lunes, 9 de febrero de 2026

DERMATOLOGÍA

Un anciano con su nieto. Domenico Ghirlandaio.

Un anciano con su nieto. Domenico Ghirlandaio. 1490. Pintura al temple sobre tabla. 62,7 x 46,3 cm. Museo del Louvre. Paris. (ver) (CC BY 3.0)

El origen y la trayectoria temprana de esta obra no están claramente documentados. No fue hasta 1880 cuando ingresó en las colecciones del Museo del Louvre, después de haber sido rechazada por el Museo Kaiser Friedrich de Berlín debido a su delicado estado de conservación. Críticos y estudiosos de finales del siglo XIX señalaron que la pintura había sufrido un deterioro considerable, causado en parte por limpiezas excesivas que erosionaron la superficie pictórica y por arañazos que afectaban especialmente al rostro del anciano. Estas marcas se atribuyeron a daños producidos durante un traslado a caballo, posiblemente por un clavo sobresaliente en la caja de transporte. En 1996 la obra fue sometida a una restauración integral: se corrigieron las rasgaduras, se reintegraron las pérdidas de color y se procedió a una limpieza y retoque que devolvieron al conjunto una mayor coherencia visual.

La escena muestra a un hombre de avanzada edad, vestido con una túnica roja, sentado junto a una ventana y abrazando con ternura a un niño, también ataviado con prendas de tonalidad rojiza. Ambos se encuentran en un interior luminoso, cuyo ambiente claro contrasta con la pared oscura que cierra el espacio por detrás, reforzando así la sensación de intimidad y recogimiento.

Al fondo, a la derecha, se abre una ventana que permite contemplar un paisaje idealizado. A través de ella se despliega un entorno rural de caminos serpenteantes y terreno irregular, atravesado por un río que recorre un valle apacible. En la distancia se distinguen colinas, escarpes rocosos y una montaña, así como una pequeña iglesia situada junto a un lago. La vegetación cercana aparece bañada por reflejos dorados, mientras que las colinas más lejanas se disuelven en una atmósfera brumosa de tonos azulados. Se trata de un paisaje de carácter claramente italiano, comparable al que aparece en obras como la Anunciación de Leonardo da Vinci o la Adoración de los pastores de Lorenzo di Credi, y muy acorde con el repertorio habitual de Ghirlandaio.

Detalle del paisaje por la ventana

La indumentaria de los personajes aporta información significativa sobre su estatus social. La túnica roja, típica de ciertas regiones del norte de Italia como el ámbito veneciano, el chaperón ribeteado con piel de zorro del anciano y el refinado jubón y gorro del niño indican que pertenecían a una familia acomodada del siglo XV. El color rojo, obtenido a partir de tintes costosos, estaba asociado al prestigio, la riqueza y la nobleza, aunque el azul y el dorado se consideraban aún más exclusivos.

Tradicionalmente se ha interpretado que las figuras representan a un abuelo y su nieto, aunque no se conoce con certeza la identidad de ninguno de ellos. Algunas hipótesis sugieren que Ghirlandaio pudo concebir inicialmente un retrato individual del anciano y que posteriormente añadió la figura infantil para intensificar la carga emotiva de la escena y subrayar un vínculo afectivo ejemplar. De ahí que la obra también haya sido conocida como “El ayo y su infante”, interpretando al hombre como un cuidador o preceptor más que como un familiar directo. Sin embargo, la atmósfera de cercanía, la naturalidad del gesto y la evidente complicidad entre ambos personajes han inclinado a la mayoría de los estudiosos a aceptar la lectura de una relación familiar, concretamente la de abuelo y nieto.

El contraste físico entre las dos figuras es uno de los aspectos más llamativos de la pintura. El anciano aparece con el cabello canoso, el rostro surcado de arrugas, una verruga en la frente y, sobre todo, una nariz deformada por crecimientos propios del rinofima. Frente a ello, el niño encarna un ideal de belleza juvenil, con rizos dorados que asoman bajo el gorro rojo y un rostro sereno y luminoso.

Detalle del anciano

Frente a ello, el niño encarna un ideal de belleza juvenil, con rizos dorados que asoman bajo el gorro rojo y un rostro sereno y luminoso.

