viernes, 18 de septiembre de 2026

CALZADO 

Los Segadores. Léon-Augustin Lhermitte.

Los segadores. Léon-Augustin Lhermitte. 1887. Óleo sobre lienzo. 216 × 264 cm. Van Gogh Museum. Ámsterdam


Lhermitte presenta una escena de trabajo campesino desarrollada en un paisaje abierto de la campiña francesa. El horizonte bajo permite que el campo ocupe prácticamente toda la superficie del cuadro y sitúa a los personajes en contacto directo con la tierra.

En primer plano aparece un campesino sentado en el suelo que trabaja sobre una gran guadaña. Su cuerpo inclinado, los brazos tensos y la concentración de su rostro hacen visible el esfuerzo físico del trabajo. La herramienta se convierte en uno de los elementos fundamentales de la composición.

Detalle del campesino sentado en el suelo


Detrás de él se encuentran otros tres personajes. Una mujer permanece sentada o recostada sobre el terreno, mientras un hombre, sentado junto a ella, parece descansar. Más arriba, una muchacha sostiene varias herramientas agrícolas. La escena no representa, por tanto, el instante culminante de la cosecha, sino una pausa dentro de una jornada de trabajo.

Detalle del grupo de tres personajes


Esta circunstancia es importante: Lhermitte no presenta a los campesinos como figuras heroicas aisladas, sino como una pequeña comunidad familiar o laboral en la que cada individuo participa de las tareas del campo.

El paisaje está tratado con una gama de verdes, pardos, ocres y grises, muy diferente del colorido intenso que Van Gogh utilizaría en sus campos de trigo. La pincelada de Lhermitte mantiene una considerable precisión descriptiva, especialmente en las figuras, las herramientas, la ropa y la vegetación.

Detalle de la guadaña


La guadaña constituye uno de los elementos simbólicos más importantes de la composición. Es, en primer lugar, una herramienta agrícola perfectamente realista. Pero su presencia introduce también una dimensión temporal: la guadaña sirve para cortar la hierba y preparar el heno, es decir, para transformar la vegetación natural en un producto necesario para la subsistencia del mundo rural.

Lhermitte convierte así una herramienta cotidiana en un elemento que resume el ciclo agrícola: crecimiento de la vegetación, siega, recolección, almacenamiento y utilización.

La reparación o afilado de la guadaña resulta especialmente significativa porque nos muestra que incluso la herramienta del trabajo necesita mantenimiento. El cuadro no se limita a representar el resultado de la actividad agrícola, sino también sus gestos, instrumentos y momentos intermedios.

Un estudio contemporáneo de la obra señala precisamente que el campesino está golpeando la hoja de la guadaña con un martillo para afilarla o repararla. 

Detalle del calzado


El calzado forma parte de la caracterización social de los personajes y de la voluntad naturalista de Lhermitte. Estamos ante trabajadores rurales franceses de finales del siglo XIX, vestidos y equipados de acuerdo con su actividad y condición. El pintor presta atención a las prendas, los sombreros, las herramientas y también a los pies y al calzado, igual que presta atención al suelo embarrado y a la vegetación.

Por ello, los zapatos representan simbólicamente “la pobreza” o “la dureza del trabajo” sin una fuente específica que lo avale, pero contribuyen a situar a los personajes dentro del mundo campesino que Lhermitte quiso representar.

Por Andrés Carranza Bencano

PEDIATRIA

Retrato de Madame Augustine Roulin y su hija Marcelle. Vincent van Gogh. 

Retrato de Madame Augustine Roulin y su hija Marcelle. Vincent van Gogh. 1888. Óleo sobre lienzo. Museo van Gogh. Ámsterdam

La obra pertenece a la serie de retratos que Van Gogh realizó en Arlés de la familia de Joseph Roulin, empleado de correos y amigo del artista. El Museo de Arte de Filadelfia conserva precisamente una versión de este asunto, fechada en 1888, en la que Augustine Roulin aparece sosteniendo a su hija Marcelle, nacida en julio de ese mismo año.

