viernes, 6 de marzo de 2026

INTOXICACIONES

El albañil borracho. Francisco de Goya y Luciente.

El albañil borracho. Francisco de Goya y Luciente.1786. Óleo sobre lienzo. 35 x15 cm. Museo Nacional del Prado. Sala 085. (ver) (CC BY 3.0)


Se considera muy probable que esta pintura fuese un boceto previo para el cartón de tapiz de El albañil herido. Según diversas interpretaciones, Goya pudo verse obligado a modificar el sentido de la escena tras algún desacuerdo con los responsables de la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara. El motivo inicial —posiblemente relacionado con un accidente laboral— habría sido sustituido por una escena de tono más ligero y satírico, acorde con el carácter decorativo que se esperaba de los cartones destinados a los palacios reales.

La serie de tapices a la que pertenecían estas composiciones quedó incompleta tras la muerte de Carlos III de España en 1788. Los cartones y escenas proyectadas terminaron utilizándose sin un programa iconográfico definido y se colocaron en diferentes estancias del monasterio de Monasterio de El Escorial. Con el tiempo, los bocetos preparatorios realizados por Goya para sus cartones de tapices fueron vendidos a los duques de Osuna, importantes protectores del artista. En 1896 sus descendientes vendieron estas obras a la familia del noble español Pedro Fernández Durán y Bernaldo de Quiraldós, quien reunió una notable colección privada, quien los donó al Museo del Prado en 1931, institución donde el cuadro se conserva desde entonces.

La escena presenta un tono claramente satírico. Ante un fondo dominado por andamios y elementos propios de una obra de construcción, dos hombres trasladan a un albañil que apenas puede mantenerse en pie. El personaje aparece descompuesto: ha perdido los calzones, lleva las medias caídas y su camisa está manchada de sangre a causa de una herida en la cabeza. Los compañeros que lo sostienen, vestidos con ropas pobres y desgastadas, intercambian miradas cómplices y parecen divertirse con la situación.

Detalle de los tres personajes

Detalles de las caras

A primera vista se trata de una escena popular de carácter anecdótico, pero bajo esa apariencia cotidiana se insinúan diversas lecturas simbólicas. El protagonista encarna al trabajador humilde de finales del siglo XVIII. Su estado de embriaguez puede interpretarse como una alusión a las duras condiciones de vida de los obreros, para quienes el alcohol constituía con frecuencia una forma de evasión frente a la pobreza y la fatiga del trabajo diario.

Al mismo tiempo, la presencia de los compañeros que lo ayudan introduce la idea de solidaridad dentro del mundo popular. Goya refleja la camaradería entre iguales, propia de los ambientes laborales, donde la ayuda mutua compensaba en parte la precariedad de la vida cotidiana. El artista observa estas situaciones con una mezcla de ironía y cercanía, sin idealizar a los personajes, pero tampoco caricaturizándolos de manera cruel.

La obra puede interpretarse también desde una perspectiva moralizante, acorde con los valores ilustrados de la época. El exceso de bebida aparece como un vicio que degrada al individuo y le hace perder la dignidad y la capacidad de cumplir con sus obligaciones laborales. En este sentido, la escena podría entenderse como una advertencia contra los peligros de la embriaguez.

Sin embargo, el tono humorístico de la composición reduce la posibilidad de una crítica directa a las condiciones de trabajo de los albañiles. Más que denunciar la falta de seguridad en las obras, la pintura parece transformar la situación en un episodio casi burlesco. Algunos historiadores han señalado que esta visión podría relacionarse con el carácter reformista del reinado de Carlos III, quien había promulgado en 1784 un edicto destinado a proteger a los trabajadores de la construcción y a garantizar cierta asistencia en caso de accidente. De este modo, la escena, lejos de presentar una denuncia social abierta, se integraría dentro del clima reformador y paternalista de la monarquía ilustrada.

