domingo, 11 de enero de 2026

 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Pie griego

San Antonio de Padua y el Niño. Bartolomé Esteban Murillo.

San Antonio de Padua y el Niño. Murillo, Bartolomé Esteban. Hacia 1668-1669. Óleo sobre lienzo. 283 x 188 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala V. Desamortización del convento de los Capuchinos

Para ocupar uno de los altares laterales de la nave del evangelio, al lado izquierdo de la pintura de la Anunciación, junto al presbiterio, pintó Murillo, entre los años 1668 y 1669, este San Antonio de Padua y el Niño.

San Antonio (ver) representa el ideal de espiritualidad popular propugnado por los primeros franciscanos, y por ello los capuchinos, surgidos de la necesidad de volver a la forma de vida original de la orden, lo incluyen en el programa iconográfico contratado al pintor.

A pesar de las numerosas veces -en torno a una decena- que el pintor representa al fraile franciscano a lo largo de su dilatada carrera, la sencillez con la que aborda esta composición la convierte, de entre las conocidas hoy, en una de las más conmovedoras.

Desde la Vita prima o Assidua, primer testimonio conocido sobre su vida, hasta el Liber miraculorum Sancti Antonii, son muchas las fuentes textuales que van acrecentando su devoción y configurando, por extensión, su iconografía para el arte.

La obra se distribuye en un plano superior de gloria con diferentes angelitos y un plano inferior con el santo y el Niño Jesús.

Plano superior de gloria


El milagro de la aparición del Niño Jesús a san Antonio, una sacra conversación, tiene origen en el citado Liber miraculorum Sancti Antonii. Este episodio, que otorga al santo el matiz de protector de la infancia, es el más usual de toda la iconografía antoniana y también el predilecto de Murillo, que lo trata con especial mimo por su natural tendencia a representar el mundo infantil.

En la tela de Capuchinos, san Antonio, muy joven y con la barba capuchina -a diferencia de las otras representaciones murillescas del santo-, aparece arrodillado en un suelo rocoso, rodeando con su brazo izquierdo al Niño, que está sentado en un libro abierto. Jesús, que ha descendido de un rompimiento de gloria donde revolotean ángeles, y del que emana un haz de luz que ilumina la escena, alza el brazo derecho para señalarle al santo los dones celestiales que la entrega a Dios le hará gozar. 

Detalle

Hacen reconocible a san Antonio de Padua varios atributos: la presencia del libro, el hábito marrón de la orden franciscana, ceñido a la cintura con el cíngulo de tres nudos simbolizando los votos de castidad, pobreza y obediencia, con el capucho piramidal del hábito primitivo que la rama de los capuchinos adopta, y las azucenas que sostiene con su mano derecha, a manera de pluma de escritura, como las porta en la misma serie el ángel de la Anunciación (Web Oficial del Museo de Bellas Artes).

Finalmente destaca la posición de flexión de rodilla y de hiperextensión del primer dedo en un pie con la morfología del ante pie que corresponde claramente a un tipo de pie griego con el primer dedo más corto que el segundo.

Se conoce como griego debido a que en la mitología griega está asociado a las diosas y sus poderes.

Detalle del pie

Por Andrés Carranza Bencano

PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Pie griego

San Jesé con el Niño. Bartolomé Esteban Murillo.

San José con el Niño. Murillo, Bartolomé Esteba. 1665-1666. Óleo sobre lienzo. 197 x 116 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V.

Murillo trató en numerosas ocasiones este tema iconográfico, que fue ampliamente difundido en el arte cristiano de los siglos XVII y XVIII.

El lienzo representa a san José con el Niño, ambas figuras de cuerpo entero y de tamaño natural.

Murillo nos muestra un san José (ver) majestuoso, a la manera de la estatuaria clásica, acogiendo en actitud paternal al Niño Dios. San José, pensativo, parece presagiar el trágico futuro del Niño, al que Murillo ha inundado de luz y ternura.

Detalle

El Niño posado sobre un pedestal en ruinas se apoya tiernamente en el santo y porta en la mano izquierda una vara de azucenas.