La escena representa a Augustine Roulin sentada, sosteniendo cariñosamente a su hija Marcelle. La madre aparece ligeramente inclinada hacia la niña, creando una composición basada en la proximidad física entre ambas figuras. El rostro de Augustine queda parcialmente ensombrecido, mientras que el de la pequeña se ofrece con mayor claridad al espectador.

Este recurso hace que la niña adquiera una presencia particularmente intensa. Aunque el cuadro se presenta como un retrato de la madre, la mirada del espectador se dirige inmediatamente hacia el bebé, cuyo rostro y vestido claro destacan sobre la figura materna.

Detalle


El contraste cromático tiene una función esencial. La madre está representada mediante tonos verdosos y azulados, mientras que la niña aparece vestida de blanco.

Más que un simple retrato familiar, la pintura puede entenderse como una representación de la maternidad y del vínculo protector entre madre e hijo.

Augustine Roulin no aparece caracterizada mediante atributos sociales o profesionales. Van Gogh concentra la atención en su condición de madre. La proximidad de los cuerpos, el modo en que sostiene a la niña y la diferencia entre la escala de ambas figuras convierten la maternidad en el verdadero asunto de la composición.

La niña, además, dirige su presencia hacia el espectador. Su rostro luminoso contrasta con el rostro más reservado de la madre. Esta oposición puede interpretarse como una forma de establecer un diálogo entre dos generaciones: la experiencia y protección de la madre frente a la infancia y la promesa de futuro representada por la pequeña Marcelle.

La importancia de esta pintura reside, por tanto, en que Van Gogh transforma una escena doméstica aparentemente sencilla en una imagen de gran intensidad afectiva. No necesita recurrir a una escena religiosa de la Virgen y el Niño: la madre y su hija ocupan aquí el lugar de una representación contemporánea y cotidiana de la maternidad.

La niña, protegida por los brazos de Augustine, simboliza la continuidad de la vida; la madre representa protección, cuidado y vínculo familiar. El resultado es una pintura en la que el retrato individual se transforma en una imagen más universal de la relación materna.

Por Andrés Carranza Bencano

CALZADO 

El Segador. Vincent van Gogh.

El Segador. Vincent van Gogh. 1889. Óleo sobre tela. 73 x 92 cm. Museo van Gogh. Ámsterdam

El título que indicas corresponde a una de las versiones que Vincent van Gogh realizó en 1889 a partir de composiciones de Jean-François Millet. “De maaier (naar Millet)” puede traducirse como “El segador (según Millet)” o “El segador (después de Millet)”.

La obra pertenece al conjunto de pinturas que Van Gogh realizó durante su estancia en el asilo de Saint-Rémy-de-Provence, donde encontró en Millet una fuente de inspiración particularmente importante. Más que copiar literalmente los originales, Van Gogh utilizó las composiciones del maestro francés como punto de partida para reinterpretarlas de acuerdo con su propio lenguaje pictórico.

En El segador aparece un campesino inclinado sobre el campo mientras maneja la hoz. La figura humana, casi monumental, se recorta contra un paisaje dominado por los amarillos y dorados del trigo. El motivo de la siega, asociado tradicionalmente al ciclo de la naturaleza, al trabajo campesino y al paso de las estaciones, adquirió para Van Gogh un significado especialmente intenso. El artista veía en los campesinos una expresión de dignidad y esfuerzo y consideraba a Millet uno de los grandes maestros de la representación de la vida rural.

El Segador. Detalle

El movimiento del segador se prolonga visualmente en las ondulaciones del trigal, mientras que los contrastes cromáticos convierten el paisaje en una superficie de gran intensidad expresiva. El amarillo, tan característico de la producción de Van Gogh en estos años, domina la escena y transmite una sensación simultánea de luminosidad, calor y energía.

