jueves, 26 de marzo de 2026

 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Pie griego

La ultima cena. Leonardo da Vinci. 

La última cena. 1495 y 1498. Leonardo da Vinci. Témpera y óleo en yeso, brea y masilla. 4,6 x 8,8 mts. Refectorio del Convento Santa María delle Grazie, Milán, Italia.

Tanto Jesús como sus discípulos pertenecían al pueblo judío, por lo que el banquete que compartieron se desarrolló en el marco de sus tradiciones religiosas. La última cena con los apóstoles aparece narrada en los cuatro evangelios canónicos (Mt 26,17–30, Mc 14,12–26), Lc 22,7–39 y Jn 13,1: 17,26) y se sitúa en estrecha relación con la celebración de la Pascua judía, que Jesucristo compartió con sus discípulos antes de su pasión.

Esta comida pascual, conocida como "Séder de Pésaj", es un rito que conmemora la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto, tal como se relata en el libro del Éxodo. Su origen se encuentra en el mandato divino de sacrificar un cordero y marcar con su sangre las puertas de las casas para que el ángel exterminador “pasara de largo”. El término Pésaj (pasar) alude precisamente a ese paso, mientras que Séder significa “orden”, en referencia a la estructura ritual que guía la celebración mediante la Hagadá, texto que conduce el relato del éxodo y da sentido a cada gesto.

La cena se celebraba siguiendo normas concretas: los participantes vestidos de blanco en señal de pureza y santidad, sentados en el suelo, adoptaban una postura reclinada, signo de libertad, recordando que ya no eran esclavos. Así se describe también al inicio de la cena de Jesús, cuando se sienta a la mesa con sus apóstoles y expresa su deseo de compartir aquella Pascua con ellos.He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros…” (Lc 22: 14-20).

Los alimentos del Séder no son arbitrarios, sino que poseen un significado simbólico que remite a la experiencia de la esclavitud y a la posterior liberación. Se disponen en una bandeja especial llamada “keará”.

La matzá es el pan sin levadura, que evoca la prisa con la que los israelitas abandonaron Egipto, sin tiempo para que la masa fermentara. También recuerda la dureza de la vida en cautiverio y expresa sencillez y humildad (Deut 16-3).

El maror, compuesto por hierbas amargas (rábano picante o lechuga), representa la amargura de la esclavitud.

El jaroset es una mezcla dulce de frutas, frutos secos, especias y vino que simboliza el barro utilizado para fabricar ladrillos, aunque su dulzura sugiere la presencia de esperanza incluso en medio del sufrimiento.

El karpas, normalmente perejil o apio, se moja en agua salada, evocando las lágrimas del pueblo durante su opresión; al mismo tiempo, su color verde alude a la primavera, a la vida y la renovación.

El zeroa, un hueso de cordero asado, recuerda el sacrificio pascual ofrecido en el Templo de Jerusalén y remite al relato del Éxodo, cuando la sangre del cordero protegió a los israelitas.

El beitzá, un huevo cocido, simboliza el duelo por la destrucción del Templo y, a la vez, la continuidad de la vida.

A ello se añade el afikomán, un trozo de pan que se reserva durante la cena y cuya búsqueda final tiene un valor simbólico ligado a la redención.

Durante la comida, Jesús realiza un gesto decisivo: toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y lo entrega a sus discípulos diciendo: "Tomad, comed; esto es mi cuerpo" (Mt, 26:26), con ello realizó la transfiguración del pan. 

Otro elemento significativo del Séder es que se deja un lugar vacío y una copa llena de vino, es la copa reservada al profeta Elías, signo de la esperanza en la redención futura anunciada por la tradición profética.” He aquí, yo os envío al Profeta Elías antes que venga el día del Señor” (Malaquías 4: 5).

La celebración incluye también la obligación de tomar cuatro copas de vino. Cada una de ellas se bebe inclinándose hacia la izquierda y tiene un momento específico y un significado simbólico profundo, relacionado con la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto.

La primera  es la copa de la Liberación. Kiddush (Santificación). Se bebe al inicio de la cena. Simboliza la santificación de la fiesta y el comienzo del tiempo sagrado.  También se asocia con la primera promesa divina: “Yo soy el Señor; y os sacaré de debajo de las cargas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido y con grandes juicios.” (Éxodo 6:6). La frase “os sacaré” es una promesa divina de liberación.

