sábado, 7 de marzo de 2026

INTOXICACIONES

Los borrachos o el triunfo de Baco. Diego Rodríguez de Silva y Velázquez.

Los borrachos, o el triunfo de Baco. Velázquez, Diego Rodríguez de Silva y. 1628 - 1629. Óleo sobre lienzo, 165 x 225 cm. Museo del Prado. Sala 010. (ver)(CC BY 3.0)

Se trata de una de las obras más célebres del pintor barroco español Diego Velázquez. Fue realizada entre 1628 y 1629, durante los primeros años de su actividad en la corte de Felipe IV, aproximadamente cinco años después de su llegada a Madrid desde Sevilla y poco antes de emprender su primer viaje a Italia. La pintura se conserva hoy en el Museo del Prado, donde constituye una de las piezas fundamentales para comprender la evolución temprana del artista.

La obra aparece mencionada por primera vez en un documento oficial de la corte. En una cédula fechada el 22 de julio de 1629, el rey ordenó a su tesorero general el pago de cien ducados por una “pintura de Baco” que Velázquez había realizado para su servicio. A partir de 1636 se tiene constancia de que el cuadro se encontraba colgado en el dormitorio del monarca, concretamente en su cuarto de verano.

En los inventarios antiguos se registra con distintos títulos. A veces aparece simplemente como “el cuadro de Baco” o “el triunfo de Baco”. En un inventario de 1666, en el que intervino Juan Bautista Martínez del Mazo, yerno de Velázquez, se describe como “una historia de Baco coronando a uno de sus cofrades”. El nombre popular de “Los borrachos” surgió mucho más tarde, cuando la pintura pudo contemplarse públicamente a partir de 1819 en el Museo Real, antecedente del actual Museo del Prado.

El lienzo que hoy conocemos no conserva exactamente sus dimensiones originales. Durante el incendio del antiguo Alcázar de Madrid en 1734 los extremos de la pintura resultaron dañados por el fuego, lo que obligó posteriormente a recortarlos. Por ello el formato actual es algo más estrecho que el primitivo.

Esta obra tiene especial importancia dentro de la trayectoria de Velázquez porque es la primera pintura de tema mitológico que realizó. Sin embargo, el artista abordó el asunto de una forma innovadora y poco convencional. En lugar de representar el mito con solemnidad clásica, situó al dios rodeado de personajes populares que parecen sacados de la vida cotidiana de la España del siglo XVII. De este modo, el relato mitológico se transforma en una escena que recuerda a una reunión de taberna.

El cuadro combina dos tradiciones aparentemente opuestas: la mitología clásica y el realismo cotidiano. El dios Baco aparece representado con un cuerpo idealizado, iluminado por una luz clara que lo distingue del resto. En cambio, los demás personajes poseen rasgos muy reales: rostros curtidos, arrugas marcadas, gestos espontáneos y expresiones que transmiten complicidad o embriaguez. Algunos miran directamente al espectador, mientras otros conversan entre sí, creando una escena cercana y humana. Muchos especialistas consideran probable que Velázquez utilizara como modelos a personas reales de su entorno madrileño, quizá soldados, campesinos o habituales de las tabernas.

La escena representa al dios romano del vino, la fiesta y la inspiración, equivalente al griego Dionisio. Según el mito, Baco es hijo de Júpiter, equivalente al Zeus griego, y de la mortal Sémele. La leyenda cuenta que la diosa Juno, movida por los celos, provocó la muerte de Sémele mientras estaba embarazada. Para salvar al niño, Júpiter lo cosió a su muslo hasta que terminó de gestarse. Por esta razón Baco es conocido como el dios “nacido dos veces”.

Desde el punto de vista compositivo, la pintura puede dividirse en dos zonas claramente diferenciadas. La parte izquierda, dominada por la figura de Baco, presenta una iluminación más intensa y una atmósfera que recuerda a la pintura italiana influida por Caravaggio. Allí se sitúan el dios y un personaje que alude al mundo mitológico. Las figuras muestran una mayor idealización y un tratamiento más cercano al clasicismo.