En un segundo plano, a la derecha, restos de una columna clásica sobre pedestal y a la izquierda un fondo arquitectónico levemente abocetado.

Detalle del pie

Finalmente destaca la morfología del ante pie de San José que corresponde claramente a un tipo de pie griego con el primer dedo más corto que el segundo.

Se conoce como griego debido a que en la mitología griega está asociado a las diosas y sus poderes.


Esquema de la morfología del antepie

Por Andrés Carranza Bencano

lunes, 5 de enero de 2026

EL PIE Y LA PASION DE CRISTO EN LA PINTURA

LA ULTIMA CENA

La Última Cena. Alonso Vázquez

Sagrada Cena. Vázquez, Alonso. 1588. Óleo sobre lienzo. 318 x 402 cm. Museo de Bellas Artes. Sala V. Procede de la desamortización de 1840 del Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla

Alonso Vázquez, discípulo del cordobés Pablo de Céspedes, desarrolla un lenguaje plenamente inscrito en el Manierismo, perceptible tanto en la monumentalidad de las figuras como en la complejidad compositiva y espacial de sus obras. Su actividad en Sevilla está documentada al menos desde 1588, año de realización de esta pintura, y se prolonga hasta 1603, cuando se traslada a México formando parte del séquito del III marqués de Montesclaros. Allí ejerció su oficio hasta su fallecimiento, ocurrido el 13 de abril de 1607.

Este lienzo reviste un interés excepcional al considerarse la primera obra conocida del artista. Durante largo tiempo fue atribuida a Pablo de Céspedes, hasta que Diego Angulo, tras un minucioso análisis estilístico, propuso su correcta adscripción a Alonso Vázquez. En dicho estudio señaló, entre otros aspectos, el uso de maniquíes recubiertos de tela engomada o papel humedecido para el estudio de los volúmenes, una técnica que continuó empleándose en el siglo XVII y que llegó a ser utilizada por pintores como Zurbarán.

La escena de la Última Cena se desarrolla en un fastuoso marco arquitectónico de carácter renacentista, concebido como un palacio adornado con esculturas. En este espacio, Cristo comparte la mesa con los apóstoles, mientras el pintor introduce un elaborado juego perspectivo, especialmente visible en los ángulos superiores de la composición.

La mesa aparece presidida por Jesús y, en evidente paralelismo con la célebre obra de Leonardo da Vinci, los discípulos se organizan en grupos de tres, reforzando el ritmo y el equilibrio del conjunto. Siguiendo las indicaciones de algunos tratadistas, entre ellos Francisco Pacheco, el autor altera la disposición habitual de los apóstoles y sitúa a san Pedro a la derecha de Cristo, otorgándole un lugar destacado en consonancia con su condición de vicario de Dios en la tierra.

A la izquierda del Salvador se representa a Santiago el Menor, cuyo rostro, según las recomendaciones de Pacheco, debía asemejarse al de Cristo. Reclinándose sobre su pecho aparece san Juan, el discípulo amado, símbolo de la fidelidad y la cercanía espiritual. En primer término, Judas Iscariote dirige su mirada al espectador mientras sostiene la bolsa con los treinta siclos, clara alusión a la traición que está a punto de consumarse.

Detalle de Jesús con San Pedro, Santiago el Menor y San Juan

Detalle de Judas Iscariote

Al fondo a la izquierda una segunda escena representa el lavatorio. 

Escena del lavatorio

La obra evidencia la influencia de Miguel Ángel en la concepción de las figuras, robustas y de poderosa anatomía, perceptible bajo los pliegues de los amplios ropajes. Junto a esta monumentalidad destaca el acusado naturalismo con el que se representan los elementos del bodegón dispuesto sobre la mesa —panes, servilletas, recipientes y bandejas— así como los objetos, adornos y flores esparcidos por el suelo de la estancia, que enriquecen la escena y subrayan el interés del artista por la observación directa de la realidad.

Detalle de la mesa

Detalle de la mesa

Detalle del suelo

Por Andrés Carranza Bencano

sábado, 3 de enero de 2026

EL PIE Y LOS NAZARENOS DE SEVILLA

Cristo de la Humildad y Paciencia. Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz (San Juan de Dios).