La segunda, es la copa de la Salvación.  Maguid (Narración). Se bebe después de relatar la historia del Éxodo y recordaba las diez plagas de Egipto. Simboliza la memoria de la historia de la liberación, relacionada con la promesa: Yo soy el Señor; y os sacaré de debajo de las cargas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido y con grandes juicios.” (Éxodo 6:6). Os libraré…” indica romper la opresión, es decir, quitar el yugo de la esclavitud.

La tercera es la copa de la Redención. Birkat Hamazón (Bendición después de la comida). Se bebe al terminar la comida y las bendiciones. Simboliza el agradecimiento a Dios por la liberación y los alimentos. Vinculada con: Yo soy el Señor; y os sacaré de debajo de las cargas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido y con grandes juicios (Exodo 6:6). Aquí, “os redimiré” añade un matiz aún más profundo: no solo liberar, sino rescatar pagando un precio y manifestando el poder salvador de Dios sobre Egipto.

Al finalizar la cena (según algunas interpretaciones, coincidiendo con la tercera copa de la Pascua judía), Jesús tomó una copa de vino, dio gracias y se la pasó diciendo: "Bebed todos de ella; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados" (Mt 26: 27-28).

Al añadir el mandato "Haced esto en memoria mía" (Lc 22:19), Jesús no solo instituye el rito de la Eucaristía, sino que confiere a los apóstoles el poder de repetirlo, estableciendo así también el Sacramento del Orden Sacerdotal.

Y luego dice algo sorprendente: “No beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios” (Mc 14:25).

Entre la tercera y la cuarta copa los judíos tenían prohibido beber.

La cuarta es la copa de la Consumación. Hallel (Alabanza). Se bebe al final, luego de cantar los salmos de alabanza.  Simboliza la alegría y la alabanza por la salvación, por la consumación del plan de Dios.  Con esta última se daba por terminada la celebración, concluyendo el “Rito Pascual”. Relacionada con: Y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios, y sabréis que yo soy el Señor vuestro Dios, que os sacó de debajo de las cargas de Egipto ”(Éxodo 6:7).

Pero, Mateo refiere: “Después del canto de los salmos, antes de tomar la cuarta copa, salieron hacia el Monte de los Olivos” (MT 26: 30-41). En este supuesto, Jesus habría abandonado el cenáculo sin tomar la última copa y por tanto dejando inconclusa la Cena de Pascua, algo impensable en la tradición judía.

En el monte de los olivos exclama:” Padre mío, si es posible pase de mí este cáliz”, Poco después suplicó: “Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad” y nuevamente oró por tercera vez repitiendo las mismas palabras (Mt: 26: 39-44). Es posible que cuando habla de ese cáliz se refiere a la cuarta copa.

Posteriormente Jesus se niega a beber la copa que le ofrecen en el Gólgota, una bebida con intención de aliviar el dolor: “Le dieron de beber vino con hiel, pero Él no quiso tomarlo” (Jn 19: 30).

Finalmente, en la cruz Jesus dijo:” Tengo sed”. “Había allí un recipiente lleno de vinagre, empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después del beber el vinagre Jesús dijo: “Todo se ha cumplido e inclinando la cabeza, entregó su espíritu” (Jn: 19: 23-30). Esto recuerda al hisopo usado en la Pascua judía para rociar la sangre del cordero pascual (Éxodo 12:22), reforzando la idea de Jesucristo como el Cordero pascual.

Así culminaría la celebración pascual que no había terminado en el cenáculo y podemos decir que la Celebración de la Sagrada Cena culminó en el Monte Calvario. Por lo que muchos estudiosos (especialmente en teología bíblica moderna) proponen que: Jesús interrumpe el Séder y deja la cuarta copa sin beber. La cena queda “abierta”. El rito no se completa en ese momento.  La “bebió” simbólicamente en la cruz, al aceptar el vino antes de morir, pues es la copa de la alabanza y consumación. Esto refuerza la idea de que la Última Cena y la crucifixión forman un único acto pascual continuo.


La representación de la Última Cena realizada por Leonardo da Vinci entre 1495 y 1498 constituye una de las obras más influyentes del arte occidental. Ejecutada con una técnica experimental que combina témpera y óleo sobre una preparación de yeso, brea y masilla, alcanza unas dimensiones monumentales de 4,6 por 8,8 metros. Se encuentra en el refectorio del convento dominico de Santa María delle Grazie, en la ciudad de Milán.