En contraste, la mitad derecha del cuadro introduce un ambiente popular. En ella aparecen varios hombres de aspecto humilde, vestidos con capas oscuras y sombreros, cuyos rostros reflejan la dureza de la vida cotidiana. Su representación recuerda al naturalismo de artistas como Jusepe de Ribera. Estos personajes parecen celebrar una fiesta improvisada e invitan al espectador a participar en su alegría.

En total aparecen nueve figuras masculinas: el dios Baco, un posible sátiro y varios hombres del pueblo. Velázquez los representa con gran observación del natural, como si se tratara de una escena presenciada en la vida diaria de la España del siglo XVII.

La figura central es Baco, cuya representación permitió al pintor realizar uno de sus primeros desnudos masculinos. El dios aparece semidesnudo, cubierto por una túnica clara y coronado con hojas de vid. Su piel, más luminosa que la del resto de personajes, destaca gracias al contraste de la luz. Con gesto tranquilo, coloca una corona sobre la cabeza de un joven arrodillado, símbolo de su iniciación en el mundo del vino y de la fiesta.

Baco

Detalle

Ante él se encuentra el joven que recibe la corona. Está arrodillado y muestra una expresión humilde y agradecida. Su rostro, de gran realismo, parece el de un muchacho del pueblo. Puede interpretarse como la imagen de cualquier hombre sencillo que encuentra en el vino un breve momento de alegría y evasión.

Joven coronado

Detrás de Baco aparece una figura que suele identificarse como un sátiro, uno de los compañeros míticos del dios. Desnudo y con gesto festivo, levanta una copa de cristal muy fina, elemento que introduce un detalle delicado y sitúa la escena en el universo de los relatos clásicos.

Sátiro desnudo

A la derecha se agrupan otros personajes: un mendigo y varios hombres de rostro curtido que parecen participar en la celebración. Sus expresiones revelan una ligera embriaguez y una actitud relajada. Uno de ellos, el joven sonriente que mira directamente al espectador, se ha convertido en uno de los rostros más reconocibles del cuadro. Su mirada cómplice rompe la barrera entre la pintura y quien la contempla.

Lado derecho del cuadro

Personajes sonrientes

Otro personaje es el que se encuentra totalmente a la izquierda de la obra, casi en penumbra. Este misterioso sujeto, del que no podemos advertir el rostro, se encuentra en un primerísimo plano. Velázquez se valió de este personaje para utilizar la técnica del “repoussoir”, ya que con él consigue retrasar el resto de la composición.

Personaje de la izquierda

La obra incluye también elementos de naturaleza muerta que refuerzan su naturalismo. En el suelo, cerca de los pies del dios, se observan una botella de vidrio y un jarro de cerámica. Velázquez juega con los reflejos de la luz sobre estas superficies para crear volumen y textura, en un ejercicio cercano al género del bodegón que había cultivado en sus primeros años.

Bodegón

La mezcla entre lo mitológico y lo cotidiano introduce un tono ambiguo que ha suscitado numerosas interpretaciones. Algunos estudiosos han visto en la escena una reflexión sobre el vino como fuente de alegría y liberación. En la literatura del Siglo de Oro se recordaba con frecuencia que el vino podía estimular la imaginación y favorecer la inspiración poética.

Un detalle significativo apoya esta interpretación. La corona que Baco coloca al joven no parece estar hecha de vid, como la que lleva el propio dios, sino de hiedra. En la tradición clásica, la hiedra estaba asociada a los poetas y a la inspiración. Por ello, el joven arrodillado podría representar simbólicamente a un poeta o creador que recibe la inspiración divina del vino y del arte.

Otros historiadores, como Carl Justi, interpretaron la obra como una representación del mito clásico vista desde una perspectiva naturalista, sin intención burlesca. Sin embargo, también se ha señalado que el contraste entre el dios idealizado y los personajes populares podría implicar cierta desmitificación del mundo antiguo.

