INTOXICACIONES
Bebedora de absenta. Pablo Picazo.
La obra Bebedora de absenta de Pablo Picasso se sitúa en un momento decisivo de
su trayectoria: su llegada a París a
comienzos del siglo XX. Conservada hoy en el Museo
del Hermitage, esta pintura al óleo sobre lienzo (73 x 54 cm) constituye
un testimonio temprano de su proceso de experimentación, tanto estética como
vital.
Cuando
Picasso pinta esta obra, aún no ha definido plenamente su estilo. Sin embargo,
ya se perciben influencias claras de artistas como Paul Gauguin, visibles en el uso de colores
planos, contornos marcados y una concepción más sintética de la forma. A ello
se suma la huella de El Greco,
especialmente en la estilización de las figuras, alargadas hasta rozar lo
antinatural.
Picasso,
inmerso en el ambiente bohemio parisino, frecuenta cafés y tabernas donde la
absenta —conocida como “el hada verde”— era la bebida predilecta de artistas y
marginados. Este contexto vital se convierte en materia pictórica.
La
protagonista del cuadro es una mujer solitaria, probablemente una bebedora
habitual. Sentada ante una mesa, acompañada únicamente por una botella azul y
una copa, transmite una profunda sensación de aislamiento. Sus manos, largas y
angulosas —casi irreales— parecen abrazarse a sí misma, en un gesto que sugiere
tanto recogimiento como abandono.
La
figura aparece alargada, con dedos que recuerdan a garras, estableciendo una
tensión entre el rostro afilado y el volumen más redondeado del busto. Este
entrelazamiento de formas refuerza la idea de ensimismamiento, de un ser
encerrado en su propio mundo interior.
Bebedora
de absenta
anticipa claramente el llamado Período Azul de Picasso, en el que abordará de manera
sistemática temas vinculados a la marginalidad: mendigos, prostitutas,
alcohólicos, artistas de circo. Esta inclinación temática conecta con las
corrientes intelectuales de la época, marcadas por pensadores como Fiódor Dostoyevski, Friedrich Nietzsche o Mijaíl Bakunin, cuyas ideas sobre el
sufrimiento, la alienación y la condición humana influyeron en el clima
cultural europeo.
El
predominio del azul en la botella y ciertos matices del cuadro funciona casi
como un presagio del universo cromático que dominará su siguiente etapa.
Lo que define
esta obra es su intensa carga emotiva. Picasso no idealiza a su personaje;
tampoco lo juzga. Se limita a mostrar su soledad con una crudeza silenciosa. La
economía de medios —color restringido, formas simplificadas, composición
contenida— contribuye a concentrar la emoción en la figura.
El joven
Picasso comienza a perfilar una de las constantes de su obra: la exploración de
la condición humana a través de figuras marginales, convertidas en símbolos
universales de vulnerabilidad y aislamiento.
Por Andrés Carranza Bencano



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