domingo, 9 de abril de 2023

 EL PIE Y LOS CRUCIFICADOS DE SEVILLA

El Cristo de la Clemencia de la Catedral.

Cristo de la Clemencia

El “Cristo de la Clemencia” fue un encargo personal de Mateo Vázquez de Leca, arcediano de Carmona y canónigo de la Catedral de Sevilla, a Juan Martínez Montañez en 1603, para su oratorio particular en la collación de San Nicolás, en cuya cabecera deseaba tener un crucificado. Se supone que a pesar de su juventud debería tener una buena situación económica, por sus lazos de sangre, para permitirse este lujo, pues compensó al escultor con 600 ducados, más otros 300 en los que se estipuló la obra, más 2 cahices de trigo.

En el Concierto para la ejecución de la obra, el 5 de abril de 1603, redactado por Juan de Tordesillas, escribano público, el canónigo impuso a Montañés una serie de características para la talla, además de las condiciones técnicas habituales. Así, se especifica:”"Item es condición que el dicho Cristo a de estar enclavado en la cruz arriba dicha con dos clavos en los pies y uno en cada mano, que por todo an de ser quatro clavos". Y se añade "Item es condición que el dicho Cristo crucificado a de ser mucho mejor que uno que los dias passados ise para las provincias del Pirú de las Yndias".  “ha de estar vivo antes de haber expirado, con la cabeza inclinada sobre el lado derecho, y ojos abiertos, mirando a cualquier persona que estuviese orando al pie de Él, como que está el mismo Cristo hablándole y como quejándose de que aquello que padece es por él”.

Documento del encargo

De esta manera, encarga un Crucificado vivo (sin herida en el costado), que conecta directamente con el fiel según las directrices del concilio de Trento como medio de llegar a Dios: “el honor que se da a las imágenes, se refiere a los originales representados en ellas; de suerte, que adoremos a Cristo por medio de las imágenes que besamos, y en cuya presencia nos descubrimos y arrodillamos”.

El arcediano donó el Cristo al Monasterio de la Cartuja el 24 de septiembre de 1614, “con expresa condición de que jamás se sacase ni enajenase del convento”. Fue depositado en la capilla del Nacimiento o de San Bruno, y en 1616 se instaló en la capilla de Santa Ana, en la que podía tener culto público. 

Monasterio de la Cartuja

En la Cartuja permaneció hasta inicios del siglo XIX, fecha en que fue trasladado al Alcázar, durante la invasión francesa, pues a pesar de los intentos de proteger la Cartuja, se temía que debido a su gran extensión terminase convirtiéndose en fortaleza y almacén para los franceses. Por ello, conociendo el interés de los invasores en las riquezas patrimoniales, se ordenó el traslado a las dependencias del Alcázar entre el 15 y el 30 de abril de 1811.  

Alcázar

Regresó a la Cartuja el 13 de octubre de 1813 y volvió a abandonarla en 1835 por la Desamortización de Mendizábal. Cuenta Rafael de Besa que probablemente en 1836 el Cristo estuviera guardado en un almacén de la calle Colcheros, aunque no se puede descartar la existencia de algún otro almacén y durante la primavera de 1836 cabe la posibilidad que pasase a depositarse en el convento de San Pablo. 

Tras la Desamortización, en 1836, y debido a la guerra carlista fue trasladado a la “Sacristía de los Cálices” en la Catedral de Sevilla.

Catedral de Sevilla

En 1841 se inicia la recogida de las obras para llevarlas al nuevo Museo de Bellas Artes que se había creado en el antiguo convento Casa Grande de la Merced. En 1842 ya hay testimonios de la presencia del Cristo en el museo.

En el museo, debido a las dificultades para exhibirlo por sus grandes dimensiones, estuvo colocado él solo en una pequeña sala anexa al salón principal (antigua iglesia del convento) que desde ese momento y durante décadas sería conocido como el “cuarto del Cristo”.

Museo de Bellas Artes

En 1845, fue trasladado de nuevo a la catedral. La tradición ha apuntado a que fue producto de una orden dada por la reina Isabel II, pero la justificación de la decisión se relaciona con: “que solo en aquel Templo era donde podía lucir su merito y no en el Museo por carecer de un sitio tan a propósito como el que allí tenia; á mas de que la veneración que en Sevilla se le tributa hacia necesaria dicha traslación”.