El propio Van Gogh relacionó el motivo del segador con la idea de la muerte. En una carta a su hermano Theo explicó que veía en el segador una imagen de la muerte, pero no de una muerte trágica: el ser humano que recoge la cosecha al final de un ciclo natural. El trigo, que madura y es cortado, se convierte así en una metáfora de la existencia humana. La luz amarilla, extraordinariamente intensa, transforma la escena en una visión casi espiritual.

El trigo representa la vida que alcanza su madurez. La siega representa el final de un ciclo. El segador puede interpretarse como una figura alegórica de la muerte. La cosecha expresa simultáneamente pérdida y renovación: lo que muere permite que comience un nuevo ciclo.

El simbolismo alcanza su máxima intensidad cuando se recuerda que Van Gogh estaba atravesando entonces una etapa de profunda introspección. Sin convertir automáticamente la obra en una confesión autobiográfica, sí resulta significativo que escogiera precisamente la figura de un hombre que corta aquello que ha llegado a su madurez. Es el hombre que recoge la cosecha y, al mismo tiempo, la figura que "corta" la vida.

Detalle del calzado del segador

El calzado del segador merece una atención especial. Van Gogh concede gran importancia a los pies y a los zapatos en numerosas representaciones de trabajadores y campesinos. No se trata simplemente de un detalle costumbrista.

Las botas o zapatos de trabajo son, ante todo, un signo de la condición humilde del personaje. Son un objeto gastado por el uso, asociado al trabajo físico, al desplazamiento y al contacto directo con la tierra. Frente a la elegancia o al calzado urbano, este calzado pertenece al mundo rural y al esfuerzo cotidiano.

Existe además una interesante tradición simbólica en la obra de Van Gogh relacionada con los zapatos. En 1886 había pintado varias veces pares de zapatos viejos y gastados, y ese motivo ha sido interpretado por historiadores del arte como una representación de la vida del trabajador, de la pobreza, del esfuerzo y de la experiencia acumulada. El zapato conserva las huellas del camino recorrido por su propietario.

En El segador, sin embargo, el significado es algo diferente porque el calzado forma parte de un cuerpo activo. Los pies del campesino están literalmente asentados sobre la tierra que trabaja. El zapato establece una conexión física entre el hombre y el campo.

El calzado puede simbolizar entonces la condición terrenal del hombre. Los pies mantienen al individuo unido al mundo material, mientras que la intensa luz que envuelve al segador puede sugerir una dimensión espiritual. La composición establece de esta manera una tensión entre lo terrestre y lo trascendente.


Por Andrés Carranza Bencano

viernes, 4 de septiembre de 2026

CALZADO 

La paz de Wad-Ras. Joaquín Domínguez Bécquer.

La Paz de Wad-Ras. Joaquín Domínguez Bécquer. 1870.Óleo sobre lienzo.317 x 587 cm. Ayuntamiento de Sevilla

La Paz de Wad-Ras, de Joaquín Domínguez Bécquer, es una pintura de carácter histórico realizada en 1870, pocos años después de la Guerra de África (1859-1860). Se trata de un óleo sobre lienzo de dimensiones monumentales, 317 × 587 cm, concebido para otorgar al episodio representado una especial solemnidad. Se ubica en el descanso de la escalera imperial.

La escalera desde la puerta de entrada al Consistorio con la pintura de Joaquín Domínguez Bécquer

El título de la obra hace referencia a la batalla de Wad-Ras, librada el 23 de marzo de 1860, una de las principales victorias obtenidas por las tropas españolas durante aquella campaña. La derrota marroquí facilitó el avance español hacia Tetuán y condujo a las negociaciones que culminaron el 26 de abril de 1860 con la firma, en Tetuán, del Tratado de Paz y Amistad entre España y Marruecos, conocido como Tratado de Wad-Ras.

