viernes, 2 de septiembre de 2022

 TRAUMATOLOGÍA  

El albañil herido. Francisco de Goya. 

La obra El albañil herido es un cartón destinado a servir de modelo a un tapiz que iba a decorar la Pieza de Comer del Palacio de El Pardo. El cuadro, de formato muy vertical, presenta a dos hombres que transportan en brazos a un compañero que, se presupone, se ha caído de los andamios que se aprecia en el fondo de la escena, realizando algún trabajo de albañilería.

Algunos autores relacionan este tema con el decreto de 1784, promulgado por Carlos III, que regulaba la construcción de andamios y que fomentaba las medidas de seguridad en la construcción y solicitaba indemnizaciones a los maestros de obras, por los accidentes laborales producto de las deficiencias en los andamios y preveía ayudas a los heridos y sus familias. Sin duda, el pintor era muy sensible a este tema, ya que había sentido el peligro del trabajo en andamios al tener que pintar al fresco bóvedas de iglesias.


Es curioso, sin embargo, observar cómo, al repetir la composición años más tarde para el gabinete de la duquesa de Osuna, cambió el dramatismo por la ironía, al sustituir el herido por un borracho y cambiar la expresión de los compañeros que lo transportan. Indudablemente, la temática de la versión inicial no era adecuada para el boudoir de la duquesa.

 TRAUMATOLOGÍA

Coxartrosis

La fragua de Vulcano. Velázquez 

Se trata de una pintura realizada hacia 1630 durante la estancia de Velázquez en Roma, junto a otra obra de temática mitológica como “La túnica de José”

La iniciativa de su ejecución partió de Pedro Pablo Rubens, aunque no fue un encargo formal, lo que explica que el pintor la conservara en su poder hasta 1634, año en que fue vendida a la Corona española para decorar el recién construido Palacio del Buen Retiro.

El asunto representado procede de “Las Metamorfosis” de Ovidio, una de las fuentes más influyentes de la mitología clásica. 

La escena recoge el instante en que el dios Apolo revela a Vulcano la infidelidad de su esposa, la bella Venus-Afrodita, con Marte, dios de la guerra, para quien el propio Vulcano está forjando sus armas. Velázquez capta así el momento de la revelación, cargado de tensión psicológica, más que el desenlace del episodio.

La acción se sitúa en la propia fragua de Vulcano, lo que permite al pintor fusionar el mundo mitológico (los dioses) con una escena de carácter cotidiano (los trabajadores). Los dioses aparecen integrados en un ambiente de trabajo realista, rodeados de utensilios propios del oficio: el yunque, los martillos, el hierro al rojo vivo o la armadura en proceso y la jarrita blanca sobre la repisa.

Detalle del yunque con el hierro al rojo vivo

Esta combinación de lo divino y lo humano es uno de los rasgos más originales de la obra, donde los cíclopes (representados aquí con dos ojos, alejándose de la tradición clásica) adoptan la apariencia de trabajadores comunes.

La variedad de reacciones ante la noticia constituye otro de los aspectos más notables: la indignación contenida de Vulcano, perceptible en su gesto y mirada, contrasta con la sorpresa y el desconcierto de sus ayudantes, algunos de los cuales muestran expresiones de asombro casi teatral, como el que representa con la boca abierta. 

Expresión del rostro de Vulcano

Desconcierto de los ayudantes con uno que muestra la boca abierta

La iluminación desempeña un papel fundamental en la composición. Un foco principal incide sobre la figura de Apolo y sobre uno de los trabajadores visto de espaldas, mientras que otros puntos de luz secundarios —como el resplandor del metal incandescente y el fuego de la fragua— enriquecen la escena con matices y contrastes.

El estudio del cuerpo humano revela la asimilación por parte de Velázquez de los modelos clásicos, probablemente fruto de su contacto directo con el arte italiano durante su estancia romana. Apolo aparece idealizado, exhibe un desnudo adolescente. con una figura joven, esbelta y de piel clara, coronado de laurel y rodeado de una leve aureola que subraya su condición divina como dios de la belleza, la música y la poesía. En contraste, Vulcano y los cíclopes presentan anatomías más robustas y realistas, propias de hombres curtidos por el trabajo físico, lo que refuerza el contraste entre lo ideal y lo cotidiano.

