lunes, 20 de abril de 2026

 GERIATRÍA EN LA PINTURA

Tiempo y la anciana. Francisco de Goya.

Tiempo y la anciana. Francisco Goya. 1810-1812. Óleo sobre lienzo. 181 x 125 cm. Palais des Beaux-Arts de Lille. Francia.  (ver) (CC BY 3.0)

El Tiempo y las viejas es una de las obras más incisivas y amargas de Francisco de Goya, realizada en un momento de crisis personal y colectiva marcado por la Guerra de la Independencia española. Lejos de los encargos oficiales, el artista volvió aquí a la sátira moral que ya había cultivado en Los caprichos, pero con un lenguaje más sombrío, directo y desengañado.

El cuadro fue mencionado en el inventario de bienes de Goya elaborado en 1812 tras la muerte de su esposa. El inventario se creó para dividir la propiedad entre el pintor y su hijo Javier. En 1825, el barón Isidore-Justin-Séverin Taylor compró el cuadro a Javier Goya, por encargo del rey Luis Felipe. Fue uno de los ocho lienzos de Goya comprados por el rey y exhibidos en la Galerie espagnole de Paris en el Louvre entre 1838 y 1848, hasta el destronamiento del soberano. En 1853 se puso a la venta la colección del rey, considerada propiedad privada, y pasó a una colección de Londres hasta que se volvió a vender, siendo adquirido esta vez por el Sr. Durlacher para su colección de París. Después perteneció al Sr. Warneck, París, y más tarde a la Srta. Genil, al Sr. Reynart y al Sr. Sauvage, quienes en 1874 lo donaron al museo de Lille.

Las dimensiones originales del cuadro, 161 × 105 cm, se conocen del catálogo de la colección del rey Luis Felipe y de una fotografía tomada durante este período. A la pintura se le añadieron posteriormente unos 20 cm en todos los bordes. Así se incluyeron a la izquierda el final del ala derecha del Tiempo, el palo de la escoba a la derecha y los pies de la anciana abajo. ´

Estudios radiográficos realizados mostraron la existencia de una pintura soterrada. En la parte superior izquierda había una Resurrección de Cristo de una composición anterior, rodeada de pequeñas nubes en las que se vislumbran rostros o ánimas.

Radiografía

La escena presenta a dos ancianas ricamente vestidas, una con un elegante traje blanco de aire afrancesado, sin duda más apropiado para una jovencita, presenta un aspecto de vieja decrépita, de cuerpo flaco y consumido, como si fuera un esqueleto y aparece enjoyada con todo tipo de ornamentos para el pelo, pendientes y pulseras, haciendo gala de la vida acomodada que un día tuvo, mientras se sienta sobre su actual y pobre silla de esparto.

Detalle de una anciana

La otra, con atuendo oscuro y mantilla española tiene aspecto de celestina.

Detalle de la otra

Ambas aparecen entregadas a un gesto de vanidad: contemplan un objeto —interpretado como espejo, medallón o incluso lectura frívola— que refleja o evoca una belleza ya perdida. Sobre el reverso del espejo, Goya introduce una inscripción irónica: “¿Qué tal?”, una pregunta cruel que enfrenta a las protagonistas con la evidencia de su decadencia física. La anciana principal, demacrada y casi cadavérica, compara su presente con el recuerdo idealizado de su juventud, quizá contenido en la miniatura que sostiene.

Se ha especulado que la anciana del cuadro podría representar a la reina María Luisa, ya que tiene un pasador de diamantes con forma de flecha de Cupido en el teñido cabello rubio, similar al que luce María Luisa en el cuadro La familia de Carlos IV. De hecho, fue un adorno popular impuesto por la moda francesa.  La segunda mujer se interpreta entonces como la duquesa de Alba, cercana al pintor. Sin embargo, la indumentaria y el afán de querer parecer más joven resultaban más propios de la infanta María Josefa de Borbón, ya convertida en una anciana en el retrato colectivo de la familia.

Detalle de la cabeza con el pasador

Detrás de ellas surge la figura decisiva de la composición: el Tiempo, representado como un anciano alado —una variante de Cronos— que, en lugar de la tradicional guadaña, empuña una escoba. Este detalle refuerza el tono sarcástico de la obra: el Tiempo no solo llega, sino que está dispuesto a “barrer” a las figuras y su inútil coquetería, reduciéndolas a polvo. Lo más significativo es que las mujeres no parecen percatarse de su presencia, absorbidas en su autoengaño.

Detalle del dios Cronos

El cuadro funciona como una poderosa alegoría de la vanitas, heredera de la tradición barroca: la belleza, la riqueza y el deseo de agradar son efímeros frente al paso inexorable del tiempo. Goya intensifica esta idea con un enfoque casi grotesco y profundamente crítico. No se limita a advertir sobre la fugacidad de la vida, sino que denuncia la obsesión social por la apariencia, especialmente en el caso de las mujeres, sometidas a ideales de belleza imposibles. Así, la obra se interpreta como una de las más feroces meditaciones de Goya sobre el paso del tiempo. En ella, la sátira se transforma en una reflexión universal: la vanidad humana, por muy adornada que esté, no puede escapar al destino común.

Por Andrés Carranza Bencano 

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