Domínguez Bécquer interpreta el acontecimiento desde los presupuestos de la pintura histórica romántica del siglo XIX. El artista no se limita a reproducir un hecho militar, sino que construye una escena solemne, en la que la presencia de los soldados, los uniformes y la ambientación norteafricana contribuyen a recrear el ambiente de una campaña que había despertado un enorme interés en la sociedad española. La monumentalidad del lienzo refuerza, además, el carácter conmemorativo de la composición.

La importancia histórica de la pintura se comprende mejor si se relaciona con la trayectoria de las plazas españolas del norte de África, especialmente Ceuta y Melilla. Ambas ciudades tienen una historia mucho más antigua y compleja que la que podría sugerir su vinculación con la Guerra de África.

Ceuta fue conquistada por Portugal en 1415 y permaneció bajo soberanía portuguesa durante más de dos siglos. Cuando Portugal recuperó su independencia de la Monarquía Hispánica en 1640, Ceuta decidió mantenerse fiel a Felipe IV. Esta situación fue reconocida jurídicamente por el Tratado de Lisboa de 1668, que confirmó su pertenencia a la Corona española. Por tanto, reducir siglos de historia a la afirmación de que Marruecos pretende "recuperar" una ciudad que España mantiene ocupada supone un grave error histrico.

Por ello, el Tratado de Wad-Ras de 1860 no significó la incorporación de Ceuta a España. La ciudad ya se encontraba bajo soberanía española desde mucho antes. Lo que hizo el tratado fue ampliar el territorio sometido a la jurisdicción de la plaza española. Esta distinción resulta fundamental para comprender correctamente el significado histórico del documento.

El artículo II del tratado estableció la ampliación del territorio jurisdiccional de Ceuta hasta los lugares considerados necesarios para garantizar la seguridad de su guarnición. Más explícito todavía fue el artículo III, mediante el cual el sultán de Marruecos cedía a la reina de España, Isabel II, determinados territorios próximos a la plaza “en pleno dominio y soberanía”.

El artículo IV preveía asimismo la delimitación física de los nuevos límites mediante una comisión de ingenieros españoles y marroquíes, estableciendo que los territorios cedidos quedarían sometidos a la soberanía de la reina de España desde la firma del tratado.

El artículo VII establece que el sultán de Marruecos se obligaba a hacer respetar por sus propios súbditos los territorios que, conforme al tratado, quedaban bajo soberanía española. El mismo artículo reconocía además a España la capacidad de adoptar en ellos las medidas defensivas que considerase necesarias, sin oposición de las autoridades marroquíes.

El acuerdo tuvo también importantes consecuencias para Melilla. El artículo V ratificó el convenio suscrito en 1859 relativo a esta plaza, mediante el cual se ampliaba su perímetro más allá de las antiguas fortificaciones. El tratado estableció asimismo los límites territoriales de Melilla y confirmó las cesiones relacionadas con los peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas.

El Tratado de Wad-Ras fue, además, mucho más que un acuerdo estrictamente fronterizo. El sultán de Marruecos se comprometió a pagar a España una indemnización de guerra de 400 millones de reales, mientras que España mantendría la ocupación de Tetuán hasta que se hiciera efectivo el pago. El tratado contemplaba igualmente la liberación de los prisioneros de ambos bandos, determinadas ventajas comerciales para España y otros acuerdos diplomáticos.

Entre sus disposiciones figuraba también la cesión a España de un territorio en torno al antiguo establecimiento de Santa Cruz de la Mar Pequeña, en la costa atlántica africana. La identificación posterior de aquel enclave con Ifni resultaría problemática y acabaría demostrando ser errónea, pero el episodio refleja el interés español por recuperar antiguas posiciones y derechos en las costas africanas.

En este contexto, La Paz de Wad-Ras adquiere una dimensión que trasciende su valor puramente artístico. La pintura de Joaquín Domínguez Bécquer es también un testimonio de la manera en que la España del siglo XIX contempló y representó su presencia en el norte de África.