La Comisión de Monumentos respondió marcando como día de la recogida el sábado 31 de mayo de 1845 a la una del mediodía, momento en que se hallaría en el Museo un vocal de la comisión junto al secretario a la espera de recibir y recoger el resguardo de entrega, que fue el que sigue: “He recivido del Conserge del Museo Provincial de esta Ciudad la efigie titulada el Cristo de Montañes en estado perfecto de conservacion; y para resguardo del mismo firmo el presente en Sevilla a 31 de Mayo de 1845. Como encargado del Yltmo Cab. Ecco. Joaquin Perez”.

En toda la documentación del proceso siempre queda claro que el carácter del traslado era en calidad de depósito, por lo que en ningún momento se renuncia por parte del Museo a la propiedad del Cristo de la Clemencia, y desde 1993 se sitúa en una capilla propia en la que se ubica actualmente. 

Capilla del Cristo de la Clemencia

Es una escultura de bulto redondo, realizada en madera de cedro, tanto la imagen como la cruz arbórea, de 1’90 metros de pies a cabeza. De la policromía se encargó el pintor Francisco Pacheco, que practicó las técnicas del encarnado y del estofado. Es una policromía mate, sin presencia de brillos, encarnaciones muy naturales, y escasa presencia de sangre (característica de Pacheco), la justa y necesaria para evidenciar las heridas de Cristo.


Es una talla religiosa, con iconografía de Crucificado vivo en el que la expresión del dolor es contenida y serena.

La cabeza está inclinada y apoyada sobre su hombro derecho, como si el mundo le pesara.


El rostro de Cristo da la sensación de serenidad y aceptación de su propia muerte.

Los ojos abiertos y la mirada serena dirigida hacia abajo, directa al creyente que se sitúe delante de él, en un plano inferior, aceptando las peticiones del arcediano, cuyo fin era que todo aquel que se postrara ante él, sintiera el dolor de Cristo con sólo mirarlo. Recuerda a Jesús de la Pasión de Martínez Montañés del 1615, donde ambas imágenes parecen perdonar al pueblo de los pecados cometidos, aunque el Cristo de la Clemencia tiene una mirada más directa al espectador. 




La boca se presenta entreabierta, mostrando los dientes tallados, acercándonos al realismo. La imagen parece coger aire, por lo que el conjunto de ojos y boca, da una sensación de comunicación con el espectador, reflejando una profunda tristeza.

Destaca el reguero de sangre que brota de la nariz del Crucificado, nada habitual en otros Crucificados de la época, siendo difícil constatar si estamos ante una idea de Pacheco o un posible añadido posterior.


El cabello, totalmente tallado al igual que la corona de espinas, que en realidad son gruesas ramas de espino que se han trenzado y que forman una especie de casquete, impresionando como se clavan las espinas en el rostro.


El canon resulta esbelto, y los brazos son cortos, consecuencia de la persistencia del manierismo.

El cuerpo es alargado y sin presencia de heridas (no aparece la herida en el costado), solo la sangre que cae desde la cabeza a causa de las heridas provocadas por la corona de espinas y las venas muy inflamadas en los brazos y pies. El estudio anatómico es perfecto en las formas y comedido en la tensión muscular. El cuerpo está totalmente proporcionado en todo su conjunto, con aspecto atlético y bien musculado, quizás por influencia del propio Miguel Ángel.  Destaca la morbidez del cuerpo desnudo, en el que apenas se dejan sentir las huellas de los padecimientos sufridos.


Como prenda tan solo porta un paño de pureza blanquecino, que se recoge en un nudo hacia su lado derecho, con pliegues abundantes y de pequeño tamaño. La cuidada policromía de Francisco Pacheco le proporciona un juego de luces y sombras y dan cierto dinamismo a la escultura.


Hecho destacable es la colocación de los pies que se cruzan en lugar de disponerse en paralelo. La pierna derecha pasa por delante de la izquierda, creando una tensión evidente entre ambas. Se observa la presencia de 4 clavos (1 en cada mano, 2 en los pies), en relación con la visión de Santa Brígida, monja sueca, cuyas revelaciones fueron recogidas en los tratados de Francisco Pacheco. Existencia de rigidez en los dedos de los pies, quizás a causa de todo el peso del cuerpo.



No es habitual que el Cristo de la Clemencia abandone la Catedral para salir en procesión puesto que no fue concebido para ello. El 2 de abril del 1920 participar en el Santo Entierro Grande en el paso de Santas Justa y Rufina y el 19 de marzo de 1952, sobre el paso del Calvario, para clausurar las misiones organizadas por el cardenal Segura.

