miércoles, 5 de abril de 2023

 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Hallux Valgus

El Expolio. El Greco.


El expolio. El Greco. 1570. Óleo sobre lienzo. 285 x 173 cm. Catedral santa María de Toledo

Consta documentalmente que recibió 400 reales de adelanto a cuenta de la realización del cuadro “Expolio” el 2 de julio de 1576 por parte del cabildo de la catedral de Toledo.

La entregaría dicha obra en el año 1579 y la firma con la que proclama su autoría se advierte en la hoja de papel que aparece doblada en la parte inferior derecha en primer plano.

El Expolio de Cristo estaba destinado al vestuario de la sacristía catedralicia, donde el despojo de las vestiduras de Jesús obtenía un gran valor simbólico.

El motivo del cuadro encargado por el cabildo, “El Expolio”, es el momento inicial de la Pasión   en el que Jesús es despojado de sus vestiduras, para lo que el pintor se inspiró las Meditaciones sobre la Pasión de San Buenaventura, pero la composición no fue considerada adecuada por el cabildo.  

En los evangelios canónicos, no consta que las tres Marías (La Virgen, María Magdalena y María Cleofás), que el Greco sitúa en la parte inferior de la composición, estuvieran presentes en ese momento, ni tampoco en el evangelio apócrifo de Nicodemo, así, en su rechazo se argumentaba que los evangelios canónicos sólo decían: “(…)los que aman a Jesús se mantenían a lo lejos (…)” De San Buenaventura procede igualmente la soga con la que Cristo es atado: “(…)y a Él le arrastraron atado con una soga como se hacía con los ladrones (…)”.

El cabildo tampoco aceptó la situación de los acompañantes por encima de Cristo, basado en iconografías antiguas bizantinas, por considerar que eran impropiedades que oscurecían la historia y desvalorizaban a Cristo.

Este fue el motivo del primero de los pleitos que tuvo el pintor en España, por desavenencias sobre los cuadros con sus clientes. En este caso, después de diversas reclamaciones y tasaciones, el pintor acabó recibiendo como pago 350 ducados sin verse obligado a cambiar las figuras que habían generado el conflicto.

La composición representa a Cristo en el centro, mirando al cielo con una expresión de serenidad, vestido con una túnica de color rojo intenso que domina el resto de la composición. El rostro de Jesús está cargado de dramatismo, especialmente los ojos, llenos de lágrimas conseguidas con un ligero toque del pincel. El amplio cuello y la postura de los dos dedos juntos serán características típicas de la mayor parte de las figuras de El Greco. 

El rostro melancólico del Salvador queda violentamente yuxtapuesto a las figuras de sus ejecutores, que se amontonan en torno a él, una masa de figuras dispuestas a desnudarlo para comenzar la Pasión, creando una impresión de desorden con sus movimientos, gestos, picas y lanzas.

En la parte trasera destaca un enigmático personaje con un sombrero rojo y golilla que señala al espectador y apunta acusadoramente a Cristo, mientras otros dos discuten sobre sus vestiduras. Sobre este personaje se han dado las más variadas versiones. Se ha señalado la sintonía de este gesto con las admoniciones de San Buenaventura que prepara al fiel bajo las fórmulas "mira", "«considera" y "«advierte". Se plantea que representara a uno de los sacerdotes que acusaban a Jesús o que fuera un simple espectador que refuerza la intemporalidad del asunto.

Otro hombre vestido de verde a la izquierda de Cristo lo sujeta con una cuerda y va a proceder a desnudarlo para su crucifixión.

En la parte inferior derecha destaca el escorzo del sayón que prepara la cruz perforando un agujero para facilitar la inserción del clavo que atravesará los pies de Cristo.

A la derecha de Cristo, se encuentra un soldado romano con armadura anacrónica, pues se corresponde con la época del pintor. Se trata de una licencia artística que ha dado pie a varias interpretaciones. Unos lo han identificado con Longinos, el centurión romano que contempla impasible la escena, para luego convertirse al cristianismo. Para otros se trataría, en cambio, de un recurso grequiano, destinado a reforzar el carácter intemporal y simbólico del cuadro.

