domingo, 22 de marzo de 2026

CARDIOLOGÍA

Goya atendido por Arrieta. Francisco de Goya.

Goya atendido por Arrieta es una obra realizada por Francisco de Goya en 1820, óleo sobre lienzo de 117 x 79 cm, conservada hoy en el Minneapolis Institute of Art (Estados Unidos). La pintura constituye uno de los testimonios más íntimos y conmovedores del artista, tanto por su carácter autobiográfico como por la intensidad emocional con la que está concebida.

Tras su ejecución, el cuadro permaneció inicialmente en poder del propio médico representado, Eugenio García Arrieta. Posteriormente pasó por diversas colecciones privadas en Madrid, París y Nueva York, hasta que fue adquirido en 1952 por el museo de Minneapolis.

De esta obra se conocen además dos copias realizadas por el discípulo de Goya, Asensio Julià, quien las ejecutó en el propio taller del maestro.  Desparmet facilitó los datos del paradero de estas copias: una se encontraba en la colección de la señora Galardi de Quintano, en Irún, y la otra estaba en la colección Moret y Remisa, en Madrid, que se expone actualmente en el Museo de Bellas Artes de Álava.

En la parte inferior del cuadro figura esta inscripción, probablemente autógrafa, con la particular ortografía de la época: "Goya agradecido, á su amigo Arrieta: por el acierto y esmero con qe le salvo la vida en su aguda y / peligrosa enfermedad, padecida á fines del año 1819, a los setenta y tres años de su edad. Lo pinto en 1820".

Detalle de la inscripción en la parte inferior del cuadro 


El carácter de la inscripción, subrayando el agradecimiento al médico, Eugenio García Arrieta, le da a la obra un sentido casi votivo, cercano al exvoto, simbolizando el papel trascendental, que en tiempos de dificultades, tienen las personas que cuidan de nuestra salud, y anuncia el respeto y exaltación de la ciencia que serán propios de finales del s. XIX, abandonando la sátira y la crítica burda dieciochesca de los médicos (matasanos, aliados de las Parcas) que él mismo cultivara en alguno de sus Caprichos o de sus Sueños.

La figura de Arrieta es, sin embargo, poco conocida fuera de este contexto. Se sabe que nació en Cuéllar (Segovia) en 1770 y que ejerció en Madrid atendiendo a una clientela distinguida. También se ha señalado su posible relación familiar con el escritor Agustín García Arrieta. Poco después de asistir a Goya, fue enviado por el gobierno español a estudiar una epidemia, "la peste de Levante", en el norte de África, donde probablemente falleció. De forma paradójica, el anciano pintor sobrevivió varios años a su propio médico, a pesar de sus enfermedades y de ser veintitrés años mayor que él.

La enfermedad de Goya ha sido objeto de numerosos estudios. Ya en 1792 había sufrido una dolencia grave durante un viaje por Andalucía, cuando tenía cuarenta y seis años.

Fue atendido en Cádiz por su amigo Sebastián Martínez, comerciante y coleccionista de arte, en cuya casa pasó una larga convalecencia. El proceso de recuperación se prolongó casi dos años y, aunque logró superar la mayor parte de los síntomas, lo dejó sordo de forma permanente.

Los síntomas descritos (mareos, pérdida de equilibrio, zumbidos, deterioro progresivo de la audición, cefaleas y debilidad) han dado lugar a diversas hipótesis diagnósticas: desde infecciones como la sífilis hasta intoxicaciones por plomo, frecuentes entre los pintores por el uso de pigmentos, o efectos secundarios de tratamientos con quinina. Entre las interpretaciones más recientes se ha propuesto incluso el síndrome de Susac, una rara enfermedad autoinmune. En cualquier caso, su salud siguió siendo frágil durante el resto de su vida.

Para su recuperación, Goya se retiró a una casa en las afueras de Madrid, la conocida “Quinta del Sordo”, junto al río Manzanares. Allí, años después, sufriría la crisis de 1819 que motiva esta pintura, un episodio del que apenas se tendrían noticias de no ser por este testimonio pictórico, de agradecimiento al médico que le atendió y lo curó.

Poco antes de sufrir esta afección, Goya había relatado a su amigo Zapater síntomas compatibles con cuadros hipertensivos, como mareos, cefaleas, palpitaciones.

