sábado, 4 de abril de 2026

PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Dedos en garra

El Niño de la Espina. Francisco de Zurbarán.

El niño de la espina. Francisco de Zurbarán. Hacia 1630. Óleo sobre lienzo. 128 x 85 cm. Museo de Bellas Artes. Sal VI. Donación de Doña Luisa Cortés y Soto en 1981

El cuadro El niño de la espina, realizado hacia 1630 por Francisco de Zurbarán, es una de las más delicadas representaciones de la infancia de Cristo dentro de la pintura barroca española. Ejecutado al óleo sobre lienzo y conservado en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, esta obra —de 128 x 85 cm y procedente de la donación de Doña Luisa Cortés y Soto en 1981— refleja el éxito que alcanzaron las imágenes de devoción popular centradas en la aceptación precoz del sufrimiento por parte del Niño Jesús.

La escena se desarrolla en un interior de carácter monumental y clasicista, organizado en una composición semicircular con hornacinas. En este espacio, el Niño aparece como un adolescente de belleza idealizada, sentado en una sencilla banqueta. Su actitud es recogida y reflexiva: observa con atención su dedo índice, herido por una espina de la corona que él mismo está trenzando y que permanece inacabada sobre su regazo. Este gesto, cargado de simbolismo, anticipa la Pasión y convierte un episodio aparentemente cotidiano en una profunda meditación sobre el destino redentor de Cristo.

Detalle sin marco

Detalle del dedo pinchado

Detalle de la corona inacabada con manchas de sangre

Zurbarán demuestra aquí su maestría en el estudio de la figura humana, especialmente en el tratamiento del rostro: de expresión dulce y abstraída, enmarcado por cabellos dorados que caen en pequeños rizos. Viste el Niño una amplia túnica de tonos gris violáceos —color asociado a la penitencia— cuyos pliegues quebrados evocan la tradición de los primitivos flamencos. La suavidad cromática del conjunto, dominada por gamas cálidas de pardos, verdes, grises y malvas, contrasta con la intensidad del cortinaje rojo carmín que se recoge en la parte superior izquierda, aportando dinamismo y profundidad a la composición.

Detalle del rostro del Niño

Uno de los aspectos más notables de la obra es la inclusión de elementos cotidianos que refuerzan su carácter íntimo. A la derecha, sobre una mesa de madera con el cajón entreabierto —recurso perspectivo y símbolo de esperanza— se dispone un exquisito bodegón. En él aparecen un jarro de vidrio con flores (rosas, claveles y lirios, emblemas de pureza), un pequeño libro cerrado y un ave —generalmente interpretada como petirrojo o jilguero— que alude también a la futura Pasión. Estos objetos, tratados con minuciosidad casi táctil, constituyen uno de los ejemplos más refinados del naturalismo de Zurbarán.

Detalle del jilguero

La obra logra así una armoniosa fusión entre lo doméstico y lo trascendente: el interior burgués y los objetos humildes conviven con una carga simbólica profundamente teológica. Este tipo de representaciones encuentra su inspiración en textos devocionales como la Vita Christi de Ludolfo de Sajonia, difundida en Sevilla en el siglo XVI, y responde al interés de órdenes como la cartuja por meditar sobre la infancia de Cristo.

Pese a su alta calidad, algunos aspectos —como ciertas imprecisiones en la perspectiva de la mesa, la rigidez de los pliegues o la torpeza en el dibujo de las manos— sugieren la posible intervención del taller del pintor. Sin embargo, ello no disminuye el valor de una composición que, en su conjunto, destaca por su capacidad de emocionar y de invitar a la contemplación.

En definitiva, El niño de la espina constituye una obra paradigmática del arte de Zurbarán, donde la sencillez aparente encierra una profunda reflexión espiritual, convirtiendo un instante íntimo en una imagen cargada de significado redentor.

Un detalle que no llama la atención es la morfología de los dedos del pie en posición de garra. 

Detalle de los dedos en garra del pie derecho

Por Andrés Carranza Bencano

PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Pie egipcio

Cristo coronando a San José. Francisco de Zurbarán.

Cristo coronando a San José. Francisco de Zurbarán. Hacia 1640. Óleo sobre lienzo. 250 x 166 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI

Desconocemos con exactitud el origen de esta iconografía, poco frecuente dentro de la tradición artística, en la que se representa a san José recibiendo una corona de manos de Cristo. No obstante, puede interpretarse como una imagen simbólica de exaltación y reconocimiento filial, en la que el Hijo honra a su padre terrenal, elevándolo a una dignidad espiritual que trasciende su papel en la vida cotidiana de la Sagrada Familia.