Detalle del niño

No obstante, lo que podría interpretarse como fealdad se ve transformado por la expresión del anciano, cuya mirada transmite una ternura profunda, y por la actitud confiada del niño, que se aferra a él en busca de protección y consuelo. La dulzura del gesto y la ingenuidad infantil no solo no acentúan el contraste, sino que realzan la humanidad del conjunto y convierten la escena en una conmovedora exaltación del afecto intergeneracional.

En épocas anteriores, las deformidades físicas solían interpretarse como signos de castigo divino o de imperfección moral. El pensamiento humanista del Renacimiento, sin embargo, situó al ser humano en el centro de la reflexión, reconociéndole una dignidad y una pureza inherentes, aun dentro de su condición de criatura de Dios. Desde esta perspectiva, la deformación nasal del anciano carece de relevancia moral y queda completamente eclipsada por su expresión amorosa y su evidente devoción hacia el niño. La mano del pequeño apoyada sobre el pecho de su abuelo y la cercanía de sus cuerpos refuerzan la idea de una intimidad afectiva sincera y profunda.

Detalle de la nariz

Ghirlandaio reproduce con notable precisión las excrecencias nasales características del rinofima, una manifestación avanzada de la rosácea, enfermedad cutánea que provoca una hiperplasia de la piel y de los folículos pilosos y sebáceos, dando lugar a una nariz de aspecto nodular y abultado. A ello se suma una proliferación de vasos sanguíneos que intensifica la coloración rojiza. Aunque la causa exacta de la rosácea sigue siendo desconocida, desde la Edad Media se asoció erróneamente el rinofima al consumo excesivo de alcohol. Autores como Chaucer o Shakespeare describieron personajes con rostros encendidos y narices bulbosas, lo que consolidó esta creencia popular. Hoy se sabe que dicha relación carece de base científica, aunque el enrojecimiento vascular ha mantenido viva la expresión popular de “nariz de borracho”. En la pintura de Ghirlandaio, lejos de ser un elemento grotesco, esta deformidad se integra con naturalismo y sensibilidad en un retrato que destaca, ante todo, por su profunda humanidad.

Por Andrés Carranza Bencano

sábado, 7 de febrero de 2026

EL PIE Y LOS CRUCIFICADOS DE SEVILLA

Cristo de la Buena Muerte. Iglesia del Santo  Ángel. 

En la nave de la epístola, sobre la primera pilastra del lado derecho se sitúa un Crucificado conocido como el Cristo de la Buena Muerte, atribuido a Andrés de Ocampo (ver).

Cristo de la Buena Muerte

Detalle del rostro

Detalle del paño de pureza

Visión frontal de los pies

Visión lateral de los pies

Por Andrés Carranza Bencano

miércoles, 4 de febrero de 2026

PEDIATRIA

La visita de la madre al hospital. Enrique Paternina García Cid.

La visita de la madre al hospital. Paternina García Cid, Enrique. 1892. Óleo sobre lienzo. 150,8 x 211 cm. Museo del Prado. Depósito en otra Institución. (ver) (CC BY 3.0)

La escena se sitúa en un hospital de beneficencia atendido por las Hijas de la Caridad. En la sala se alinean varias camas ocupadas por niños enfermos, aunque el artista concentra la atención en un reducido grupo de figuras.

En primer plano aparece una adolescente encamada, representada en ligero escorzo, cuya presencia domina la composición y orienta la mirada del espectador hacia su rostro.

Paternina simplifica deliberadamente el conjunto a cuatro personajes y acentúa el sentido cristiano de la asistencia hospitalaria. La figura de la hermana de la Caridad ocupa un lugar destacado en primer término, reforzada por la presencia del rosario colocado en la cabecera de la cama. Tres de los personajes aparecen de espaldas o en posición lateral, un recurso compositivo que conduce visualmente hacia la auténtica protagonista del lienzo: la joven enferma, centro emocional y narrativo de la escena.

La muchacha muestra en el rostro las huellas de una fiebre reciente. Sus cabellos castaños, algo desordenados, se extienden sobre la blancura de la almohada, mientras que el brillo de sus grandes ojos azules transmite fragilidad y agotamiento. Aun así, su expresión se suaviza ante la presencia de la madre, a quien contempla con ternura y una leve melancolía. El contacto de las manos entre ambas sugiere un vínculo profundo, cargado de afecto, que infunde a la niña una sensación de consuelo, confianza y sosiego.

