domingo, 3 de diciembre de 2023

 EL PIE Y LA PASION DE CRISTO EN LA PINTURA

CRUCIFIXIÓN 

Cristo en la Cruz. Jan Lievens.

Cristo en la Cruz. Jan Lievens. Óleo sobre tela.  130 x 85 cm. Museo de Bellas Artes de Nancy

Se sitúa la imagen de Cristo sobre un fondo oscuro, sin alusión alguna al paisaje del Gólgota.

La cruz es de travesaños alisados, con los nudos de la madera señalados, y con el título en hebreo, griego y latín.

La figura de Cristo es frontal, la cabeza tiene un estrecho halo luminoso, está inclinada hacia el brazo izquierdo y levantada.

La mirada implorante, hacia las alturas, refleja dramatismo e incluso parece representar un gesto de éxtasis, al reflejar el instante en que Jesús alza la cabeza y, con la boca abierta, parece pronunciar las palabras: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

A pesar de la crudeza de la escena, la cantidad de sangre empleada ha sido meticulosamente elegida, y solo se manifiesta ampliamente en la que brota de su costado, de la que sale sangre y agua, símbolo del Bautismo y de la Eucaristia que constituyen la Iglesia.

El paño de pureza (también llamado perizoma), es muy reducido y sin derroche de vuelos.

Se representa a Cristo clavado con cuatro clavos, con los pies apoyado directamente en el stipe vertical y las rodillas simétricas con discreta flexión. 

Detalle de los pies

 EL PIE Y LA PASION DE CRISTO EN LA PINTURA

CRUCIFIXIÓN 

El campo maldito. Fiodor Andréyevich Brónnikov.

El campo maldito (esclavos ejecutados). Fiodor Andréyevich Brónnikov. 1878. Galería Tretyakov. Moscú


El suplicio de la cruz es de origen oriental y los, griegos, egipcios y romanos lo recibieron de los fenicios, persas, asirios y caldeos.

Si bien Alejandro Magno heredó tal práctica de los persas, quienes la emplearon sistemáticamente en el siglo VI a.C., se cree que fueron los fenicios los que la introdujeron en la capital del imperio itálico tres siglos después.

Otros académicos postulan que fueron los cartagineses los referentes que inspiraron a los romanos en este modo de ajusticiamiento, creencia compartida con Gualdi y el resto de investigadores, quienes consideran que los romanos la usaron durante casi un milenio hasta que el emperador Constantino la prohibió en el siglo IV d.C.

Constituye la forma de muertes más inhumana, suplicio infamante (servile suppliciun), por lo que el imperio romano la reservaba para los peores criminales, los esclavos, los extranjeros, los prisioneros de guerra, los enemigos del Imperio.

De aquí, la reticencia de Poncio Pilatos a condenar a Jesús, sobretodo porque tenía que hacerlo bajo la ley imperial, cuando Jesús era judío sin ciudanía romana, y porque los judíos no tenían potestad jurídica para aplicar la pena de muerte.

Tras la flagelación, Jesús tuvo que caminar un poco más de medio kilómetro (entre 600 a 650 metros) para llegar al lugar del suplicio, cuyo nombre en arameo es Golgotha, equivalente en hebreo a Gulgolet que significa “lugar de la calavera”, ya que era una protuberancia rocosa, que tenía cierta semejanza con un cráneo humano, hoy se llama por la traducción latina Calvario.


 EL PIE Y LA PASION DE CRISTO EN LA PINTURA

DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS 

Jesús despojado de sus vestiduras. Frans Francken II. 


El tema central de esta obra es la décima estación del Vía Crucis, cuando Jesús es despojado de sus vestiduras.

La composición incluye una gran aglomeración de personajes siguiéndola la narración de los Evangelios: “entonces los soldados lo llevaron dentro del atrio, al pretorio, y convocaron a toda la cohorte” (Marcos 15: 16), por ello, la pintura está llena de soldados romanos armados con sus lanzas.

Jesús aparece en el centro de la pintura, en el instante en el que Jesús está siendo despojado por los soldados romanos de su ropa, dejándolo totalmente desnudo.

