martes, 21 de abril de 2026

GERIATRÍA EN LA PINTURA

La Santera. Manuel González Santos.

"La Santera". Manuel González Santos. 1930. Óleo sobre lienzo. 89 x 66 cm. Museo de Bellas Artes. Sala XIII. Donación del propio autor en 1944.

En otro tiempo, la figura del santero era muy común en España, sobre todo en el ambiente rural. Se trataba de una persona que cuidaba de una pequeña imagen religiosa e incluso la paseaba por las calles en busca de la limosna de los devotos.

En este caso el pintor representa a una anciana, tocada con una mantilla negra, que rodea con su brazo la imagen de un Niño Jesús mientras que con la mano derecha deposita en el platillo la limosna que un fiel acaba de ofrecerle.

El realismo de la composición no se limita a la fidelidad física del rostro o de las manos, sino que se extiende a la captación de un carácter. La ancianidad aparece aquí despojada de cualquier dramatismo, pues no hay dureza ni decadencia, sino una dulzura reposada. El rostro, surcado por el tiempo, transmite una serenidad que parece asentarse en la costumbre de la fe y en la repetición de gestos humildes. La mantilla negra que enmarca su cabeza no endurece sus facciones, sino que acentúa la suavidad de su mirada dirigida hacia la pequeña imagen del Niño Jesús que protege con su brazo.

Detalle del rostro

Detalle de la mano derecha


La iluminación de lo que parece ser un interior de una iglesia, procedente de un fogón o brasero que no vemos, acrecienta la sensación de intimidad.  

En este lienzo, González Santos demuestra su fidelidad al mundo costumbrista, pero la anciana no es un tipo social ni una figura pintoresca: es un ser concreto, dotado de una presencia silenciosa que invita a la contemplación. La vejez, lejos de ser representada como ocaso, se presenta aquí como un estado de calma luminosa, donde cada gesto adquiere un sentido pleno.

Por Andrés Carranza Bencano

lunes, 20 de abril de 2026

GERIATRÍA EN LA PINTURA

Tiempo y la anciana. Francisco de Goya.

Tiempo y la anciana. Francisco Goya. 1810-1812. Óleo sobre lienzo. 181 x 125 cm. Palais des Beaux-Arts de Lille. Francia.  (ver) (CC BY 3.0)

El Tiempo y las viejas es una de las obras más incisivas y amargas de Francisco de Goya, realizada en un momento de crisis personal y colectiva marcado por la Guerra de la Independencia española. Lejos de los encargos oficiales, el artista volvió aquí a la sátira moral que ya había cultivado en Los caprichos, pero con un lenguaje más sombrío, directo y desengañado.

El cuadro fue mencionado en el inventario de bienes de Goya elaborado en 1812 tras la muerte de su esposa. El inventario se creó para dividir la propiedad entre el pintor y su hijo Javier. En 1825, el barón Isidore-Justin-Séverin Taylor compró el cuadro a Javier Goya, por encargo del rey Luis Felipe. Fue uno de los ocho lienzos de Goya comprados por el rey y exhibidos en la Galerie espagnole de Paris en el Louvre entre 1838 y 1848, hasta el destronamiento del soberano. En 1853 se puso a la venta la colección del rey, considerada propiedad privada, y pasó a una colección de Londres hasta que se volvió a vender, siendo adquirido esta vez por el Sr. Durlacher para su colección de París. Después perteneció al Sr. Warneck, París, y más tarde a la Srta. Genil, al Sr. Reynart y al Sr. Sauvage, quienes en 1874 lo donaron al museo de Lille.

Las dimensiones originales del cuadro, 161 × 105 cm, se conocen del catálogo de la colección del rey Luis Felipe y de una fotografía tomada durante este período. A la pintura se le añadieron posteriormente unos 20 cm en todos los bordes. Así se incluyeron a la izquierda el final del ala derecha del Tiempo, el palo de la escoba a la derecha y los pies de la anciana abajo. ´

Estudios radiográficos realizados mostraron la existencia de una pintura soterrada. En la parte superior izquierda había una Resurrección de Cristo de una composición anterior, rodeada de pequeñas nubes en las que se vislumbran rostros o ánimas.