Detalle de la niña y su madre

Detalle de la cara de la niña

La madre, sentada junto a la cama, conversa con su hija mientras le sostiene la mano. Viste de negro y se cubre con un chal de grueso ganchillo; sobre la falda lleva un amplio delantal pardo, provisto de bolsillos, destinado a proteger la ropa en las labores cotidianas. Su indumentaria revela la modestia de la familia, carente de recursos para recibir atención médica en el hogar. Sin embargo, encuentran amparo en la caridad de las religiosas, que acogen a los pequeños enfermos con dedicación y cuidado, convirtiendo el hospital en una suerte de segundo hogar.

Detalle de la madre

A la derecha, vista desde los pies de la cama, se sitúan la hermana menor de la enferma y la religiosa encargada de su cuidado. La niña porta un cesto con naranjas, cubierto por un paño rojo, un pequeño gesto cargado de simbolismo, asociado al deseo de pronta recuperación.

Detalle de la hermana menor con un cesto de naranjas

Junto a ella, la hermana de la Caridad, reconocible por su característica toca almidonada de amplio vuelo, conocida como cornete, viste el hábito azul y el delantal blanco propio de las tareas diarias. Su mano apoyada sobre la enferma transmite una sensación de protección y seguridad, reforzando el clima de calma y atención.

Detalle de la hermana menor y la religiosa

En la repisa cercana a la cama se disponen varios objetos cotidianos: una botella de agua, un vaso con cucharilla para la administración de las medicinas, un cuenco y un frasco de jarabe, elementos que aluden a la práctica asistencial y a la sencillez de los medios terapéuticos de la época. 

Detalle de la repisa

En la pared de yeso, austera y sin ornamentos, se observa una placa con el número de identificación de la cama y una pequeña pizarra colgada de un clavo, donde se anotan los datos del paciente, la dieta y la medicación prescrita.

Detalle de la Pared

La obra invita también a una reflexión histórica sobre la atención sanitaria en el siglo XIX. Antes de que la enfermería se consolidara como una profesión científica y reconocida, su desarrollo en el ámbito occidental estuvo estrechamente ligado a instituciones religiosas y gremiales. Durante largo tiempo, el cuidado de los enfermos fue ejercido por personal religioso o bajo su tutela.

En el contexto de la obra, quienes acudían a los hospitales eran principalmente personas pobres y necesitadas, atendidas por religiosas o voluntarias a cambio de alojamiento y sustento. Las clases acomodadas, en cambio, recibían asistencia médica en sus propios domicilios. Paternina recoge esta realidad social con sensibilidad y sobriedad, ofreciendo un testimonio visual de la caridad, la familia y la enfermedad en la España de su tiempo.

Por Andrés Carranza Bencano

MEDICINA DE CABECERA

Ciencia y Caridad. Pablo Picasso.

Ciencia y Caridad. Picasso, Pablo. 1897. Óleo sobre tela. 197 x 249, 5 cm. Museo Picasso. Barcelona. (ver) CC BY 3.0)

En 1896 Pablo Picasso había obtenido un notable reconocimiento gracias a su obra  “La primera comunión”, presentada en la Tercera Exposición de Bellas Artes e Industrias Artísticas de Barcelona. Las críticas favorables a esta obra supusieron un estímulo decisivo tanto para el joven artista como para su entorno familiar. Animado por este éxito temprano, su padre, José Ruiz Blasco, decidió alquilarle un taller propio en el número 4 de la calle de la Plata, en el barrio de la Ribera, muy próximo a la vivienda familiar situada en la calle Mercè. Fue en este espacio donde Picasso realizó “Ciencia y caridad”, una ambiciosa composición que presentó como ejercicio final para optar al ingreso en la Facultad de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, cuando contaba tan solo quince años de edad.

Tras su presentación pública, la pintura permaneció en Málaga, en el domicilio de Salvador Ruiz Blasco, tío del artista. Allí se conservó hasta la muerte de este en 1918, momento en el que su viuda decidió enviarla a Barcelona. Durante años estuvo colgada en la vivienda de la familia Vilató Ruiz, en el Paseo de Gracia, hasta que finalmente Picasso la donó al museo barcelonés junto con otras obras significativas de su producción juvenil.