El encargo parece haber sido promovido por Ludovico Sforza, quien impulsaba la remodelación del convento con la intención de convertirlo en panteón familiar. La pintura fue concebida para ocupar la pared norte del refectorio, un espacio destinado a las comidas comunitarias de los monjes, lo que refuerza el carácter simbólico de la escena representada.

Uno de los aspectos más innovadores de la obra reside en su concepción espacial. Leonardo sitúa la escena a una altura que coincide con la perspectiva del espectador, logrando que el muro parezca prolongar el espacio real del comedor. Este efecto ilusionista se intensifica mediante la disposición de la arquitectura pintada y la apertura de tres ventanas al fondo, que conducen la mirada hacia un paisaje lejano. El resultado es un sofisticado trampantojo que diluye los límites entre el espacio físico y el representado.

Detalle de refectorio

La composición se organiza con un rigor geométrico notable. Jesucristo ocupa el centro exacto, formando un eje de simetría alrededor del cual se distribuyen los doce apóstoles en cuatro grupos de tres. Esta disposición no solo ordena visualmente la escena, sino que permite individualizar las reacciones de cada personaje. De izquierda a derecha, se suceden Bartolomé, Santiago el Menor y Andrés; Judas Iscariote, Pedro y Juan; Tomás, Santiago el Mayor y Felipe; y finalmente Mateo, Judas Tadeo y Simón.

Detalle central de Jesús

Bartolomé, Santiago el Menor y Andrés

Judas Iscariote, Simón Pedro y Juan

Tomás, Santiago el Mayor y Felipe

Mateo, Judas Tadeo y Simón Zelote

Leonardo introduce una novedad iconográfica al elegir el instante preciso en que Cristo anuncia la traición: “uno de vosotros me traicionará”, pasaje recogido en el Evangelio de Juan (Jn 13, 21-31) Este momento desencadena una intensa variedad de emociones que el artista traduce en gestos y actitudes diferenciadas: sorpresa, incredulidad, indignación o temor. Tomás alza el dedo en un gesto interrogativo, Santiago el Mayor reacciona con energía, Felipe muestra aflicción, mientras que Judas, en actitud retraída, parece consciente de su culpabilidad. Leonardo buscó así plasmar lo que él mismo denominaba los “movimientos del alma”, es decir, la expresión visible de los estados interiores.

La escena se sitúa en el contexto de la cena pascual judía, después de que ya se han sentado a la mesa y antes de la “copa de la bendición” (la tercera), que en el cristianismo se asocia con la Eucaristía, ósea entre la segunda y la tercera copa. Este detalle refuerza el carácter narrativo y teológico de la obra.

Sin embargo, la ambición técnica de Leonardo tuvo consecuencias negativas. Al rechazar la técnica tradicional del fresco, que exigía rapidez y no permitía correcciones, optó por una mezcla de óleo y temple aplicada sobre un soporte seco. Esta solución, que le permitió trabajar con mayor libertad y detalle, resultó inestable: pocos años después de su finalización, la pintura comenzó a deteriorarse debido a la escasa adherencia de los pigmentos al muro. Desde entonces, la obra ha sido objeto de múltiples restauraciones, con pérdida significativa de su superficie original.

La intervención más importante fue dirigida por Pinin Brambilla Barcilon entre 1977 y 1999, tras más de dos décadas de trabajo. Su objetivo fue recuperar, en la medida de lo posible, el aspecto original de la pintura, eliminando añadidos posteriores y consolidando los restos conservados. Aun así, el resultado actual dista de lo que pudieron contemplar los contemporáneos de Leonardo, entre ellos Luis XII de Francia, quien, según la tradición, quedó tan impresionado que llegó a plantear su traslado a Francia.

El interés popular por la pintura se intensificó a comienzos del siglo XXI tras la publicación de El código Da Vinci en 2003 y su adaptación cinematográfica posterior. La obra propone interpretaciones simbólicas y supuestos mensajes ocultos en la composición, como la identificación del apóstol Juan con María Magdalena, afirmación que puede desmentirse observando los dibujos de Leonardo donde se ve que es el apóstol más joven, o la ausencia de un cáliz explícito. No obstante, estas teorías carecen de fundamento histórico y artístico, y han sido ampliamente refutadas por especialistas, quienes subrayan la coherencia de la iconografía de Leonardo dentro de la tradición renacentista.

