lunes, 5 de enero de 2026

EL PIE Y LA PASION DE CRISTO EN LA PINTURA

LA ULTIMA CENA

La Última Cena. Alonso Vázquez

Sagrada Cena. Vázquez, Alonso. 1588. Óleo sobre lienzo. 318 x 402 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V. Procede de la desamortización de 1840 del Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla

Alonso Vázquez, discípulo del cordobés Pablo de Céspedes, desarrolla un lenguaje plenamente inscrito en el Manierismo, perceptible tanto en la monumentalidad de las figuras como en la complejidad compositiva y espacial de sus obras. Su actividad en Sevilla está documentada al menos desde 1588, año de realización de esta pintura, y se prolonga hasta 1603, cuando se traslada a México formando parte del séquito del III marqués de Montesclaros. Allí ejerció su oficio hasta su fallecimiento, ocurrido el 13 de abril de 1607.

Este lienzo reviste un interés excepcional al considerarse la primera obra conocida del artista. Durante largo tiempo fue atribuida a Pablo de Céspedes, hasta que Diego Angulo, tras un minucioso análisis estilístico, propuso su correcta adscripción a Alonso Vázquez. En dicho estudio señaló, entre otros aspectos, el uso de maniquíes recubiertos de tela engomada o papel humedecido para el estudio de los volúmenes, una técnica que continuó empleándose en el siglo XVII y que llegó a ser utilizada por pintores como Zurbarán.

La escena de la Última Cena se desarrolla en un fastuoso marco arquitectónico de carácter renacentista, concebido como un palacio adornado con esculturas. En este espacio, Cristo comparte la mesa con los apóstoles, mientras el pintor introduce un elaborado juego perspectivo, especialmente visible en los ángulos superiores de la composición.

La mesa aparece presidida por Jesús y, en evidente paralelismo con la célebre obra de Leonardo da Vinci, los discípulos se organizan en grupos de tres, reforzando el ritmo y el equilibrio del conjunto. Siguiendo las indicaciones de algunos tratadistas, entre ellos Francisco Pacheco, el autor altera la disposición habitual de los apóstoles y sitúa a san Pedro a la derecha de Cristo, otorgándole un lugar destacado en consonancia con su condición de vicario de Dios en la tierra.

A la izquierda del Salvador se representa a Santiago el Menor, cuyo rostro, según las recomendaciones de Pacheco, debía asemejarse al de Cristo. Reclinándose sobre su pecho aparece san Juan, el discípulo amado, símbolo de la fidelidad y la cercanía espiritual. En primer término, Judas Iscariote dirige su mirada al espectador mientras sostiene la bolsa con los treinta siclos, clara alusión a la traición que está a punto de consumarse.

Detalle de Jesús con San Pedro, Santiago el Menor y San Juan

Detalle de Judas Iscariote

Al fondo a la izquierda una segunda escena representa el lavatorio. 

Escena del lavatorio

La obra evidencia la influencia de Miguel Ángel en la concepción de las figuras, robustas y de poderosa anatomía, perceptible bajo los pliegues de los amplios ropajes. Junto a esta monumentalidad destaca el acusado naturalismo con el que se representan los elementos del bodegón dispuesto sobre la mesa —panes, servilletas, recipientes y bandejas— así como los objetos, adornos y flores esparcidos por el suelo de la estancia, que enriquecen la escena y subrayan el interés del artista por la observación directa de la realidad.

Por Andrés Carranza Bencano