Así, esta pequeña pintura revela ya rasgos característicos del arte de Goya: la observación directa de la vida cotidiana, la mezcla de humor e ironía y una mirada crítica que, aunque todavía moderada, anticipa la profundidad social y psicológica que alcanzará en etapas posteriores de su carrera.

Por Andrés Carranza Bencano

TRAUMATOLOGÍA  

Eneas herido y curado. Fresco.

Eneas herido y curado. Fresco encontrado en las excavaciones de Pompeya. Autor desconocido. Siglo I d.C. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Italia. (ver) (CC BY 3.0)

Eneas es una de las figuras más importantes de la tradición mítica que conecta el mundo griego con los orígenes legendarios de Roma. Según el mito, era hijo de la diosa Afrodita —identificada por los romanos con Venus— y del príncipe troyano Anquises. Nació en la ciudad de Troya y contrajo matrimonio con Creúsa, hija del rey Príamo. De esta unión nació Ascanio, también llamado Julo.  

Durante la Guerra de Troya, Eneas destacó como uno de los principales defensores de la ciudad. Las epopeyas antiguas lo describen como un guerrero valiente y un jefe respetado entre los troyanos. En la Ilíada de Homero aparece combatiendo contra héroes griegos tan célebres como Aquiles y Diomedes, sobreviviendo gracias a la protección de los dioses.

Cuando los griegos tomaron la ciudad mediante el engaño del Caballo de Troya, los dioses ordenaron a Eneas que abandonara la ciudad para salvar su linaje. Cargó sobre sus hombros a su anciano padre Anquises y tomó de la mano a su hijo Ascanio. Su esposa Creúsa, que se había rezagado durante la huida, murió en medio del caos y las llamas.

Tras la destrucción de Troya, Eneas inició un largo periplo por el Mediterráneo, narrado por Virgilio en su célebre poema épico, la Eneida. De manera semejante a la travesía de Ulises en la Odisea, el héroe troyano afronta numerosas pruebas y peligros. Sin embargo, su viaje no consiste en regresar a su patria, sino en dirigirse hacia un destino desconocido para cumplir una profecía: fundar en Italia la estirpe que daría origen al pueblo romano.

Durante su travesía llegó a Cartago, donde fue acogido por la reina Dido. La soberana se enamoró del héroe troyano y trató de retenerlo, pero los dioses recordaron a Eneas la misión que debía cumplir. Obligado a partir hacia Italia, abandonó la ciudad, y Dido, desesperada por la pérdida, terminó quitándose la vida.

Finalmente, Eneas arribó a la región del Lacio, donde tras diversas luchas se enfrentó a Turno, rey de los rútulos. Tras derrotarlo, contrajo matrimonio con Lavinia, hija del rey Latino. Esta unión fue considerada por la tradición romana como el origen mítico de su pueblo. El hijo de Eneas, Ascanio, fundaría más tarde la ciudad de Alba Longa, de cuya estirpe descenderían, generaciones después, Rómulo y Remo, fundadores legendarios de Roma.

El fresco pompeyano representa un episodio narrado en la Eneida. Durante la lucha contra Turno, Eneas resulta herido por una flecha y es trasladado al campamento. Virgilio describe la escena con estos versos:

“En su lanza Eneas apoyado está

y a sordas brama, y de crecida 

juventud que le cerca, el vago espanto 

contempla inmóvil y del hijo el llanto”


El médico Yápix intenta extraer sin éxito la punta de la flecha. El poeta relata cómo el sanador emplea distintos remedios y herramientas, entre ellas un instrumento semejante a unas pinzas quirúrgicas:

En balde aplica y diligente mano

hierbas divinas de virtud secreta ;

el encarnado hierro tienta en vano;

con tenaza mordaz tal vez lo aprieta”

En ese momento interviene la diosa Venus, movida por la preocupación maternal. Trae consigo una planta medicinal procedente del monte Ida, en Creta: el díctamo, identificado con la especie Origanum dictamnus. A esta hierba se le atribuían propiedades extraordinarias para detener hemorragias y curar heridas; los antiguos creían incluso que los animales heridos la buscaban instintivamente para sanar.