En la obra, el artista se representa a sí mismo en un estado de extrema debilidad. Aparece semincorporado en la cama, con la cabeza caída hacia atrás, casi inconsciente, con el rostro pálido, la mirada perdida, la boca entreabierta, como si le costara un tremendo esfuerzo respirar, el cabello gris revuelto y sudoroso, y aferrándose a la sábana, en un gesto de angustia vital. La sabana le cubre hasta la cintura, y asoma por encima de la manta roja; viste un camisón blanco y un gabán gris. Es la expresión clínica de un edema agudo de pulmón y Goya nos transmiten su vivencia de la falta de la plena consciencia y del camino a la agonía, pues casi podemos oír su respiración entrecortada.

Detalle de Goya

Detrás de él, Arrieta lo sostiene con firmeza, rodeándole la espalda con un brazo con ademan protector, para impedir que se desplome sobre la cama; mientras le acerca un vaso con una sustancia rojiza, quizá un brebaje para aliviar los síntomas de la enfermedad, o ¿será la digitalina que salvara al artista?, todo ello, en una actitud que combina profesionalidad y afecto. La relación entre ambos no es fría ni distante, el médico aparece como protector y amigo, implicado emocionalmente en la lucha por la vida del paciente. El médico lleva una chaqueta de intenso color verde, camisa blanca y pantalón negro.

Detalle de Goya y Arrieta

Goya presenta aquí a su médico, no sólo como su salvador que le hace beber la medicina, sino como el amigo que le abraza y le conforta ante la presencia de la muerte”.

“Nada hay más fundamental y elemental en el quehacer médico que su relación inmediata con el enfermo, nada en ese quehacer parece ser más permanente” (Lain Entralgo. “La relación médico-enfermo”, 1964)

La disposición de las figuras recuerda composiciones tradicionales de la iconografía religiosa, especialmente el tema de la Piedad, aunque aquí reinterpretado en clave laica. Esta lectura enlaza con otras obras de Goya en las que traslada esquemas religiosos al ámbito cotidiano, dotándolos de un nuevo significado humano.

En el fondo del cuadro se distinguen varias figuras apenas definidas, envueltas en la penumbra. Su interpretación ha sido muy discutida: podrían representar familiares o asistentes, pero también se han identificado con las Parcas de la mitología clásica, símbolo del destino y de la vida que se extingue. Su presencia introduce un componente inquietante y casi onírico, en contraste con el realismo casi clínico de las figuras principales.

Detalle de las Parcas (lado izquierdo del cuadro)
Detalle de las Parcas (lado derecho del cuadro)

En conjunto, la obra no solo documenta un episodio biográfico, sino que reflexiona sobre la fragilidad de la vida, la cercanía de la muerte y el papel esencial del cuidado médico. Goya ofrece aquí una imagen profundamente humana de la enfermedad, en la que el sufrimiento, el miedo y la esperanza quedan plasmados con una sinceridad poco común en la pintura de su tiempo.

Por Andrés Carranza Bencano


jueves, 19 de marzo de 2026

EL PIE Y LOS NAZARENOS DE SEVILLA

Nazareno de Pasión.

Nazareno de la Pasión

En los primeros años del siglo XVII, en torno a 1610-1615, la Hermandad de Pasión debió encomendar la ejecución de su imagen titular al escultor Juan Martínez Montañés. Aunque no se conserva documento contractual que certifique de manera definitiva esta autoría —y probablemente nunca llegue a aparecer—, existen testimonios de gran peso que la avalan. Entre ellos destaca el del mercedario Juan Guerrero, quien en su tiempo afirmaba que el Nazareno era obra de “aquel insigne maestro, asombro de los siglos presentes y admiración de los venideros”.

La relación entre el escultor y la corporación pudo verse favorecida por la mediación de fray Juan de Salcedo y Sandoval, miembro destacado de la Orden de la Merced y, además, cuñado de Montañés. Este vínculo resulta verosímil si se considera la influencia que dicho religioso ejercía en el entorno mercedario sevillano.

La atribución fue reafirmada en 1725 por Antonio Palomino, quien además difundió una célebre tradición según la cual el propio Montañés, al contemplar la imagen procesionando en Semana Santa, salía a su encuentro maravillado, llegando a dudar de haber sido capaz de realizar una obra de tal perfección.

En cuanto a su datación, se sabe con certeza que la escultura estaba concluida en 1619. Ese año, el escultor Blas Hernández Bello contrató la realización de un crucificado para la localidad sevillana de Los Palacios y Villafranca, especificando que la corona de espinas debía imitar la del Nazareno de Pasión. Este dato permite fijar con seguridad una cronología anterior, que coincide con la propuesta por el historiador José Hernández Díaz, quien situó su ejecución entre 1610 y 1615.