La escena se sitúa en el interior de una estancia modesta, de atmósfera sombría y escasa iluminación. La ventana cerrada acentúa la sensación de encierro y penumbra, mientras que el mobiliario y la decoración resultan mínimos. Tan solo un cuadro colgado en la pared, con un marco llamativamente elaborado, introduce una nota de contraste con la austeridad del espacio, subrayando aún más la pobreza del entorno en el que se desarrolla la acción.

La escena representa a una mujer enferma en su lecho, acompañada por tres figuras: un médico que le toma el pulso y una monja que sostiene en brazos a un niño pequeño, presumiblemente el hijo de la paciente.

La paciente yace sobre una cama cubierta por una colcha de tonos amarillo verdosos. Su rostro pálido y demacrado, así como la extrema delgadez de sus manos, revelan el avanzado estado de su dolencia. La expresión de su mirada transmite abatimiento y resignación, como si fuera consciente de la proximidad del desenlace fatal.

Detalle de la paciente

A la izquierda de la enferma se encuentra una religiosa, encarnación de la asistencia caritativa y espiritual. En su brazo izquierdo sostiene a un niño pequeño, presumiblemente hijo de la paciente, que se aferra con gesto angustiado al pecho de la monja. La mano derecha de esta se extiende hacia la mujer para ofrecerle una taza, gesto sencillo que simboliza el cuidado cotidiano, la compasión y el alivio inmediato ante el sufrimiento.

Detalle de la monja con el niño

En primer plano, a la derecha de la composición, aparece la figura del médico, sentado junto a la “cabecera” de la paciente. Viste con elegancia y sobriedad. Con la mano izquierda toma el pulso de la enferma, mientras que con la derecha sostiene un reloj de bolsillo, instrumento con el que mide de manera precisa la frecuencia cardíaca. Su actitud es contenida y analítica, concentrada en el diagnóstico.  


Detalle del medico

Cada uno de estos personajes encarna un valor esencial en el tratamiento de la enfermedad en la sociedad finisecular. El médico representa la ciencia, el progreso, la confianza en los avances de la medicina moderna y al mismo tiempo, la cercanía a la paciente; la monja simboliza la caridad, la asistencia moral y el consuelo espiritual; el niño introduce la idea de la fragilidad y la dependencia, recordando que la enfermedad no afecta únicamente al individuo, sino a todo el núcleo familiar, y de manera especial a los más vulnerables, a los más pequeños.

Picasso recurrió a modelos cercanos para dar vida a estas figuras. El médico fue retratado a partir de su propio padre, José Ruiz Blasco; la mujer enferma y el niño pertenecían a un entorno humilde del barrio y posaron para el artista; la figura de la religiosa se inspiró en una amistad de la familia, que vistió un hábito prestado para la ocasión. Este recurso refuerza el carácter realista y casi testimonial de la escena.

En conjunto, “Ciencia y caridad” constituye una representación elocuente del llamado “médico de cabecera” del siglo XIX, figura clave en la vida cotidiana de la época, caracterizada por la cercanía con el paciente y el equilibrio entre conocimiento científico y trato humano. La obra dialoga con otras imágenes contemporáneas de temática similar, como “El doctor” de Sir Luke Fildes (Leer mas), y puede entenderse como una reflexión temprana sobre la ética de la práctica médica. Desde esta perspectiva, el cuadro invita a reconsiderar un modelo profesional basado no solo en la competencia técnica y en la legítima retribución económica, sino también en el respeto, la confianza y el afecto del enfermo, valores que, con el paso del tiempo, se han visto erosionados pero que siguen siendo esenciales en la formación y el ejercicio de la medicina actual y plenamente vigentes para la formación de los profesionales de la salud.

Por Andrés Carranza Bencano

lunes, 2 de febrero de 2026

MEDICINA DE CABECERA

El Doctor. Sir Luke Fildes.



“La medicina es la más humana de las artes, la más artística de las ciencias y la más científica de las humanidades”, escribió Edmund Pellegrino en 1990. 

Esta afirmación encuentra una expresión visual especialmente elocuente en “El Doctor”, una de las obras más conocidas de Sir Luke Fildes, donde la práctica médica se presenta no solo como un saber técnico, sino como un ejercicio profundo de humanidad.