El auge de esta devoción debe ponerse en relación con la renovación espiritual impulsada en el siglo XVI y comienzos del XVII, especialmente en el contexto de la Contrarreforma. En este proceso desempeñó un papel fundamental santa Teresa de Jesús, gran promotora del culto a san José, a quien consideraba protector y modelo de virtudes. A través de los conventos del Carmelo Descalzo, esta devoción se difundió ampliamente, generando una rica producción literaria y artística que contribuyó a transformar la imagen del santo. Frente a representaciones anteriores, en ocasiones de carácter secundario o incluso caricaturesco, se impone ahora una visión dignificada, que lo presenta como patriarca, custodio de Cristo y figura de profunda autoridad moral.

La composición pictórica responde a los principios de claridad, equilibrio y recogimiento característicos de Francisco de Zurbarán. La escena se organiza con gran sobriedad, situando las figuras en un espacio de escasa profundidad y con una línea de horizonte baja que concentra la atención del espectador en el acontecimiento representado. Cristo aparece a la derecha, sosteniendo la cruz como símbolo de su victoria redentora, mientras con la otra mano deposita una corona floral sobre la cabeza de san José. Este, arrodillado sobre nubes, adopta una actitud humilde que contrasta con la grandeza del gesto que recibe.

Detalle

El tratamiento de los paños es rotundo y matérico, con pliegues densos que transmiten peso y volumen, dotando a las figuras de una fuerte presencia física. La gama cromática, contenida y austera, refuerza el carácter espiritual de la escena, en la que la luz desempeña un papel esencial. Una iluminación dorada envuelve a los personajes, destacándolos sobre un fondo de gloria en el que asoman pequeñas cabezas de ángeles.

Especial atención merece la figura de san José, cuya cabeza, de gran calidad plástica, refleja un naturalismo intenso. Se presenta como un anciano real y cercano, de rasgos individualizados, en contraste con la idealización del rostro de Cristo, que encarna la perfección divina. Este contraste subraya la dualidad entre lo humano y lo celestial, entre la experiencia terrenal del santo y la dimensión trascendente del acto que se representa.

Detalle del rostro de Jesucristo

Detalle del rostro de san José


En la parte superior izquierda se insinúa la presencia del Padre Eterno, mientras que la paloma del Espíritu Santo actúa como nexo entre el Padre y el Hijo, completando así la dimensión trinitaria de la escena. Finalmente, las flores de la corona y las que brotan del cayado de san José están ejecutadas con gran delicadeza, aportando una nota de refinamiento que equilibra la severidad general del conjunto y añade un sutil simbolismo de pureza y elección divina.

Detalle del Padre Eterno

Detalle de la paloma del Espíritu Santo

Detalle de pequeñas cabezas de ángeles

Destaca finalmente la morfología del pie egipcio de Jesús, con el primer dedo más largo que el segundo. 

Detalle del pie de Jesús

Esquema de la morfología del antepie

Por Andrés Carranza Bencano

jueves, 26 de marzo de 2026

 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Pie griego

La ultima cena. Leonardo da Vinci. 

La última cena. 1495 y 1498. Leonardo da Vinci. Témpera y óleo en yeso, brea y masilla. 4,6 x 8,8 mts. Refectorio del Convento Santa María delle Grazie, Milán, Italia.

Tanto Jesús como sus discípulos pertenecían al pueblo judío, por lo que el banquete que compartieron se desarrolló en el marco de sus tradiciones religiosas. La última cena con los apóstoles aparece narrada en los cuatro evangelios canónicos (Mt 26,17–30, Mc 14,12–26), Lc 22,7–39 y Jn 13,1: 17,26) y se sitúa en estrecha relación con la celebración de la Pascua judía, que Jesucristo compartió con sus discípulos antes de su pasión.

Esta comida pascual, conocida como "Séder de Pésaj", es un rito que conmemora la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto, tal como se relata en el libro del Éxodo. Su origen se encuentra en el mandato divino de sacrificar un cordero y marcar con su sangre las puertas de las casas para que el ángel exterminador “pasara de largo”. El término Pésaj (pasar) alude precisamente a ese paso, mientras que Séder significa “orden”, en referencia a la estructura ritual que guía la celebración mediante la Hagadá, texto que conduce el relato del éxodo y da sentido a cada gesto.