Otra lectura posible relaciona la pintura con el contexto de la corte. Velázquez acababa de obtener reconocimiento tras ganar el concurso para pintar “La expulsión de los moriscos”, lo que provocó tensiones con otros artistas. En este sentido, algunos autores han sugerido que la escena podría funcionar como una alegoría de la protección que la Corona otorgaba a la creación artística.


Cuando se contempla desde el punto de vista médico, se observan algunos detalles sintomáticos de gran significación: faz bermeja, sonrisa de alcohólico, mirada vivaz de tres de ellos. Baco se encuentra desnudo sobre un barril y coronado de pampanos, sus acompañantes han sido reclutados entre ganapanes. 

Hay que tener en cuenta que, para la mayoría de los adultos sanos, el consumo moderado de alcohol no suele representar un peligro inmediato para la salud. Sin embargo, cuando la bebida se vuelve frecuente o excesiva puede convertirse en un problema importante. Esta condición aparece cuando los hábitos de bebida comienzan a provocar dificultades personales, sociales o de salud, generando angustia o deterioro en la vida cotidiana.

El trastorno por consumo de alcohol puede presentarse con distintos grados de intensidad. En sus formas más leves puede manifestarse como una dificultad creciente para controlar la cantidad que se bebe o como un consumo que empieza a interferir con las responsabilidades laborales, familiares o sociales. En los casos más graves se desarrolla una fuerte dependencia física y psicológica, lo que tradicionalmente se ha denominado alcoholismo o dependencia del alcohol. En estas situaciones la persona puede experimentar una necesidad intensa de beber, pérdida de control sobre la cantidad consumida y síntomas de abstinencia cuando intenta dejarlo.

El consumo excesivo de alcohol implica diversos riesgos para la salud. Beber grandes cantidades de manera habitual se asocia con un mayor riesgo de desarrollar distintos tipos de cáncer, entre ellos los de boca, garganta, esófago, hígado y mama. Asimismo, el alcohol puede dañar el hígado, órgano encargado de procesarlo en el organismo. Entre las enfermedades hepáticas más frecuentes relacionadas con el consumo prolongado se encuentran el hígado graso, que consiste en la acumulación de grasa en las células hepáticas, y la cirrosis, una afección grave en la que el tejido sano del hígado es reemplazado por tejido cicatricial que dificulta su funcionamiento.

Además del hígado, el alcohol puede afectar a otros órganos y sistemas del cuerpo. El cerebro es particularmente vulnerable, ya que el consumo prolongado puede alterar la memoria, la capacidad de concentración y el control de las emociones. También puede contribuir a problemas cardiovasculares, trastornos digestivos y debilitamiento del sistema inmunitario.

El consumo de alcohol durante el embarazo representa un riesgo especial. Cuando una mujer embarazada bebe, el alcohol atraviesa la placenta y llega al feto, lo que puede provocar alteraciones en el desarrollo físico y cerebral del bebé. Estas alteraciones pueden incluir dificultades de aprendizaje, problemas de crecimiento y trastornos del desarrollo conocidos como trastornos del espectro alcohólico fetal.

Por otra parte, el alcohol también está relacionado con numerosos riesgos indirectos. Su consumo reduce los reflejos, altera la percepción y disminuye la capacidad de tomar decisiones, lo que aumenta la probabilidad de accidentes. Una proporción significativa de los accidentes de tráfico mortales está asociada al consumo de alcohol. Asimismo, su uso excesivo se vincula con un mayor riesgo de lesiones, violencia, homicidios y suicidios.

En conjunto, estos datos muestran que, aunque el consumo ocasional y moderado puede ser tolerado por muchas personas, el abuso de alcohol representa un problema importante de salud pública debido a sus consecuencias físicas, psicológicas y sociales.

Por Andrés Carranza Bencano

INTOXICACIONES

El pintor Francisco de Goya. Vicente López Portaña.


