PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA
Pie Griego
Santa Lucía. Bernabé de Ayala.
Santa Lucia. Bernabé de Ayala. Hacia 1672. Óleo sobre
lienzo. 220 x 110 cm. Museo de Bellas Artes. Sala VI. Adquisición de la Junta
de Andalucía en 2006.
La pintura representa a Santa Lucía en
una figura de cuerpo entero, concebida con una marcada presencia monumental que
se impone sobre el espacio pictórico. La santa aparece envuelta en un amplio
manto rojo, recogido sobre los brazos y resuelto mediante un elaborado juego de
pliegues que revela la destreza técnica del autor. Este tratamiento de los
paños, de gran volumen y cadencia, contribuye a dotar a la figura de una
elegancia serena y contenida.
El rostro, de rasgos suaves y ovalados,
se eleva con una expresión de recogimiento espiritual, dirigiendo la mirada
hacia el cielo en actitud de contemplación. Esta orientación ascendente
refuerza el carácter trascendente de la escena. La figura se recorta sobre un
fondo de paisaje apenas esbozado, con arbolado y una línea de horizonte muy
baja, recurso compositivo que acentúa el protagonismo absoluto de la santa y
elimina cualquier distracción narrativa.
Detalle del rostro
En cuanto a su iconografía, sostiene la
palma del martirio apoyada sobre el hombro derecho, mientras que con ambas
manos presenta una bandeja en la que reposan unos ojos, atributo que la
identifica de manera inequívoca. Este elemento procede de una tradición
hagiográfica medieval según la cual, tras ser sometida a tormento, habría
perdido la vista o se le habrían arrancado los ojos, recuperándola
milagrosamente después. Aunque este episodio carece de base histórica
documentada, su arraigo en la tradición artística ha convertido los ojos en uno
de los símbolos más característicos de la santa.
Detalle de la bandeja con los ojos
Santa Lucía (leer mas), venerada como virgen y mártir, habría sufrido muerte
en Siracusa, en Sicilia, en el año 304, durante las persecuciones promovidas
por el emperador Diocleciano. Su culto se
difundió ampliamente por el ámbito cristiano, siendo invocada especialmente
como protectora de la vista.
La obra ha sido atribuida desde antiguo
a Bernabé de Ayala, discípulo de Francisco de Zurbarán, lo que explica la clara
impronta estilística que remite al maestro extremeño. Esta influencia se
percibe tanto en la concepción sobria y aislada de la figura como en la
intensidad devocional del modelo, así como en el tratamiento escultórico de los
paños y en la idealización del rostro.
La ligera inclinación del cuerpo,
apenas perceptible, introduce una suave diagonal que rompe la rigidez frontal y
aporta dinamismo a la composición, sin perder por ello el carácter hierático
propio de este tipo de representaciones. El equilibrio entre solemnidad y
delicadeza, unido a la calidad técnica en la ejecución, convierte la obra en un
ejemplo notable dentro de la producción atribuida a Ayala.
Destaca finalmente la morfología del pie griego, con el primer dedo más corto que el segundo.

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