En la parte inferior izquierda aparecen las tres Marías contemplando la escena con angustia, se muestran en una perspectiva desde arriba, en contraste con la frontalidad que preside la escena principal.

Todo lo que no es el protagonista se encuentra oscurecido y rebajado mientras que Cristo se ilumina y destaca. El rostro iluminado de Cristo y su túnica roja forman un contraste muy fuerte con los oscuros rostros de los acompañantes y con la entonación gris que domina el fondo del cuadro, en la misma línea de grises que la armadura del caballero a la derecha de Jesús.

El Greco y su taller pintaron varias versiones sobre este mismo tema, con variantes. Entre ellas destaca la del Museo del Prado firmada por el hijo del pintor. Las principales variaciones de esta copia respecto al original, además de la calidad, es la corona de espinas que lleva Cristo, las figuras de primer término son algo mayores mientras que las del fondo están más alejadas. En general las figuras de las copias son burdas y no son comparables a la maestría del original.

El Expolio. Theotocópuli, Jorge Manuel. (Obra copiada de el Greco). Hacia 1606. Óleo sobre lienzo. 106,8 x 69 cm. Museo del Prado. Depósito en otra Institución

Advertimos además que, en el lado derecho, en segundo término, se ha incluido un personaje que no está representado en la tela de la catedral, un hombre anciano y canoso, con barba y escaso cabello de espaldas al espectador. El personaje que está a su derecha y que en la pintura original muestra toda la cabeza, en esta copia ha quedado parcialmente oculto


En relación al pie, el Greco repite continuamente la morfología del pie griego y en Hallux Valgus


Autor: Andrés Carranza Bencano

lunes, 3 de abril de 2023

 EL PIE Y LOS CRUCIFICADOS DE SEVILLA

El Cristo de la Paz de la Capilla del Rosario de los Humeros.

Es obra documentada de Jerónimo Roldan de 1761, siendo encarnada por Joaquín Cano en julio de 1762.

El 6 de febrero del citado año recibió "trescientos reales por cuenta de un Señor Crucificado para Vía Crucis”. Tal funcionalidad justifica su reducido tamaño, 85 cms. de alto, adecuado para que una persona pueda portarlo en dicho ejercicio cuaresmal, como sigue aconteciendo en la actualidad.

Según acredita un inventario de 1784, contó con altar propio en la Capilla del Rosario de los Humeros (ver), posteriormente, ocupó el manifestador del retablo mayor, presidiendo en nuestros días el antiguo altar de Nuestra Señora del Carmen, en el lado de la Epístola.

Gómez Millán, en 1928, encontraba semejanzas formales, entre este Cristo y el de la Salud de San Bernardo, que fue destruido en 1936.

La valoración más ajustada de esta obra la realizó en 1979 el profesor Villar Movellán, para quien el Crucificado de la Paz "encaja perfectamente dentro del estilo familiar (Roldan), pero revela ya las suavidades formales de mediados de siglo, patentes por ejemplo en el perizoma caído, resguardado de los fuertes y dramáticos vientos que hacían moverse el sagrado paño cincuenta años antes. Incorrecto de proporciones, está analizado no obstante con esmero en las partes fundamentales de su anatomía".

Jerónimo Roldán representó un Cristo muerto, fijo a una cruz arbórea mediante tres clavos, montando el pie derecho sobre el izquierdo.

Sobre el stipes o madero vertical presenta el tindus o tablilla, donde figuran inscritas las características iniciales I.N.R.I.

El cuerpo inerte de Jesús pende ostensiblemente del patíbulo martirial, su anatomía, de miembros enjutos, está tratada armoniosamente.

El rostro de ese cristo muerto es sosegado y apacible, con nobles facciones muy en la línea del taller Roldán, desterrando todo efecto dramático, dominando la serenidad y el equilibrio compositivos. Se reclina plácidamente sobre el pecho. Antaño llegó a lucir potencias y corona de espinas. La melena bien trabajada descubre su oreja izquierda y oculta con un mechón la derecha.

Se cubre con un escueto paño de pureza cordífero (atado con soga) que se ajusta a las caderas, anudándose en el lado derecho, dejando al descubierto la cadera izquierda.  

En el año 2000 con motivo del Vía Crucis al convento de santa Rosalía José Manuel Bonilla Cornejo realizo una nueva cruz para la imagen, más proporcional al tamaño del cristo.

