INTOXICACIONES
El pintor Francisco de Goya. Vicente López Portaña.
Aunque la dedicatoria que aparece en el lienzo podría
hacer pensar que este retrato fue concebido como un obsequio de despedida de
Vicente López a su amigo Goya, no existen pruebas de que llegara a pertenecer en
algún momento al propio pintor aragonés. La obra procede de las colecciones
reales españolas y consta que ya en 1828, apenas dos años después de su
ejecución, estaba expuesta en la entrada de la gran galería del museo madrileño
dedicada entonces a autores semicontemporáneos. De este modo, el retrato
ingresó en el Museo del Prado prácticamente desde el mismo momento de su
realización, lo que explica su temprana difusión y su notable presencia en la
historia de la pintura española.
En la obra, Goya aparece sentado en una butaca con las
piernas cruzadas, adoptando una pose tranquila y reflexiva. Viste levita y
pantalón de tono gris verdoso, chaleco de rayas y una corbata con chorreras,
indumentaria característica de la elegancia burguesa de la época. El artista
está representado de medio cuerpo y sostiene en la mano izquierda una paleta de
pintor, mientras que con la derecha empuña el pincel, dispuesto ante un lienzo
colocado sobre un caballete en el que puede leerse la dedicatoria. La
composición transmite una imagen serena y digna del anciano maestro, resaltando
tanto su condición de artista como su prestigio intelectual.
Detalle del rostro
Detalle de las manos y la paleta
Este retrato fue pintado cuando Goya contaba ya ochenta
años de edad y constituye probablemente la imagen más conocida del pintor. Su
difusión ha sido tal que, con el paso del tiempo, se ha convertido en la
representación más popular del artista, incluso por encima de sus numerosos
autorretratos. En buena medida, la fama de esta pintura ha contribuido también
al reconocimiento de Vicente López, aunque el interés del cuadro se debe tanto
a la identidad del retratado como a la indudable calidad técnica del pintor
valenciano, uno de los retratistas más refinados del primer tercio del siglo
XIX en España.
La avanzada
edad con la que aparece Goya en el retrato remite inevitablemente a uno de los
episodios más decisivos de su vida: la grave enfermedad que padeció en 1792.
Durante un viaje por Andalucía, cuando tenía cuarenta y seis años, el artista sufrió
una dolencia repentina que lo dejó postrado durante meses. Los síntomas
descritos en testimonios de la época incluyen mareos intensos, pérdida del
equilibrio, zumbidos persistentes en los oídos, deterioro progresivo de la
audición, fuertes dolores de cabeza, problemas de visión, episodios de
desorientación y una acusada debilidad general. Los médicos diagnosticaron
entonces “cólicos”, un término impreciso que se utilizaba para describir
diversos trastornos internos.
Tras
enfermar, Goya fue atendido en Cádiz por su amigo Sebastián Martínez,
comerciante y coleccionista de arte, en cuya casa pasó una larga convalecencia.
El proceso de recuperación se prolongó casi dos años y, aunque logró superar la
mayor parte de los síntomas, las secuelas fueron profundas: el pintor quedó
completamente sordo, una condición que lo acompañaría durante el resto de su
vida y que influyó notablemente en su carácter y en la evolución de su obra.
La medicina de finales del siglo XVIII
no pudo determinar con exactitud la naturaleza de la enfermedad, por lo que el
episodio ha sido objeto de múltiples interpretaciones por parte de
historiadores y especialistas. Durante mucho tiempo se barajaron diversas
hipótesis. Algunos autores llegaron a sugerir que el artista había sufrido una
crisis psicótica, incluso de tipo esquizofrénico, mientras que otros apuntaron
a la posibilidad de que padeciera sífilis, una enfermedad relativamente común
en la época y que en fases avanzadas podía afectar al sistema nervioso y
provocar pérdida auditiva.
Investigaciones más recientes han
cuestionado estas interpretaciones. La doctora Ronna Hertzano, especialista en
audición de la Universidad de Maryland, ha revisado los síntomas conocidos y ha
propuesto nuevas perspectivas. Una de las teorías tradicionales señalaba la
posibilidad de un envenenamiento por plomo, ya que los pintores utilizaban con
frecuencia pigmentos que contenían este metal, especialmente el llamado blanco
de plomo. La exposición prolongada podía provocar el denominado saturnismo, una
intoxicación que causa cólicos, alteraciones neurológicas, mareos y sordera.
Sin embargo, Hertzano considera poco probable esta explicación, pues Goya logró
recuperarse de la mayor parte de los síntomas, algo poco habitual en casos
graves de intoxicación por plomo.
Otra hipótesis plantea que el pintor
hubiera sufrido malaria cerebral y que el tratamiento prolongado con altas
dosis de corteza de cinchona —empleada en la época contra la fiebre— provocara
una intoxicación por quinina, responsable de su sordera definitiva. No
obstante, estudios posteriores realizados en la misma universidad han
relativizado también esta posibilidad.
Entre las interpretaciones actuales,
una de las más plausibles es que Goya padeciera el llamado síndrome de Susac,
una enfermedad autoinmune poco frecuente que afecta a los vasos sanguíneos más
pequeños. Este trastorno se caracteriza por una tríada de síntomas:
encefalopatía (manifestada mediante dolores de cabeza, confusión o alteraciones
neurológicas), pérdida auditiva neurosensorial y oclusiones en pequeñas
arterias de la retina. La coincidencia de varios de estos signos con los
descritos en las fuentes históricas ha llevado a algunos investigadores a
considerar esta enfermedad como una explicación verosímil.
La sífilis,
por su parte, continúa siendo otra posibilidad considerada por algunos
especialistas, ya que en fases avanzadas puede producir graves trastornos
neurológicos y pérdida auditiva. En cualquier caso, en el siglo XVIII no
existían tratamientos eficaces para ninguna de estas enfermedades, por lo que
el diagnóstico definitivo resulta hoy imposible.
Según la
doctora Hertzano: “Fue y sigue siendo un misterio del que quizás andamos más
cerca, pero las posibilidades reales son muchas.
Así, más de dos siglos después, la
dolencia que cambió la vida de Goya sigue siendo un enigma médico. Aunque la
investigación histórica y científica ha permitido aproximarse a diversas
explicaciones plausibles, la causa exacta de su sordera continúa siendo objeto
de debate. Lo cierto es que, tras aquella enfermedad, la personalidad del
pintor se volvió más introspectiva y su obra adquirió una profundidad y una
intensidad expresiva que marcarían decisivamente la historia del arte
occidental.
Por Andrés Carranza Bencano

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