Ser desnudado en público es un signo de burla y humillación extrema. Significa que Jesús no es más que un marginado, sin ningún signo de dignidad. El momento de despojarlo también hace alusión a la expulsión vergonzante del paraíso, pasando al mundo desnudo y al descubierto.

Los grupos de ejecución estaban compuestos por cuatro soldados (el quaternio) y un centurión (exactor mortis), y tenían capacidad de reclamar, dividir y repartirse los bienes de la víctima como parte de su salario (expollatio).

Pero la túnica no fue dividida, sino que fue repartida intacta como símbolo de la unidad de la Iglesia.

Detalle de Jesús

Jesús aparece con la corona de espina, símbolo de realeza burlesca por parte de los soldados romanos, pero el artista flamenco la pinta con una aureola que la ilumina y la dignifica. 

Está acompañado por los dos ladrones que se narran en los Evangelios: “Y al mismo tiempo que a él, crucifican a dos salteadores, uno a la derecha y otro a la izquierda” (Mt 27: 38; Mc 15: 27).

Detalle del buen ladrón

Detalle del mal ladrón

La virgen está representada en un segundo plano, presenciando la escena con las manos en su rostro y siendo consolada por sus acompañantes.

Detalle de la Virgen y las Santas Mujeres

En los Evangelios no se refiere si Jesús caminó hasta el calvario con o sin calzado, como muestra todas las representaciones artísticas.

En la mayoría de las religiones, la exposición de los pies es considerada como señal de humildad, pero también simbolizan el estatus divino, pues andar descalzos requiere una resistencia sobrehumana al dolor. 

Detalle de los pies desnudos de Jesús

sábado, 2 de diciembre de 2023

 EL PIE Y LA PASION DE CRISTO EN LA PINTURA

ELEVACIÓN DE LA CRUZ 

La elevación de la Cruz. Pedro Pablo Rubens.


La elevación de la Cruz o el levantamiento de la Cruz es una pintura sobre tabla tríptico pintada por pintor flamenco Pedro Pablo Rubens a su regreso a Flandes desde Italia, entre 1610 y 1611, po lo que muestra una clara influencia de Caravaggio, Tintoretto y Miguel Ángel.

Originalmente fue pintada para la catedral gótica de San Walburga, financiada por Cornelis van der Geest, un rico comerciante y guardián de dicha iglesia. Se colocó sobre el Altar Mayor a una altura considerable que obligaba a verla desde una gran distancia.

Esta obra, junto con otra obra de Rubens, fue requisada por Napoleón y llevada a París. En 1815 fue devuelta a la catedral, pero al estar destruida la de Walburga, el retablo pasó a la Catedral de Nuestra Señora de Amberes, ubicándose en el transepto.

Existe una versión de menor tamaño que se ubica en la galería de Arte de Ontario (Canadá)   y otra más pequeña con una composición distinta está en el Louvre de Paris.  

En el panel de la izquierda se representa en primer plano a una mujer de pelo rubio amamantando a un bebe desnudo, en el segundo plano hay tres mujeres, una mira al suelo, otra observa la trágica escena mientras un niño la abraza. La tercera mujer mira directamente al espectador y detrás se encuentran un hombre con manto y túnica y una mujer que mira melancólica hacia la crucifixión. Las figuras son los monarcas reales, que encuentran cierto interés macabro en la crucifixión, mientras las mujeres, entre ellas la Virgen María, se lamentan y sufren ante la escena que contemplan.

En el panel se destacan seis personajes, dos centuriones a caballo que están supervisando la crucifixión. Al fondo aparecen los dos ladrones que va a ser crucificados junto a Cristo. Uno está siendo clavado y otro espera su turno.

En el panel central, Rubens representa el trágico e intenso momento en el que la cruz de Jesús se levanta con él recién clavado de pies y manos a ella. 

La cruz se dispone en diagonal, ordenándose a su alrededor unos diez hombres musculosos y fuertes que están levantando la cruz, realizando un gran esfuerzo por el aparente peso insoportable de la Cruz. Movimiento, espacio y tiempo se muestran junto con la lucha por poner en posición vertical a Cristo.

La luz se focaliza de forma dramática sobre el cuerpo de Jesucristo, dejando a algunos personajes en zona de penumbra.