Pudiera considerarse como el último Crucificado roldaniano de la escuela escultórica sevillana.

Cristo de la Paz

Detalle de la cara

Detalle del paño de pureza

Detalle de los pies

Autor: Andrés Carranza Bencano

 EL PIE Y LOS CRUCIFICADOS DE SEVILLA

El Santísimo Cristo de la Providencia.

El Oratorio de la Escuela de Cristo (ver) presenta un altar en la cabecera, con un severo retablo neoclásico de mampostería jaspeado en mármoles de colores.

Lo preside una imagen del Cristo de la Providencia, obra de Juan de Astorga, policromado por Juan de Uceda, encargada en el año 1818 y entregado en el año 1820. Sustituyó al Cristo del Calvario (ver) de Francisco de Ocampo (1611), adquirido a la iglesia de san Idelfonso y que luego esta reclamó, a cambio de 4000 reales, por lo que la escuela se vio forzada a encargar el actual que costó 8400 reales.

Francisco Nicolás de la Barrera fue, en nombre de la Escuela, el que encargó a Juan de Astorga un nuevo Cristo en la Cruz, indicándole que "salga lo más dulce y sensible que sea dable, con la circunstancia de que el rostro goce bien desde el pavimento".

Y efectivamente la pieza es de suma belleza y serenidad acorde con el espíritu neoclásico.

La cara no tiene aspecto dramático, predomina el aspecto de la bondad de cristo y su amor al horror del martirio de la Cruz, resaltando la faceta de la entrega de Jesus al género humano y su obediencia al Padre hasta la muerte, por eso se nos muestra sin dramatismo y siguiendo los cañones de la escuela sevillana, con solo los signos imprescindibles de la Pasión.

El paño de pureza no se anuda, sino que se fija sobre un cordel mostrando la cadera derecha.

Presenta solo tres cavos con los pies fijados juntos, el derecho sobre el izquierdo. 

Altar del Oratorio de la Escuela de Cristo

Cristo de Misericordia

Detalle de la cara

Detalle del paño de pureza

Detalle de los pies

Autor: Andrés Carranza Bencano

miércoles, 22 de marzo de 2023

  SIMBOLISMO DEL PIE EN LA PINTURA

Madonna dei Pellegrini. Caravaggio.

Madonna dei Pellegrini. Michelangelo Merisi da. 1604-1606. Óleo sobre lienzo. 260 x 150 cm. Basilica di Sant Agostino in Campo Marzio. Roma

La vida de Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571-1610) trascurre en la Italia del barroco, un estilo de arte colorido, dramático, decorativo y realista que tiene en la luz y el contraluz sus principales baluartes.

Madonna dei Pellegrini o Madonna de Loreto, es un cuadro realizado en 1604 por orden de Ermete Cavalletti, para su capilla familiar en la basílica de Sant'Agostino.

El lienzo representa a la virgen en una actitud poco decorosa y muy poco religiosa y sus facciones eran las de una prostituta, una cortesana romana conocida como Lena y que acompañó a Caravaggio en varias etapas de su vida. Esto constituyó un auténtico escándalo para la fe del siglo XVII.

El Jesucristo niño, desnudo, que la madre protege en sus brazos, podría ser el hijo de Lena y, a juzgar por la edad de ambos, cronológicamente encajaría que su padre fuese el pintor, a quien no se le conoce descendencia. 

La historia no aclara si el maestro del barroco, mujeriego y licencioso bajo el amparo de sus mecenas, tuvo una relación firme con Lena. Esta era amiga de una de las musas originales de Caravaggio, la noble Fillide Melandroni, que ya había aparecido en otros cuadros. Cuando Melandroni cambia de vida y se aleja del artista, Lena la remplaza como modelo femenino. Caravaggio decide abandonar el palacio romano, donde lo alojaba el Cardenal del Monte, e iniciar una nueva etapa.

La vida alegre del pintor, como hemos comentado, le generó diversos problemas con las autoridades, y grandes discusiones con la jerarquía eclesiástica por culpa de sus licencias artísticas.