La cena se celebraba siguiendo normas concretas: los participantes vestidos de blanco en señal de pureza y santidad, sentados en el suelo, adoptaban una postura reclinada, signo de libertad, recordando que ya no eran esclavos. Así se describe también al inicio de la cena de Jesús, cuando se sienta a la mesa con sus apóstoles y expresa su deseo de compartir aquella Pascua con ellos.He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros…” (Lc 22: 14-20).

Los alimentos del Séder no son arbitrarios, sino que poseen un significado simbólico que remite a la experiencia de la esclavitud y a la posterior liberación. Se disponen en una bandeja especial llamada “keará”.

La matzá es el pan sin levadura, que evoca la prisa con la que los israelitas abandonaron Egipto, sin tiempo para que la masa fermentara. También recuerda la dureza de la vida en cautiverio y expresa sencillez y humildad (Deut 16-3).

El maror, compuesto por hierbas amargas (rábano picante o lechuga), representa la amargura de la esclavitud.

El jaroset es una mezcla dulce de frutas, frutos secos, especias y vino que simboliza el barro utilizado para fabricar ladrillos, aunque su dulzura sugiere la presencia de esperanza incluso en medio del sufrimiento.

El karpas, normalmente perejil o apio, se moja en agua salada, evocando las lágrimas del pueblo durante su opresión; al mismo tiempo, su color verde alude a la primavera, a la vida y la renovación.

El zeroa, un hueso de cordero asado, recuerda el sacrificio pascual ofrecido en el Templo de Jerusalén y remite al relato del Éxodo, cuando la sangre del cordero protegió a los israelitas.

El beitzá, un huevo cocido, simboliza el duelo por la destrucción del Templo y, a la vez, la continuidad de la vida.

A ello se añade el afikomán, un trozo de pan que se reserva durante la cena y cuya búsqueda final tiene un valor simbólico ligado a la redención.

Durante la comida, Jesús realiza un gesto decisivo: toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y lo entrega a sus discípulos diciendo: "Tomad, comed; esto es mi cuerpo" (Mt, 26:26), con ello realizó la transfiguración del pan. 

Otro elemento significativo del Séder es que se deja un lugar vacío y una copa llena de vino, es la copa reservada al profeta Elías, signo de la esperanza en la redención futura anunciada por la tradición profética.” He aquí, yo os envío al Profeta Elías antes que venga el día del Señor” (Malaquías 4: 5).

La celebración incluye también la obligación de tomar cuatro copas de vino. Cada una de ellas se bebe inclinándose hacia la izquierda y tiene un momento específico y un significado simbólico profundo, relacionado con la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto.

La primera  es la copa de la Liberación. Kiddush (Santificación). Se bebe al inicio de la cena. Simboliza la santificación de la fiesta y el comienzo del tiempo sagrado.  También se asocia con la primera promesa divina: “Yo soy el Señor; y os sacaré de debajo de las cargas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido y con grandes juicios.” (Éxodo 6:6). La frase “os sacaré” es una promesa divina de liberación.

La segunda, es la copa de la Salvación.  Maguid (Narración). Se bebe después de relatar la historia del Éxodo y recordaba las diez plagas de Egipto. Simboliza la memoria de la historia de la liberación, relacionada con la promesa: Yo soy el Señor; y os sacaré de debajo de las cargas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido y con grandes juicios.” (Éxodo 6:6). Os libraré…” indica romper la opresión, es decir, quitar el yugo de la esclavitud.

La tercera es la copa de la Redención. Birkat Hamazón (Bendición después de la comida). Se bebe al terminar la comida y las bendiciones. Simboliza el agradecimiento a Dios por la liberación y los alimentos. Vinculada con: Yo soy el Señor; y os sacaré de debajo de las cargas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido y con grandes juicios (Exodo 6:6). Aquí, “os redimiré” añade un matiz aún más profundo: no solo liberar, sino rescatar pagando un precio y manifestando el poder salvador de Dios sobre Egipto.

Al finalizar la cena (según algunas interpretaciones, coincidiendo con la tercera copa de la Pascua judía), Jesús tomó una copa de vino, dio gracias y se la pasó diciendo: "Bebed todos de ella; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados" (Mt 26: 27-28).

