martes, 1 de noviembre de 2022

 EL PIE Y LA PASION DE CRISTO EN LA PINTURA

CRUCIFIXIÓN 

Cristo crucificado. Velázquez, Diego Rodríguez de Silva y.  Museo del Prado

La pintura, fechable hacia 1630-1635, estando muy reciente su viaje a Italia, para el convento de las Benedictinas de San Plácido en Madrid. Palomino señaló que el cuadro se hallaba en 1724 en la “clausura de san Placido”, mientras que Ponz lo localizó en 1776 en la “Sacristía de la Iglesia”.

Sobre su encargo y origen existen varias historias y leyendas.

Una leyenda lo vincula con el intento sacrílego de Felipe IV, de seducir a una joven novicia, Sor Margarita de la Cruz, frustrado por la decisión de la joven de fingirse muerta en su celda con flores y cirios junto a su ataúd. El monarca pensando que se había suicidado por su culpa, regaló al convento varios presentes, entre ellos el “Crucificado” de Velázquez como prueba de arrepentimiento y prenda de su penitencia.

En 1855, un historiador de arte, Don Gregorio Cruzada Villaamil, hace alusión a esta leyenda: “Se atribuye la pintura al 1638, mandada pintar por el Rey a Velázquez quizás en desagravio del ruidoso escandalo acaecido en el convento de la Encarnación Benita de San Placido en el que figura el Protonotario de Aragón”. Y por su carácter anecdótica y pintoresca, encontró particular aceptación entre los escritores románticos del siglo XIX, y así la recogió don Ramón de Mesonero Romanos en 1861, Jose Amador de los Ríos y  Ángel  Fernández  de los Ríos , aunque ninguno relacionó la pintura  de Velázquez  con los pecados del rey descritos en la leyenda.

Pero en 1914, este infundio fue refutado por Pedro Beroqui y con amplia erudición por el Doctor Gregorio Marañón, al comprobar, en los archivos de San Placido, que efectivamente existió una monja llamada sor Margarita de la Cruz, pero que vivió muchos años después de los hechos fantaseados por la leyenda, entre 1653 y 1699, y que no existe referencia a contactos de Felipe IV con las monjas del monasterio.

Otra historia relaciona los hechos con la inculpación de la Inquisición a las religiosas en mayo de 1628, acusadas de la herejía alumbradista, de posesión diabólica, de falsa profecía y de prácticas indecorosas, y el propio Protonotario, Don Jerónimo de Villanueva, fue denunciado igualmente ante el Santo Oficio por encargar pintar, a Julio César Semin, la imagen de su Ángel de la Guarda con el nombre, señas, inscripciones y manera que el demonio había señalado a una de las religiosas. La interrupción de su proceso inquisitorial, ordenado por el Consejo Supremo, fue el motivo del encargo, en 1632, a Velázquez de la pintura del “Crucificado” como muestra de agradecimiento a Dios.

 Otra hipótesis, más reciente, menciona también a Don Jerónimo de Villanueva, pero en este caso, el lienzo sería un regalo suyo al convento de san Plácido con motivo de los actos de desagravio que realizaron numerosas personalidades, ante el sacrilegio, cometido hacia un crucifijo, por parte de una familia de criptojudios de origen portugués, en el año 1630, que profanaron sacrílegamente un Crucifijo, ultrajándolo, vejándolo, azotándolo y quemándolo, por lo que, en julio de aquel mismo año, fueron condenados a muerte en público Auto de Fe.

El “Cristo Crucificado” de Velázquez permaneció en el convento de san Placido hasta 1804, fecha en la que fue adquirido por el valido de la corte Manuel Godoy hasta su caída en desgracia en 1814, cuando pasó a manos de su esposa, la condesa de Chinchón, que intentó venderlo durante su exilio en París, por motivos económicos.  A su muerte en 1828 pasó en herencia a su cuñado, el duque de san Fernando de Quiroga, que se lo regaló al monarca Fernando VII y este, finalmente, lo cedió en 1829 al Museo Real de Pintura y Escultura, actual Museo Nacional del Pardo.