Autor: Andrés Carranza Bencano

jueves, 6 de abril de 2023

 EL PIE Y LA PASION DE CRISTO EN LA PINTURA

DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS 

El Expolio. El Greco.

El expolio. El Greco. 1570. Óleo sobre lienzo. 285 x 173 cm. Catedral santa María de Toledo

Consta documentalmente que recibió 400 reales de adelanto a cuenta de la realización del cuadro “Expolio” el 2 de julio de 1576 por parte del cabildo de la catedral de Toledo.

La entregaría dicha obra en el año 1579 y la firma con la que proclama su autoría se advierte en la hoja de papel que aparece doblada en la parte inferior derecha en primer plano.

El Expolio de Cristo estaba destinado al vestuario de la sacristía catedralicia, donde el despojo de las vestiduras de Jesús obtenía un gran valor simbólico.

El motivo del cuadro encargado por el cabildo, “El Expolio”, es el momento inicial de la Pasión   en el que Jesús es despojado de sus vestiduras, para lo que el pintor se inspiró las Meditaciones sobre la Pasión de San Buenaventura, pero la composición no fue considerada adecuada por el cabildo.  

En los evangelios canónicos, no consta que las tres Marías (La Virgen, María Magdalena y María Cleofás), que el Greco sitúa en la parte inferior de la composición, estuvieran presentes en ese momento, ni tampoco en el evangelio apócrifo de Nicodemo, así, en su rechazo se argumentaba que los evangelios canónicos sólo decían: “(…)los que aman a Jesús se mantenían a lo lejos (…)” De San Buenaventura procede igualmente la soga con la que Cristo es atado: “(…)y a Él le arrastraron atado con una soga como se hacía con los ladrones (…)”.

El cabildo tampoco aceptó la situación de los acompañantes por encima de Cristo, basado en iconografías antiguas bizantinas, por considerar que eran impropiedades que oscurecían la historia y desvalorizaban a Cristo.

Este fue el motivo del primero de los pleitos que tuvo el pintor en España, por desavenencias sobre los cuadros con sus clientes. En este caso, después de diversas reclamaciones y tasaciones, el pintor acabó recibiendo como pago 350 ducados sin verse obligado a cambiar las figuras que habían generado el conflicto.

La composición representa a Cristo en el centro, mirando al cielo con una expresión de serenidad, vestido con una túnica de color rojo intenso que domina el resto de la composición. El rostro de Jesús está cargado de dramatismo, especialmente los ojos, llenos de lágrimas conseguidas con un ligero toque del pincel. El amplio cuello y la postura de los dos dedos juntos serán características típicas de la mayor parte de las figuras de El Greco. 

El rostro melancólico del Salvador queda violentamente yuxtapuesto a las figuras de sus ejecutores, que se amontonan en torno a él, una masa de figuras dispuestas a desnudarlo para comenzar la Pasión, creando una impresión de desorden con sus movimientos, gestos, picas y lanzas.

En la parte trasera destaca un enigmático personaje con un sombrero rojo y golilla que señala al espectador y apunta acusadoramente a Cristo, mientras otros dos discuten sobre sus vestiduras. Sobre este personaje se han dado las más variadas versiones. Se ha señalado la sintonía de este gesto con las admoniciones de San Buenaventura que prepara al fiel bajo las fórmulas "mira", "«considera" y "«advierte". Se plantea que representara a uno de los sacerdotes que acusaban a Jesús o que fuera un simple espectador que refuerza la intemporalidad del asunto.

Otro hombre vestido de verde a la izquierda de Cristo lo sujeta con una cuerda y va a proceder a desnudarlo para su crucifixión.

En la parte inferior derecha destaca el escorzo del sayón que prepara la cruz perforando un agujero para facilitar la inserción del clavo que atravesará los pies de Cristo.


A la derecha de Cristo, se encuentra un soldado romano con armadura anacrónica, pues se corresponde con la época del pintor. Se trata de una licencia artística que ha dado pie a varias interpretaciones. Unos lo han identificado con Longinos, el centurión romano que contempla impasible la escena, para luego convertirse al cristianismo. Para otros se trataría, en cambio, de un recurso grequiano, destinado a reforzar el carácter intemporal y simbólico del cuadro.

En la parte inferior izquierda aparecen las tres Marías contemplando la escena con angustia, se muestran en una perspectiva desde arriba, en contraste con la frontalidad que preside la escena principal.