La diosa introduce la planta en un recipiente con agua hirviendo y prepara una infusión. Cuando Yápix aplica el remedio sobre la herida, el sangrado cesa y la flecha puede ser retirada con facilidad. Curado milagrosamente, Eneas abraza a su hijo y regresa de inmediato al combate.

Virgilio describe así la intervención de Venus:

“Venus, en tanto, del afán movida, 

que el corazón materno le atormenta, 

díctamo coge en la cretense Ida,

hierba que allí lozana se presenta.

De puberescentes hojas revestidas;

flores la cubren de color sangrienta,

y pace de ella la silvestre cabra,

si cruda flecha su espinazo labra”


El fresco es una de las representaciones más antiguas de una intervención quirúrgica y representa a todos los personajes mencionados por el poeta: Eneas apoyado en su lanza, su hijo llorando junto a él, varios jóvenes guerreros que contemplan la escena y la diosa Venus portando el díctamo milagroso.

Eneas apoyado en su lanza con su hijo llorando junto a él

Jóvenes guerreros

Diosa Venus

El médico Yápix


La propia ciudad de Pompeya, donde se halló esta pintura, quedaría sepultada bajo cenizas tras la erupción del Monte Vesubio en el año 79 d. C., aproximadamente un siglo después de la muerte de Virgilio, lo que permitió que muchas obras de arte de la vida romana se conservaran hasta nuestros días.

Por Andrés Carranza Bencano

domingo, 1 de marzo de 2026

 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Pie paralítico

El mundo de Cristina. Andrew Wyeth.

El mundo de Cristina. Wyeth, Andrew. 1948. Témpera sobre yeso y tabla.  81,9 x 121,3 cm. Museo de Arte Moderno de Nueva York. (ver) ( BCY 3.0)

La pintura transmite una profunda sensación de aislamiento. En primer plano aparece una mujer de espaldas, vestida de rosa, tendida y semirreclinada sobre un campo sin árboles, cubierto de hierba amarillenta. Su postura sugiere que se arrastra con esfuerzo hacia una casa gris situada en lo alto de una colina, distante en el horizonte. Junto a la vivienda se distinguen un granero y otras construcciones de menor tamaño.

Detalle de la mujer

La figura representada es Anna Christina Olson, vecina y amiga del matrimonio Wyeth. A causa de una grave discapacidad, rechazaba el uso de silla de ruedas o aparatos ortopédicos y prefería desplazarse arrastrándose o gateando, ya que así se sentía más “libre”, aun a costa del dolor y la fatiga.

El terreno se hace inmenso y la distancia para alcanzar la casa parece enorme, pero el dolor y la angustia de la persona enferma son tratados con una exquisita sensibilidad, evitando en todo momento una recreación de la desgracia. La dolencia no se presenta como un obstáculo infranqueable, sino que se transforma en una prueba a superar para vencer la adversidad.

Detalle de la casa

La amplitud del paisaje refuerza la sensación de distancia y dificultad: la casa parece inalcanzable y el terreno, interminable. Sin embargo, el sufrimiento no se presenta de forma dramática ni morbosa; el artista lo aborda con delicadeza, transformando la enfermedad en una prueba que puede superarse.

La obra subraya la capacidad de resistencia del ser humano. El propio Wyeth afirmó que su reto era hacer justicia a la extraordinaria vida de una persona que muchos habrían considerado desesperada, y lograr que el espectador percibiera que las limitaciones físicas no anulan la libertad espiritual. “El desafío para mí era hacer justicia a la extraordinaria conquista de una vida que la mayoría de la gente consideraría desesperada”. Y agrega: “Si he sido capaz de hacer que el espectador sintiera que su mundo puede ser limitado físicamente, pero de ninguna manera espiritualmente, entonces he logrado lo que me propuse hacer”.

