domingo, 5 de abril de 2026

 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Pie egipcio

Santa Inés. Francisco de Zurbarán.

Santa Inés. Francisco de Zurbarán (taller). Hacia 1650. Óleo sobre lienzo. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Procede de la Desamortización del Hospital de las Cinco Llagas.

En este lienzo, adscrito al taller de Francisco de Zurbarán y fechado hacia mediados del siglo XVII, se representa a Santa Inés en una composición sobria y equilibrada, acorde con el lenguaje devocional característico del entorno zurbaranesco. La figura aparece de pie, en posición de tres cuartos, con una leve inflexión del cuerpo que suaviza la rigidez frontal y aporta naturalidad a la escena.

La joven inclina delicadamente la cabeza, enmarcada por cabellos castaños, dirigiendo su mirada hacia el cordero que sostiene en el regazo. Este gesto, cargado de intimidad, establece un vínculo simbólico entre la santa y el animal, que alude tanto a la pureza como al sacrificio. Con ambas manos sostiene además un libro, elemento que puede interpretarse como referencia a la fe y a la meditación espiritual, reforzando el carácter contemplativo de la figura.

Detalle del rostro

La indumentaria responde a una estética de discreta elegancia. Viste una túnica de tono rojo burdeos, cubierta por un manto amarillento dispuesto a modo de toga, cuyos pliegues caen con sencillez y cierta rigidez, sin excesos decorativos. Esta moderación cromática armoniza con el fondo de tonalidades verdosas, apenas sugerido, que sitúa la figura en un espacio indefinido y atemporal, favoreciendo la concentración en su presencia.

La iluminación, procedente del lado derecho, incide suavemente sobre el rostro y las manos, destacando la tersura de la piel y generando un contraste tenue con el fondo más oscuro. Este recurso, habitual en el taller de Zurbarán, contribuye a modelar los volúmenes con claridad y a reforzar la sensación de recogimiento.

Desde el punto de vista iconográfico, el cordero constituye el atributo más distintivo de Santa Inés (leer mas), cuyo nombre se asocia tradicionalmente con el término latino “agnus”. Este animal simboliza su pureza virginal y su condición de mártir. Según la tradición cristiana, Inés fue una joven romana que sufrió martirio en el siglo IV por mantenerse firme en su fe, convirtiéndose en uno de los ejemplos más tempranos y difundidos de santidad femenina en la Iglesia.

Detalle del cordero sobre el libro

La obra formó parte de la serie de santas procedente del Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla, ingresando posteriormente en el museo tras los procesos desamortizadores del siglo XIX. Estas pinturas, concebidas probablemente para su colocación en las zonas altas de un espacio eclesiástico, respondían a un programa devocional en el que las santas aparecían como modelos de virtud y fortaleza espiritual. La inscripción “S. Inés”, visible en el ángulo inferior izquierdo, refuerza su identificación y subraya el carácter didáctico de la imagen.

En conjunto, la pintura refleja la participación de los colaboradores del taller en la producción de este tipo de series, manteniendo los esquemas compositivos y la espiritualidad propios del maestro, aunque con una ejecución más contenida. Aun así, la obra conserva una notable delicadeza y una intensa carga simbólica, que la convierten en un ejemplo representativo de la pintura devocional sevillana del Barroco.

Finalmente, destacamos la morfología en pie egipcio de Santa Inés, con el primer dedo mas largo que el segundo. 

Detalle del pie

Esquema de la morfología de antepie

Por Andrés Carranza Bencano


 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Pie Griego

Santa Lucía. Bernabé de Ayala.

Santa Lucia. Bernabé de Ayala. Hacia 1672. Óleo sobre lienzo. 220 x 110 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Adquisición de la Junta de Andalucía en 2006. 

La pintura representa a Santa Lucía en una figura de cuerpo entero, concebida con una marcada presencia monumental que se impone sobre el espacio pictórico. La santa aparece envuelta en un amplio manto rojo, recogido sobre los brazos y resuelto mediante un elaborado juego de pliegues que revela la destreza técnica del autor. Este tratamiento de los paños, de gran volumen y cadencia, contribuye a dotar a la figura de una elegancia serena y contenida.

El rostro, de rasgos suaves y ovalados, se eleva con una expresión de recogimiento espiritual, dirigiendo la mirada hacia el cielo en actitud de contemplación. Esta orientación ascendente refuerza el carácter trascendente de la escena. La figura se recorta sobre un fondo de paisaje apenas esbozado, con arbolado y una línea de horizonte muy baja, recurso compositivo que acentúa el protagonismo absoluto de la santa y elimina cualquier distracción narrativa.

Detalle del rostro

En cuanto a su iconografía, sostiene la palma del martirio apoyada sobre el hombro derecho, mientras que con ambas manos presenta una bandeja en la que reposan unos ojos, atributo que la identifica de manera inequívoca. Este elemento procede de una tradición hagiográfica medieval según la cual, tras ser sometida a tormento, habría perdido la vista o se le habrían arrancado los ojos, recuperándola milagrosamente después. Aunque este episodio carece de base histórica documentada, su arraigo en la tradición artística ha convertido los ojos en uno de los símbolos más característicos de la santa.

Detalle de la bandeja con los ojos

Santa Lucía (leer mas), venerada como virgen y mártir, habría sufrido muerte en Siracusa, en Sicilia, en el año 304, durante las persecuciones promovidas por el emperador Diocleciano. Su culto se difundió ampliamente por el ámbito cristiano, siendo invocada especialmente como protectora de la vista.

La obra ha sido atribuida desde antiguo a Bernabé de Ayala, discípulo de Francisco de Zurbarán, lo que explica la clara impronta estilística que remite al maestro extremeño. Esta influencia se percibe tanto en la concepción sobria y aislada de la figura como en la intensidad devocional del modelo, así como en el tratamiento escultórico de los paños y en la idealización del rostro.

La ligera inclinación del cuerpo, apenas perceptible, introduce una suave diagonal que rompe la rigidez frontal y aporta dinamismo a la composición, sin perder por ello el carácter hierático propio de este tipo de representaciones. El equilibrio entre solemnidad y delicadeza, unido a la calidad técnica en la ejecución, convierte la obra en un ejemplo notable dentro de la producción atribuida a Ayala.

Destaca finalmente la morfología del pie griego, con el primer dedo más corto que el segundo. 

Detalle del pie egipcio
Esquema de la morfología de antepie

Por Andrés Carranza Bencano