Todo lo que no es el protagonista se encuentra oscurecido y rebajado mientras que Cristo se ilumina y destaca. El rostro iluminado de Cristo y su túnica roja forman un contraste muy fuerte con los oscuros rostros de los acompañantes y con la entonación gris que domina el fondo del cuadro, en la misma línea de grises que la armadura del caballero a la derecha de Jesús.

El Greco y su taller pintaron varias versiones sobre este mismo tema, con variantes. Entre ellas destaca la del Museo del Prado firmada por el hijo del pintor. Las principales variaciones de esta copia respecto al original, además de la calidad, es la corona de espinas que lleva Cristo, las figuras de primer término son algo mayores mientras que las del fondo están más alejadas. En general las figuras de las copias son burdas y no son comparables a la maestría del original.

El Expolio. Theotocópuli, Jorge Manuel. (Obra copiada de el Greco). Hacia 1606. Óleo sobre lienzo. 106,8 x 69 cm. Museo del Prado. Depósito en otra Institución

Advertimos además que, en el lado derecho, en segundo término, se ha incluido un personaje que no está representado en la tela de la catedral, un hombre anciano y canoso, con barba y escaso cabello de espaldas al espectador. El personaje que está a su derecha y que en la pintura original muestra toda la cabeza, en esta copia ha quedado parcialmente oculto.

En los Evangelios no se refiere si Jesús caminó hasta el calvario con o sin calzado, como muestra todas las representaciones artísticas.

En la mayoría de las religiones, la exposición de los pies es considerada como señal de humildad, pero también simbolizan el estatus divino, pues andar descalzos requiere una resistencia sobrehumana al dolor.

Autor: Andrés Carranza Bencano

 EL PIE Y LOS CRUCIFICADOS DE SEVILLA

El Cristo de la Sopa de la Iglesia del santo Ángel.


El cristo de los Desamparados se atribuyó durante algún tiempo a Juan de Mesa, por algunas similitudes con obras documentadas, como la del Crucificado del Amor. Se identificó su paternidad gracias a un documento notarial publicado por Miguel Bago y Quintanilla donde se indicaba que “…el dicho Juan Martínez Montañés había otorgado por ante el dicho escribano en que se había obligado a dar fecha y acabada en toda perfesión toda la obra de la hechura de Cristo que el convento de los carmelitas descalzos de esta ciudad que había pasado por el año de seiscientos y diez y siete…”. El documento, una cédula judicial de 1623, permite fechar la realización del Crucificado en 1617, quizás con la ayuda de algún colaborador, ya que hace alusión a su realización en ese año con destino al convento de los carmelitas descalzos.

También conocida como Cristo de la Buena Muerte, del Buen Fin y de la Sagrada Lanzada, ya que fue titular de esta corporación de penitencia desde el año 1851 hasta 1916, fecha en que pasó a sus propietarios originales, la comunidad carmelita que regresó a su sede del santo Ángel en 1904.

También es conocido como Cristo de la Sopa, porque cuentan que a Martínez Montañés le encargaron un Crucificado los Hermanos de los Carmelitas descalzos para su iglesia. Empezó a tallar la figura en el mismo convento. A mediodía se acercaban muchos menesterosos a comer, un hermano sacaba un caldero con la sopa que ellos mismo comían y la repartía. Martínez Montañés al ver tanta necesidad se le partió el corazón, así que cuando terminó su Cristo, que llamó de los Desamparados por aquellos pobres, les dijo a los hermanos que el dinero no lo cobraría para que siguieran dándoles con él más sopa a los pobres. La gente llamó al Cristo "el de la Sopa". Hasta hace poco los Carmelitas sacan un caldero por la iglesia con la sopa igual que entonces en recuerdo a esta historia.

Se relaciona en su morfología con el Crucificado de la Clemencia (ver) y con el Crucificado del Auxilio de la Catedral de Lima (Perú). 



Crucificado de la Clemencia. Catedral de Sevilla

Cristo del Auxilio de la Catedral de Lima

Es un crucificado muerto de 1,75 metros, con un leve des colgamiento respecto al travesaño horizontal de la cruz, en una cruz arbórea.

La herida de la lanzada en el costado derecho.

En el cuerpo destaca el tórax hinchado, con las costillas marcadas y el vientre rehundido.

Cristo de los Desamparados. Iglesia del santo Ángel

La cabeza Inclinada hacia el lado derecho y hacia delante apoyando el mentón en el pecho.