El pintor buscó la mayor fidelidad posible al retratar a Christina arrastrándose hacia la granja con manos frágiles y piernas inmóviles. No obstante, cuando realizó el cuadro ella rondaba los sesenta años, mientras que la figura parece mucho más joven. Esto se debe a que, tras las dificultades para retratarla directamente, utilizó a su esposa, Betsy James Wyeth, como modelo para la cabeza y el torso. Con el tiempo, Betsy se convertiría en su representante y principal defensora en el mercado artístico, contribuyendo decisivamente al reconocimiento de su obra. El propósito del artista era plasmar tanto la lucha física como la fortaleza mental de Christina frente a su enfermedad.

La atmósfera rural, austera y silenciosa del paisaje suscita emociones contrapuestas, como la nostalgia, la serenidad y una cierta melancolía.

Christina Olson falleció en 1969, pocos años después que su hermano Álvaro, y fue enterrada junto a él en el cementerio situado tras la casa. Allí también reposan los restos de Andrew Wyeth, por deseo expreso del pintor. La vivienda, construida en 1700 y remodelada en 1871 por un antepasado de la familia Olson, fue declarada Monumento Histórico Nacional en junio de 2011 y actualmente forma parte del Farnsworth Art Museum, que alberga una de las colecciones más importantes de obras de la familia Wyeth.

Diversos investigadores han intentado determinar la enfermedad de Christina. En un principio se pensó en la poliomielitis, frecuente en la época de su nacimiento, pero esta suele manifestarse de forma aguda durante un proceso febril, lo que no coincide con su caso.

Un estudio reciente de especialistas de la Clínica Mayo, encabezado por Marc C. Patterson (2017), sugiere que pudo padecer la enfermedad de Charcot-Marie-Tooth, un trastorno neurodegenerativo hereditario de diversa base genética. Según este análisis, su cuadro clínico sería compatible con una mutación del gen MFN2, uno de los asociados a esta patología.

Para llegar a esta conclusión, los investigadores introdujeron los datos clínicos de Christina en el sistema ORIGAMI (Oak Ridge Graph Analytics for Medical Innovation), un programa del superordenador del Departamento de Energía de Estados Unidos en el Laboratorio Nacional de Oak Ridge, Tennessee. El sistema, que integra millones de predicciones derivadas de artículos científicos, combina razonamiento semántico, teoría de grafos y análisis estadístico. Tras procesar la información disponible, identificó la enfermedad de Charcot-Marie-Tooth como el diagnóstico más probable para su trastorno neurológico.

Por Andrés Carranza Bencano

lunes, 23 de febrero de 2026

EL PIE Y LOS CRUCIFICADOS DE SEVILLA

Sagrado Descendimiento de Nuestro Señor Jesucristo (Hermandad de la Quinta Angustia).

Misterio del Descendimiento


La imagen del Sagrado Descendimiento de Nuestro Señor Jesucristo se atribuye con plena certeza al escultor sevillano Pedro Roldán, quien debió ejecutarla hacia 1659, coincidiendo con su participación en la ornamentación escultórica del paso procesional de la hermandad.

La obra constituye uno de los ejemplos más sobresalientes de la imaginería barroca andaluza por su calidad técnica, su intensidad expresiva y su rigurosa observación anatómica.

La talla, de 164 centímetros de altura, destaca por una composición marcadamente asimétrica que potencia el dramatismo de la escena.

Imagen aislada colocada en horizontal


El cuerpo se presenta vencido por el peso de la muerte, con un acusado giro del torso que genera tensiones plásticas de gran fuerza, especialmente en la zona abdominal, donde la contracción muscular y la torsión transmiten un realismo sobrecogedor.

La cabeza cae hacia el lado derecho con una serena belleza, enmarcada por un mechón de cabello que desciende en paralelo al antebrazo, reforzando visualmente la línea descendente del conjunto y subrayando la sensación de abandono corporal.

