miércoles, 4 de febrero de 2026

PEDIATRIA

La visita de la madre al hospital. Enrique Paternina García Cid.

La visita de la madre al hospital. Paternina García Cid, Enrique. 1892. Óleo sobre lienzo. 150,8 x 211 cm. Museo del Prado. Depósito en otra Institución. (ver) (CC BY 3.0)

La escena se sitúa en un hospital de beneficencia atendido por las Hijas de la Caridad. En la sala se alinean varias camas ocupadas por niños enfermos, aunque el artista concentra la atención en un reducido grupo de figuras.

En primer plano aparece una adolescente encamada, representada en ligero escorzo, cuya presencia domina la composición y orienta la mirada del espectador hacia su rostro.

Paternina simplifica deliberadamente el conjunto a cuatro personajes y acentúa el sentido cristiano de la asistencia hospitalaria. La figura de la hermana de la Caridad ocupa un lugar destacado en primer término, reforzada por la presencia del rosario colocado en la cabecera de la cama. Tres de los personajes aparecen de espaldas o en posición lateral, un recurso compositivo que conduce visualmente hacia la auténtica protagonista del lienzo: la joven enferma, centro emocional y narrativo de la escena.

La muchacha muestra en el rostro las huellas de una fiebre reciente. Sus cabellos castaños, algo desordenados, se extienden sobre la blancura de la almohada, mientras que el brillo de sus grandes ojos azules transmite fragilidad y agotamiento. Aun así, su expresión se suaviza ante la presencia de la madre, a quien contempla con ternura y una leve melancolía. El contacto de las manos entre ambas sugiere un vínculo profundo, cargado de afecto, que infunde a la niña una sensación de consuelo, confianza y sosiego.

Detalle de la niña y su madre

Detalle de la cara de la niña

La madre, sentada junto a la cama, conversa con su hija mientras le sostiene la mano. Viste de negro y se cubre con un chal de grueso ganchillo; sobre la falda lleva un amplio delantal pardo, provisto de bolsillos, destinado a proteger la ropa en las labores cotidianas. Su indumentaria revela la modestia de la familia, carente de recursos para recibir atención médica en el hogar. Sin embargo, encuentran amparo en la caridad de las religiosas, que acogen a los pequeños enfermos con dedicación y cuidado, convirtiendo el hospital en una suerte de segundo hogar.

Detalle de la madre

A la derecha, vista desde los pies de la cama, se sitúan la hermana menor de la enferma y la religiosa encargada de su cuidado. La niña porta un cesto con naranjas, cubierto por un paño rojo, un pequeño gesto cargado de simbolismo, asociado al deseo de pronta recuperación.

Detalle de la hermana menor con un cesto de naranjas

Junto a ella, la hermana de la Caridad, reconocible por su característica toca almidonada de amplio vuelo, conocida como cornete, viste el hábito azul y el delantal blanco propio de las tareas diarias. Su mano apoyada sobre la enferma transmite una sensación de protección y seguridad, reforzando el clima de calma y atención.

Detalle de la hermana menor y la religiosa

En la repisa cercana a la cama se disponen varios objetos cotidianos: una botella de agua, un vaso con cucharilla para la administración de las medicinas, un cuenco y un frasco de jarabe, elementos que aluden a la práctica asistencial y a la sencillez de los medios terapéuticos de la época. 

Detalle de la repisa

En la pared de yeso, austera y sin ornamentos, se observa una placa con el número de identificación de la cama y una pequeña pizarra colgada de un clavo, donde se anotan los datos del paciente, la dieta y la medicación prescrita.

Detalle de la Pared

La obra invita también a una reflexión histórica sobre la atención sanitaria en el siglo XIX. Antes de que la enfermería se consolidara como una profesión científica y reconocida, su desarrollo en el ámbito occidental estuvo estrechamente ligado a instituciones religiosas y gremiales. Durante largo tiempo, el cuidado de los enfermos fue ejercido por personal religioso o bajo su tutela.

En el contexto de la obra, quienes acudían a los hospitales eran principalmente personas pobres y necesitadas, atendidas por religiosas o voluntarias a cambio de alojamiento y sustento. Las clases acomodadas, en cambio, recibían asistencia médica en sus propios domicilios. Paternina recoge esta realidad social con sensibilidad y sobriedad, ofreciendo un testimonio visual de la caridad, la familia y la enfermedad en la España de su tiempo.

Por Andrés Carranza Bencano

MEDICINA DE CABECERA

Ciencia y Caridad. Pablo Picasso.