La escena se desarrolla en el interior de una modesta vivienda rural. En ella, un médico vela a una niña gravemente enferma, tendida en una cama improvisada formada por dos sillas y varias almohadas. Todo sugiere que la pequeña padece una enfermedad infecciosa, una de las principales causas de mortalidad infantil en el siglo XIX. La magnitud de este drama era tal que, en aquella época, solo uno de cada cuatro niños lograba alcanzar la edad adulta.

El cuerpo frágil de la niña yacente transmite vulnerabilidad y debilidad extrema. Su rostro pálido, iluminado por la luz cálida de una lámpara de aceite situada sobre la mesa, se convierte en el foco emocional del cuadro. La pantalla inclinada de la lámpara no es un detalle casual, sino que dirige la luz hacia el rostro enfermo, subrayando la gravedad del momento y reforzando la intimidad de la escena. La expresión del niño despierta de inmediato la compasión del espectador. 

Detalle de la niña

En segundo plano, envueltos en la penumbra, aparecen los padres. Son figuras casi inmóviles, paralizadas por la impotencia y la resignación. 

El padre permanece de pie, observando con ansiedad contenida, mientras apoya una mano sobre el hombro de la madre. 

Ella, sentada junto a la mesa, se inclina hacia delante y llora desconsoladamente, con las manos entrelazadas en un gesto que recuerda a la oración. Su postura sugiere tanto súplica como agotamiento, una mezcla de esperanza y desesperación ante la incertidumbre del destino de su hija.

Detalle de los padres

En primer plano se sitúa el médico, vestido con la indumentaria sobria de la época. Su rostro, que es en realidad un autorretrato del propio Fildes, muestra el ceño fruncido y una expresión profundamente reflexiva. Con la mano apoyada en el mentón, observa atentamente a la paciente, como si repasara mentalmente cada síntoma, cada decisión tomada, temiendo haber pasado por alto algún detalle crucial. No hay en su actitud dramatismo ni gestos grandilocuentes, solo una concentración absoluta, una espera vigilante, casi contenida, ante la posibilidad de un leve signo de mejoría.

Detalle del Doctor


Sobre la mesa, junto a la lámpara, se distinguen varios objetos que aluden a la práctica médica cotidiana: un frasco de medicación, una taza y una cuchara. En un banco, junto a la cabeza de la niña —para cuya representación Fildes utilizó como modelos a dos de sus propios hijos— se observan una jarra y un recipiente que podría ser un mortero o, quizá, un simple cuenco con agua destinado a aliviar la fiebre. Estos elementos refuerzan la idea de una medicina todavía limitada en recursos, pero ejercida con dedicación y cuidado constante.

Detalle de la mesa

Detalle del banco

A través de una ventana situada junto a los padres se filtra una luz tenue, casi imperceptible: el amanecer. Según palabras del propio Fildes, esta claridad incipiente simboliza el inicio de la recuperación de la niña. La noche ha sido larga y angustiosa, pero la crisis ha pasado. Ese leve resplandor introduce una nota de esperanza que equilibra el dramatismo de la escena.

Detalle de la ventana

Una de las experiencias más duras para cualquier médico es asistir, sin poder evitarlo, a la muerte de un niño. El centro emocional del cuadro no es el sufrimiento de la familia ni la precariedad del entorno, sino la actitud del médico. No mira a los padres, no recorre la habitación con la vista, su atención está fija exclusivamente en la niña. Ha pasado toda la noche sentado junto a su cabecera, sin dormir, sin apartarse, simplemente observando. Porque, como sugiere la obra, un buen médico no es solo quien cura, sino quien permanece y no se va. 

Detalle del Doctor y la niña


La carga emocional de El Doctor tiene una raíz profundamente personal. En la Navidad de 1877, el hijo mayor de Fildes, Philip, falleció con apenas un año de vida a causa de la tuberculosis, pese a los dedicados cuidados del doctor Gustav Murray, médico de la familia, que acompañó al niño y a sus padres durante todo el proceso. Esta experiencia marcó de forma indeleble al artista.