Ha sido inspiración de varias obras poéticas, siendo la más conocida por su fuerte intensidad religiosa la escrita en 1920 por el filósofo Miguel de Unamuno con el título:” El Cristo de Velázquez”, así como la poesía de José María Gabriel y Galán.

Velázquez sitúa la imagen de Cristo sobre un fondo verdoso oscuro como una tela de altar, sobre la cual se advierte la sombra que proyecta el cuerpo, sin alusión alguna al paisaje del Gólgota, como si se tratase más bien de una escultura, que paradójicamente produce la impresión de un cuerpo real, vivo o recién muerto, sereno y de una belleza delicada.

La cruz es de travesaños alisados, con los nudos de la madera señalados, y con el título en hebreo, griego y latín, apoyada sobre un pequeño montículo surgido a la luz tras la última restauración.


La figura de Cristo es frontal, la cabeza, tiene un estrecho halo luminoso que parece emanar de la propia figura, está inclinada, con el rostro semiculto por un mechón de cabello largo, que cae lacio y en vertical, pero dejando ver lo suficiente de sus rasgos y facciones nobles, constituyendo los elementos más originales de la pintura, al conseguir obtener una imagen de la doble naturaleza, divina y humana, de Cristo. Destaca el contraste de luces y sombras, sobretodo en el rostro, fruto de la influencia tenebrista de Caravaggio.

Existe una leyenda, seguramente falsa, según la cual al impacientarse el artista porque no le gustaba como estaba quedando el rostro, en un ataque de furia tiró los pinceles al lienzo, obteniendo una mancha que dio origen a la melena que cubre el rostro. 

El desnudo es el protagonista de la obra con gran precisión en la anatomía del cuerpo, pero evitando la grandiosidad hercúlea al modo miguelangelesco, que usaron tantos otros artistas, y pintando delicadamente la epidermis magullada a través de la cual el esqueleto y la masa muscular que lo envuelve sólo se perciben en forma de sombras discontinuas. A pesar de representa a un Cristo muerto, evita la sensación de desplome, eliminando la tensión en los brazos y elevando la cadera en un contraposto clásico que hace caer el peso del cuerpo sobre la pierna derecha, aportando armonía y sensación de movimiento.

A pesar de la crudeza de la escena, la cantidad de sangre empleada ha sido meticulosamente elegida, aunque se presume que originalmente habría habido más que ha sido eliminada secundariamente por el autor y en alguna de sus restauraciones. Solo se advierten unos tenues hilillos de sangre, que manan de manos y pies y resbalan por la madera de la cruz, la del costado apenas sugerida y la de la corona de espinas que salpica de toques muy ligeros la frente, la boca y la parte superior del pecho.

El paño de pureza (también llamado perizoma), es muy reducido y sin derroche de vuelos, pero con especial detalle al tratamiento de los pliegues, a fin de poner el acento en el cuerpo desnudo. Es la parte más empastada del cuadro, con efectos de luz obtenidos mediante toques de blanco de plomo aplicados sobre la superficie ya terminada.

Se trata de un crucificado de cuatro clavos y los pies se asientan firmemente sobre un supedáneo, lo que de forma natural hace mostrar a Cristo como si estuviera en pie sobre el supedáneo, “sin torcimiento feo, o descompuesto, así, como convenía a la soberana grandeza de Cristo nuestro Señor”. 


Además, buscando la mayor naturalidad, en el proceso de ejecución de la obra, rectificó la posición de las piernas, que inicialmente discurrían paralelas, con las pantorrillas casi unidas, y retrasando el pie izquierdo dotó a la figura de mayor movimiento, al hacer caer el peso del cuerpo sobre la pierna derecha con un leve balanceo de la cadera.

La representación del Crucificado, con cuatro clavos en lugar de los tres de la forma más usual, responde a la influencia de su suegro y maestro, Pacheco, que la había escogido y defendido en varias ocasiones, aduciendo en su favor una estampa rara de Durero que así lo presentaba.