En tiempos recientes, las nuevas tecnologías han permitido profundizar en el conocimiento de la obra. Iniciativas como las desarrolladas por Google Arts & Culture han generado imágenes de altísima resolución que revelan detalles hoy apenas perceptibles en el original, como el brazo derecho de Judas, en el que conserva las treinta monedas de plata recibidas por la traición, derramando un salero, un aciago augurio según las creencias de la Europa occidental del siglo XV, o el cuchillo en la mano de Pedro augurio de lo que ocurrirá en el monte de los Olivos y los pies de Jesucristo, que fueron cercenados cuando se abrió una puerta en esa pared del refectorio.

Detalle de la bolsa del dinero de Judas y el salero derramado

Detalle del cuchillo en la mano de Pedro

Detalle de los pies de Jesucristo con morfología de Pie Griego

En definitiva, La Última Cena no solo destaca por su calidad artística, sino también por su capacidad para integrar espacio, emoción y narrativa en una composición de extraordinaria complejidad, cuyo impacto se mantiene vigente a pesar de las vicisitudes materiales que ha sufrido a lo largo del tiempo.

 Por Andrés Carranza Bencano 

domingo, 22 de marzo de 2026

CARDIOLOGÍA

Goya atendido por Arrieta. Francisco de Goya.

Goya atendido por Arrieta es una obra realizada por Francisco de Goya en 1820, óleo sobre lienzo de 117 x 79 cm, conservada hoy en el Minneapolis Institute of Art (Estados Unidos). La pintura constituye uno de los testimonios más íntimos y conmovedores del artista, tanto por su carácter autobiográfico como por la intensidad emocional con la que está concebida.

Tras su ejecución, el cuadro permaneció inicialmente en poder del propio médico representado, Eugenio García Arrieta. Posteriormente pasó por diversas colecciones privadas en Madrid, París y Nueva York, hasta que fue adquirido en 1952 por el museo de Minneapolis.

De esta obra se conocen además dos copias realizadas por el discípulo de Goya, Asensio Julià, quien las ejecutó en el propio taller del maestro.  Desparmet facilitó los datos del paradero de estas copias: una se encontraba en la colección de la señora Galardi de Quintano, en Irún, y la otra estaba en la colección Moret y Remisa, en Madrid, que se expone actualmente en el Museo de Bellas Artes de Álava.

En la parte inferior del cuadro figura esta inscripción, probablemente autógrafa, con la particular ortografía de la época: "Goya agradecido, á su amigo Arrieta: por el acierto y esmero con qe le salvo la vida en su aguda y / peligrosa enfermedad, padecida á fines del año 1819, a los setenta y tres años de su edad. Lo pinto en 1820".

Detalle de la inscripción en la parte inferior del cuadro 


El carácter de la inscripción, subrayando el agradecimiento al médico, Eugenio García Arrieta, le da a la obra un sentido casi votivo, cercano al exvoto, simbolizando el papel trascendental, que en tiempos de dificultades, tienen las personas que cuidan de nuestra salud, y anuncia el respeto y exaltación de la ciencia que serán propios de finales del s. XIX, abandonando la sátira y la crítica burda dieciochesca de los médicos (matasanos, aliados de las Parcas) que él mismo cultivara en alguno de sus Caprichos o de sus Sueños.

La figura de Arrieta es, sin embargo, poco conocida fuera de este contexto. Se sabe que nació en Cuéllar (Segovia) en 1770 y que ejerció en Madrid atendiendo a una clientela distinguida. También se ha señalado su posible relación familiar con el escritor Agustín García Arrieta. Poco después de asistir a Goya, fue enviado por el gobierno español a estudiar una epidemia, "la peste de Levante", en el norte de África, donde probablemente falleció. De forma paradójica, el anciano pintor sobrevivió varios años a su propio médico, a pesar de sus enfermedades y de ser veintitrés años mayor que él.

La enfermedad de Goya ha sido objeto de numerosos estudios. Ya en 1792 había sufrido una dolencia grave durante un viaje por Andalucía, cuando tenía cuarenta y seis años.