De este modo, Apolo representa la superioridad de las Artes frente a la Artesanía, representada en Vulcano, Dios romano del fuego y protector de los herreros, por ello, en esta obra Velázquez pretende elevar la pintura al nivel de la poesía y la música, distanciándola de la practica artesana, para alcanzar la altura de las Bellas Artes.

Detalle de Apolo

El tratamiento lumínico permite modelar los cuerpos con gran naturalismo y crear una progresiva gradación hacia el fondo, donde las figuras se difuminan suavemente, como el trabajador situado en el fondo del taller. A ello se suma la apertura lateral izquierda hacia un paisaje de tonos fríos, que contribuye a acentuar la sensación de profundidad espacial.

El estudio técnico realizado por el Museo revela que Velázquez manchaba desigualmente en zonas “con los mismos pigmentos, muy diluidos, como ensuciando la superficie” para conseguir un efecto de volumen ayudado por el juego de luces y sombras.

Detalle del trabajador del fondo

En la mitología griega, Vulcano es hijo de Hera y Zeus (Juno y Jupiter, en la mitología romana). Hera lo arrojó del Olimpo por tener alguna tara física, y por ello Vulcano era cojo y necesitaba muletas para caminar. Velázquez representa su cojera, con un “contraposto”, término italiano que designa la oposición armónica de las distintas partes del cuerpo, y se aplica normalmente a la figura que rompe la simetría al descansar el peso sobre una sola pierna, de manera que las caderas y hombros no están totalmente horizontales, pero la figura permanece en equilibrio, lo que sería un “Trendelemburg” en términos ortopédicos, y que proporciona cierta sensación de movimiento, y que podría representar la existencia de una artrosis de cadera (coxartrosis).

Vulcano en “contraposto” o Trendelemburg

Por Andrés Carranza Bencano

martes, 16 de agosto de 2022

 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Hallux Valgus

Andrómeda y Perseo. Rubens

Andrómeda y Perseo. Rubens. 1639/1641. Óleo sobre lienzo. 223 x 163 cm.Museo del Prado. 


Esta obra es un encargo del rey Felipe IV para el salón Nuevo del Real Alcázar. Es el último cuadro de Rubens pues le sorprendió la muerte durante su ejecución y fue terminado por Jacopo Jordaens.

Andrómeda, hija del rey de Etiopía, quiso disputar a las Nereidas el premio a la hermosura y fue atada a una roca para ser devorada, como ofrenda para aplacar la ira, por un monstruo marino enviado por Poseidón, Dios del mar. Perseo, hijo del Dios Júpiter, encontró a Andrómeda durante uno de sus viajes, la libera,  se enamora de ella y la desposó.

Rubens elige el momento en que Perseo libera a la joven y los futuros enamorados se ven por primera vez. Junto a los pies de Andrómeda el escudo de Perseo con la cabeza de medusa a la que había derrotado para liberar a Andrómeda. Un ángel alado aparece en la parte superior y detrás Cupido, Dios del Amor e Himeneo, que porta la antorcha del amor conyugal. En la parte inferior el “caballo alado” de Perseo completa la composición.

La luz se proyecta sobre Andrómeda como protagonista del óleo, cuya belleza y desnudez se destaca sobre un fondo oscuro. 


Algunos autores piensan que Rubens utilizó como modelo a su mujer, Helene Fourment, recogiendo la moda de la época al mostrarnos imágenes de mujeres “gorditas, rubias y con poco pecho”, y con determinadas deformidades o enfermedades, en este caso el Hallux Valgus con gran delicadeza.


SIMBOLISMO DEL PIE EN LA PINTURA

San Jerónimo Penitente. Cosme Tura

San Jerónimo Penitente. Cosme Tura.1474. Óleo sobre madera. 101 x557,2 cm. National Gallery. Londres

La tabla muestra al santo (ver) como un penitente en el desierto, con el cuerpo semidesnudo y la ropa desordenada, mirando al cielo al que levanta el brazo derecho, portando una piedra en la mano, con la que se supone que se ha golpeado el pecho pues de él brotan gotas de sangre.