El nexo de unión de estas situaciones vuelve a ser Lena en una historia que podría explicar la relación entre ambos. Una noche, en 1605, el notario Pasqualone fue apuñalado después de salir de la casa del embajador español, actual sede del Instituto Cervantes, cerca de la plaza Navona de Roma y aseguró que fue Caravaggio el agresor. Ambos habían discutido por Lena unos días antes.

En el juicio, Pasqualone afirmó que el conflicto era por “Lenna, donna di Caravaggio”, y no “Lena, la donna di Caravaggio”. Esto significa que Lena era “una” mujer de Caravaggio y no “su” mujer, así que siembra dudas sobre si ambos eran pareja o tan solo compañeros de diversión y caballete. Esta vez, sus contactos en la corte para la que pintaba le permitieron salir indemne de las acusaciones.

Sobre los dos peregrinos, Caravaggio prestó gran atención a los detalles y los pintó con gran realismo, con ropa raída y llevando palos para ayudarse en sus largas peregrinaciones. 

El peregrino en primer plano, presenta sus pies sucios, llenos de mugre e hinchados, debido al largo viaje que han realizado. Es un detalle muy importante, que presta un acento aún más realista a toda la escena, simbolizan la obediencia y la fe en la religión cristiana. 

Detalle de los pies del pelegrino

Esta Madonna se caracteriza por su pobre vestimenta, típica de la gente común. 

Parece que la Virgen está a punto de tocar el suelo después de descender del cielo, de hecho, toca la tierra solo con las puntas, simbolizando su relación terrenal.

Detalle de los pies de la Virgen

Este lienzo, tal vez no sea una de sus obras más renombradas. Sin embargo, es una composición exquisita que muestra todas las características del arte de Caravaggio y los motivos porque sus creaciones fascinaron y también perturbaron a sus contemporáneos, y como desde entonces han sido admiradas por las generaciones posteriores.

El gran éxito de Caravaggio es que, en sus obras de temática religiosa, consigue que los personajes nos parezcan totalmente reales, con gran naturalidad, completamente comunes, llenos de humanidad y carentes de adornos accesorios. 

Ese gran valor de su arte, en su tiempo no fue del todo del gusto de las autoridades eclesiásticas, sobre todo cuando representaba a figuras sagradas. Por ejemplo, no solía gustarles que para pintar sus vírgenes y los santos los representara como si fueran bellas aldeanas y rudos campesinos.

Pero además de esa capacidad suya para pintar de una forma tan natural, el otro gran valor de Caravaggio es su manejo de las luces y las sombras, su famoso claroscuro. En ello basa todo su lenguaje expresivo. Y si para los rostros y cuerpos recurre a la naturaleza, a las personas que podía ver por las ciudades y los pueblos, para el caso de la luz siempre usa una iluminación artificial, inventada por él para ubicar en el espacio los cuerpos, caras o gestos de interés, mientras que el resto de sus cuadros los oculta casi por completo en la semioscuridad.

Así aquí vemos a la Virgen que lleva en su regazo al Niño y recibe ante su modesta casa a dos pobres peregrinos, que veneran el episodio como una aparición divina. Fueron detalles de enorme crudeza para su época, por ello tacharon este cuadro de indecoroso y desacralizador, sin tener en cuenta que al mismo tiempo Caravaggio fue capaz de crear una virgen que expresa una profunda humanidad a esos peregrinos que se postran con absoluta devoción.

Autor: Andrés Carranza Bencano

 SIMBOLISMO DEL PIE EN LA PINTURA

La crucifixión de san Pedro. Caravaggio

La crucifixión de San Pedro.  Caravaggio. 1600. Óleo sobre lienzo. 230 x 175 cm. Basílica de santa María del Populo. Roma

Metafóricamente luces y sombras dominaron la vida de Caravaggio. Personaje violento, atormentado y cliente habitual de las tabernas de los suburbios romanos.

Siempre se le considero el pintor de lo feo o de lo innoble y será quien acuña el uso de la luz tenebrista.

Se conoce por tenebrismo a los fuertes contrastes de luz que crean profundas sombras dejando iluminado únicamente los elementos esenciales de la composición. Por la fuerte contraposición entre luces y sombras da la sensación de que las figuras emergen de la oscuridad recortándose nítidamente sobre ella

El óleo se sitúa sobre nuestras cabezas, a tamaño natural y surgiendo del fondo en semipenumbra de la capilla. Esta situación dota de una gran fuerza expresiva a los personajes, que aparecen como casi reales.

