sábado, 7 de marzo de 2026

INTOXICACIONES

Los borrachos o el triunfo de Baco. Diego Rodríguez de Silva y Velázquez.

Los borrachos, o el triunfo de Baco. Velázquez, Diego Rodríguez de Silva y. 1628 - 1629. Óleo sobre lienzo, 165 x 225 cm. Museo del Prado. Sala 010. (ver)(CC BY 3.0)

Se trata de una de las obras más célebres del pintor barroco español Diego Velázquez. Fue realizada entre 1628 y 1629, durante los primeros años de su actividad en la corte de Felipe IV, aproximadamente cinco años después de su llegada a Madrid desde Sevilla y poco antes de emprender su primer viaje a Italia. La pintura se conserva hoy en el Museo del Prado, donde constituye una de las piezas fundamentales para comprender la evolución temprana del artista.

La obra aparece mencionada por primera vez en un documento oficial de la corte. En una cédula fechada el 22 de julio de 1629, el rey ordenó a su tesorero general el pago de cien ducados por una “pintura de Baco” que Velázquez había realizado para su servicio. A partir de 1636 se tiene constancia de que el cuadro se encontraba colgado en el dormitorio del monarca, concretamente en su cuarto de verano.

En los inventarios antiguos se registra con distintos títulos. A veces aparece simplemente como “el cuadro de Baco” o “el triunfo de Baco”. En un inventario de 1666, en el que intervino Juan Bautista Martínez del Mazo, yerno de Velázquez, se describe como “una historia de Baco coronando a uno de sus cofrades”. El nombre popular de “Los borrachos” surgió mucho más tarde, cuando la pintura pudo contemplarse públicamente a partir de 1819 en el Museo Real, antecedente del actual Museo del Prado.

El lienzo que hoy conocemos no conserva exactamente sus dimensiones originales. Durante el incendio del antiguo Alcázar de Madrid en 1734 los extremos de la pintura resultaron dañados por el fuego, lo que obligó posteriormente a recortarlos. Por ello el formato actual es algo más estrecho que el primitivo.

Esta obra tiene especial importancia dentro de la trayectoria de Velázquez porque es la primera pintura de tema mitológico que realizó. Sin embargo, el artista abordó el asunto de una forma innovadora y poco convencional. En lugar de representar el mito con solemnidad clásica, situó al dios rodeado de personajes populares que parecen sacados de la vida cotidiana de la España del siglo XVII. De este modo, el relato mitológico se transforma en una escena que recuerda a una reunión de taberna.

El cuadro combina dos tradiciones aparentemente opuestas: la mitología clásica y el realismo cotidiano. El dios Baco aparece representado con un cuerpo idealizado, iluminado por una luz clara que lo distingue del resto. En cambio, los demás personajes poseen rasgos muy reales: rostros curtidos, arrugas marcadas, gestos espontáneos y expresiones que transmiten complicidad o embriaguez. Algunos miran directamente al espectador, mientras otros conversan entre sí, creando una escena cercana y humana. Muchos especialistas consideran probable que Velázquez utilizara como modelos a personas reales de su entorno madrileño, quizá soldados, campesinos o habituales de las tabernas.

La escena representa al dios romano del vino, la fiesta y la inspiración, equivalente al griego Dionisio. Según el mito, Baco es hijo de Júpiter, equivalente al Zeus griego, y de la mortal Sémele. La leyenda cuenta que la diosa Juno, movida por los celos, provocó la muerte de Sémele mientras estaba embarazada. Para salvar al niño, Júpiter lo cosió a su muslo hasta que terminó de gestarse. Por esta razón Baco es conocido como el dios “nacido dos veces”.

Desde el punto de vista compositivo, la pintura puede dividirse en dos zonas claramente diferenciadas. La parte izquierda, dominada por la figura de Baco, presenta una iluminación más intensa y una atmósfera que recuerda a la pintura italiana influida por Caravaggio. Allí se sitúan el dios y un personaje que alude al mundo mitológico. Las figuras muestran una mayor idealización y un tratamiento más cercano al clasicismo.

En contraste, la mitad derecha del cuadro introduce un ambiente popular. En ella aparecen varios hombres de aspecto humilde, vestidos con capas oscuras y sombreros, cuyos rostros reflejan la dureza de la vida cotidiana. Su representación recuerda al naturalismo de artistas como Jusepe de Ribera. Estos personajes parecen celebrar una fiesta improvisada e invitan al espectador a participar en su alegría.

En total aparecen nueve figuras masculinas: el dios Baco, un posible sátiro y varios hombres del pueblo. Velázquez los representa con gran observación del natural, como si se tratara de una escena presenciada en la vida diaria de la España del siglo XVII.

La figura central es Baco, cuya representación permitió al pintor realizar uno de sus primeros desnudos masculinos. El dios aparece semidesnudo, cubierto por una túnica clara y coronado con hojas de vid. Su piel, más luminosa que la del resto de personajes, destaca gracias al contraste de la luz. Con gesto tranquilo, coloca una corona sobre la cabeza de un joven arrodillado, símbolo de su iniciación en el mundo del vino y de la fiesta.

Baco

Detalle

Ante él se encuentra el joven que recibe la corona. Está arrodillado y muestra una expresión humilde y agradecida. Su rostro, de gran realismo, parece el de un muchacho del pueblo. Puede interpretarse como la imagen de cualquier hombre sencillo que encuentra en el vino un breve momento de alegría y evasión.

Joven coronado

Detrás de Baco aparece una figura que suele identificarse como un sátiro, uno de los compañeros míticos del dios. Desnudo y con gesto festivo, levanta una copa de cristal muy fina, elemento que introduce un detalle delicado y sitúa la escena en el universo de los relatos clásicos.