Pacheco, se basaba en Francisco de Rioja y en Ángelo Rocca, obispo de Tagasta, que en 1609 había publicado un breve tratado sobre esta cuestión, y en las indicaciones contenidas en las revelaciones a santa Brígida. Por ello, sostenía la mayor antigüedad y autoridad de la pintura de la crucifixión con cuatro clavos frente a la más extendida representación del Crucificado sujeto al madero con solo tres clavos, cruzado un pie sobre el otro.

Francisco de Rioja citaba a Lucas de Tuy, que sostenía que la costumbre de representar a Cristo en la cruz con tres clavos era de origen maniqueo y que había sido introducida en la Galia por los albigenses y en León por un francés de nombre Arnaldo. Para Lucas de Tuy la crucifixión con tres clavos había sido adoptada para aminorar la reverencia debida al crucificado, oponiéndose por ello a ese modo de representación. ​

En cualquier caso, a partir del siglo XIII el modelo se impuso por todas partes, unido a la tipología del Crucificado gótico doloroso, hasta hacer olvidar la crucifixión con cuatro clavos, y cuando Pacheco quiso recuperar el modelo antiguo hubo de defenderse contra la acusación de introducir novedades.

Autor: Andrés Carranza

domingo, 2 de octubre de 2022

 SIMBOLISMO DEL PIE EN LA PINTURA

Los Reyes católicos recibiendo a los cautivos cristianos en la conquista de Málaga. Cano de la Peña, Eduardo.

Los Reyes católicos recibiendo a los cautivos cristianos en la conquista de Málaga. Cano de la Peña, Eduardo. 1867. Óleo sobre lienzo. 480 x 300 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala XII

La toma de Málaga en 1487 vaticina el fin del dominio musulmán que se consumó tras la conquista de Granada en1492. La ciudad de Málaga se encontraba sin el Zagal, señor de la región, debido a la guerra civil que se desarrollaba en ese momento en la ciudad granadina.

El cuadro representa la recepción ofrecida por los Reyes católicos a los numerosos cautivos cristianos liberados de las tropas musulmanas tras la conquista de Málaga en septiembre de 1487.

El cuadro muestra a Isabel y Fernando a las puertas de su tienda, de pie, sobre unas gradas cubiertas con una alfombra, recibiendo las muestras de afecto y gratitud de los desfallecidos y famélicos cautivos recién liberados. 

La reina acapara el protagonismo de la escena al estar su figura más alta y más iluminada, eleva la mirada al cielo en actitud de agradecimiento, mientras que el Rey permite que un anciano bese su mano.

Detalle de la Reina

Detalle del rey y el anciano que le besa la mano

Destaca el aspecto de los liberados y su actitud de agradecimiento.



Detalle de los rostros de los liberados

En primer plano, un liberado se arrodilla a los pies de la reina y muestra los grilletes que todavía no se han retirado de su tobillo, junto a otros grilletes ya independizados. 


Detalle del liberado arrodillado a los pies de la Reina

Detalle de los grilletes en el tobillo

Detalle del pie y los grilletes liberados

El pie simbolizando la diferencia entre la libertad y la esclavitud. 

Por Andrés Carranza Bencano

viernes, 2 de septiembre de 2022

 TRAUMATOLOGÍA  

El albañil herido. Francisco de Goya. 

La obra El albañil herido es un cartón destinado a servir de modelo a un tapiz que iba a decorar la Pieza de Comer del Palacio de El Pardo. El cuadro, de formato muy vertical, presenta a dos hombres que transportan en brazos a un compañero que, se presupone, se ha caído de los andamios que se aprecia en el fondo de la escena, realizando algún trabajo de albañilería.

Algunos autores relacionan este tema con el decreto de 1784, promulgado por Carlos III, que regulaba la construcción de andamios y que fomentaba las medidas de seguridad en la construcción y solicitaba indemnizaciones a los maestros de obras, por los accidentes laborales producto de las deficiencias en los andamios y preveía ayudas a los heridos y sus familias. Sin duda, el pintor era muy sensible a este tema, ya que había sentido el peligro del trabajo en andamios al tener que pintar al fresco bóvedas de iglesias.