Fue atendido en Cádiz por su amigo Sebastián Martínez, comerciante y coleccionista de arte, en cuya casa pasó una larga convalecencia. El proceso de recuperación se prolongó casi dos años y, aunque logró superar la mayor parte de los síntomas, lo dejó sordo de forma permanente.

Los síntomas descritos (mareos, pérdida de equilibrio, zumbidos, deterioro progresivo de la audición, cefaleas y debilidad) han dado lugar a diversas hipótesis diagnósticas: desde infecciones como la sífilis hasta intoxicaciones por plomo, frecuentes entre los pintores por el uso de pigmentos, o efectos secundarios de tratamientos con quinina. Entre las interpretaciones más recientes se ha propuesto incluso el síndrome de Susac, una rara enfermedad autoinmune. En cualquier caso, su salud siguió siendo frágil durante el resto de su vida.

Para su recuperación, Goya se retiró a una casa en las afueras de Madrid, la conocida “Quinta del Sordo”, junto al río Manzanares. Allí, años después, sufriría la crisis de 1819 que motiva esta pintura, un episodio del que apenas se tendrían noticias de no ser por este testimonio pictórico, de agradecimiento al médico que le atendió y lo curó.

Poco antes de sufrir esta afección, Goya había relatado a su amigo Zapater síntomas compatibles con cuadros hipertensivos, como mareos, cefaleas, palpitaciones.

En la obra, el artista se representa a sí mismo en un estado de extrema debilidad. Aparece semincorporado en la cama, con la cabeza caída hacia atrás, casi inconsciente, con el rostro pálido, la mirada perdida, la boca entreabierta, como si le costara un tremendo esfuerzo respirar, el cabello gris revuelto y sudoroso, y aferrándose a la sábana, en un gesto de angustia vital. La sabana le cubre hasta la cintura, y asoma por encima de la manta roja; viste un camisón blanco y un gabán gris. Es la expresión clínica de un edema agudo de pulmón y Goya nos transmiten su vivencia de la falta de la plena consciencia y del camino a la agonía, pues casi podemos oír su respiración entrecortada.

Detalle de Goya

Detrás de él, Arrieta lo sostiene con firmeza, rodeándole la espalda con un brazo con ademan protector, para impedir que se desplome sobre la cama; mientras le acerca un vaso con una sustancia rojiza, quizá un brebaje para aliviar los síntomas de la enfermedad, o ¿será la digitalina que salvara al artista?, todo ello, en una actitud que combina profesionalidad y afecto. La relación entre ambos no es fría ni distante, el médico aparece como protector y amigo, implicado emocionalmente en la lucha por la vida del paciente. El médico lleva una chaqueta de intenso color verde, camisa blanca y pantalón negro.

Detalle de Goya y Arrieta

Goya presenta aquí a su médico, no sólo como su salvador que le hace beber la medicina, sino como el amigo que le abraza y le conforta ante la presencia de la muerte”.

“Nada hay más fundamental y elemental en el quehacer médico que su relación inmediata con el enfermo, nada en ese quehacer parece ser más permanente” (Lain Entralgo. “La relación médico-enfermo”, 1964)

La disposición de las figuras recuerda composiciones tradicionales de la iconografía religiosa, especialmente el tema de la Piedad, aunque aquí reinterpretado en clave laica. Esta lectura enlaza con otras obras de Goya en las que traslada esquemas religiosos al ámbito cotidiano, dotándolos de un nuevo significado humano.

En el fondo del cuadro se distinguen varias figuras apenas definidas, envueltas en la penumbra. Su interpretación ha sido muy discutida: podrían representar familiares o asistentes, pero también se han identificado con las Parcas de la mitología clásica, símbolo del destino y de la vida que se extingue. Su presencia introduce un componente inquietante y casi onírico, en contraste con el realismo casi clínico de las figuras principales.

Detalle de las Parcas (lado izquierdo del cuadro)
Detalle de las Parcas (lado derecho del cuadro)

En conjunto, la obra no solo documenta un episodio biográfico, sino que reflexiona sobre la fragilidad de la vida, la cercanía de la muerte y el papel esencial del cuidado médico. Goya ofrece aquí una imagen profundamente humana de la enfermedad, en la que el sufrimiento, el miedo y la esperanza quedan plasmados con una sinceridad poco común en la pintura de su tiempo.

Por Andrés Carranza Bencano