El pintor Francisco de Goya. López Portaña, Vicente. 1826. Óleo sobre lienzo. 94 x78 cm.  Museo del Prado. Sala 062A. (ver) CC BY 3.0)


Aunque la dedicatoria que aparece en el lienzo podría hacer pensar que este retrato fue concebido como un obsequio de despedida de Vicente López a su amigo Goya, no existen pruebas de que llegara a pertenecer en algún momento al propio pintor aragonés. La obra procede de las colecciones reales españolas y consta que ya en 1828, apenas dos años después de su ejecución, estaba expuesta en la entrada de la gran galería del museo madrileño dedicada entonces a autores semicontemporáneos. De este modo, el retrato ingresó en el Museo del Prado prácticamente desde el mismo momento de su realización, lo que explica su temprana difusión y su notable presencia en la historia de la pintura española.

En la obra, Goya aparece sentado en una butaca con las piernas cruzadas, adoptando una pose tranquila y reflexiva. Viste levita y pantalón de tono gris verdoso, chaleco de rayas y una corbata con chorreras, indumentaria característica de la elegancia burguesa de la época. El artista está representado de medio cuerpo y sostiene en la mano izquierda una paleta de pintor, mientras que con la derecha empuña el pincel, dispuesto ante un lienzo colocado sobre un caballete en el que puede leerse la dedicatoria. La composición transmite una imagen serena y digna del anciano maestro, resaltando tanto su condición de artista como su prestigio intelectual.

Detalle del rostro

Detalle de las manos y la paleta

Este retrato fue pintado cuando Goya contaba ya ochenta años de edad y constituye probablemente la imagen más conocida del pintor. Su difusión ha sido tal que, con el paso del tiempo, se ha convertido en la representación más popular del artista, incluso por encima de sus numerosos autorretratos. En buena medida, la fama de esta pintura ha contribuido también al reconocimiento de Vicente López, aunque el interés del cuadro se debe tanto a la identidad del retratado como a la indudable calidad técnica del pintor valenciano, uno de los retratistas más refinados del primer tercio del siglo XIX en España.

La avanzada edad con la que aparece Goya en el retrato remite inevitablemente a uno de los episodios más decisivos de su vida: la grave enfermedad que padeció en 1792. Durante un viaje por Andalucía, cuando tenía cuarenta y seis años, el artista sufrió una dolencia repentina que lo dejó postrado durante meses. Los síntomas descritos en testimonios de la época incluyen mareos intensos, pérdida del equilibrio, zumbidos persistentes en los oídos, deterioro progresivo de la audición, fuertes dolores de cabeza, problemas de visión, episodios de desorientación y una acusada debilidad general. Los médicos diagnosticaron entonces “cólicos”, un término impreciso que se utilizaba para describir diversos trastornos internos.

Tras enfermar, Goya fue atendido en Cádiz por su amigo Sebastián Martínez, comerciante y coleccionista de arte, en cuya casa pasó una larga convalecencia. El proceso de recuperación se prolongó casi dos años y, aunque logró superar la mayor parte de los síntomas, las secuelas fueron profundas: el pintor quedó completamente sordo, una condición que lo acompañaría durante el resto de su vida y que influyó notablemente en su carácter y en la evolución de su obra.

La medicina de finales del siglo XVIII no pudo determinar con exactitud la naturaleza de la enfermedad, por lo que el episodio ha sido objeto de múltiples interpretaciones por parte de historiadores y especialistas. Durante mucho tiempo se barajaron diversas hipótesis. Algunos autores llegaron a sugerir que el artista había sufrido una crisis psicótica, incluso de tipo esquizofrénico, mientras que otros apuntaron a la posibilidad de que padeciera sífilis, una enfermedad relativamente común en la época y que en fases avanzadas podía afectar al sistema nervioso y provocar pérdida auditiva.