Detalle de la cabeza

Detalle de la cabeza
Detalle de la cabeza

La disposición de las piernas responde a la rigidez cadavérica que comienza a manifestarse tras el fallecimiento, un detalle que confirma el minucioso naturalismo con que fue concebida la imagen. La pierna izquierda se superpone a la derecha, lo que sugiere que el cuerpo permaneció en esa posición mientras estuvo en la cruz, aportando verosimilitud histórica y anatómica a la representación. Este tratamiento evidencia el profundo conocimiento del escultor sobre los efectos físicos de la muerte, algo característico del naturalismo barroco.

Detalle de las piernas


Se desconoce la autoría de la policromía, aunque su ejecución revela un notable dominio del estudio científico del cuerpo humano. Las hipóstasis visibles en las piernas, consecuencia de haber fallecido en posición vertical, constituyen un rasgo de extraordinario realismo. El investigador Juan Delgado Roig señala la presencia de manchas hipostáticas en la cara externa de las pantorrillas y en la zona dorsal de los pies, así como livideces cadavéricas en estas mismas áreas. Asimismo, identifica en el antebrazo izquierdo una extensa mancha amoratada que representa una equimosis, recurso que intensifica la veracidad de la escena y su impacto emocional.

Detalle de los pies


A lo largo del tiempo, la imagen ha sido objeto de diversas intervenciones de conservación. Fue restaurada por Gabriel de Astorga y Miranda en 1854, por Emilio Bartolomé en 1904, por Vicente Rodríguez-Caso Giménez de Aragón en 1932 y por los hermanos Cruz Solís en 1984. Más recientemente, entre 2020 y 2021, la restauradora Esperanza Fernández Cañero llevó a cabo una intervención centrada en la limpieza de la policromía, permitiendo recuperar sus matices originales. Este proceso devolvió a la encarnadura los tonos característicos del barroco y realzó especialmente el perizoma, cuya riqueza cromática vuelve a apreciarse con notable intensidad.

En conjunto, el Cristo del Descendimiento se erige como una obra maestra de la escultura barroca sevillana, donde la perfección técnica, el realismo anatómico y la profunda carga espiritual se combinan para ofrecer una representación de sobrecogedora humanidad.

Por Andrés Carranza Bencano

domingo, 15 de febrero de 2026

EL PIE Y LOS CRUCIFICADOS DE SEVILLA

Santísimo Cristo de la Salvación. Iglesia de San Buenaventura.

Retablo del Crucificado de la Salvación

En el muro de la Epístola de la Iglesia de San Buenaventura, junto a la puerta de acceso al templo, se venera el Crucificado de la Salvación, cotitular de la Real, Ilustre y Franciscana Hermandad y Cofradía de Nazarenos de la Santa Cruz en el Monte Calvario, Santísimo Cristo de la Salvación y Nuestra Señora de la Soledad, corporación que tiene su sede canónica en esta iglesia.

La imagen fue encargada en 1935 por la Comunidad Franciscana al escultor e imaginero Manuel Cerquera Becerra, nacido en Alcalá de Guadaíra en 1906. La autoría queda acreditada por la inscripción que el propio artista dejó grabada en el sudario del Crucificado. Las dificultades económicas que atravesaba entonces la comunidad religiosa motivaron que la Hermandad de la Soledad asumiera el coste de la obra, abonando su importe al escultor y cediendo posteriormente la imagen a los franciscanos para su culto.

Con el paso de los años, y atendiendo a la solicitud elevada por el Director Espiritual de la Hermandad y Guardián del Convento de San Buenaventura, fray Joaquín Sánchez Hernández, mediante escrito fechado el 28 de marzo de 1967, la imagen fue incorporada oficialmente como Titular de la Hermandad. Esta decisión quedó refrendada por Decreto del Ilustrísimo señor Vicario General del Arzobispado, con fecha 17 de julio de 1967, quedando establecida la advocación del Santísimo Cristo de la Salvación.

Desde el punto de vista artístico e iconográfico, se trata de un crucificado ya muerto en la cruz, sujeto con tres clavos, sin corona de espinas y con la cabeza vencida hacia el lado derecho, en una composición de serena expresividad y acusado carácter devocional.