Detalle de la mano con la piedra

En el suelo, el sombrero rojo de su condición cardenalicia y libros de su actividad intelectual, como traductor de la Vulgata, traducción latina de la Biblia.

Detalle del libro y el sombrero rojo

Detrás hay un árbol con un búho que simboliza el mal, los pecados de la humanidad y al fondo, en el lado izquierdo de la tabla pinta un puente con un fiel león, del que se ganó su lealtad al quitarle una espina de la pata, según la leyenda “Aurea”. 

Detalle del búho

Detalle del león

La luz se extiende desde la izquierda e incide fundamentalmente en el cuerpo del santo, quedando los pies en discreta penumbra mostrando la garra de sus dedos. 

Detalle de la garra de dedos
Por Andrés Carranza Bencano

miércoles, 10 de agosto de 2022

 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Pie paralítico

San Hugo en el refectorio de los cartujos. Francisco de Zurbarán

San Hugo en el refectorio de los cartujos. Francisco de Zurbarán. 1635. Óleo sobre lienzo. 262 x 307 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla.


Hacia el año 1083 de la era cristiana, en algún lugar de Francia, un joven de rica familia, llamado Bruno, decidió abandonar los placeres mundanos para alcanzar la entrega a Dios, basada en el silencio absoluto, la pobreza, el trabajo, el ayuno con abstinencia a la carne, la meditación y la oración. Para ello, se retira con seis compañeros a un bosque en el área de Chartreuse, cerca de Grenoble, donde fundan un pequeño monasterio. 

El cuadro formaba parte de una trilogía en la que cada uno de los cuadros hacía referencia a una norma distintos de los cartujos, como la abstinencia, la oración y el silencio. En este caso el mensaje es el ayuno y la abstinencia de los cartujos.

La escena del cuadro cuenta el milagro acontecido a esta pequeña comunidad. Los monjes son mantenidos por san Hugo, obispo de Grenoble, que les remite periódicamente ciertas provisiones para su sustento.  Al comienzo de la Cuaresma, les envía carne y los monjes reunidos en el refectorio inician un largo debate sobre si una vida dedicada a Dios debe incluir la ingesta de carne o es mejor practicar la abstinencia.

En medio de la discusión, los siete frailes caen en éxtasis y quedan sumidos en un profundo sueño durante los cuarenta días de la Cuaresma. San Hugo envía a un page, antes de pasar por el monasterio para celebrar el Jueves Santo con los monjes. El page le comunica que ha encontrado a Hugo y a sus monjes dormidos sobre la mesa. Por lo que san Bruno envía a dos pajes más que le confirman dicha situación y se dirige personalmente al convento, escandalizándose al ver la carne sobre la mesa, siendo Miércoles Santo. En esto se despertaron los santos monjes y san Bruno pudo comprobar que no tenían noción del tiempo que había pasado. En ese mismo momento la carne de los platos se convirtió en cenizas y lo interpretaron como un mensaje divino que aprobaba la abstinencia absoluta de carne por parte de los monjes.

El cuadro estuvo emplazado originalmente en la Sacristía del Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla y actualmente se encuentra expuesto en el Museo de Bellas Artes.

En este lienzo muy enigmático, Zurbarán realiza una composición muy geométrica en tres planos, en el primero san Hugo, obispo de Genoble, y el paje; en el segundo la mesa, en “L”, cubierta con un mantel que casi llega hasta el suelo, como bodegón de naturaleza muerta formada por escudillas que contienen las comidas, dos jarras de barro, un tazón boca abajo, panes y cuchillos abandonados, guardando diversas distancias en relación al borde de la mesa;  y en el tercero, San Bruno, en el centro, y el resto de monjes saliendo de su sueño, con aspecto cabizbajo y sin prestar atención a los recién llegados, situando a uno de los monjes prácticamente fuera del cuadro, como si fuera una instantánea. Sobre la pared, como si fuera una ventana abierta al cielo, un cuadro con María con el niño y san Juan Bautista, los grandes protectores de la orden, utilizando así el recurso de un cuadro dentro de otro. A la derecha una apertura por la que se divisa la sencilla Iglesia cartuja.

