GERIATRÍA EN LA PINTURA
Tiempo y la anciana. Francisco de Goya.
El Tiempo y las viejas es una de las obras más incisivas y amargas de Francisco de Goya, realizada en un momento de
crisis personal y colectiva marcado por la Guerra
de la Independencia española. Lejos de los encargos oficiales, el
artista volvió aquí a la sátira moral que ya había cultivado en Los caprichos, pero con un lenguaje más sombrío,
directo y desengañado.
El cuadro fue mencionado en el
inventario de bienes de Goya elaborado en 1812 tras la muerte de su esposa. El
inventario se creó para dividir la propiedad entre el pintor y su hijo Javier. En
1825, el barón Isidore-Justin-Séverin Taylor compró el cuadro a
Javier Goya, por encargo del rey Luis Felipe. Fue uno de los ocho lienzos
de Goya comprados por el rey y exhibidos en la Galerie espagnole de
Paris en el Louvre entre 1838 y 1848, hasta el destronamiento del
soberano. En 1853 se puso a la venta la colección del rey, considerada
propiedad privada, y pasó a una colección de Londres hasta que se volvió a
vender, siendo adquirido esta vez por el Sr. Durlacher para su colección de
París. Después perteneció al Sr. Warneck, París, y más tarde a la Srta. Genil,
al Sr. Reynart y al Sr. Sauvage, quienes en 1874 lo donaron al museo de Lille.
Las dimensiones originales del cuadro,
161 × 105 cm, se conocen del catálogo de la colección del rey Luis Felipe y
de una fotografía tomada durante este período. A la pintura se le añadieron
posteriormente unos 20 cm en todos los bordes. Así se incluyeron a la izquierda
el final del ala derecha del Tiempo, el palo de la escoba a la derecha y los
pies de la anciana abajo. ´
Estudios radiográficos realizados mostraron
la
existencia de una pintura soterrada. En la parte superior
izquierda había una Resurrección de Cristo de una composición anterior, rodeada
de pequeñas nubes en las que se vislumbran rostros o ánimas.
Radiografía
La escena presenta a dos ancianas
ricamente vestidas, una con un elegante traje blanco de aire afrancesado, sin duda más apropiado para una jovencita, presenta
un aspecto de vieja decrépita, de cuerpo flaco y consumido, como si fuera un
esqueleto y aparece enjoyada con todo tipo de ornamentos para el pelo, pendientes
y pulseras, haciendo gala de la vida acomodada que un día tuvo, mientras se
sienta sobre su actual y pobre silla de esparto.
Detalle de una anciana
La otra, con atuendo oscuro y mantilla española tiene aspecto de
celestina.
Detalle de la otra
Ambas aparecen entregadas a un gesto de
vanidad: contemplan un objeto —interpretado como espejo, medallón o incluso
lectura frívola— que refleja o evoca una belleza ya perdida. Sobre el reverso
del espejo, Goya introduce una inscripción irónica: “¿Qué tal?”, una pregunta
cruel que enfrenta a las protagonistas con la evidencia de su decadencia
física. La anciana principal, demacrada y casi cadavérica, compara su presente
con el recuerdo idealizado de su juventud, quizá contenido en la miniatura que
sostiene.
Se ha especulado que la anciana
del cuadro podría representar a la reina María Luisa, ya que tiene un
pasador de diamantes con forma de flecha de Cupido en el teñido cabello rubio, similar al que luce
María Luisa en el cuadro La
familia de Carlos IV. De hecho, fue un adorno popular impuesto por la
moda francesa. La segunda mujer se
interpreta entonces como la duquesa de Alba, cercana al pintor. Sin embargo, la indumentaria y el afán de querer
parecer más joven resultaban más propios de la infanta María Josefa de Borbón,
ya convertida en una anciana en el retrato colectivo de la familia.
Detalle de la cabeza con el pasador
Detrás de ellas surge la figura
decisiva de la composición: el Tiempo, representado como un anciano alado —una
variante de Cronos— que, en lugar de la tradicional guadaña, empuña una escoba.
Este detalle refuerza el tono sarcástico de la obra: el Tiempo no solo llega,
sino que está dispuesto a “barrer” a las figuras y su inútil coquetería,
reduciéndolas a polvo. Lo más significativo es que las mujeres no parecen
percatarse de su presencia, absorbidas en su autoengaño.
Detalle del dios Cronos
El cuadro funciona como una poderosa alegoría de la vanitas,
heredera de la tradición barroca: la belleza, la riqueza y el deseo de agradar
son efímeros frente al paso inexorable del tiempo. Goya intensifica esta idea
con un enfoque casi grotesco y profundamente crítico. No se limita a advertir
sobre la fugacidad de la vida, sino que denuncia la obsesión social por la
apariencia, especialmente en el caso de las mujeres, sometidas a ideales de
belleza imposibles. Así, la obra se interpreta como una de las más feroces
meditaciones de Goya sobre el paso del tiempo. En ella, la sátira se transforma
en una reflexión universal: la vanidad humana, por muy adornada que esté, no
puede escapar al destino común.
Por Andrés Carranza Bencano






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