Investigaciones más recientes han cuestionado estas interpretaciones. La doctora Ronna Hertzano, especialista en audición de la Universidad de Maryland, ha revisado los síntomas conocidos y ha propuesto nuevas perspectivas. Una de las teorías tradicionales señalaba la posibilidad de un envenenamiento por plomo, ya que los pintores utilizaban con frecuencia pigmentos que contenían este metal, especialmente el llamado blanco de plomo. La exposición prolongada podía provocar el denominado saturnismo, una intoxicación que causa cólicos, alteraciones neurológicas, mareos y sordera. Sin embargo, Hertzano considera poco probable esta explicación, pues Goya logró recuperarse de la mayor parte de los síntomas, algo poco habitual en casos graves de intoxicación por plomo.

Otra hipótesis plantea que el pintor hubiera sufrido malaria cerebral y que el tratamiento prolongado con altas dosis de corteza de cinchona —empleada en la época contra la fiebre— provocara una intoxicación por quinina, responsable de su sordera definitiva. No obstante, estudios posteriores realizados en la misma universidad han relativizado también esta posibilidad.

Entre las interpretaciones actuales, una de las más plausibles es que Goya padeciera el llamado síndrome de Susac, una enfermedad autoinmune poco frecuente que afecta a los vasos sanguíneos más pequeños. Este trastorno se caracteriza por una tríada de síntomas: encefalopatía (manifestada mediante dolores de cabeza, confusión o alteraciones neurológicas), pérdida auditiva neurosensorial y oclusiones en pequeñas arterias de la retina. La coincidencia de varios de estos signos con los descritos en las fuentes históricas ha llevado a algunos investigadores a considerar esta enfermedad como una explicación verosímil.

La sífilis, por su parte, continúa siendo otra posibilidad considerada por algunos especialistas, ya que en fases avanzadas puede producir graves trastornos neurológicos y pérdida auditiva. En cualquier caso, en el siglo XVIII no existían tratamientos eficaces para ninguna de estas enfermedades, por lo que el diagnóstico definitivo resulta hoy imposible.

Según la doctora Hertzano: “Fue y sigue siendo un misterio del que quizás andamos más cerca, pero las posibilidades reales son muchas.

Así, más de dos siglos después, la dolencia que cambió la vida de Goya sigue siendo un enigma médico. Aunque la investigación histórica y científica ha permitido aproximarse a diversas explicaciones plausibles, la causa exacta de su sordera continúa siendo objeto de debate. Lo cierto es que, tras aquella enfermedad, la personalidad del pintor se volvió más introspectiva y su obra adquirió una profundidad y una intensidad expresiva que marcarían decisivamente la historia del arte occidental.

Por Andrés Carranza Bencano

viernes, 6 de marzo de 2026

INTOXICACIONES

El albañil borracho. Francisco de Goya y Luciente.

El albañil borracho. Francisco de Goya y Luciente.1786. Óleo sobre lienzo. 35 x15 cm. Museo Nacional del Prado. Sala 085. (ver) (CC BY 3.0)


Se considera muy probable que esta pintura fuese un boceto previo para el cartón de tapiz de El albañil herido. Según diversas interpretaciones, Goya pudo verse obligado a modificar el sentido de la escena tras algún desacuerdo con los responsables de la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara. El motivo inicial —posiblemente relacionado con un accidente laboral— habría sido sustituido por una escena de tono más ligero y satírico, acorde con el carácter decorativo que se esperaba de los cartones destinados a los palacios reales.

La serie de tapices a la que pertenecían estas composiciones quedó incompleta tras la muerte de Carlos III de España en 1788. Los cartones y escenas proyectadas terminaron utilizándose sin un programa iconográfico definido y se colocaron en diferentes estancias del monasterio de Monasterio de El Escorial. Con el tiempo, los bocetos preparatorios realizados por Goya para sus cartones de tapices fueron vendidos a los duques de Osuna, importantes protectores del artista. En 1896 sus descendientes vendieron estas obras a la familia del noble español Pedro Fernández Durán y Bernaldo de Quiraldós, quien reunió una notable colección privada, quien los donó al Museo del Prado en 1931, institución donde el cuadro se conserva desde entonces.