Radiografía

La escena presenta a dos ancianas ricamente vestidas, una con un elegante traje blanco de aire afrancesado, sin duda más apropiado para una jovencita, presenta un aspecto de vieja decrépita, de cuerpo flaco y consumido, como si fuera un esqueleto y aparece enjoyada con todo tipo de ornamentos para el pelo, pendientes y pulseras, haciendo gala de la vida acomodada que un día tuvo, mientras se sienta sobre su actual y pobre silla de esparto.

Detalle de una anciana

La otra, con atuendo oscuro y mantilla española tiene aspecto de celestina.

Detalle de la otra

Ambas aparecen entregadas a un gesto de vanidad: contemplan un objeto —interpretado como espejo, medallón o incluso lectura frívola— que refleja o evoca una belleza ya perdida. Sobre el reverso del espejo, Goya introduce una inscripción irónica: “¿Qué tal?”, una pregunta cruel que enfrenta a las protagonistas con la evidencia de su decadencia física. La anciana principal, demacrada y casi cadavérica, compara su presente con el recuerdo idealizado de su juventud, quizá contenido en la miniatura que sostiene.

Se ha especulado que la anciana del cuadro podría representar a la reina María Luisa, ya que tiene un pasador de diamantes con forma de flecha de Cupido en el teñido cabello rubio, similar al que luce María Luisa en el cuadro La familia de Carlos IV. De hecho, fue un adorno popular impuesto por la moda francesa.  La segunda mujer se interpreta entonces como la duquesa de Alba, cercana al pintor. Sin embargo, la indumentaria y el afán de querer parecer más joven resultaban más propios de la infanta María Josefa de Borbón, ya convertida en una anciana en el retrato colectivo de la familia.

Detalle de la cabeza con el pasador

Detrás de ellas surge la figura decisiva de la composición: el Tiempo, representado como un anciano alado —una variante de Cronos— que, en lugar de la tradicional guadaña, empuña una escoba. Este detalle refuerza el tono sarcástico de la obra: el Tiempo no solo llega, sino que está dispuesto a “barrer” a las figuras y su inútil coquetería, reduciéndolas a polvo. Lo más significativo es que las mujeres no parecen percatarse de su presencia, absorbidas en su autoengaño.

Detalle del dios Cronos

El cuadro funciona como una poderosa alegoría de la vanitas, heredera de la tradición barroca: la belleza, la riqueza y el deseo de agradar son efímeros frente al paso inexorable del tiempo. Goya intensifica esta idea con un enfoque casi grotesco y profundamente crítico. No se limita a advertir sobre la fugacidad de la vida, sino que denuncia la obsesión social por la apariencia, especialmente en el caso de las mujeres, sometidas a ideales de belleza imposibles. Así, la obra se interpreta como una de las más feroces meditaciones de Goya sobre el paso del tiempo. En ella, la sátira se transforma en una reflexión universal: la vanidad humana, por muy adornada que esté, no puede escapar al destino común.

Por Andrés Carranza Bencano 

sábado, 18 de abril de 2026

 INTOXICACIONES

Bebedora de absenta. Pablo Picazo.

Bebedora de absenta. Picasso, Pablo. Óleo sobre lienzo. 73 x 54 cm. Museo Hermitage. San Petersburgo. (ver) (CC BY 3.0)

La obra Bebedora de absenta de Pablo Picasso se sitúa en un momento decisivo de su trayectoria: su llegada a París a comienzos del siglo XX. Conservada hoy en el Museo del Hermitage, esta pintura al óleo sobre lienzo (73 x 54 cm) constituye un testimonio temprano de su proceso de experimentación, tanto estética como vital.