La crítica artística ha mantenido de forma constante esta atribución desde el siglo XVIII. La autoridad de Palomino influyó en estudios posteriores e incluso inspiró al pintor Joaquín Turina y Areal, quien en 1890 plasmó en un lienzo —conservado por la Hermandad— la figura del escultor ante su propia obra.

La imagen representa un momento del camino hacia el Calvario relacionado con la Quinta Estación del Vía Crucis, cuando Simón de Cirene es obligado a ayudar a Cristo a portar la cruz, según el relato del Evangelio de Marcos (Mc 15, 20-21):Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa”. “Lo sacaron para crucificarle, y requisaron a un transeúnte, un cierto Simón de Cirene que venía del campo, el padre de Alejandro y Rufo, para que tomara la cruz”.  Sin embargo, el acento iconográfico se centra en Cristo avanzando con serenidad tras los ultrajes sufridos.

Se trata de una escultura de vestir realizada en madera policromada, con cabeza, manos, antebrazos, piernas y pies finamente tallados, mientras que los brazos y el torso quedan tan sólo desbastados. Los hombros y codos están articulados para facilitar la adaptación de los brazos a la cruz durante el montaje procesional. La policromía fue aplicada por Francisco Pacheco, destacado teórico del arte y maestro de Diego Velázquez.

Desde el punto de vista formal, la imagen destaca por su equilibrio entre naturalismo y contención expresiva. Cristo sostiene la cruz sobre el hombro izquierdo con un gesto delicado: Las yemas de los dedos apenas entran en contacto con el madero. El cuerpo describe una suave inflexión, mientras la cabeza se inclina levemente hacia la derecha, en actitud recogida.

Nazareno de la Pasión

La imagen representa a Cristo en actitud de avanzar con la cruz, captado en pleno movimiento. Carga todo el peso sobre la pierna izquierda flexionada. El pie izquierdo se apoya firmemente en el suelo, mientras el derecho se levanta ligeramente, apoyando en la peana tan sólo la punta del primer dedo. Esta sutil posición, concebida para dotar a la figura de dinamismo naturalista, en un extraordinario alarde técnico del escultor que logra alcanzar el equilibrio de la escultura a pesar de lo arriesgado de su postura.

Detalle del pie izquierdo

Detalle del pie derecho


Lejos de insistir en el dramatismo sangriento, la obra presenta a un Cristo sereno, de belleza idealizada y expresión contenida, que transmite aceptación consciente del sacrificio. La advocación de la Pasión conecta con la espiritualidad de las cofradías dedicadas a meditar los padecimientos de Cristo, como la fundada en Valladolid en 1577.

El rostro, de gran fuerza expresiva, se caracteriza por su dulzura y equilibrio: Su rostro gira a la derecha, la mirada baja, la boca entreabierta deja asomar los dientes y el modelado delicado de cabellos—con raya central y rizos menudos, tan característicos de Montañés— y barba corta y bífida, refuerzan esa sensación de humanidad idealizada. La intensidad espiritual que emana la imagen ha hecho de ella uno de los principales focos devocionales de Sevilla.

Detalle del rostro

Detalle del rostro


Numerosas anécdotas han contribuido a acrecentar su fama. Entre ellas sobresale la protagonizada por el arzobispo Antonio Despuig y Dameto, quien, tras contemplarla detenidamente, afirmó que solo le encontraba un defecto: “le falta respirar”, subrayando así su asombroso realismo.

Detalle del rostro

A lo largo del tiempo, la imagen ha sido objeto de diversas intervenciones de conservación. En el siglo XIX y comienzos del XX se limitaron a pequeñas reparaciones autores como Cesáreo Ramos, Manuel Gutiérrez Reyes y Cano o Carlos González de Eiris. En 1974 fue restaurada por Francisco Peláez del Espino, con actuaciones que suscitaron cierta controversia. Posteriormente, en 1995, los hermanos Cruz Solís llevaron a cabo una intervención más respetuosa, centrada en la consolidación estructural, refuerzo de elementos delicados y limpieza de la policromía en manos y pies.

El Cirineo

Desde su concepción original, la imagen del Nazareno de la Pasión de Montañés estuvo pensada para ir acompañada por la figura de Simón de Cirene, aunque se desconoce cómo sería la primera versión de este personaje.

Nuestro Padre Jesús de la Pasión acompañado por el Cirineo. Grabado de Antonio Montero (1846). (ver) (CC BY 3.0)

La representación más antigua documentada se incorporó en 1844. Para ello, la Hermandad reutilizó la cabeza y manos de una escultura procedente de la antigua Casa Profesa de los jesuitas, en la iglesia de la Iglesia de la Anunciación. Debido a la peculiar inclinación de su cabeza, recibió popularmente el apodo de “el Mirabalcones”. Esta imagen fue vendida en 1951 a la cofradía de Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Aguilar de la Frontera (Córdoba).