Los ojos están cerrados y levemente hundidos, con las ojeras muy marcadas y las cejas algo arqueadas.

La nariz con el tabique nasal muy pronunciado y muy marcadas las aletas nasales.

La boca con los labios entreabiertos permite ver los dientes de ambos maxilares, mostrando la tensión del sufrimiento.

La barba es bífida, y muestra pequeños rizos en la parte de la mandíbula y el mentón

Los cabellos forman parte del bloque de craneal, y constituyen mechones sobre la nuca mientras que un grueso mechón baja por el lateral derecho del rostro y en el lado izquierdo un pequeño mechón deja al descubierto la oreja en su totalidad, rasgo que seguiría su discípulo Juan de Mesa.

La corona de espinas esta tallada en madera y forma ramas que se unen mediante cintas talladas en madera.

Detalle de la cabeza y de la tablilla del INRI

Detalle de la cabeza

El sudario o paño de pureza, con el nudo  a su derecha,  presenta pliegues angulosos a la altura de las caderas.

Detalle del sudario o paño de pureza

Presenta un solo clavo en los pies y el derecho sobre el izquierdo, elemento que lo diferencia del Crucificado de la Clemencia, y que lo acerca al Crucificado del Amor, de Juan de Mesa. Este hecho de los pies cruzados y los cuatro clavos, se relaciona con la visión de la monja sueca Santa Brígida.

Detalle en visión frontal de los pies

Detalle en visión lateral de los pies

La última restauración (entre los años 2007-2008) en el Instituto Andaluz de Patrimonio (IAP) permitió recuperar la policromía original, su tono verdoso que recuerda la empleada en el Crucificado de la Clemencia y a otras imágenes de Juan de Mesa, como el Señor del Gran Poder, eliminándose en esta intervención la suciedad acumulada por el paso del tiempo y recuperando la policromía añadida en el sudario, que no era la original.

El estudio de los ensambles de la talla en esta restauración permitió comprobar notables similitudes con el Cristo del Auxilio de la Catedral de Lima, imagen con la que también comparte numerosos rasgos estilísticos.

En la restauración se sustituyó su cruz arbórea, que no era la original sino un añadido del año 1950, por una nueva pieza.

Desde los años 1960 preside la Capilla Sacramental del templo del Santo Ángel, en la cabecera de la nave del Evangelio, nave donde tuvo capilla propia, aunque José Gestoso llegó a verlo en el altar de la nave de la Epístola, donde hoy se sitúa San Elías, un retablo salomónico con caja del siglo XVII para albergar a un Crucificado. 

Capilla Sacramental en la cabecera de la nave del Evangelio. Iglesia del Santo Ángel

Aunque solo ha procesionado excepcionalmente, el Crucificado de los Desamparados ha formado parte de las Exposiciones “Lo sagrado hecho real” (Valladolid, Londres 2010), que sirvió para abrir una nueva corriente de valoración europea de la escultura española del Barroco, y en la edición de la muestra “Las Edades del Hombre” (Ávila, 2015). 

Por Andrés Carranza Bencano con la colaboración de Antonio Gutiérrez de la Asociación de Médicos Cofrades.

miércoles, 5 de abril de 2023

 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Hallux Valgus

El Expolio. El Greco.


El expolio. El Greco. 1570. Óleo sobre lienzo. 285 x 173 cm. Catedral santa María de Toledo

Consta documentalmente que recibió 400 reales de adelanto a cuenta de la realización del cuadro “Expolio” el 2 de julio de 1576 por parte del cabildo de la catedral de Toledo.

La entregaría dicha obra en el año 1579 y la firma con la que proclama su autoría se advierte en la hoja de papel que aparece doblada en la parte inferior derecha en primer plano.

El Expolio de Cristo estaba destinado al vestuario de la sacristía catedralicia, donde el despojo de las vestiduras de Jesús obtenía un gran valor simbólico.

El motivo del cuadro encargado por el cabildo, “El Expolio”, es el momento inicial de la Pasión   en el que Jesús es despojado de sus vestiduras, para lo que el pintor se inspiró las Meditaciones sobre la Pasión de San Buenaventura, pero la composición no fue considerada adecuada por el cabildo.  

