sábado, 7 de marzo de 2026

INTOXICACIONES

El pintor Francisco de Goya. Vicente López Portaña.


El pintor Francisco de Goya. López Portaña, Vicente. 1826. Óleo sobre lienzo. 94 x78 cm.  Museo del Prado. Sala 062A. (ver) CC BY 3.0)


Aunque la dedicatoria que aparece en el lienzo podría hacer pensar que este retrato fue concebido como un obsequio de despedida de Vicente López a su amigo Goya, no existen pruebas de que llegara a pertenecer en algún momento al propio pintor aragonés. La obra procede de las colecciones reales españolas y consta que ya en 1828, apenas dos años después de su ejecución, estaba expuesta en la entrada de la gran galería del museo madrileño dedicada entonces a autores semicontemporáneos. De este modo, el retrato ingresó en el Museo del Prado prácticamente desde el mismo momento de su realización, lo que explica su temprana difusión y su notable presencia en la historia de la pintura española.

En la obra, Goya aparece sentado en una butaca con las piernas cruzadas, adoptando una pose tranquila y reflexiva. Viste levita y pantalón de tono gris verdoso, chaleco de rayas y una corbata con chorreras, indumentaria característica de la elegancia burguesa de la época. El artista está representado de medio cuerpo y sostiene en la mano izquierda una paleta de pintor, mientras que con la derecha empuña el pincel, dispuesto ante un lienzo colocado sobre un caballete en el que puede leerse la dedicatoria. La composición transmite una imagen serena y digna del anciano maestro, resaltando tanto su condición de artista como su prestigio intelectual.

Detalle del rostro

Detalle de las manos y la paleta

Este retrato fue pintado cuando Goya contaba ya ochenta años de edad y constituye probablemente la imagen más conocida del pintor. Su difusión ha sido tal que, con el paso del tiempo, se ha convertido en la representación más popular del artista, incluso por encima de sus numerosos autorretratos. En buena medida, la fama de esta pintura ha contribuido también al reconocimiento de Vicente López, aunque el interés del cuadro se debe tanto a la identidad del retratado como a la indudable calidad técnica del pintor valenciano, uno de los retratistas más refinados del primer tercio del siglo XIX en España.

La avanzada edad con la que aparece Goya en el retrato remite inevitablemente a uno de los episodios más decisivos de su vida: la grave enfermedad que padeció en 1792. Durante un viaje por Andalucía, cuando tenía cuarenta y seis años, el artista sufrió una dolencia repentina que lo dejó postrado durante meses. Los síntomas descritos en testimonios de la época incluyen mareos intensos, pérdida del equilibrio, zumbidos persistentes en los oídos, deterioro progresivo de la audición, fuertes dolores de cabeza, problemas de visión, episodios de desorientación y una acusada debilidad general. Los médicos diagnosticaron entonces “cólicos”, un término impreciso que se utilizaba para describir diversos trastornos internos.

Tras enfermar, Goya fue atendido en Cádiz por su amigo Sebastián Martínez, comerciante y coleccionista de arte, en cuya casa pasó una larga convalecencia. El proceso de recuperación se prolongó casi dos años y, aunque logró superar la mayor parte de los síntomas, las secuelas fueron profundas: el pintor quedó completamente sordo, una condición que lo acompañaría durante el resto de su vida y que influyó notablemente en su carácter y en la evolución de su obra.

La medicina de finales del siglo XVIII no pudo determinar con exactitud la naturaleza de la enfermedad, por lo que el episodio ha sido objeto de múltiples interpretaciones por parte de historiadores y especialistas. Durante mucho tiempo se barajaron diversas hipótesis. Algunos autores llegaron a sugerir que el artista había sufrido una crisis psicótica, incluso de tipo esquizofrénico, mientras que otros apuntaron a la posibilidad de que padeciera sífilis, una enfermedad relativamente común en la época y que en fases avanzadas podía afectar al sistema nervioso y provocar pérdida auditiva.

Investigaciones más recientes han cuestionado estas interpretaciones. La doctora Ronna Hertzano, especialista en audición de la Universidad de Maryland, ha revisado los síntomas conocidos y ha propuesto nuevas perspectivas. Una de las teorías tradicionales señalaba la posibilidad de un envenenamiento por plomo, ya que los pintores utilizaban con frecuencia pigmentos que contenían este metal, especialmente el llamado blanco de plomo. La exposición prolongada podía provocar el denominado saturnismo, una intoxicación que causa cólicos, alteraciones neurológicas, mareos y sordera. Sin embargo, Hertzano considera poco probable esta explicación, pues Goya logró recuperarse de la mayor parte de los síntomas, algo poco habitual en casos graves de intoxicación por plomo.

Otra hipótesis plantea que el pintor hubiera sufrido malaria cerebral y que el tratamiento prolongado con altas dosis de corteza de cinchona —empleada en la época contra la fiebre— provocara una intoxicación por quinina, responsable de su sordera definitiva. No obstante, estudios posteriores realizados en la misma universidad han relativizado también esta posibilidad.

Entre las interpretaciones actuales, una de las más plausibles es que Goya padeciera el llamado síndrome de Susac, una enfermedad autoinmune poco frecuente que afecta a los vasos sanguíneos más pequeños. Este trastorno se caracteriza por una tríada de síntomas: encefalopatía (manifestada mediante dolores de cabeza, confusión o alteraciones neurológicas), pérdida auditiva neurosensorial y oclusiones en pequeñas arterias de la retina. La coincidencia de varios de estos signos con los descritos en las fuentes históricas ha llevado a algunos investigadores a considerar esta enfermedad como una explicación verosímil.

La sífilis, por su parte, continúa siendo otra posibilidad considerada por algunos especialistas, ya que en fases avanzadas puede producir graves trastornos neurológicos y pérdida auditiva. En cualquier caso, en el siglo XVIII no existían tratamientos eficaces para ninguna de estas enfermedades, por lo que el diagnóstico definitivo resulta hoy imposible.

Según la doctora Hertzano: “Fue y sigue siendo un misterio del que quizás andamos más cerca, pero las posibilidades reales son muchas.

Así, más de dos siglos después, la dolencia que cambió la vida de Goya sigue siendo un enigma médico. Aunque la investigación histórica y científica ha permitido aproximarse a diversas explicaciones plausibles, la causa exacta de su sordera continúa siendo objeto de debate. Lo cierto es que, tras aquella enfermedad, la personalidad del pintor se volvió más introspectiva y su obra adquirió una profundidad y una intensidad expresiva que marcarían decisivamente la historia del arte occidental.

Por Andrés Carranza Bencano

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