Años después, cuando Sir Henry Tate le encargó una obra de tema libre para su galería, Fildes eligió rendir homenaje no solo a aquel médico concreto, sino a la medicina en su conjunto. El resultado fue una representación del vínculo médico-paciente, basada en valores que trascienden el tiempo: la atención constante, el compromiso, la empatía y la confianza depositada por la familia en quien cuida de lo más valioso que poseen, son los valores que trascienden a la pintura.

Revisitar obras pictóricas centradas en el acto médico permite recuperar la esencia más profunda de la profesión. Estas imágenes son un reflejo fiel del impacto de la enfermedad no solo en el paciente, sino también en quien lo atiende, recordándonos que la medicina es, ante todo, una relación humana.

El antiguo aforismo “Curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre”, atribuido a figuras como Hipócrates, Ambroise Paré, Claude Bernard, Pasteur, Osler o Alexis Carrel, sigue plenamente vigente incluso en una era dominada por la tecnología, la inteligencia artificial y la medicina basada en la evidencia.

Si no se puede curar, se debe ayudar.
Si no se puede aliviar, se debe consolar.
Y si nada de eso es posible, al menos se debe acompañar.

Por Andrés Carranza Bencano

jueves, 29 de enero de 2026

EL PIE Y LOS NAZARENOS DE SEVILLA

Nuestro Padre Jesús de la Humildad. Iglesia del Santo Ángel.

Nuestro Padre Jesús de la Humildad

La imagen de Nuestro Padre Jesús de la Humildad es una creación del escultor e imaginero Antonio Luis Troya y recibe culto en la Iglesia del Santo Ángel de Sevilla, donde se presenta como una obra de profunda carga expresiva y cuidada ejecución técnica.

La talla alcanza una altura aproximada de 1,80 metros y está realizada en madera de cedro real, material elegido por su calidad y durabilidad. La policromía, aplicada al óleo, se resuelve en una gama de tonos cálidos que refuerzan el naturalismo de la anatomía y aportan veracidad a la escena representada. Según palabras del propio autor, la imagen plasma el instante posterior a la sentencia de muerte, cuando Jesús se dispone a cargar con la cruz e iniciar el camino hacia el Calvario. Esta idea se traduce plásticamente en una figura que avanza, marcada por las huellas del sufrimiento de la Pasión, pero con una actitud firme y decidida.

El cuerpo adopta un leve giro hacia el lado derecho, tanto en el torso como en el rostro, lo que acentúa la sensación de movimiento y dinamismo. La mirada, suavemente descendente, no es derrotada, sino intensa y valiente, buscando un diálogo silencioso con el fiel que la contempla. A pesar del dolor evidente, el conjunto transmite una serena fortaleza interior y una aceptación consciente del sacrificio.

El rostro, con la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante, combina rasgos de marcada virilidad con una expresión sosegada. Las facciones, bien proporcionadas y de gran fuerza plástica, se articulan mediante volúmenes definidos que destacan los pómulos prominentes, la frente amplia y el entrecejo suavemente fruncido, signo de cansancio y concentración. La nariz, de perfil aguileño y carácter semita, refuerza el realismo de la imagen. Los ojos, abiertos y de tonalidad miel, aparecen fatigados, pero mantienen una intensidad que refuerza el carácter comunicativo de la talla. La boca, entreabierta y de gesto contenido, permite apreciar dientes y lengua, recurso que subraya el naturalismo y sugiere la acción de dirigirse al espectador.

Detalle del rostro

El cabello, largo y dispuesto en mechones tallados con soltura, presenta un acusado movimiento y un notable volumen, en armonía con la barba rizada, de tratamiento minucioso. La corona de espinas, de gran tamaño e irregular trazado, está tallada también en madera de cedro y rematada con largas y afiladas espinas de acacia, que intensifican el dramatismo del conjunto. En el rostro y el cuero cabelludo se aprecian las heridas causadas por las espinas, de las que mana la sangre mezclada con el sudor, especialmente visible en las sienes y la frente, aportando un alto grado de verismo y reforzando el carácter pasionista de la imagen.

Detalle del rostro

Detalle del rostro

Detalle de las manos

Finalmente, destaca la morfología de su ante pie que corresponde claramente a un tipo de pie cuadrado con el primer de igual longitud que el segundo.

Detalle del pie

Esquema de la morfología del antepie

Por Andrés Carranza Bencano