En los evangelios canónicos, no consta que las tres Marías (La Virgen, María Magdalena y María Cleofás), que el Greco sitúa en la parte inferior de la composición, estuvieran presentes en ese momento, ni tampoco en el evangelio apócrifo de Nicodemo, así, en su rechazo se argumentaba que los evangelios canónicos sólo decían: “(…)los que aman a Jesús se mantenían a lo lejos (…)” De San Buenaventura procede igualmente la soga con la que Cristo es atado: “(…)y a Él le arrastraron atado con una soga como se hacía con los ladrones (…)”.

El cabildo tampoco aceptó la situación de los acompañantes por encima de Cristo, basado en iconografías antiguas bizantinas, por considerar que eran impropiedades que oscurecían la historia y desvalorizaban a Cristo.

Este fue el motivo del primero de los pleitos que tuvo el pintor en España, por desavenencias sobre los cuadros con sus clientes. En este caso, después de diversas reclamaciones y tasaciones, el pintor acabó recibiendo como pago 350 ducados sin verse obligado a cambiar las figuras que habían generado el conflicto.

La composición representa a Cristo en el centro, mirando al cielo con una expresión de serenidad, vestido con una túnica de color rojo intenso que domina el resto de la composición. El rostro de Jesús está cargado de dramatismo, especialmente los ojos, llenos de lágrimas conseguidas con un ligero toque del pincel. El amplio cuello y la postura de los dos dedos juntos serán características típicas de la mayor parte de las figuras de El Greco. 

El rostro melancólico del Salvador queda violentamente yuxtapuesto a las figuras de sus ejecutores, que se amontonan en torno a él, una masa de figuras dispuestas a desnudarlo para comenzar la Pasión, creando una impresión de desorden con sus movimientos, gestos, picas y lanzas.

En la parte trasera destaca un enigmático personaje con un sombrero rojo y golilla que señala al espectador y apunta acusadoramente a Cristo, mientras otros dos discuten sobre sus vestiduras. Sobre este personaje se han dado las más variadas versiones. Se ha señalado la sintonía de este gesto con las admoniciones de San Buenaventura que prepara al fiel bajo las fórmulas "mira", "«considera" y "«advierte". Se plantea que representara a uno de los sacerdotes que acusaban a Jesús o que fuera un simple espectador que refuerza la intemporalidad del asunto.

Otro hombre vestido de verde a la izquierda de Cristo lo sujeta con una cuerda y va a proceder a desnudarlo para su crucifixión.

En la parte inferior derecha destaca el escorzo del sayón que prepara la cruz perforando un agujero para facilitar la inserción del clavo que atravesará los pies de Cristo.

A la derecha de Cristo, se encuentra un soldado romano con armadura anacrónica, pues se corresponde con la época del pintor. Se trata de una licencia artística que ha dado pie a varias interpretaciones. Unos lo han identificado con Longinos, el centurión romano que contempla impasible la escena, para luego convertirse al cristianismo. Para otros se trataría, en cambio, de un recurso grequiano, destinado a reforzar el carácter intemporal y simbólico del cuadro.

En la parte inferior izquierda aparecen las tres Marías contemplando la escena con angustia, se muestran en una perspectiva desde arriba, en contraste con la frontalidad que preside la escena principal.

Todo lo que no es el protagonista se encuentra oscurecido y rebajado mientras que Cristo se ilumina y destaca. El rostro iluminado de Cristo y su túnica roja forman un contraste muy fuerte con los oscuros rostros de los acompañantes y con la entonación gris que domina el fondo del cuadro, en la misma línea de grises que la armadura del caballero a la derecha de Jesús.

El Greco y su taller pintaron varias versiones sobre este mismo tema, con variantes. Entre ellas destaca la del Museo del Prado firmada por el hijo del pintor. Las principales variaciones de esta copia respecto al original, además de la calidad, es la corona de espinas que lleva Cristo, las figuras de primer término son algo mayores mientras que las del fondo están más alejadas. En general las figuras de las copias son burdas y no son comparables a la maestría del original.

El Expolio. Theotocópuli, Jorge Manuel. (Obra copiada de el Greco). Hacia 1606. Óleo sobre lienzo. 106,8 x 69 cm. Museo del Prado. Depósito en otra Institución

Advertimos además que, en el lado derecho, en segundo término, se ha incluido un personaje que no está representado en la tela de la catedral, un hombre anciano y canoso, con barba y escaso cabello de espaldas al espectador. El personaje que está a su derecha y que en la pintura original muestra toda la cabeza, en esta copia ha quedado parcialmente oculto


En relación al pie, el Greco repite continuamente la morfología del pie griego y en Hallux Valgus


Autor: Andrés Carranza Bencano