Sobre la Cruz, Cristo aparece en escorzo, en posición oblicua o perpendicular a nuestro nivel visual, y está padeciendo un enorme dolor y mira hacia el cielo en busca de consuelo divino. 

Detalle de la cara de Jesús mirando al cielo

Los pies están fijos con un solo clavo y el pie derecho sobre el izquierdo.


Detalle de los pies

En la parte inferior hay un perro, igualmente en escorzo, que representa la fidelidad y la lealtad, y sus ladridos ponen sonido a la brutalidad de la acción, acentuando el dramatismo de la escena.  


Detalle del perro

 EL PIE Y LA PASION DE CRISTO EN LA PINTURA

ENCLAVAMIENTO 

Cristo clavado en la Cruz. Campi Vincenzo. 

Cristo clavado en la cruz. Campi Vincenzo. 1577. Óleo sobre lienzo. 210 x 141 cm. Museo del Prado. No expuesto

Campi representa con todo su dramatismo el momento en que los soldados romanos se disponen a clavar el cuerpo de Cristo en la Cruz.

Destacan los soldados con armadura que no se corresponde con la época de Jesús y el sayón de espalda al espectador clavando la mano con gran violencia.

Detalle de los soldados y el sayón

Detalle del enclavamiento de la mano derecha

Detalle de la cara de Jesús

En segundo plano, San Juan Evangelista, señala la escena a la Virgen quien, desolada, se deja caer al suelo. 

Detalle de la Virgen y san Juan Evangelista

jueves, 30 de noviembre de 2023

 EL PIE Y LA PASION DE CRISTO EN LA PINTURA

SABANA SANTA

Vía Dolorosa.

La Verónica y la Santa Faz. 

El famoso personaje que aparece en una de las etapas del Vía Crucis, más exactamente en la sexta estación, está lleno de misterios.

Verónica con la Santa faz. El Greco. Óleo sobre lienzo. 84 x 91 cm. Museo de Santa Cruz . Toledo. (Ver)

Según la historia que se desarrolló durante la época medieval, una mujer llevada por la compasión, desafió a la multitud y se abrió paso entre los soldados que escoltaban a Jesús, para secar el rostro de Cristo, mientras subía el Gólgota, con un pañuelo de lino. Al llegar a su casa observó que en aquel lienzo había quedado grabado el rostro de Jesús.

En la Vía Dolorosa de Jerusalén hay una capilla conocida como "Capilla de la Santa Faz", a la que se considera tradicionalmente el lugar donde se produjeron estos hechos. 


Este episodio no está referido en ningún relato bíblico. La historia pudiera estar conectada con la mujer sanada al tocar el manto de Jesús, en Lucas 8:43-48, y que, en uno de los evangelios apócrifos, se llama Verónica. La cita más antigua data del siglo II, en el Evangelio apócrifo de Nicodemo.

El nombre de Verónica también es un misterio, pues es mencionada en sus orígenes bajo el término de “mujer piadosa de Jerusalén”, y pasó a tener luego el nombre de “Verónica” que, en griego, significa “Verdadero Icono” (Vera Icona), para indicar que es la “imagen verdadera” de Jesús, considerada como no pintada por manos humanas.

Según una tradición o leyenda que ya existía en el siglo VIII, el emperador romano Tiberio estaba aquejado de una grave enfermedad y envió a Palestina a su mensajero Volusiano, en busca de un sanador llamado Jesús, pero cuando llegó a Jerusalén, Jesús ya había sido crucificado.  En su contacto con los seguidores de Jesús, encontró a una mujer llamada Verónica, que admitió que había conocido a Jesús y que tenía un pañuelo con su rostro. Volusiano con Verónica y el lienzo se trasladaron a Roma y Tiberio se curó con la presencia de la tela sagrada. 

Una inscripción, en los restos de un cofre de madera conservado en el Pantheón (Santa María ad Martyres ), dice: “In ista capsa fuit portatum Sudarium passionis Domini Nostri Jesu Christi Hierosolymis Tiberio Augusto” (En esta caja fue traído de Jerusalén, para Tiberio Augusto, el Sudario de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo).

Así, aunque son muchas las reliquias existentes de este velo, se considera como más auténtica la conservada en la Basílica de San Pedro en Roma.