En 1950 se introdujo una nueva versión promovida por el escultor José Rodríguez Fernández-Andes, quien adaptó una cabeza atribuida a Juan de Mesa, procedente de un convento agustino cordobés. El propio Fernández-Andes realizó el candelero, mientras que la policromía corrió a cargo de Juan Miguel Sánchez y el resto del cuerpo fue ejecutado por Luis Ortega Bru. Esta figura permaneció en el paso hasta 1969.

Al año siguiente fue sustituida por una escultura de talla completa realizada por Sebastián Santos Rojas, de notable calidad artística. Sin embargo, esta imagen fue retirada del conjunto procesional en 1974, dejando desde entonces al Nazareno de la Pasión sin acompañamiento del Cirineo en su estación de penitencia.

Cirineo de Sebastián Santos Rojas

Detalle del rostro

Visión frontal del pie derecho

Visión lateral del pie derecho

Visión frontal del pie izquierdo

Visón lateral del pie izquierdo

Por Andrés Carranza Bencano

lunes, 16 de marzo de 2026

 EL PIE Y LOS CRUCIFICADOS DE SEVILLA

El Cristo de los Desamparados. Capilla de los Desamparados.

Cristo de los Desamparados, escultura anónima del siglo XVI que fue objeto de una antigua devoción en la ciudad.

Cristo de los Desamparados

Detalle del rostro

Detalle del paño de pureza

Detalle de los pies


Por Andrés Carranza Bencano

viernes, 13 de marzo de 2026

EL PIE Y LOS NAZARENOS DE SEVILLA

Nazareno de las Fatigas. Iglesia de Nuestra Señora de la Magdalena. 

El Nazareno de las Fatigas se venera actualmente en la iglesia de la Magdalena, donde se sitúa al final de la nave del Evangelio, alojado en un retablo barroco de elegante composición y columnas salomónicas que enmarcan la imagen. Esta escultura procede de la antigua parroquia de Santa María Magdalena, templo que desapareció tras los graves daños sufridos durante la Invasión Francesa y cuya demolición tuvo lugar en 1811.

Retablo del Nazareno de las Fatigas

En sus orígenes la imagen fue conocida como el “Santo Cristo de la Magdalena”. La primera referencia documental en la que aparece con la advocación actual de Señor de las Fatigas data de un inventario realizado en 1803. No obstante, su origen artístico podría remontarse a finales del siglo XVI.

En 1997 el investigador Federico García de la Concha planteó la relación de esta talla con el “Señor con la cruz a cuestas” que debía presidir el retablo encargado en diciembre de 1586 por los albaceas testamentarios del jurado Juan Peláez Caro al ensamblador y escultor Gaspar del Águila. La policromía de aquella obra fue confiada al pintor Antonio de Arfián, según consta en un extracto documental que había sido publicado décadas antes, en 1929, por el historiador Celestino López Martínez.

Nazareno de las Fatigas 

La advocación de “las Fatigas” alude al momento de extremo cansancio que la escultura transmite durante el camino hacia el Calvario. La imagen parece haber detenido brevemente su marcha para mostrar al fiel el peso físico y espiritual de la Pasión. El rostro, de rasgos tensos y expresión profundamente dramática, refleja el abatimiento de Cristo, reforzando así el sentido devocional de la representación.

Detalle del Nazareno de las Fatigas 

Detalle del Nazareno de las Fatigas 

La talla presenta un tamaño inferior al habitual en este tipo de imágenes, ya que mide aproximadamente 1,18 metros de altura. Está realizada en madera y muestra a Cristo con el rostro vuelto hacia el espectador, las piernas ligeramente flexionadas y la mano derecha apoyada sobre el muslo, un detalle que constituye su rasgo iconográfico más singular. La cruz descansa de forma inclinada: el extremo inferior del madero largo toca el suelo por delante de la figura, mientras el travesaño se apoya sobre el brazo izquierdo del Nazareno.

Detalle de la mano derecha apoyada en la rodilla

Desde el punto de vista iconográfico, la obra se integra en la tradición de los Nazarenos que portan la cruz “al revés”, es decir, con el madero largo por delante de la figura, fórmula que fue relativamente frecuente en la escultura sevillana del siglo XVI. Un ejemplo bien conocido dentro de esta tipología es el Nazareno de la Hermandad del Silencio.