Cuando Picasso pinta esta obra, aún no ha definido plenamente su estilo. Sin embargo, ya se perciben influencias claras de artistas como Paul Gauguin, visibles en el uso de colores planos, contornos marcados y una concepción más sintética de la forma. A ello se suma la huella de El Greco, especialmente en la estilización de las figuras, alargadas hasta rozar lo antinatural.

Picasso, inmerso en el ambiente bohemio parisino, frecuenta cafés y tabernas donde la absenta —conocida como “el hada verde”— era la bebida predilecta de artistas y marginados. Este contexto vital se convierte en materia pictórica.

La protagonista del cuadro es una mujer solitaria, probablemente una bebedora habitual. Sentada ante una mesa, acompañada únicamente por una botella azul y una copa, transmite una profunda sensación de aislamiento. Sus manos, largas y angulosas —casi irreales— parecen abrazarse a sí misma, en un gesto que sugiere tanto recogimiento como abandono.

La figura aparece alargada, con dedos que recuerdan a garras, estableciendo una tensión entre el rostro afilado y el volumen más redondeado del busto. Este entrelazamiento de formas refuerza la idea de ensimismamiento, de un ser encerrado en su propio mundo interior.

Bebedora de absenta anticipa claramente el llamado Período Azul de Picasso, en el que abordará de manera sistemática temas vinculados a la marginalidad: mendigos, prostitutas, alcohólicos, artistas de circo. Esta inclinación temática conecta con las corrientes intelectuales de la época, marcadas por pensadores como Fiódor Dostoyevski, Friedrich Nietzsche o Mijaíl Bakunin, cuyas ideas sobre el sufrimiento, la alienación y la condición humana influyeron en el clima cultural europeo.

El predominio del azul en la botella y ciertos matices del cuadro funciona casi como un presagio del universo cromático que dominará su siguiente etapa.

Lo que define esta obra es su intensa carga emotiva. Picasso no idealiza a su personaje; tampoco lo juzga. Se limita a mostrar su soledad con una crudeza silenciosa. La economía de medios —color restringido, formas simplificadas, composición contenida— contribuye a concentrar la emoción en la figura.

El joven Picasso comienza a perfilar una de las constantes de su obra: la exploración de la condición humana a través de figuras marginales, convertidas en símbolos universales de vulnerabilidad y aislamiento.

Por Andrés Carranza Bencano

lunes, 6 de abril de 2026

 CALZADO 

San Joaquín. Juan Simón Gutiérrez.

San Joaquín. Juan Simón Gutiérrez. Hacia 1700. Óleo sobre lienzo. 163 x 120 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Ingresando en el Museo tras la Desamortización de 1840.

La pintura presenta a San Joaquín (leer mas) representado como un anciano de sólida complexión, apoyado en un cayado y acompañado por una oveja, símbolo de mansedumbre y de su vinculación con la vida pastoril. La escena se desarrolla en un paisaje abierto y de horizonte bajo, mientras que en la parte superior se disponen varias cabezas de ángeles que aportan un discreto componente celestial y equilibran la composición.

El artista construye la figura del santo con un notable sentido naturalista, acentuando los rasgos físicos con precisión y carácter. El rostro, alargado y enjuto, se define por una barba blanca, partida en dos puntas, y por unos labios finos que contribuyen a una expresión contenida. Destaca especialmente la singular configuración de la nariz, prolongada de forma inusual, que genera un gesto muy particular en la fisonomía. Los ojos, ligeramente rasgados, junto con unas cejas claras y bajas, refuerzan la sensación de introspección y serenidad.

Detalle del rostro

La influencia murillesca se percibe en la ambientación, y también en la delicadeza con la que se integra la figura en el entorno, logrando una imagen de equilibrada armonía entre lo humano y lo espiritual.

Destaca la humildad y pobreza que se muestra en el calzado situado en primer plano.