Sátiro desnudo

A la derecha se agrupan otros personajes: un mendigo y varios hombres de rostro curtido que parecen participar en la celebración. Sus expresiones revelan una ligera embriaguez y una actitud relajada. Uno de ellos, el joven sonriente que mira directamente al espectador, se ha convertido en uno de los rostros más reconocibles del cuadro. Su mirada cómplice rompe la barrera entre la pintura y quien la contempla.

Personajes sonrientes

La obra incluye también elementos de naturaleza muerta que refuerzan su naturalismo. En el suelo, cerca de los pies del dios, se observan una botella de vidrio y un jarro de cerámica. Velázquez juega con los reflejos de la luz sobre estas superficies para crear volumen y textura, en un ejercicio cercano al género del bodegón que había cultivado en sus primeros años.

Bodegón

La mezcla entre lo mitológico y lo cotidiano introduce un tono ambiguo que ha suscitado numerosas interpretaciones. Algunos estudiosos han visto en la escena una reflexión sobre el vino como fuente de alegría y liberación. En la literatura del Siglo de Oro se recordaba con frecuencia que el vino podía estimular la imaginación y favorecer la inspiración poética.

Un detalle significativo apoya esta interpretación. La corona que Baco coloca al joven no parece estar hecha de vid, como la que lleva el propio dios, sino de hiedra. En la tradición clásica, la hiedra estaba asociada a los poetas y a la inspiración. Por ello, el joven arrodillado podría representar simbólicamente a un poeta o creador que recibe la inspiración divina del vino y del arte.

Otros historiadores, como Carl Justi, interpretaron la obra como una representación del mito clásico vista desde una perspectiva naturalista, sin intención burlesca. Sin embargo, también se ha señalado que el contraste entre el dios idealizado y los personajes populares podría implicar cierta desmitificación del mundo antiguo.

Otra lectura posible relaciona la pintura con el contexto de la corte. Velázquez acababa de obtener reconocimiento tras ganar el concurso para pintar “La expulsión de los moriscos”, lo que provocó tensiones con otros artistas. En este sentido, algunos autores han sugerido que la escena podría funcionar como una alegoría de la protección que la Corona otorgaba a la creación artística.


Cuando se contempla desde el punto de vista médico, se observan algunos detalles sintomáticos de gran significación: faz bermeja, sonrisa de alcohólico, mirada vivaz de tres de ellos. 

Hay que tener en cuenta que, para la mayoría de los adultos sanos, el consumo moderado de alcohol no suele representar un peligro inmediato para la salud. Sin embargo, cuando la bebida se vuelve frecuente o excesiva puede convertirse en un problema importante. Esta condición aparece cuando los hábitos de bebida comienzan a provocar dificultades personales, sociales o de salud, generando angustia o deterioro en la vida cotidiana.

El trastorno por consumo de alcohol puede presentarse con distintos grados de intensidad. En sus formas más leves puede manifestarse como una dificultad creciente para controlar la cantidad que se bebe o como un consumo que empieza a interferir con las responsabilidades laborales, familiares o sociales. En los casos más graves se desarrolla una fuerte dependencia física y psicológica, lo que tradicionalmente se ha denominado alcoholismo o dependencia del alcohol. En estas situaciones la persona puede experimentar una necesidad intensa de beber, pérdida de control sobre la cantidad consumida y síntomas de abstinencia cuando intenta dejarlo.

El consumo excesivo de alcohol implica diversos riesgos para la salud. Beber grandes cantidades de manera habitual se asocia con un mayor riesgo de desarrollar distintos tipos de cáncer, entre ellos los de boca, garganta, esófago, hígado y mama. Asimismo, el alcohol puede dañar el hígado, órgano encargado de procesarlo en el organismo. Entre las enfermedades hepáticas más frecuentes relacionadas con el consumo prolongado se encuentran el hígado graso, que consiste en la acumulación de grasa en las células hepáticas, y la cirrosis, una afección grave en la que el tejido sano del hígado es reemplazado por tejido cicatricial que dificulta su funcionamiento.

Además del hígado, el alcohol puede afectar a otros órganos y sistemas del cuerpo. El cerebro es particularmente vulnerable, ya que el consumo prolongado puede alterar la memoria, la capacidad de concentración y el control de las emociones. También puede contribuir a problemas cardiovasculares, trastornos digestivos y debilitamiento del sistema inmunitario.

El consumo de alcohol durante el embarazo representa un riesgo especial. Cuando una mujer embarazada bebe, el alcohol atraviesa la placenta y llega al feto, lo que puede provocar alteraciones en el desarrollo físico y cerebral del bebé. Estas alteraciones pueden incluir dificultades de aprendizaje, problemas de crecimiento y trastornos del desarrollo conocidos como trastornos del espectro alcohólico fetal.

Por otra parte, el alcohol también está relacionado con numerosos riesgos indirectos. Su consumo reduce los reflejos, altera la percepción y disminuye la capacidad de tomar decisiones, lo que aumenta la probabilidad de accidentes. Una proporción significativa de los accidentes de tráfico mortales está asociada al consumo de alcohol. Asimismo, su uso excesivo se vincula con un mayor riesgo de lesiones, violencia, homicidios y suicidios.

En conjunto, estos datos muestran que, aunque el consumo ocasional y moderado puede ser tolerado por muchas personas, el abuso de alcohol representa un problema importante de salud pública debido a sus consecuencias físicas, psicológicas y sociales.

Por Andrés Carranza Bencano

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