La escena presenta un tono claramente satírico. Ante un fondo dominado por andamios y elementos propios de una obra de construcción, dos hombres trasladan a un albañil que apenas puede mantenerse en pie. El personaje aparece descompuesto: ha perdido los calzones, lleva las medias caídas y su camisa está manchada de sangre a causa de una herida en la cabeza. Los compañeros que lo sostienen, vestidos con ropas pobres y desgastadas, intercambian miradas cómplices y parecen divertirse con la situación.

Detalle de los tres personajes

Detalles de las caras

A primera vista se trata de una escena popular de carácter anecdótico, pero bajo esa apariencia cotidiana se insinúan diversas lecturas simbólicas. El protagonista encarna al trabajador humilde de finales del siglo XVIII. Su estado de embriaguez puede interpretarse como una alusión a las duras condiciones de vida de los obreros, para quienes el alcohol constituía con frecuencia una forma de evasión frente a la pobreza y la fatiga del trabajo diario.

Al mismo tiempo, la presencia de los compañeros que lo ayudan introduce la idea de solidaridad dentro del mundo popular. Goya refleja la camaradería entre iguales, propia de los ambientes laborales, donde la ayuda mutua compensaba en parte la precariedad de la vida cotidiana. El artista observa estas situaciones con una mezcla de ironía y cercanía, sin idealizar a los personajes, pero tampoco caricaturizándolos de manera cruel.

La obra puede interpretarse también desde una perspectiva moralizante, acorde con los valores ilustrados de la época. El exceso de bebida aparece como un vicio que degrada al individuo y le hace perder la dignidad y la capacidad de cumplir con sus obligaciones laborales. En este sentido, la escena podría entenderse como una advertencia contra los peligros de la embriaguez.

Sin embargo, el tono humorístico de la composición reduce la posibilidad de una crítica directa a las condiciones de trabajo de los albañiles. Más que denunciar la falta de seguridad en las obras, la pintura parece transformar la situación en un episodio casi burlesco. Algunos historiadores han señalado que esta visión podría relacionarse con el carácter reformista del reinado de Carlos III, quien había promulgado en 1784 un edicto destinado a proteger a los trabajadores de la construcción y a garantizar cierta asistencia en caso de accidente. De este modo, la escena, lejos de presentar una denuncia social abierta, se integraría dentro del clima reformador y paternalista de la monarquía ilustrada.

Así, esta pequeña pintura revela ya rasgos característicos del arte de Goya: la observación directa de la vida cotidiana, la mezcla de humor e ironía y una mirada crítica que, aunque todavía moderada, anticipa la profundidad social y psicológica que alcanzará en etapas posteriores de su carrera.

Por Andrés Carranza Bencano

TRAUMATOLOGÍA  

Eneas herido y curado. Fresco.

Eneas herido y curado. Fresco encontrado en las excavaciones de Pompeya. Autor desconocido. Siglo I d.C. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Italia. (ver) (CC BY 3.0)

Eneas es una de las figuras más importantes de la tradición mítica que conecta el mundo griego con los orígenes legendarios de Roma. Según el mito, era hijo de la diosa Afrodita —identificada por los romanos con Venus— y del príncipe troyano Anquises. Nació en la ciudad de Troya y contrajo matrimonio con Creúsa, hija del rey Príamo. De esta unión nació Ascanio, también llamado Julo.  

Durante la Guerra de Troya, Eneas destacó como uno de los principales defensores de la ciudad. Las epopeyas antiguas lo describen como un guerrero valiente y un jefe respetado entre los troyanos. En la Ilíada de Homero aparece combatiendo contra héroes griegos tan célebres como Aquiles y Diomedes, sobreviviendo gracias a la protección de los dioses.

Cuando los griegos tomaron la ciudad mediante el engaño del Caballo de Troya, los dioses ordenaron a Eneas que abandonara la ciudad para salvar su linaje. Cargó sobre sus hombros a su anciano padre Anquises y tomó de la mano a su hijo Ascanio. Su esposa Creúsa, que se había rezagado durante la huida, murió en medio del caos y las llamas.