Representa el momento en el que los tres verdugos romanos van a colocar al mártir con los pies arriba y la cabeza hacia abajo, siguiendo los deseos del propio San Pedro, ya que el santo no se sentía digno de ser crucificado como Jesús, lo que indicaría un gran rasgo de humildad por su parte. Existe una ausencia de sangre, pero se manifiesta el sufrimiento y la tolerancia del dolor, pues es más un dolor espiritual.

La luz entra por el lateral izquierdo, iluminando enérgicamente el rostro y el cuerpo, es la manifestación del TENEBRISMO con su contraste de luces y sombras.

Todas son figuras reales, pero que ocultan sus rostros. San Pedro, con gran aspecto de senectud, mira hacia algún objeto situado fuera del marco del lienzo y que es un crucifijo situado en el altar que adorna al propio cuadro.

En este cuadro, crea una composición típicamente barroca a base de diagonales, que contrasta con las composiciones piramidales y equilibradas del Renacimiento. Muestra lo esencial del martirio del santo: el santo, la cruz, los dos hombres que la alzan y el que cava el agujero en el suelo para introducir la cruz.  


Presenta a las figuras en grandes escorzos que provocan el efecto de profundidad y su naturalismo se expresa al presentar al santo como un viejo pescador y a los verdugos como tipos vulgares, hasta el punto que cuando se ve el cuadro en la pared de una iglesia (para lo que está concebido) en primer plano se contempla la planta sucia de los pies de uno de los esbirros, simbolizando la pobreza y abandono de sus vidas.

La crucifixión de un Santo debe ser representada con la dignidad y respeto que se merece, sin embargo, Caravaggio muestra en los tres verdugos un enorme esfuerzo por alzar el cuerpo, como tres borrachos levantando a su compadre, todavía más ebrio, del suelo. Todo es sórdido y oscuro como los pies del que carga la cruz a sus hombros.

Autor: Andrés Carranza Bencano

sábado, 18 de marzo de 2023

 EL PIE Y LOS CRUCIFICADOS DE SEVILLA

El Santísimo Cristo del Calvario.

Retablo del Cristo del Calvario. Real Parroquia de Santa María Magdalena

Con fecha 5 de noviembre de 1611 Francisco de Ocampo (ver) se compromete ante el mercader Gaspar Pérez de Torquemada a tallar en seis meses un Cristo “bien fecho y acabado, al natural, de dos varas de largo, como el Cristo que tiene el Arsediano don Mateo Blázquez... para poner en la dicha iglesia de Sta. Catalina, en una capilla suya...” Además debía reproducir el sudario y la cruz del Cristo de la Clemencia, de Martínez Montañez, propiedad del citado Arsediano.

No hay constancia de que la imagen llegara a estar en esta capilla, pues  en el inventario de sus bienes, redactado con motivo de su fallecimiento en 1628, se cita la existencia de una "imagen de un Cristo de madera, encarnado y de estatura de hombre..." situado en el oratorio particular de su domicilio de la calle Almudena.

Joaquín Rodríguez Mateos, en su trabajo de investigación, encontró, en el Archivo Histórico Provincial, la escritura notarial por la que los herederos de Gaspar Pérez de Torquemada vendieron la talla, en el año 1636, a la cofradía de la Presentación de Nuestra Señora de los Mulatos de Sevilla.

En una clausula introducida en el contrato, la cofradía se obligaba a abrir la capilla a los hijos de Pérez de Torquemada cada vez que quisieran rezar ante la imagen, debido a la gran devoción que tenían por ella.

La primitiva cofradía de la Presentación de Nuestra Señora, había sido fundada por los mulatos en la parroquia de san Idelfonso en 1572, como cofradía étnica, al estilo de la que en 1554 había sido instituida en el Hospital de los Ángeles por los negritos. Alcanzó su máximo desarrollo entre finales del XVI y primera mitad del XVII, momento del máximo esplendor del esclavismo de color y el consecuente mestizaje.