Al añadir el mandato "Haced esto en memoria mía" (Lc 22:19), Jesús no solo instituye el rito de la Eucaristía, sino que confiere a los apóstoles el poder de repetirlo, estableciendo así también el Sacramento del Orden Sacerdotal.

Y luego dice algo sorprendente: “No beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios” (Mc 14:25).

Entre la tercera y la cuarta copa los judíos tenían prohibido beber.

La cuarta es la copa de la Consumación. Hallel (Alabanza). Se bebe al final, luego de cantar los salmos de alabanza.  Simboliza la alegría y la alabanza por la salvación, por la consumación del plan de Dios.  Con esta última se daba por terminada la celebración, concluyendo el “Rito Pascual”. Relacionada con: Y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios, y sabréis que yo soy el Señor vuestro Dios, que os sacó de debajo de las cargas de Egipto ”(Éxodo 6:7).

Pero, Mateo refiere: “Después del canto de los salmos, antes de tomar la cuarta copa, salieron hacia el Monte de los Olivos” (MT 26: 30-41). En este supuesto, Jesus habría abandonado el cenáculo sin tomar la última copa y por tanto dejando inconclusa la Cena de Pascua, algo impensable en la tradición judía.

En el monte de los olivos exclama:” Padre mío, si es posible pase de mí este cáliz”, Poco después suplicó: “Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad” y nuevamente oró por tercera vez repitiendo las mismas palabras (Mt: 26: 39-44). Es posible que cuando habla de ese cáliz se refiere a la cuarta copa.

Posteriormente Jesus se niega a beber la copa que le ofrecen en el Gólgota, una bebida con intención de aliviar el dolor: “Le dieron de beber vino con hiel, pero Él no quiso tomarlo” (Jn 19: 30).

Finalmente, en la cruz Jesus dijo:” Tengo sed”. “Había allí un recipiente lleno de vinagre, empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después del beber el vinagre Jesús dijo: “Todo se ha cumplido e inclinando la cabeza, entregó su espíritu” (Jn: 19: 23-30). Esto recuerda al hisopo usado en la Pascua judía para rociar la sangre del cordero pascual (Éxodo 12:22), reforzando la idea de Jesucristo como el Cordero pascual.

Así culminaría la celebración pascual que no había terminado en el cenáculo y podemos decir que la Celebración de la Sagrada Cena culminó en el Monte Calvario. Por lo que muchos estudiosos (especialmente en teología bíblica moderna) proponen que: Jesús interrumpe el Séder y deja la cuarta copa sin beber. La cena queda “abierta”. El rito no se completa en ese momento.  La “bebió” simbólicamente en la cruz, al aceptar el vino antes de morir, pues es la copa de la alabanza y consumación. Esto refuerza la idea de que la Última Cena y la crucifixión forman un único acto pascual continuo.


La representación de la Última Cena realizada por Leonardo da Vinci entre 1495 y 1498 constituye una de las obras más influyentes del arte occidental. Ejecutada con una técnica experimental que combina témpera y óleo sobre una preparación de yeso, brea y masilla, alcanza unas dimensiones monumentales de 4,6 por 8,8 metros. Se encuentra en el refectorio del convento dominico de Santa María delle Grazie, en la ciudad de Milán.

El encargo parece haber sido promovido por Ludovico Sforza, quien impulsaba la remodelación del convento con la intención de convertirlo en panteón familiar. La pintura fue concebida para ocupar la pared norte del refectorio, un espacio destinado a las comidas comunitarias de los monjes, lo que refuerza el carácter simbólico de la escena representada.

Uno de los aspectos más innovadores de la obra reside en su concepción espacial. Leonardo sitúa la escena a una altura que coincide con la perspectiva del espectador, logrando que el muro parezca prolongar el espacio real del comedor. Este efecto ilusionista se intensifica mediante la disposición de la arquitectura pintada y la apertura de tres ventanas al fondo, que conducen la mirada hacia un paisaje lejano. El resultado es un sofisticado trampantojo que diluye los límites entre el espacio físico y el representado.

Detalle de refectorio

La composición se organiza con un rigor geométrico notable. Jesucristo ocupa el centro exacto, formando un eje de simetría alrededor del cual se distribuyen los doce apóstoles en cuatro grupos de tres. Esta disposición no solo ordena visualmente la escena, sino que permite individualizar las reacciones de cada personaje. De izquierda a derecha, se suceden Bartolomé, Santiago el Menor y Andrés; Judas Iscariote, Pedro y Juan; Tomás, Santiago el Mayor y Felipe; y finalmente Mateo, Judas Tadeo y Simón.

