XVII y XVIII.

El lienzo representa a san José con el Niño, ambas figuras de cuerpo entero y de tamaño natural.

Murillo nos muestra un san José (ver) majestuoso, a la manera de la estatuaria clásica, acogiendo en actitud paternal al Niño Dios. San José, pensativo, parece presagiar el trágico futuro del Niño, al que Murillo ha inundado de luz y ternura.

Detalle

El Niño posado sobre un pedestal en ruinas se apoya tiernamente en el santo y porta en la mano izquierda una vara de azucenas.

En un segundo plano, a la derecha, restos de una columna clásica sobre pedestal y a la izquierda un fondo arquitectónico levemente abocetado.

Detalle del pie

Finalmente destaca la morfología del ante pie de San José que corresponde claramente a un tipo de pie griego con el primer dedo más corto que el segundo.

Se conoce como griego debido a que en la mitología griega está asociado a las diosas y sus poderes.


Esquema de la morfología del antepie

Por Andrés Carranza Bencano

lunes, 5 de enero de 2026

EL PIE Y LA PASION DE CRISTO EN LA PINTURA

LA ULTIMA CENA

La Última Cena. Alonso Vázquez

Sagrada Cena. Vázquez, Alonso. 1588. Óleo sobre lienzo. 318 x 402 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V. Procede de la desamortización de 1840 del Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla

Alonso Vázquez, discípulo del cordobés Pablo de Céspedes, desarrolla un lenguaje plenamente inscrito en el Manierismo, perceptible tanto en la monumentalidad de las figuras como en la complejidad compositiva y espacial de sus obras. Su actividad en Sevilla está documentada al menos desde 1588, año de realización de esta pintura, y se prolonga hasta 1603, cuando se traslada a México formando parte del séquito del III marqués de Montesclaros. Allí ejerció su oficio hasta su fallecimiento, ocurrido el 13 de abril de 1607.

Este lienzo reviste un interés excepcional al considerarse la primera obra conocida del artista. Durante largo tiempo fue atribuida a Pablo de Céspedes, hasta que Diego Angulo, tras un minucioso análisis estilístico, propuso su correcta adscripción a Alonso Vázquez. En dicho estudio señaló, entre otros aspectos, el uso de maniquíes recubiertos de tela engomada o papel humedecido para el estudio de los volúmenes, una técnica que continuó empleándose en el siglo XVII y que llegó a ser utilizada por pintores como Zurbarán.

La escena de la Última Cena se desarrolla en un fastuoso marco arquitectónico de carácter renacentista, concebido como un palacio adornado con esculturas. En este espacio, Cristo comparte la mesa con los apóstoles, mientras el pintor introduce un elaborado juego perspectivo, especialmente visible en los ángulos superiores de la composición.

La mesa aparece presidida por Jesús y, en evidente paralelismo con la célebre obra de Leonardo da Vinci, los discípulos se organizan en grupos de tres, reforzando el ritmo y el equilibrio del conjunto. Siguiendo las indicaciones de algunos tratadistas, entre ellos Francisco Pacheco, el autor altera la disposición habitual de los apóstoles y sitúa a san Pedro a la derecha de Cristo, otorgándole un lugar destacado en consonancia con su condición de vicario de Dios en la tierra.

A la izquierda del Salvador se representa a Santiago el Menor, cuyo rostro, según las recomendaciones de Pacheco, debía asemejarse al de Cristo. Reclinándose sobre su pecho aparece san Juan, el discípulo amado, símbolo de la fidelidad y la cercanía espiritual. En primer término, Judas Iscariote dirige su mirada al espectador mientras sostiene la bolsa con los treinta siclos, clara alusión a la traición que está a punto de consumarse.

Detalle de Jesús con San Pedro, Santiago el Menor y San Juan

Detalle de Judas Iscariote

Al fondo a la izquierda una segunda escena representa el lavatorio. 

Escena del lavatorio

La obra evidencia la influencia de Miguel Ángel en la concepción de las figuras, robustas y de poderosa anatomía, perceptible bajo los pliegues de los amplios ropajes. Junto a esta monumentalidad destaca el acusado naturalismo con el que se representan los elementos del bodegón dispuesto sobre la mesa —panes, servilletas, recipientes y bandejas— así como los objetos, adornos y flores esparcidos por el suelo de la estancia, que enriquecen la escena y subrayan el interés del artista por la observación directa de la realidad.

Detalle de la mesa

Detalle de la mesa

Detalle del suelo

Por Andrés Carranza Bencano