En el primer tercio del siglo XVIII, se inicia la decadencia de la Hermandad, en relación con múltiples pleitos y el continuo descenso de la población de color, y finalmente desaparecerá a fines del siglo XVIII. 

En 1799, con motivo del desalojo de la parroquia de san Idelfonso por el inminente derribo del templo, la fábrica de la Iglesia, deudora de la ya extinta cofradía, decide vender al Oratorio de la Venerable y santa Escuela de Cristo de la Natividad, este cristo de la hermandad de los Mulatos, trasladándose al Oratorio en 1813, desde una casa de la calle Caballeriza donde había sido trasladado provisionalmente: "La madera del crucificado es de ciprés, tenia tres dedos quebrados; la corona se hallaba bien construida aunque lastimada por haberle puesto pelo a lo natural cuando lo sacaban en Procesión". Por lo que es factible que el crucificado adoptara esta situación, que era practica habitual en los siglos XVII y XVIII.

En 1816, con la reapertura al culto de la nueva parroquia de san Idelfonso, los claveros de la Fábrica Parroquial consiguieron, pleiteando, anular esta venta a cambio del pago de la confección de una nueva imagen para el citado Oratorio, talla que se encargó a Juan de Astorga.

En 1818, la imagen se instaló en un altar del crucero de la iglesia, del lado del Evangelio, donde permaneció hasta la reorganización de la hermandad.

La actual hermandad del santísimo Cristo del Calvario se funda en esta iglesia parroquial de san Idelfonso en diciembre de 1885, para recuperar la memoria de la extinguida hermandad de la Presentación de Nuestra Señora, formada por los mulatos de Sevilla, que durante dos siglos estuvo establecida en dicho templo y este Cristo pasaría a ser su titular.

En 1908,  la hermandad del santísimo Cristo del Calvario decide trasladarse a la Iglesia de san Gregorio, regentada por los padres claretianos, y en 1916 se recoge definitivamente en la parroquia de santa María Magdalena.

Se trata de una imagen realizada en madera de ciprés policromada, concebida para integrarse en un retablo y no para procesionar por lo que tiene un tamaño más pequeño de lo habitual. 

Santísimo Cristo del Calvario

La inspiración en el Cristo de Montañés resulta evidente, no obstante, el Cristo de Ocampo se aleja y se dramatiza en parte, respecto a la versión de Montañés, pues no presenta a un Cristo vivo, sino ya muerto, que deja caer la cabeza sobre el pecho, la sangre le mana abundante del costado y acusa más el modelado de músculos y huesos, en línea con lo que hará inmediatamente Juan de Mesa, condiscípulo de Ocampo. 


Cristo muerto

Es una obra de una sensibilidad distinta a la de su modelo, con un mayor realismo formal y un patetismo que envuelve toda la obra, lo que supone una evolución estilística en el realismo de la imaginería sevillana del primer barroco.

El sudario, enrollado a la cintura y anudado en las dos caderas, presenta pliegues menudos que también recuerdan a Montañés, aunque el extremo izquierdo cae extrañamente rígido, utiliza las dos moñas que luego Mesa hará suyas. 

Sudario

Por otro lado, la elevada perfección anatómica del cuerpo del Cristo de Montañés ha sido reducida y llevada a un estado más realista y sobrio en éste de Ocampo, con evidentes muestras de martirio. La imagen sugiere el sobrecogedor silencio y abandono de la muerte con tanta belleza y eficacia casi como el Cristo de los Estudiantes. 

Tampoco tiene los cuatro clavos de Martínez Montañez, sino tres, con el pie derecho sobre el izquierdo, acentuando el patetismo de la imagen, y el canon es menos esbelto buscando un mayor realismo. 

Detalle de los pies

La talla ha sufrido diversos percances en su azarosa historia. La Madrugada del viernes santo del año 1914, a consecuencia de una fuerte sacudida,  se fracturó la espiga que sujetaba el brazo izquierdo, quedando el brazo suspendido del clavo de la mano. Fue intervenido de urgencia por el prioste, maese Farfan.