En el lado de la epístola del crucero, una vitrina con la imagen del Señor de la Humildad y Paciencia. Es considerada una de las más antiguas de las que se conservan en el Hospital. Se debe encuadrar entre finales del siglo XVI y principios del XVII.

Corresponde a la interpretación de la escena en que Cristo espera la crucifixión, con lo que se busca inspirar en los fieles una actitud de resignación y fortaleza ante la adversidad, que tuvo mucho éxito en las representaciones medievales de los “misterios” en Europa y cuya iconografía difundió Durero a través de sus grabados. (Leer mas).

Señor de la Humildad y Paciencia

Detalle del rostro

Detalle de los pies

Por Andrés Carranza Bencano

EL PIE Y LOS CRUCIFICADOS DE SEVILLA

Crucificado de la Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz (San Juan de Dios).

En la nave de la epístola, el altar del Crucificado a la que quizá se refiere el contrato hecho por la comunidad con Jacinto Pimentel en 1631- 1632 para su realización. Se estructura en banco y un único cuerpo, todo decorado con rocallas, menos la parte central del banco que parece un añadido posterior.

La efigie del crucificado es una de las más antiguas que se conservan en la Iglesia del Hospital pudiendo fecharse en el último tercio del siglo XVI, siendo una obra anónima de tamaño natural y ejecutada en pasta o papelón. Se trata de un cristo muerto, fijado mediante tres clavos   a una cruz plana, con la cabeza caída suavemente sobre su costado derecho, con un paño de pureza de tela que se anuda en su cadera izquierda, que le da un singular aspecto arcaizante.

Crucificado

Detalle de la cabeza

Detalle del paño de pureza o perizoma

Detalle de los pies 

Por Andrés Carranza Bencano

EL PIE Y LOS NAZARENOS DE SEVILLA

Jesús Atado al Columna. Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz (San Juan de Dios).

En la nave de la epístola, un retablo que constituye el ultimo que se instaló en las naves laterales, completando así los ocho que se pueden contemplar actualmente.

Lo preside una imagen crucífera de Jesús atado a la columna, cuyo cabello es natural, de finales del siglo XVIII.

 Jesús atado a la columna

Detalle del rostro

Detalle de las manos

Detalle de los pies

Por Andrés Carranza Bencano

 MUERTE EN LA PINTURA

Entierro de Santa Lucía. Caravaggio.



"Caravaggio pintó este lienzo inmediatamente después de su huida de la cárcel de Malta, donde se había refugiado desde su salida de Roma. Al llegar a Siracusa, la iglesia de Santa Lucía, estaba en restauración y el cabildo le encargó el lienzo para adornar la iglesia reformada. 

El cuadro ha sufrido muchos retoques, especialmente en el siglo XVII y uno de ellos del propio Caravaggio: observando la figura de la muerta, podemos apreciar una ligera anomalía en la unión de cabeza y tronco; se debe a que el pintor había realizado la cabeza totalmente separada del cuerpo, pero se juzgó demasiado tremebundo el efecto y lo corrigió mediante un repinte. 

La maestría a la hora de componer la escena resulta sobrecogedora. El cuerpo bellísimo de la joven mártir está enmarcado por las figuras de los enterradores, que forman una especie de paréntesis en esta parte del lienzo, separando del resto de la composición a la virgen. 

El cadáver marca una fortísima horizontal en brusco contraste con el resto de los personajes, arremolinados verticalmente tras ella. 

Y todos estos elementos se concentran como un lastre en la mitad inferior del cuadro, mientras la mitad superior está completamente vacía, en tonos desvaídos y oscuros. El efecto es similar al cuadro de David sobre la Muerte de Marat, pintado más de un siglo después."

La relación entre Lucía y los ojos, que hace de esta santa la protectora de la vista, se explicita en la iconografía de la Edad Media y deriva quizá de la cercanía etimológica del nombre griego “Lucía” con el término latino “lux” (luz).

Por Andrés Carranza Bencano