Nazareno de las Fatigas 

El profesor José Hernández Díaz calificó la imagen en 1980 como una obra “interesante y muy devota”, destacando además su carácter decorativo, “por tener tallado sólo el frente y presenta el dorso plano cubierta de tela encolada la parte posterior”. Señalaba pues que la talla fue concebida con el frente completamente trabajado mientras que el dorso permanecía plano, circunstancia que indica su destino para un retablo. La parte posterior estuvo durante mucho tiempo cubierta por telas encoladas, mientras que la imagen se presentaba habitualmente a los fieles vestida con una túnica morada, lisa o ricamente bordada en oro, datada en el siglo XVIII.

La cruz que acompaña a la imagen constituye también una pieza de notable interés. Se trata de un magnífico ejemplar barroco realizado en carey y plata. El trabajo de repujado del metal, caracterizado por las típicas flores bulbosas, permite fecharla en el siglo XVII y vincularla con la orfebrería sevillana de esa centuria.

Detalle del pie derecho

Detalle del pie izquierdo

La devoción popular hacia este Nazareno alcanzó momentos de gran intensidad a lo largo de la historia. El abad Alonso Sánchez Gordillo (ver), beneficiado de la parroquia de la Magdalena, dejó constancia en su manuscrito titulado Religiosas Estaciones del fervor que despertaba la imagen en el año 1634. En dicho texto señala que se difundieron diversos milagros atribuidos a la intercesión de esta imagen, motivo por el cual numerosos fieles acudían ante ella en busca de consuelo en sus tribulaciones. A mediados del siglo XVIII, el sacerdote Antonio González Cantero, uno de los curas más antiguos de la parroquia, recogió también testimonios de estos favores en la tradición local.

En 1848 la imagen fue sometida a una restauración cuyo autor no ha podido identificarse, ya que las cuentas parroquiales no mencionan ni el nombre del artífice ni el alcance exacto de la intervención. Todo indica, sin embargo, que en ese momento se recubrió la túnica tallada con telas encoladas y policromadas para proteger la madera, que presentaba un estado de conservación deficiente. Probablemente también se completó entonces el volumen del dorso mediante añadidos de escayola y estopa, ocultos bajo el plegado del nuevo revestimiento textil.

Entre julio y diciembre de 2009 la escultura fue objeto de una profunda restauración llevada a cabo por el escultor Francisco Berlanga de Ávila, con el asesoramiento del doctor en Historia del Arte José Roda Peña. Durante estos trabajos se retiraron las telas encoladas y los añadidos de materiales degradables que ocultaban la talla original. Gracias a esta intervención fue posible recuperar la volumetría primitiva de la imagen y su condición de escultura de más que medio relieve, con el dorso plano, devolviendo así a la obra su aspecto histórico y su auténtica configuración artística.

Por Andrés Carranza Bencano

lunes, 9 de marzo de 2026

EL PIE Y LOS CRUCIFICADOS DE SEVILLA

Cristo del Gonfalón o Confalón.

Cristo del Gonfalón o Confalón

El Cristo del Gonfalón o Confalón, es una escultura atribuida por el profesor Hernández Díaz al escultor francés Nicolás de León y fechada en torno a 1536, que anteriormente se encontraba en la sacristía del templo. La imagen forma parte de una composición de Calvario, acompañada por las figuras de la Virgen María y San Juan Evangelista, representados de pie y dispuestos a ambos lados del Crucificado.

Esta obra perteneció a una antigua hermandad hoy desaparecida, la Cofradía de la Vida de Cristo y Confalón, constituida por sacerdotes, cuya finalidad era el ejercicio de obras de misericordia y piedad cristiana y redimir cautivos. Dicha corporación estaba además agregada a una hermandad homónima radicada en Roma, lo que evidencia sus vínculos con la espiritualidad y las prácticas devocionales de ámbito internacional. Tenía en el convento de San Pablo su capilla propia con retablo, que es donde en la actualidad reside la Virgen del Amparo.

La escultura presenta las características propias de los crucificados de la primera mitad del siglo XVI realizados por artistas alemanes o franco-borgoñones, en los que se aúnan el estilo expresionista, doliente y dramático de sensibilidad germánica en su rostro con la búsqueda de la belleza y el naturalismo afines al gusto renacentista italiano que denotan su paño de pureza en forma de venda ceñida al cuerpo y la configuración anatómica del torso. El Cristo mide 1,54 m y está sujeto con tres clavos a una cruz plana con la superficie imitando carey.

Calvario formado por el Cristo del Gonfalón o Confalón, la Virgen María y San Juan Evangelista

Cristo del Gonfalón o Confalón

Detalle del rostro

Detalle del paño de pureza

Detalle de los pies

Por Andrés Carranza Bencano