Tras la destrucción de Troya, Eneas inició un largo periplo por el Mediterráneo, narrado por Virgilio en su célebre poema épico, la Eneida. De manera semejante a la travesía de Ulises en la Odisea, el héroe troyano afronta numerosas pruebas y peligros. Sin embargo, su viaje no consiste en regresar a su patria, sino en dirigirse hacia un destino desconocido para cumplir una profecía: fundar en Italia la estirpe que daría origen al pueblo romano.

Durante su travesía llegó a Cartago, donde fue acogido por la reina Dido. La soberana se enamoró del héroe troyano y trató de retenerlo, pero los dioses recordaron a Eneas la misión que debía cumplir. Obligado a partir hacia Italia, abandonó la ciudad, y Dido, desesperada por la pérdida, terminó quitándose la vida.

Finalmente, Eneas arribó a la región del Lacio, donde tras diversas luchas se enfrentó a Turno, rey de los rútulos. Tras derrotarlo, contrajo matrimonio con Lavinia, hija del rey Latino. Esta unión fue considerada por la tradición romana como el origen mítico de su pueblo. El hijo de Eneas, Ascanio, fundaría más tarde la ciudad de Alba Longa, de cuya estirpe descenderían, generaciones después, Rómulo y Remo, fundadores legendarios de Roma.

El fresco pompeyano representa un episodio narrado en la Eneida. Durante la lucha contra Turno, Eneas resulta herido por una flecha y es trasladado al campamento. Virgilio describe la escena con estos versos:

“En su lanza Eneas apoyado está

y a sordas brama, y de crecida 

juventud que le cerca, el vago espanto 

contempla inmóvil y del hijo el llanto”


El médico Yápix intenta extraer sin éxito la punta de la flecha. El poeta relata cómo el sanador emplea distintos remedios y herramientas, entre ellas un instrumento semejante a unas pinzas quirúrgicas:

En balde aplica y diligente mano

hierbas divinas de virtud secreta ;

el encarnado hierro tienta en vano;

con tenaza mordaz tal vez lo aprieta”

En ese momento interviene la diosa Venus, movida por la preocupación maternal. Trae consigo una planta medicinal procedente del monte Ida, en Creta: el díctamo, identificado con la especie Origanum dictamnus. A esta hierba se le atribuían propiedades extraordinarias para detener hemorragias y curar heridas; los antiguos creían incluso que los animales heridos la buscaban instintivamente para sanar.

La diosa introduce la planta en un recipiente con agua hirviendo y prepara una infusión. Cuando Yápix aplica el remedio sobre la herida, el sangrado cesa y la flecha puede ser retirada con facilidad. Curado milagrosamente, Eneas abraza a su hijo y regresa de inmediato al combate.

Virgilio describe así la intervención de Venus:

“Venus, en tanto, del afán movida, 

que el corazón materno le atormenta, 

díctamo coge en la cretense Ida,

hierba que allí lozana se presenta.

De puberescentes hojas revestidas;

flores la cubren de color sangrienta,

y pace de ella la silvestre cabra,

si cruda flecha su espinazo labra”


El fresco es una de las representaciones más antiguas de una intervención quirúrgica y representa a todos los personajes mencionados por el poeta: Eneas apoyado en su lanza, su hijo llorando junto a él, varios jóvenes guerreros que contemplan la escena y la diosa Venus portando el díctamo milagroso.

Eneas apoyado en su lanza con su hijo llorando junto a él

Jóvenes guerreros

Diosa Venus

El médico Yápix


La propia ciudad de Pompeya, donde se halló esta pintura, quedaría sepultada bajo cenizas tras la erupción del Monte Vesubio en el año 79 d. C., aproximadamente un siglo después de la muerte de Virgilio, lo que permitió que muchas obras de arte de la vida romana se conservaran hasta nuestros días.

Por Andrés Carranza Bencano