Santísimo Cristo de la Salvación

Detalle del rostro

Detalle del rostro
Detalle del rostro

Detalle del paño de pureza

Visión frontal de los pies 

Visón lateral de los pies

En 1978 la imagen sufrió un lamentable acto vandálico, cuando un individuo desconocido la atacó con un arma blanca, provocándole numerosos arañazos, especialmente visibles en las piernas. A consecuencia de estos daños fue retirada del culto y sometida a una primera restauración por el escultor Manuel Domínguez. Posteriormente, en 1993, fue nuevamente intervenida por Manuel Tobajas Villegas, y en el año 2002 se llevó a cabo una restauración integral a cargo del profesor, escultor y restaurador Juan Manuel Miñarro.

En el ámbito de la vida corporativa, el Cabildo General Extraordinario celebrado el 26 de octubre de 2001 aprobó, por amplia mayoría, la incorporación del Santísimo Cristo de la Salvación en su paso para realizar la Estación de Penitencia en la tarde del Viernes Santo, quedando, desde entonces, esta decisión supeditada a la preceptiva autorización de la Comunidad Franciscana del Convento de San Buenaventura.

En compensación, cada primer sábado de Cuaresma la sagrada imagen preside el Vía Crucis que la Hermandad celebra anualmente por las calles de las feligresías del Sagrario y de la Magdalena, constituyendo uno de los actos devocionales más significativos de la corporación.

Por Andrés Carranza Bencano

lunes, 9 de febrero de 2026

DERMATOLOGÍA

Un anciano con su nieto. Domenico Ghirlandaio.

Un anciano con su nieto. Domenico Ghirlandaio. 1490. Pintura al temple sobre tabla. 62,7 x 46,3 cm. Museo del Louvre. Paris. (ver) (CC BY 3.0)

El origen y la trayectoria temprana de esta obra no están claramente documentados. No fue hasta 1880 cuando ingresó en las colecciones del Museo del Louvre, después de haber sido rechazada por el Museo Kaiser Friedrich de Berlín debido a su delicado estado de conservación. Críticos y estudiosos de finales del siglo XIX señalaron que la pintura había sufrido un deterioro considerable, causado en parte por limpiezas excesivas que erosionaron la superficie pictórica y por arañazos que afectaban especialmente al rostro del anciano. Estas marcas se atribuyeron a daños producidos durante un traslado a caballo, posiblemente por un clavo sobresaliente en la caja de transporte. En 1996 la obra fue sometida a una restauración integral: se corrigieron las rasgaduras, se reintegraron las pérdidas de color y se procedió a una limpieza y retoque que devolvieron al conjunto una mayor coherencia visual.

La escena muestra a un hombre de avanzada edad, vestido con una túnica roja, sentado junto a una ventana y abrazando con ternura a un niño, también ataviado con prendas de tonalidad rojiza. Ambos se encuentran en un interior luminoso, cuyo ambiente claro contrasta con la pared oscura que cierra el espacio por detrás, reforzando así la sensación de intimidad y recogimiento.

Al fondo, a la derecha, se abre una ventana que permite contemplar un paisaje idealizado. A través de ella se despliega un entorno rural de caminos serpenteantes y terreno irregular, atravesado por un río que recorre un valle apacible. En la distancia se distinguen colinas, escarpes rocosos y una montaña, así como una pequeña iglesia situada junto a un lago. La vegetación cercana aparece bañada por reflejos dorados, mientras que las colinas más lejanas se disuelven en una atmósfera brumosa de tonos azulados. Se trata de un paisaje de carácter claramente italiano, comparable al que aparece en obras como la Anunciación de Leonardo da Vinci o la Adoración de los pastores de Lorenzo di Credi, y muy acorde con el repertorio habitual de Ghirlandaio.