Durante el pontificado de Juan VII (705-707 d.C) se consagró una capilla denominada de “Sancta María in Verónica” lo que hace suponer que el lienzo estaba en Roma.

Juan VII. Mosaico de la Pinacoteca Vaticana ( 705-707)

Hay referencia al lienzo romano en 1011 por la existencia de un escriba como conservador del mismo. Dos peregrinos llamados Geraldo de Barri y Gervasio de Tilbury, en 1199, hacen referencia al paño en dos ocasiones distintas de visitas a Roma.

Es mencionada por el Papa Sergio IV (1009 a 1012), mientras que Inocencio III (1198 a 1216) organizó una procesión publica anual entre la Basílica de san Pedro y el Hospital del Espíritu Santo, concediendo indulgencia a quien rezara ante él, y el Papa Bonifacio VIII (1294 a 1303) proclamó el primer jubileo.




La construcción (1506-1526) de la nueva Basílica de San Pedro se realizó sobre la antigua basílica constantiniana por orden del Papa Julio II (1503 a 1513) y posteriormente el Papa Urbano VIII (1623 a 1644) trasladó la reliquia de la Verónica a una de las cuatro capillas alojadas en los pilares que sostienen la cúpula.



Urbano VIII. Pietro da Cartona. 1627. Museos Capitolinos. Roma



En el pilar se encuentra una estatua de la Santa, de Francesco Mochi (1632), que la representa con la siguiente inscripción: “Urbano VIII Pontífice Máximo añadió una estatua de mármol y un altar; edificó y adornó una capilla para que la majestad del lugar custodie adecuadamente la imagen del Salvador impresa en el sudario de la Verónica”.


Durante el "Saco de Roma" del 6 de mayo de 1527 (saqueo en la ciudad de Roma por las tropas alemanas y españolas de Carlos V), Messer Unbano escribió a la Duquesa de Urbino indicándole que el lienzo fue robado y pasó por las tabernas de Roma, pero otros autores consideran que no fue encontrado por los asaltantes.



El Vaticano, en 1618 declaró que la reliquia no había sido robada, que nunca salió del recinto del Vaticano y que no se sabe en qué circunstancias se rompió el marco original. De hecho, continúa exponiendo la reliquia desde su homónima capilla, el quinto domingo de Cuaresma.

Muchos artistas de la época hicieron reproducciones del lienzo. Así, en 1616, la reina Constanza de Austria pidió a Pablo V una copia del santo rostro y el Vaticano mandó hacer a Pedro Strozzi, canónigo de San Pedro y secretario de Pablo V, además de ésta otras copias. Una, la que el Vaticano hizo para la duquesa Sforza, se encuentra en la Iglesia del Jesús de Roma, y lleva la fecha de 1622. 

Pero, en 1629 el Papa Urbano VIII lo prohibió, ordenó destruir las existentes y dejó de exponerse públicamente, salvo en momentos puntuales, como en 1845 por la proclamación del Dogma de la Inmaculada, que fue expuesta en el altar mayor de san Pedro.

Las devociones a la santa Faz fueron aprobadas por el Papa león XIII en 1895 y por el Papa Pio XII en 1958 y han sido objeto de atención por los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI. 



Según otra leyenda el verdadero velo de la verónica se encuentra en la región de los Abruzos  (Italia) y se identificaría con el Rostro Santo (Volto Santo) de Monopello (Pescara), a donde llegaría en 1506 llevado por un peregrino que lo habría dado al doctor Giacomo Antonio Leonelli, antes de desaparecer.

Santo Rostro de Manoppello

Hasta 1608 se mantuvo en la propiedad de la familia Leonelli, fecha en la que fue robada por Pancrazio Petrucci, un soldado casado con Marzia Leonelli, que años más tarde la vendió al doctor Donato Antonio de Fabritiis, que la cedió a los capuchinos que la conservan actualmente.

Así, en 1999, el jesuita sindologo Heinnrich Pfeiffer profesor de Historia del Arte de la Pontificia Gregoriana anunció, en una conferencia de prensa en Roma, que había encontrado el velo en una iglesia de la Orden de los Frailes Menores Capuchinos en Monopello, donde había estado desde 1660.  