Detalle de los pies


Por Andrés Carranza Bencano

domingo, 5 de abril de 2026

 CALZADO 

San Roque. Bernabé de Ayala.

San Roque. Ayala, Bernabé de. Hacia 1672. Óleo sobre lienzo. 220 x110 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Adquisición de la Junta de Andalucía en 2006

Esta obra fue atribuida por Ceán Bermúdez a Bernabé de Ayala, conocido seguidor e imitador de Zurbarán. Nos muestra a san Roque representado con los atributos que le son propios, vestido de peregrino, apoyado en un báculo y acompañado de su inseparable perro. 

Detalle de san Roque

Detalle del perro


Según la hagiografía cristiana, san Roque (leer mas) se contagió del mal de la peste cuando practicaba la caridad con los enfermos. Se retiró al bosque para no contagiar y allí fue ayudado por un ángel, que le curó las heridas, y por un perro, que todos los días le traía pan para alimentarlo. Por ello se le representa como peregrino, con el hábito, el sombrero y el bordón, bastón más alto que una persona y con punta de hierro. Está asistido por el ángel niño, que cura el bubón o herida, que en origen era en la ingle, pero que se representaba en el muslo por decoro, y aparece también el perro. 

Detalle del ángel niño curando el bubón

Destaca la humildad y pobreza que se muestra en el calzado del situado en primer plano.

Detalle del calzado

 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Pie egipcio

Santa Inés. Francisco de Zurbarán.

Santa Inés. Francisco de Zurbarán (taller). Hacia 1650. Óleo sobre lienzo. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede de la Desamortización del Hospital de las Cinco Llagas.

En este lienzo, adscrito al taller de Francisco de Zurbarán y fechado hacia mediados del siglo XVII, se representa a Santa Inés en una composición sobria y equilibrada, acorde con el lenguaje devocional característico del entorno zurbaranesco. La figura aparece de pie, en posición de tres cuartos, con una leve inflexión del cuerpo que suaviza la rigidez frontal y aporta naturalidad a la escena.

La joven inclina delicadamente la cabeza, enmarcada por cabellos castaños, dirigiendo su mirada hacia el cordero que sostiene en el regazo. Este gesto, cargado de intimidad, establece un vínculo simbólico entre la santa y el animal, que alude tanto a la pureza como al sacrificio. Con ambas manos sostiene además un libro, elemento que puede interpretarse como referencia a la fe y a la meditación espiritual, reforzando el carácter contemplativo de la figura.

Detalle del rostro

La indumentaria responde a una estética de discreta elegancia. Viste una túnica de tono rojo burdeos, cubierta por un manto amarillento dispuesto a modo de toga, cuyos pliegues caen con sencillez y cierta rigidez, sin excesos decorativos. Esta moderación cromática armoniza con el fondo de tonalidades verdosas, apenas sugerido, que sitúa la figura en un espacio indefinido y atemporal, favoreciendo la concentración en su presencia.

La iluminación, procedente del lado derecho, incide suavemente sobre el rostro y las manos, destacando la tersura de la piel y generando un contraste tenue con el fondo más oscuro. Este recurso, habitual en el taller de Zurbarán, contribuye a modelar los volúmenes con claridad y a reforzar la sensación de recogimiento.

Desde el punto de vista iconográfico, el cordero constituye el atributo más distintivo de Santa Inés (leer mas), cuyo nombre se asocia tradicionalmente con el término latino “agnus”. Este animal simboliza su pureza virginal y su condición de mártir. Según la tradición cristiana, Inés fue una joven romana que sufrió martirio en el siglo IV por mantenerse firme en su fe, convirtiéndose en uno de los ejemplos más tempranos y difundidos de santidad femenina en la Iglesia.