Detalle central de Jesús

Bartolomé, Santiago el Menor y Andrés

Judas Iscariote, Simón Pedro y Juan

Tomás, Santiago el Mayor y Felipe

Mateo, Judas Tadeo y Simón Zelote

Leonardo introduce una novedad iconográfica al elegir el instante preciso en que Cristo anuncia la traición: “uno de vosotros me traicionará”, pasaje recogido en el Evangelio de Juan (Jn 13, 21-31) Este momento desencadena una intensa variedad de emociones que el artista traduce en gestos y actitudes diferenciadas: sorpresa, incredulidad, indignación o temor. Tomás alza el dedo en un gesto interrogativo, Santiago el Mayor reacciona con energía, Felipe muestra aflicción, mientras que Judas, en actitud retraída, parece consciente de su culpabilidad. Leonardo buscó así plasmar lo que él mismo denominaba los “movimientos del alma”, es decir, la expresión visible de los estados interiores.

La escena se sitúa en el contexto de la cena pascual judía, después de que ya se han sentado a la mesa y antes de la “copa de la bendición” (la tercera), que en el cristianismo se asocia con la Eucaristía, ósea entre la segunda y la tercera copa. Este detalle refuerza el carácter narrativo y teológico de la obra.

Sin embargo, la ambición técnica de Leonardo tuvo consecuencias negativas. Al rechazar la técnica tradicional del fresco, que exigía rapidez y no permitía correcciones, optó por una mezcla de óleo y temple aplicada sobre un soporte seco. Esta solución, que le permitió trabajar con mayor libertad y detalle, resultó inestable: pocos años después de su finalización, la pintura comenzó a deteriorarse debido a la escasa adherencia de los pigmentos al muro. Desde entonces, la obra ha sido objeto de múltiples restauraciones, con pérdida significativa de su superficie original.

La intervención más importante fue dirigida por Pinin Brambilla Barcilon entre 1977 y 1999, tras más de dos décadas de trabajo. Su objetivo fue recuperar, en la medida de lo posible, el aspecto original de la pintura, eliminando añadidos posteriores y consolidando los restos conservados. Aun así, el resultado actual dista de lo que pudieron contemplar los contemporáneos de Leonardo, entre ellos Luis XII de Francia, quien, según la tradición, quedó tan impresionado que llegó a plantear su traslado a Francia.

El interés popular por la pintura se intensificó a comienzos del siglo XXI tras la publicación de El código Da Vinci en 2003 y su adaptación cinematográfica posterior. La obra propone interpretaciones simbólicas y supuestos mensajes ocultos en la composición, como la identificación del apóstol Juan con María Magdalena, afirmación que puede desmentirse observando los dibujos de Leonardo donde se ve que es el apóstol más joven, o la ausencia de un cáliz explícito. No obstante, estas teorías carecen de fundamento histórico y artístico, y han sido ampliamente refutadas por especialistas, quienes subrayan la coherencia de la iconografía de Leonardo dentro de la tradición renacentista.

En tiempos recientes, las nuevas tecnologías han permitido profundizar en el conocimiento de la obra. Iniciativas como las desarrolladas por Google Arts & Culture han generado imágenes de altísima resolución que revelan detalles hoy apenas perceptibles en el original, como el brazo derecho de Judas, en el que conserva las treinta monedas de plata recibidas por la traición, derramando un salero, un aciago augurio según las creencias de la Europa occidental del siglo XV, o el cuchillo en la mano de Pedro augurio de lo que ocurrirá en el monte de los Olivos y los pies de Jesucristo, que fueron cercenados cuando se abrió una puerta en esa pared del refectorio.

Detalle de la bolsa del dinero de Judas y el salero derramado

Detalle del cuchillo en la mano de Pedro

Detalle de los pies de Jesucristo con morfología de Pie Griego

En definitiva, La Última Cena no solo destaca por su calidad artística, sino también por su capacidad para integrar espacio, emoción y narrativa en una composición de extraordinaria complejidad, cuyo impacto se mantiene vigente a pesar de las vicisitudes materiales que ha sufrido a lo largo del tiempo.

 Por Andrés Carranza Bencano