MEDICINA DE CABECERA
El Doctor. Sir Luke Fildes.
“La medicina es la más humana de las artes, la más artística de las ciencias y la más científica de las humanidades”, escribió Edmund Pellegrino en 1990.
Esta
afirmación encuentra una expresión visual especialmente elocuente en “El Doctor”,
una de las obras más conocidas de Sir Luke Fildes, donde la práctica médica se
presenta no solo como un saber técnico, sino como un ejercicio profundo de
humanidad.
La escena se
desarrolla en el interior de una modesta vivienda rural. En ella, un médico
vela a una niña gravemente enferma, tendida en una cama improvisada formada por
dos sillas y varias almohadas. Todo sugiere que la pequeña padece una
enfermedad infecciosa, una de las principales causas de mortalidad infantil en
el siglo XIX. La magnitud de este drama era tal que, en aquella época, solo uno
de cada cuatro niños lograba alcanzar la edad adulta.
El cuerpo
frágil de la niña yacente transmite vulnerabilidad y debilidad extrema. Su
rostro pálido, iluminado por la luz cálida de una lámpara de aceite situada
sobre la mesa, se convierte en el foco emocional del cuadro. La pantalla
inclinada de la lámpara no es un detalle casual, sino que dirige la luz hacia el rostro
enfermo, subrayando la gravedad del momento y reforzando la intimidad de la
escena. La expresión del niño despierta de inmediato la compasión del
espectador.
Detalle de la niña
En segundo plano, envueltos en la penumbra, aparecen los padres. Son figuras casi inmóviles, paralizadas por la impotencia y la resignación.
El padre permanece de pie, observando con ansiedad contenida, mientras apoya una mano sobre el hombro de la madre.
Ella, sentada junto a la mesa, se inclina hacia delante y
llora desconsoladamente, con las manos entrelazadas en un gesto que recuerda a
la oración. Su postura sugiere tanto súplica como agotamiento, una mezcla de
esperanza y desesperación ante la incertidumbre del destino de su hija.
Detalle de los padres
En primer plano
se sitúa el médico, vestido con la indumentaria sobria de la época. Su rostro,
que es en realidad un autorretrato del propio Fildes, muestra el ceño fruncido
y una expresión profundamente reflexiva. Con la mano apoyada en el mentón,
observa atentamente a la paciente, como si repasara mentalmente cada síntoma,
cada decisión tomada, temiendo haber pasado por alto algún detalle crucial. No
hay en su actitud dramatismo ni gestos grandilocuentes, solo una concentración
absoluta, una espera vigilante, casi contenida, ante la posibilidad de un leve
signo de mejoría.
Detalle del Doctor
Sobre la mesa,
junto a la lámpara, se distinguen varios objetos que aluden a la práctica
médica cotidiana: un frasco de medicación, una taza y una cuchara. En un banco,
junto a la cabeza de la niña —para cuya representación Fildes utilizó como
modelos a dos de sus propios hijos— se observan una jarra y un recipiente que
podría ser un mortero o, quizá, un simple cuenco con agua destinado a aliviar
la fiebre. Estos elementos refuerzan la idea de una medicina todavía limitada
en recursos, pero ejercida con dedicación y cuidado constante.
Detalle de la mesa
Detalle del banco
A través de una
ventana situada junto a los padres se filtra una luz tenue, casi imperceptible:
el amanecer. Según palabras del propio Fildes, esta claridad incipiente
simboliza el inicio de la recuperación de la niña. La noche ha sido larga y
angustiosa, pero la crisis ha pasado. Ese leve resplandor introduce una nota de
esperanza que equilibra el dramatismo de la escena.
Detalle de la ventana
Una de las
experiencias más duras para cualquier médico es asistir, sin poder evitarlo, a
la muerte de un niño. El centro emocional del cuadro no es el sufrimiento de la
familia ni la precariedad del entorno, sino la actitud del médico. No mira a
los padres, no recorre la habitación con la vista, su atención está fija
exclusivamente en la niña. Ha pasado toda la noche sentado junto a su cabecera,
sin dormir, sin apartarse, simplemente observando. Porque, como sugiere la
obra, un buen médico no es solo quien cura, sino quien permanece y no se va.
Detalle del Doctor y la niña
La carga
emocional de El Doctor tiene una raíz profundamente personal. En la Navidad de
1877, el hijo mayor de Fildes, Philip, falleció con apenas un año de vida a
causa de la tuberculosis, pese a los dedicados cuidados del doctor Gustav
Murray, médico de la familia, que acompañó al niño y a sus padres durante todo
el proceso. Esta experiencia marcó de forma indeleble al artista.
Años después,
cuando Sir Henry Tate le encargó una obra de tema libre para su galería, Fildes
eligió rendir homenaje no solo a aquel médico concreto, sino a la medicina en
su conjunto. El resultado fue una representación del vínculo médico-paciente,
basada en valores que trascienden el tiempo: la atención constante, el
compromiso, la empatía y la confianza depositada por la familia en quien cuida
de lo más valioso que poseen, son los valores
que trascienden a la pintura.
Revisitar
obras pictóricas centradas en el acto médico permite recuperar la esencia más
profunda de la profesión. Estas imágenes son un reflejo fiel del impacto de la
enfermedad no solo en el paciente, sino también en quien lo atiende,
recordándonos que la medicina es, ante todo, una relación humana.
El
antiguo aforismo “Curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre”, atribuido
a figuras como Hipócrates, Ambroise Paré, Claude Bernard, Pasteur, Osler o
Alexis Carrel, sigue plenamente vigente incluso en una era dominada por la
tecnología, la inteligencia artificial y la medicina basada en la evidencia.
Si no se
puede curar, se debe ayudar.
Si no se puede aliviar, se debe consolar.
Y si nada de eso es posible, al menos se debe acompañar.