En el año 1941 el médico y escultor Sánchez Cid restauró la imagen, y encontró la firma y fecha en un papel oculto en el ensamblaje posterior del sudario: “acabó este santo Cristo Francisco de Ocampo, escultor de ymagineria, por debusion de Gaspar Pérez de Torquemada, bezino de esta ciudad, en la collación de santa Catalina, para ponerlo en la dicha yglesia  de santa Catalina, en una capilla suya de la Encarnasion questá junto a un jardín que la dicha yglesia tiene”

En 1965 se actuó de nuevo en el ensamblaje del brazo izquierdo por Francisco Jose Ribera. Posteriormente, entre los años 1987 y 1988 volvió a ser restaurado, esta vez por José Rodríguez Rivero-Carrera.

 Autor: Andrés Carranza Bencano

lunes, 13 de marzo de 2023

 PEDIATRIA

El niño enfermo. Arturo Michelena. 


El niño enfermo. Arturo Michelena. 1886. óleo sobre tela. 80,4 x 85 cm. Fundación Museos Nacionales/Galería de Arte Nacional. Caracas

El niño enfermo, perteneciente a la colección de la Galería de Arte Nacional, es un “boceto definitivo” de la obra realizada en París por Arturo Michelena, que finalmente fue concluida y premiada con medalla de oro de segunda clase, en el Salón de la Sociedad de Artistas Franceses de 1887 en el Palais des Champs Élysées de Paris.

La obra muestra una escena íntima familiar, en un dormitorio de un domicilio particular.  La luz mortecina y tenebrosa de la escena contribuye al tono trágico de la pintura, pues la luz natural se cuela a través de la cortina semiabierta de una ventana cerrada, ubicada en el lado derecho del recuadro.

A primera vista, parecen estar en época invernal por la gruesa vestimenta que exhiben las figuras.

En primer plano, hacia el centro, en la cama, yace un muchacho, con la cara demacrada en clara muestra de enfermedad y con la mirada dirigida hacia la madre. Su frente, cubierta con una tela blanca, permite inferir que presenta un cuadro febril; además, está arropado con mantas de donde sobresalen sus dedos de la mano derecha. La luz recae sobre él, en tanto el resto de la habitación luce bañado por las sombras.

A la izquierda se halla la madre, una mujer joven sentada a los pies de la cama, con el cabello oscuro recogido, vestida con un traje negro de mangas completas y falda larga de donde sobresale el pie izquierdo. Con una mano apoyada sobre esa pierna, observa con semblante de preocupación al médico

La figura del médico es la que tiene tal vez más protagonismo en esta obra. Se trata de un hombre anciano con barba blanca poblada, gafas y vestido con levita, un pañuelo blanco en el bolsillo izquierdo, un anillo en su mano izquierda, y un pequeño objeto (no definido) en la mano derecha. Se sitúa de pie en una zona de contraluz creada por la ventana a sus espaldas, por lo que vemos más su ademán que sus rasgos faciales. Parece estar dando instrucciones a la mujer, como se deduce del gesto de su mano, aunque por la expresión de la cara de la madre no da demasiadas esperanzas.

En el borde derecho de la tela figura una niña que bien puede ser hermana del niño, delante de la ventana, de traje negro hasta la rodilla y con el pulgar derecho sobrepuesto a los labios en actitud temerosa, contempla contrita y pensativa la escena en marcado contraluz. 

Delante de la niña se presenta una parte de una mesa que sostiene una taza, un plato y una botella que probablemente contenga algún medicamento

Detrás de la cama, apoyado al borde superior con las manos entrelazadas, se muestra en la oscuridad, casi oculto por la penumbra, al padre del niño, un hombre joven, de traje y bigotes que observa atentamente al doctor, con muestras de gran preocupación.

En un saliente de la pared izquierda y en el borde derecho de la cama que se encuentra pegada a la pared se observan unas pequeñas figuras que parecen ser juguetes de tela. Igualmente, en esa pared se muestran adheridas sin mayores detalles lo que parecen ser algunas ilustraciones.

El cuadro nos proporciona mucha información sobre cómo debía ser la práctica médica en el s. XIX. Los enfermos graves eran atendidos en sus domicilios, sin grandes medios para hacer frente a la situación. La mortalidad infantil era muy alta y los recursos muy limitados. El pronóstico médico tenía en estos casos una gran importancia.  

Autor: Andrés Carranza Bencano