Ciencia y Caridad. Picasso, Pablo. 1897. Óleo sobre tela. 197 x 249, 5 cm. Museo Picasso. Barcelona. (ver) CC BY 3.0)

En 1896 Pablo Picasso había obtenido un notable reconocimiento gracias a su obra  “La primera comunión”, presentada en la Tercera Exposición de Bellas Artes e Industrias Artísticas de Barcelona. Las críticas favorables a esta obra supusieron un estímulo decisivo tanto para el joven artista como para su entorno familiar. Animado por este éxito temprano, su padre, José Ruiz Blasco, decidió alquilarle un taller propio en el número 4 de la calle de la Plata, en el barrio de la Ribera, muy próximo a la vivienda familiar situada en la calle Mercè. Fue en este espacio donde Picasso realizó “Ciencia y caridad”, una ambiciosa composición que presentó como ejercicio final para optar al ingreso en la Facultad de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, cuando contaba tan solo quince años de edad.

Tras su presentación pública, la pintura permaneció en Málaga, en el domicilio de Salvador Ruiz Blasco, tío del artista. Allí se conservó hasta la muerte de este en 1918, momento en el que su viuda decidió enviarla a Barcelona. Durante años estuvo colgada en la vivienda de la familia Vilató Ruiz, en el Paseo de Gracia, hasta que finalmente Picasso la donó al museo barcelonés junto con otras obras significativas de su producción juvenil.

La escena se sitúa en el interior de una estancia modesta, de atmósfera sombría y escasa iluminación. La ventana cerrada acentúa la sensación de encierro y penumbra, mientras que el mobiliario y la decoración resultan mínimos. Tan solo un cuadro colgado en la pared, con un marco llamativamente elaborado, introduce una nota de contraste con la austeridad del espacio, subrayando aún más la pobreza del entorno en el que se desarrolla la acción.

La escena representa a una mujer enferma en su lecho, acompañada por tres figuras: un médico que le toma el pulso y una monja que sostiene en brazos a un niño pequeño, presumiblemente el hijo de la paciente.

La paciente yace sobre una cama cubierta por una colcha de tonos amarillo verdosos. Su rostro pálido y demacrado, así como la extrema delgadez de sus manos, revelan el avanzado estado de su dolencia. La expresión de su mirada transmite abatimiento y resignación, como si fuera consciente de la proximidad del desenlace fatal.

Detalle de la paciente

A la izquierda de la enferma se encuentra una religiosa, encarnación de la asistencia caritativa y espiritual. En su brazo izquierdo sostiene a un niño pequeño, presumiblemente hijo de la paciente, que se aferra con gesto angustiado al pecho de la monja. La mano derecha de esta se extiende hacia la mujer para ofrecerle una taza, gesto sencillo que simboliza el cuidado cotidiano, la compasión y el alivio inmediato ante el sufrimiento.

Detalle de la monja con el niño

En primer plano, a la derecha de la composición, aparece la figura del médico, sentado junto a la “cabecera” de la paciente. Viste con elegancia y sobriedad. Con la mano izquierda toma el pulso de la enferma, mientras que con la derecha sostiene un reloj de bolsillo, instrumento con el que mide de manera precisa la frecuencia cardíaca. Su actitud es contenida y analítica, concentrada en el diagnóstico.  


Detalle del medico

Cada uno de estos personajes encarna un valor esencial en el tratamiento de la enfermedad en la sociedad finisecular. El médico representa la ciencia, el progreso, la confianza en los avances de la medicina moderna y al mismo tiempo, la cercanía a la paciente; la monja simboliza la caridad, la asistencia moral y el consuelo espiritual; el niño introduce la idea de la fragilidad y la dependencia, recordando que la enfermedad no afecta únicamente al individuo, sino a todo el núcleo familiar, y de manera especial a los más vulnerables, a los más pequeños.

Picasso recurrió a modelos cercanos para dar vida a estas figuras. El médico fue retratado a partir de su propio padre, José Ruiz Blasco; la mujer enferma y el niño pertenecían a un entorno humilde del barrio y posaron para el artista; la figura de la religiosa se inspiró en una amistad de la familia, que vistió un hábito prestado para la ocasión. Este recurso refuerza el carácter realista y casi testimonial de la escena.

En conjunto, “Ciencia y caridad” constituye una representación elocuente del llamado “médico de cabecera” del siglo XIX, figura clave en la vida cotidiana de la época, caracterizada por la cercanía con el paciente y el equilibrio entre conocimiento científico y trato humano. La obra dialoga con otras imágenes contemporáneas de temática similar, como “El doctor” de Sir Luke Fildes (Leer mas), y puede entenderse como una reflexión temprana sobre la ética de la práctica médica. Desde esta perspectiva, el cuadro invita a reconsiderar un modelo profesional basado no solo en la competencia técnica y en la legítima retribución económica, sino también en el respeto, la confianza y el afecto del enfermo, valores que, con el paso del tiempo, se han visto erosionados pero que siguen siendo esenciales en la formación y el ejercicio de la medicina actual y plenamente vigentes para la formación de los profesionales de la salud.

Por Andrés Carranza Bencano