Pfeiffer consideró que el velo corresponde con el que fue robado del Vaticano, pero no hay ninguna prueba documentada a pesar de unos fragmentos de vidrio incrustados en la tela, que se podrían relacionar con el recipiente donde se guardaba el fragmento de ropa en el Vaticano, que se habría roto en el momento del robo.  

Otros investigadores sostienen que el Rostro Santo de Manoppello es el original, pues después de un examen con un escáner digital se confirmó que sobre el tejido no hay rastros de color ni pigmentos, de tal modo que, se desconoce cómo se ha formado la imagen sobre el velo. Y lo más curioso es que el rostro de Manoppello coincide por dimensiones con el rostro de la Sábana Santa, a diferencia del que se encuentra en el Vaticano.

Hay otro velo en la catedral de Jaén “La santa Faz de Jaén” que, según la leyenda, fue traído por san Eufrasio, uno de los siete Varones Apostólicos, enviados a evangelizar a España por el Apóstol San Pedro. 

Santo Rostro. Catedral de Jaén

Durante la invasión árabe el Santo Rostro permaneció en manos de cristianos árabes o mozárabes, hasta la conquista de la ciudad por San Fernando que la llevó consigo durante sus campañas guerreras. Volvió a Jaén al ser nombrado obispo Nicolás de Biedma, antiguo arcediano de Écija.  

 EL PIE Y LA PASION DE CRISTO EN LA PINTURA

VÍA DOLOROSA.

Verónica con la Santa Faz. El Greco. 

La Verónica se encargó para la parroquia de Santa Leocadia, donde se situó en la capilla absidial denominada de Santa Inés, del lado del Evangelio.

Esta pintura constituía el ático o coronación de un retablo cuyo lienzo central era un ‘Expolio’, copia de taller de la obra maestra que preside la Sacristía de la Catedral Primada de Toledo, y que también se expone en el Museo de Santa Cruz.

La obra formó parte del desaparecido Museo parroquial de San Vicente, de Toledo, de 1929 a 1961, fecha en la que ingresa en el Museo de Santa Cruz como depósito de la Parroquia de Santa Leocadia.

En 1994 la obra fue adquirida por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y adscrita a la colección estable del Museo de Santa Cruz.

La leyenda de la Santa Faz está narrada en el evangelio apócrifo de Nicodemo (s. III-IV) aunque será Jacobo de la Vorágine, en su Leyenda Dorada (s. XIII), el que la popularice, surgiendo la versión definitiva en torno al s. XIV-XV en Europa Occidental, Armenia y el Oriente Ortodoxo.

Esta tradición narra el momento en el que Berenice, para algunos la hemorroisa curada por Jesús y una de las santas mujeres que acompañan a Cristo camino del Calvario, en un gesto de profunda piedad, le enjuaga el sudor y su sangre en un paño en el que milagrosamente queda grabado el rostro del Nazareno.

La etimología del nombre de Verónica alude a la ‘vera icona’ o verdadera imagen de Cristo, siendo la única santa a la que se nombra por su atributo.

El cuadro nos muestra la Verónica, de media figura, sobre un fondo, neutro y oscuro. Destacan las manos, el rostro y la cabeza de la protagonista femenina. Presenta una leve torsión del rostro y un principio de escorzo con desviación de la mirada hacia su izquierda. 

Detalle de la Verónica

El lienzo blanco del paño, enmarcado en dorado y azul, muestra el rostro de Cristo representado de una manera frontal, con la corona de espinas y con los cabellos sueltos sin recoger ni trenzar, que parece flotar sobre la tela.  

Detalle del rostro de Jesús

Julián Gallego encuadra esta obra dentro de la tipología de ‘el cuadro dentro del cuadro’ ya que la protagonista femenina sujeta a su vez un lienzo donde, de forma milagrosa, se reproduce la imagen grabada del rostro de Cristo.

Algunos investigadores consideran que La Verónica estaba inspirada en el retrato de Doña Jerónima de las Cuevas, la que fuera pareja de El Greco y madre de su único hijo conocido.

El rostro de Cristo, por otra parte, tiene su paralelo más claro en la magnífica Santa Faz (1580) del Convento de la Purísima Concepción, o de las Capuchinas, de Toledo.