Detalle del paisaje por la ventana

La indumentaria de los personajes aporta información significativa sobre su estatus social. La túnica roja, típica de ciertas regiones del norte de Italia como el ámbito veneciano, el chaperón ribeteado con piel de zorro del anciano y el refinado jubón y gorro del niño indican que pertenecían a una familia acomodada del siglo XV. El color rojo, obtenido a partir de tintes costosos, estaba asociado al prestigio, la riqueza y la nobleza, aunque el azul y el dorado se consideraban aún más exclusivos.

Tradicionalmente se ha interpretado que las figuras representan a un abuelo y su nieto, aunque no se conoce con certeza la identidad de ninguno de ellos. Algunas hipótesis sugieren que Ghirlandaio pudo concebir inicialmente un retrato individual del anciano y que posteriormente añadió la figura infantil para intensificar la carga emotiva de la escena y subrayar un vínculo afectivo ejemplar. De ahí que la obra también haya sido conocida como “El ayo y su infante”, interpretando al hombre como un cuidador o preceptor más que como un familiar directo. Sin embargo, la atmósfera de cercanía, la naturalidad del gesto y la evidente complicidad entre ambos personajes han inclinado a la mayoría de los estudiosos a aceptar la lectura de una relación familiar, concretamente la de abuelo y nieto.

El contraste físico entre las dos figuras es uno de los aspectos más llamativos de la pintura. El anciano aparece con el cabello canoso, el rostro surcado de arrugas, una verruga en la frente y, sobre todo, una nariz deformada por crecimientos propios del rinofima. Frente a ello, el niño encarna un ideal de belleza juvenil, con rizos dorados que asoman bajo el gorro rojo y un rostro sereno y luminoso.

Detalle del anciano

Frente a ello, el niño encarna un ideal de belleza juvenil, con rizos dorados que asoman bajo el gorro rojo y un rostro sereno y luminoso.

Detalle del niño

No obstante, lo que podría interpretarse como fealdad se ve transformado por la expresión del anciano, cuya mirada transmite una ternura profunda, y por la actitud confiada del niño, que se aferra a él en busca de protección y consuelo. La dulzura del gesto y la ingenuidad infantil no solo no acentúan el contraste, sino que realzan la humanidad del conjunto y convierten la escena en una conmovedora exaltación del afecto intergeneracional.

En épocas anteriores, las deformidades físicas solían interpretarse como signos de castigo divino o de imperfección moral. El pensamiento humanista del Renacimiento, sin embargo, situó al ser humano en el centro de la reflexión, reconociéndole una dignidad y una pureza inherentes, aun dentro de su condición de criatura de Dios. Desde esta perspectiva, la deformación nasal del anciano carece de relevancia moral y queda completamente eclipsada por su expresión amorosa y su evidente devoción hacia el niño. La mano del pequeño apoyada sobre el pecho de su abuelo y la cercanía de sus cuerpos refuerzan la idea de una intimidad afectiva sincera y profunda.

Detalle de la nariz

Ghirlandaio reproduce con notable precisión las excrecencias nasales características del rinofima, una manifestación avanzada de la rosácea, enfermedad cutánea que provoca una hiperplasia de la piel y de los folículos pilosos y sebáceos, dando lugar a una nariz de aspecto nodular y abultado. A ello se suma una proliferación de vasos sanguíneos que intensifica la coloración rojiza. Aunque la causa exacta de la rosácea sigue siendo desconocida, desde la Edad Media se asoció erróneamente el rinofima al consumo excesivo de alcohol. Autores como Chaucer o Shakespeare describieron personajes con rostros encendidos y narices bulbosas, lo que consolidó esta creencia popular. Hoy se sabe que dicha relación carece de base científica, aunque el enrojecimiento vascular ha mantenido viva la expresión popular de “nariz de borracho”. En la pintura de Ghirlandaio, lejos de ser un elemento grotesco, esta deformidad se integra con naturalismo y sensibilidad en un retrato que destaca, ante todo, por su profunda humanidad.

Por Andrés Carranza Bencano