MEDICINA DE CABECERA
Ciencia y Caridad. Pablo Picasso.
En 1896 Pablo Picasso había obtenido un notable
reconocimiento gracias a su obra “La
primera comunión”, presentada en la Tercera Exposición de Bellas Artes e
Industrias Artísticas de Barcelona. Las críticas favorables a esta obra
supusieron un estímulo decisivo tanto para el joven artista como para su
entorno familiar. Animado por este éxito temprano, su padre, José Ruiz Blasco,
decidió alquilarle un taller propio en el número 4 de la calle de la Plata, en
el barrio de la Ribera, muy próximo a la vivienda familiar situada en la calle
Mercè. Fue en este espacio donde Picasso realizó “Ciencia y caridad”, una
ambiciosa composición que presentó como ejercicio final para optar al ingreso
en la Facultad de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, cuando contaba tan
solo quince años de edad.
Tras su presentación pública, la pintura permaneció en
Málaga, en el domicilio de Salvador Ruiz Blasco, tío del artista. Allí se
conservó hasta la muerte de este en 1918, momento en el que su viuda decidió
enviarla a Barcelona. Durante años estuvo colgada en la vivienda de la familia
Vilató Ruiz, en el Paseo de Gracia, hasta que finalmente Picasso la donó al
museo barcelonés junto con otras obras significativas de su producción juvenil.
La escena se sitúa en el interior de una estancia modesta,
de atmósfera sombría y escasa iluminación. La ventana cerrada acentúa la
sensación de encierro y penumbra, mientras que el mobiliario y la decoración
resultan mínimos. Tan solo un cuadro colgado en la pared, con un marco
llamativamente elaborado, introduce una nota de contraste con la austeridad del
espacio, subrayando aún más la pobreza del entorno en el que se desarrolla la
acción.
La escena representa a una mujer enferma en su
lecho, acompañada por tres figuras: un médico que le toma el pulso y una monja
que sostiene en brazos a un niño pequeño, presumiblemente el hijo de la
paciente.
La paciente yace sobre una cama cubierta por una colcha
de tonos amarillo verdosos. Su rostro pálido y demacrado, así como la extrema
delgadez de sus manos, revelan el avanzado estado de su dolencia. La expresión de
su mirada transmite abatimiento y resignación, como si fuera consciente de la
proximidad del desenlace fatal.
Detalle de la
paciente
A la izquierda de la enferma se encuentra una
religiosa, encarnación de la asistencia caritativa y espiritual. En su brazo
izquierdo sostiene a un niño pequeño, presumiblemente hijo de la paciente, que
se aferra con gesto angustiado al pecho de la monja. La mano derecha de esta se
extiende hacia la mujer para ofrecerle una taza, gesto sencillo que simboliza
el cuidado cotidiano, la compasión y el alivio inmediato ante el sufrimiento.
Detalle de la
monja con el niño
En primer plano, a la derecha de la composición,
aparece la figura del médico, sentado junto a la “cabecera” de la paciente.
Viste con elegancia y sobriedad. Con la mano izquierda toma el pulso de la
enferma, mientras que con la derecha sostiene un reloj de bolsillo, instrumento
con el que mide de manera precisa la frecuencia cardíaca. Su actitud es
contenida y analítica, concentrada en el diagnóstico.
Detalle del
medico
Cada uno de
estos personajes encarna un valor esencial en el tratamiento de la enfermedad
en la sociedad finisecular. El médico representa la ciencia, el progreso, la
confianza en los avances de la medicina moderna y al mismo tiempo, la cercanía
a la paciente; la monja simboliza la caridad, la asistencia moral y el consuelo
espiritual; el niño introduce la idea de la fragilidad y la dependencia,
recordando que la enfermedad no afecta únicamente al individuo, sino a todo el
núcleo familiar, y de manera especial a los más vulnerables, a los más pequeños.
Picasso recurrió a modelos cercanos para dar vida a
estas figuras. El médico fue retratado a partir de su propio padre, José Ruiz
Blasco; la mujer enferma y el niño pertenecían a un entorno humilde del barrio
y posaron para el artista; la figura de la religiosa se inspiró en una amistad
de la familia, que vistió un hábito prestado para la ocasión. Este recurso
refuerza el carácter realista y casi testimonial de la escena.
En conjunto, “Ciencia y caridad” constituye una
representación elocuente del llamado “médico de cabecera” del siglo XIX, figura
clave en la vida cotidiana de la época, caracterizada por la cercanía con el
paciente y el equilibrio entre conocimiento científico y trato humano. La obra
dialoga con otras imágenes contemporáneas de temática similar, como “El doctor”
de Sir Luke Fildes (Leer mas), y puede entenderse como una reflexión temprana
sobre la ética de la práctica médica. Desde esta perspectiva, el cuadro invita
a reconsiderar un modelo profesional basado no solo en la competencia técnica y
en la legítima retribución económica, sino también en el respeto, la confianza
y el afecto del enfermo, valores que, con el paso del tiempo, se han visto
erosionados pero que siguen siendo esenciales en la formación y el ejercicio de
la medicina actual y plenamente vigentes para la formación de los profesionales
de la salud.
Por Andrés Carranza Bencano




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