Con la rigidez y envaramiento que parecen afectar a los monjes, se quiere mostrar la dignidad que traducen la paz cartujana.

Los rostros de los monjes muestran los signos de una vida de penitencia, demacrados por el ayuno, absortos por su larga meditación, reflejando el silencioso estado en el que se encuentran sumidos, asomando sus cabezas sobre los blancos hábitos, en una de las mayores genialidades creativas del pintor extremeño.

Es interesante detenerse en la vestimenta del paje pues nos sitúa cronológicamente la obra, ya que, el cuello a la italiana, el jubón de largos calzones y la menor volumetría de las calzas, se encuentran a partir de 1635.

Es magistral la armonía de grises y blancos, sólo quebrada por la colorista escena del cuadro que cuelga en la pared, con los colores vivos de las túnicas de la Virgen y san Juan. Los hábitos de los cartujos, elaborados a partir de los diferentes cromatismos de blanco, iluminan toda la escena. La luz es clara y brillante y se difunde de manera homogénea por toda la composición.



El cuadro muestra a dos figuras con patología neurológica. El paje de la izquierda, que hace reverencia al anciano con bastón, presenta un pie equino posiblemente espástico. El anciano (san Hugo) presenta una postura con extrema flexión anterior involuntaria de la columna dorso lumbar que se mantiene en bipedestación y durante la marcha. Su etiología es muy variable siendo la enfermedad de Parkinson la asociación que más frecuencia ha sido descrita en la bibliografía. 


 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Hallux Rígido

San Juan de Patmos. Diego Velázquez


San Juan de Patmos. Diego Velazquez. 1618. Óleo sobre lienzo. 135,5 x 102,2cm. National Gallery. Londres

Junto a una “Inmaculada Concepción” fue un encargo para la sala capitular del convento del Carmen de Sevilla, Casa Grande de los carmelitas Calzados, con motivo de la celebración de las fiestas en honor de la Concepción Inmaculada de Maria.

Ambos cuadros fueron vendidos en 1809 por el canónigo Manuel López Cepero y Ardila al embajador inglés Barthlomew Frere y finalmente, en 1956, fue adquirido por el National Gallery de Londres.

El lienzo representa al Apóstol San Juan “Evangelista” en la gruta del Apocalipsis, en la isla de Patmos del mar Egeo, donde tuvo revelaciones y escribió el “Apcolapsis”.

Se le representa muy joven, a pesar de que en el momento de escribir el Apocalipsis era un anciano de noventa años, en relación con haber ese mantenido célibe toda su vida. Aparece sentado apoyando sobre las rodillas el libro en el que escribe el contenido de la revelación. A su lado, en el suelo, dos libros cerrados que aluden posiblemente al Evangelio y a las tres Epístolas que escribió. En semipenumbra, a la izquierda del lienzo, se sitúa el Águila, símbolo del Evangelista,

En el ángulo superior izquierdo de la tela se representa la “visión” en forma, como el propio santo describe en el relato bíblico, de una señora sobre la luna, la “Inmaculada Concepción” y un dragón de varias cabezas.

Detalle de la visión
El punto de luz que ilumina la escena es exterior al cuadro y realza la escena principal, es decir la figura de san Juan y la propia revelación, envuelta ésta en un aura de luz difusa que resalta el carácter sobrenatural de la visión. 

Detalle del pie con Hallux Rígido

Destaca la morfología del pie con un signo claro de presencia de un Hallux Rígido con abultamiento por exostosis dorsal. 

Por Andrés Carranza Bencano

 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Pie zambo

Esopo. Velázquez, Diego Rodríguez de Silva

Esopo. Velázquez, Diego Rodríguez de Silva. 1639-1640. Óleo sobre lienzo, 179 x 94 cm. Museo Nacional del Prado.  Madrid.