Detalle del cordero sobre el libro

La obra formó parte de la serie de santas procedente del Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla, ingresando posteriormente en el museo tras los procesos desamortizadores del siglo XIX. Estas pinturas, concebidas probablemente para su colocación en las zonas altas de un espacio eclesiástico, respondían a un programa devocional en el que las santas aparecían como modelos de virtud y fortaleza espiritual. La inscripción “S. Inés”, visible en el ángulo inferior izquierdo, refuerza su identificación y subraya el carácter didáctico de la imagen.

En conjunto, la pintura refleja la participación de los colaboradores del taller en la producción de este tipo de series, manteniendo los esquemas compositivos y la espiritualidad propios del maestro, aunque con una ejecución más contenida. Aun así, la obra conserva una notable delicadeza y una intensa carga simbólica, que la convierten en un ejemplo representativo de la pintura devocional sevillana del Barroco.

Finalmente, destacamos la morfología en pie egipcio de Santa Inés, con el primer dedo mas largo que el segundo. 

Detalle del pie

Esquema de la morfología de antepie

Por Andrés Carranza Bencano


 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Pie Griego

Santa Lucía. Bernabé de Ayala.

Santa Lucia. Bernabé de Ayala. Hacia 1672. Óleo sobre lienzo. 220 x 110 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Adquisición de la Junta de Andalucía en 2006. 

La pintura representa a Santa Lucía en una figura de cuerpo entero, concebida con una marcada presencia monumental que se impone sobre el espacio pictórico. La santa aparece envuelta en un amplio manto rojo, recogido sobre los brazos y resuelto mediante un elaborado juego de pliegues que revela la destreza técnica del autor. Este tratamiento de los paños, de gran volumen y cadencia, contribuye a dotar a la figura de una elegancia serena y contenida.

El rostro, de rasgos suaves y ovalados, se eleva con una expresión de recogimiento espiritual, dirigiendo la mirada hacia el cielo en actitud de contemplación. Esta orientación ascendente refuerza el carácter trascendente de la escena. La figura se recorta sobre un fondo de paisaje apenas esbozado, con arbolado y una línea de horizonte muy baja, recurso compositivo que acentúa el protagonismo absoluto de la santa y elimina cualquier distracción narrativa.

Detalle del rostro

En cuanto a su iconografía, sostiene la palma del martirio apoyada sobre el hombro derecho, mientras que con ambas manos presenta una bandeja en la que reposan unos ojos, atributo que la identifica de manera inequívoca. Este elemento procede de una tradición hagiográfica medieval según la cual, tras ser sometida a tormento, habría perdido la vista o se le habrían arrancado los ojos, recuperándola milagrosamente después. Aunque este episodio carece de base histórica documentada, su arraigo en la tradición artística ha convertido los ojos en uno de los símbolos más característicos de la santa.

Detalle de la bandeja con los ojos

Santa Lucía (leer mas), venerada como virgen y mártir, habría sufrido muerte en Siracusa, en Sicilia, en el año 304, durante las persecuciones promovidas por el emperador Diocleciano. Su culto se difundió ampliamente por el ámbito cristiano, siendo invocada especialmente como protectora de la vista.

La obra ha sido atribuida desde antiguo a Bernabé de Ayala, discípulo de Francisco de Zurbarán, lo que explica la clara impronta estilística que remite al maestro extremeño. Esta influencia se percibe tanto en la concepción sobria y aislada de la figura como en la intensidad devocional del modelo, así como en el tratamiento escultórico de los paños y en la idealización del rostro.

La ligera inclinación del cuerpo, apenas perceptible, introduce una suave diagonal que rompe la rigidez frontal y aporta dinamismo a la composición, sin perder por ello el carácter hierático propio de este tipo de representaciones. El equilibrio entre solemnidad y delicadeza, unido a la calidad técnica en la ejecución, convierte la obra en un ejemplo notable dentro de la producción atribuida a Ayala.

Destaca finalmente la morfología del pie griego, con el primer dedo más corto que el segundo. 

Detalle del pie egipcio
Esquema de la morfología de antepie

Por Andrés Carranza Bencano