La obra permite así establecer un puente entre arte, memoria e historia. La escena representada por Domínguez Bécquer remite a un conflicto concreto, pero detrás de ella se encuentra una larga historia de relaciones entre España y el norte de África, de la que Ceuta y Melilla constituyen dos capítulos fundamentales. Wad-Ras no creó la soberanía española sobre Ceuta ni sobre Melilla, pues Ceuta ya estaba bajo soberanía española mucho antes de 1860, sí consolidó y amplió determinadas posiciones territoriales españolas mediante un tratado internacional suscrito entre España y Marruecos.

Vista desde el presente, la pintura conserva por ello un doble interés. Por un lado, constituye una notable manifestación de la pintura histórica sevillana del siglo XIX y permite apreciar el gusto romántico por los grandes episodios militares y por la evocación de escenarios exóticos. Por otro, ofrece un punto de partida excepcional para acercarse a una cuestión histórica de larga duración: la presencia española en el norte de África y la evolución territorial de Ceuta y Melilla.

La Paz de Wad-Ras no es, en definitiva, únicamente la representación de una paz alcanzada después de una batalla. Es la imagen artística de un momento decisivo de la política española en el Magreb y, al mismo tiempo, un documento visual que ayuda a comprender cómo aquel episodio fue convertido por el arte del siglo XIX en símbolo de victoria, memoria y afirmación histórica.

Detalle de la diferencia de calzados entre españoles y marroquíes

Por Andrés Carranza Bencano

miércoles, 1 de julio de 2026

 EL PIE Y LOS CRUCIFICADOS DE SEVILLA

Crucificados menores. Crucificado de marfil. Sacristía de la Iglesia del Salvador.  

Crucificado de Marfil. Anónimo sevillano. Hacia 1700


Crucificado de Marfil. Anónimo sevillano. Hacia 1700
Detalle del rostro
Detalle del paño de pureza
Detalle de los pies

Por Andrés Carranza Bencano

EL PIE Y LOS CRUCIFICADOS DE SEVILLA

Crucificados menores. Crucificado del Buen Viaje. Sacristía de la Iglesia del Salvador.  

Crucificado del Buen Viaje. Anónimo sevillano. Finales siglo XVI. Madera policromada

Detalle del rostro

Detalle de los pies  

Por Andrés Carranza Bencano

martes, 30 de junio de 2026

 EL PIE Y LOS NAZARENOS DE SEVILLA

Santísimo Cristo de los Afligidos. Calle Feria.

En la calle Feria, a continuación de la Iglesia de san Juan de la Palma, existe una ventana con reja y a través de la cual se puede apreciar el “Santísimo Cristo de los Afligidos”, sobre una peana cubierta de azulejería artística.

Calle Feria numero 2

Aparece sentado con túnica y corona y parece representar el momento de la burla al Señor, tras ser azotado y coronado de espinas (muy difícil de fotografiar por los reflejos del cristal que lo cubre).

Santísimo Cristo de los Afligidos

Detalle

La imagen actual podría ser obra de José Merino Román, aunque otros la atribuyen a José Sanjuán Navarro. Lo cierto es que fue realizada para sustituir a la original que fue destruida por las “hordas anticlericales” que asaltaron la Iglesia durante la Guerra Civil en 1936. La imagen original procedía del desaparecido “Convento Regina”, exclaustrado en 1835 y derribado posteriormente, que se situaba muy cerca de San Juan de la Palma, concretamente en la calle Regina, que toma su nombre del mencionado convento. En dicho convento, el Cristo de los Afligidos recibía culto tras una ventana, por lo que se decidió que en el nuevo emplazamiento no perdiera esa condición de ser visible por todos los devotos que pasaran por delante caminando por la calle.

Detalle de la peana 

Detalle de los pies del Santísimo

Por Andrés Carranza Bencano