Esopo, era originario de Asia Menor, y diversos autores sitian su lugar de nacimiento en diferentes lugares, Heraclio de Ponto lo relaciona con Tracia, Clímaco con Sardes, Fedro dice que nació en la región de Frigia. Se cree que vivió en torno a los siglos VII y IV antes de Cristo.

Parece que fue esclavo de un filósofo llamado Janto (Xanto) de Samos que lo habría comprado en un mercado al apreciar su ingenio, y que posteriormente le dió la libertad. Tras ser liberado, el rey Crespo de Lidia lo llamó a su corte, lo colmó de favores y lo envió a Delfos, con una gran cantidad de riquezas, para consultar el oráculo, ofrecer ofrendas a Apolo y distribuir parte de esas riquezas entre los habitantes del lugar. 

Disconforme con la codicia de aquel pueblo de sacerdotes, decidió limitarse a ofrecer a los dioses los sacrificios mandados por Crespo y devolver al príncipe el resto de las riquezas. Como venganza, los delfios escondieron, entre el equipaje de Esopo, una copa de oro consagrada a Apolo, lo acusaron de robo sacrílego, y lo despeñaron desde las rocas Fedríadas o de la roca Hiampea.  

Posteriormente, los delfios se arrepintieron de su muerte bajo una acusación falsa y para evitar la cólera de Apolo decidieron ofrecer una recompensa económica a los descendientes de Esopo, que se presentaran a exigirla.  Acudió un rico comerciante de Samos descendiente de Janto al que había pertenecido como esclavo. 

Sobre el circuló gran cantidad de anécdotas y descripciones sobre su físico refiriendo su extrema fealdad por ser jorobado, cojo y tartamudo.

Creó la fábula como género literario, se trata de narraciones redactadas con un estilo sencillo y claro (como el habla del pueblo al que se dirigen) y protagonizadas por animales dotados de la capacidad de pensar y hablar.  Su finalidad es trasmitir una enseñanza moral practica y elemental, con una moraleja final en forma de frase sentenciosa. Los animales poseen ciertas cualidades o actitudes, así, la zorra es la encarnación de la astucia, el lobo de la maldad, la hormiga de la previsión y el león de la majestuosidad. En algunas fabulas intervienen seres humanos o divinidades.

Como ejemplo la fábula del “Perro y la Carne: “Junto a un rio de manso curso y cristalinas aguas, caminaba cierto perro con un pedazo de carne entre los dientes. Se vió retratado en el agua y asumió que un compañero llevaba también en la boca un buen trozo de carne. Para apoderares de la carene ajena, soltó la suya que desapreció por el rio, contemplando espantado que se quedaba sin el bocado verdadero y sin el falso”. Se añade la moraleja sentensiosa: “Así siempre sucede al codicioso, que pierde lo propio queriendo apoderarse de lo ajeno”. Otras fabulas muy conocidas son la de la “Liebre y la Tortuga” o la de “La Cigarra y la Hormiga”. 

Velázquez lo pinta para la Torre de la Parada y posiblemente fue concebido para colgarlo junto a Menipo y Marte. Esopo que ejemplifica al filósofo de espíritu libre, sin ataduras materiales, está plantado ante el espectador al que mira de frente de manera abierta y se rodea de objetos que posibilitan una lectura simbólica. En su mano derecha porta un libro que se supone de sus fabulas. El balde de agua sería alusión a la contestación ingeniosa que dió a su dueño, el filósofo Xano, que lo recompensó con la libertad. El equipaje que tiene a su derecha aludiría a su muerte violenta arrojado desde unas peñas.

Velázquez, logra transmitir una imagen muy realista y al igual que con los retratos de los bufones, representa a un personaje vulgar y deforme, pero con una gran dignidad. Destaca la soberbia realización de la cabeza, con mirada firme al espectador reafirmando la elevada posición intelectual del personaje. 

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Lo presenta con un aspecto muy descuidado, en referencia a su origen esclavo y su cualidad humilde, con vestidos y zapatos como los que llevaría cualquier mendigo de cualquier ciudad española de la época. Destacando su fealdad y justificando su cojera por la presencia de la deformidad de su pie derecho con la clásica morfología de un pie zambo.

Por Andrés Carranza Bencano