DERMATOLOGÍA
Un anciano con su nieto. Domenico Ghirlandaio.
El
origen y la trayectoria temprana de esta obra no están claramente documentados.
No fue hasta 1880 cuando ingresó en las colecciones del Museo del Louvre,
después de haber sido rechazada por el Museo Kaiser Friedrich de Berlín debido
a su delicado estado de conservación. Críticos y estudiosos de finales del
siglo XIX señalaron que la pintura había sufrido un deterioro considerable,
causado en parte por limpiezas excesivas que erosionaron la superficie
pictórica y por arañazos que afectaban especialmente al rostro del anciano.
Estas marcas se atribuyeron a daños producidos durante un traslado a caballo,
posiblemente por un clavo sobresaliente en la caja de transporte. En 1996 la
obra fue sometida a una restauración integral: se corrigieron las rasgaduras, se
reintegraron las pérdidas de color y se procedió a una limpieza y retoque que
devolvieron al conjunto una mayor coherencia visual.
La escena
muestra a un hombre de avanzada edad, vestido con una túnica roja, sentado
junto a una ventana y abrazando con ternura a un niño, también ataviado con
prendas de tonalidad rojiza. Ambos se encuentran en un interior luminoso, cuyo
ambiente claro contrasta con la pared oscura que cierra el espacio por detrás,
reforzando así la sensación de intimidad y recogimiento.
Al fondo, a la
derecha, se abre una ventana que permite contemplar un paisaje idealizado. A
través de ella se despliega un entorno rural de caminos serpenteantes y terreno
irregular, atravesado por un río que recorre un valle apacible. En la distancia
se distinguen colinas, escarpes rocosos y una montaña, así como una pequeña
iglesia situada junto a un lago. La vegetación cercana aparece bañada por
reflejos dorados, mientras que las colinas más lejanas se disuelven en una
atmósfera brumosa de tonos azulados. Se trata de un paisaje de carácter
claramente italiano, comparable al que aparece en obras como la Anunciación de
Leonardo da Vinci o la Adoración de los pastores de Lorenzo di Credi, y muy
acorde con el repertorio habitual de Ghirlandaio.
Detalle del paisaje por la ventana
La indumentaria de los personajes aporta información significativa sobre su estatus social. La túnica roja, típica de ciertas regiones del norte de Italia como el ámbito veneciano, el chaperón ribeteado con piel de zorro del anciano y el refinado jubón y gorro del niño indican que pertenecían a una familia acomodada del siglo XV. El color rojo, obtenido a partir de tintes costosos, estaba asociado al prestigio, la riqueza y la nobleza, aunque el azul y el dorado se consideraban aún más exclusivos.
Tradicionalmente
se ha interpretado que las figuras representan a un abuelo y su nieto, aunque
no se conoce con certeza la identidad de ninguno de ellos. Algunas hipótesis
sugieren que Ghirlandaio pudo concebir inicialmente un retrato individual del
anciano y que posteriormente añadió la figura infantil para intensificar la
carga emotiva de la escena y subrayar un vínculo afectivo ejemplar. De ahí que
la obra también haya sido conocida como “El ayo y su infante”, interpretando al
hombre como un cuidador o preceptor más que como un familiar directo. Sin
embargo, la atmósfera de cercanía, la naturalidad del gesto y la evidente
complicidad entre ambos personajes han inclinado a la mayoría de los estudiosos
a aceptar la lectura de una relación familiar, concretamente la de abuelo y
nieto.
El
contraste físico entre las dos figuras es uno de los aspectos más llamativos de
la pintura. El anciano aparece con el cabello canoso, el rostro surcado de
arrugas, una verruga en la frente y, sobre todo, una nariz deformada por
crecimientos propios del rinofima. Frente a ello, el niño encarna un ideal de
belleza juvenil, con rizos dorados que asoman bajo el gorro rojo y un rostro
sereno y luminoso.
Detalle del anciano
Frente a
ello, el niño encarna un ideal de belleza juvenil, con rizos dorados que asoman
bajo el gorro rojo y un rostro sereno y luminoso.
Detalle del niño
No
obstante, lo que podría interpretarse como fealdad se ve transformado por la
expresión del anciano, cuya mirada transmite una ternura profunda, y por la
actitud confiada del niño, que se aferra a él en busca de protección y
consuelo. La dulzura del gesto y la ingenuidad infantil no solo no acentúan el
contraste, sino que realzan la humanidad del conjunto y convierten la escena en
una conmovedora exaltación del afecto intergeneracional.
En épocas anteriores, las deformidades físicas solían
interpretarse como signos de castigo divino o de imperfección moral. El
pensamiento humanista del Renacimiento, sin embargo, situó al ser humano en el
centro de la reflexión, reconociéndole una dignidad y una pureza inherentes,
aun dentro de su condición de criatura de Dios. Desde esta perspectiva, la
deformación nasal del anciano carece de relevancia moral y queda completamente
eclipsada por su expresión amorosa y su evidente devoción hacia el niño. La
mano del pequeño apoyada sobre el pecho de su abuelo y la cercanía de sus
cuerpos refuerzan la idea de una intimidad afectiva sincera y profunda.
Detalle de la nariz
Ghirlandaio reproduce con notable precisión las
excrecencias nasales características del rinofima,
una manifestación avanzada de la rosácea, enfermedad cutánea que provoca una
hiperplasia de la piel y de los folículos pilosos y sebáceos, dando lugar a una
nariz de aspecto nodular y abultado. A ello se suma una proliferación de vasos
sanguíneos que intensifica la coloración rojiza. Aunque la causa exacta de la
rosácea sigue siendo desconocida, desde la Edad Media se asoció erróneamente el
rinofima al consumo excesivo de alcohol. Autores como Chaucer o Shakespeare
describieron personajes con rostros encendidos y narices bulbosas, lo que
consolidó esta creencia popular. Hoy se sabe que dicha relación carece de base
científica, aunque el enrojecimiento vascular ha mantenido viva la expresión
popular de “nariz de borracho”. En la pintura de Ghirlandaio, lejos de ser un
elemento grotesco, esta deformidad se integra con naturalismo y sensibilidad en
un retrato que destaca, ante todo, por su profunda humanidad.
Por Andrés Carranza Bencano


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