Es curioso, sin embargo, observar cómo, al repetir la composición años más tarde para el gabinete de la duquesa de Osuna, cambió el dramatismo por la ironía, al sustituir el herido por un borracho y cambiar la expresión de los compañeros que lo transportan. Indudablemente, la temática de la versión inicial no era adecuada para el boudoir de la duquesa.

 TRAUMATOLOGÍA

Coxartrosis

La fragua de Vulcano. Velázquez 

Se trata de una pintura realizada hacia 1630 durante la estancia de Velázquez en Roma, junto a otra obra de temática mitológica como “La túnica de José”

La iniciativa de su ejecución partió de Pedro Pablo Rubens, aunque no fue un encargo formal, lo que explica que el pintor la conservara en su poder hasta 1634, año en que fue vendida a la Corona española para decorar el recién construido Palacio del Buen Retiro.

El asunto representado procede de “Las Metamorfosis” de Ovidio, una de las fuentes más influyentes de la mitología clásica. 

La escena recoge el instante en que el dios Apolo revela a Vulcano la infidelidad de su esposa, la bella Venus-Afrodita, con Marte, dios de la guerra, para quien el propio Vulcano está forjando sus armas. Velázquez capta así el momento de la revelación, cargado de tensión psicológica, más que el desenlace del episodio.

La acción se sitúa en la propia fragua de Vulcano, lo que permite al pintor fusionar el mundo mitológico (los dioses) con una escena de carácter cotidiano (los trabajadores). Los dioses aparecen integrados en un ambiente de trabajo realista, rodeados de utensilios propios del oficio: el yunque, los martillos, el hierro al rojo vivo o la armadura en proceso y la jarrita blanca sobre la repisa.

Detalle del yunque con el hierro al rojo vivo

Esta combinación de lo divino y lo humano es uno de los rasgos más originales de la obra, donde los cíclopes (representados aquí con dos ojos, alejándose de la tradición clásica) adoptan la apariencia de trabajadores comunes.

La variedad de reacciones ante la noticia constituye otro de los aspectos más notables: la indignación contenida de Vulcano, perceptible en su gesto y mirada, contrasta con la sorpresa y el desconcierto de sus ayudantes, algunos de los cuales muestran expresiones de asombro casi teatral, como el que representa con la boca abierta. 

Expresión del rostro de Vulcano

Desconcierto de los ayudantes con uno que muestra la boca abierta

La iluminación desempeña un papel fundamental en la composición. Un foco principal incide sobre la figura de Apolo y sobre uno de los trabajadores visto de espaldas, mientras que otros puntos de luz secundarios —como el resplandor del metal incandescente y el fuego de la fragua— enriquecen la escena con matices y contrastes.

El estudio del cuerpo humano revela la asimilación por parte de Velázquez de los modelos clásicos, probablemente fruto de su contacto directo con el arte italiano durante su estancia romana. Apolo aparece idealizado, exhibe un desnudo adolescente. con una figura joven, esbelta y de piel clara, coronado de laurel y rodeado de una leve aureola que subraya su condición divina como dios de la belleza, la música y la poesía. En contraste, Vulcano y los cíclopes presentan anatomías más robustas y realistas, propias de hombres curtidos por el trabajo físico, lo que refuerza el contraste entre lo ideal y lo cotidiano.

De este modo, Apolo representa la superioridad de las Artes frente a la Artesanía, representada en Vulcano, Dios romano del fuego y protector de los herreros, por ello, en esta obra Velázquez pretende elevar la pintura al nivel de la poesía y la música, distanciándola de la practica artesana, para alcanzar la altura de las Bellas Artes.

Detalle de Apolo

El tratamiento lumínico permite modelar los cuerpos con gran naturalismo y crear una progresiva gradación hacia el fondo, donde las figuras se difuminan suavemente, como el trabajador situado en el fondo del taller. A ello se suma la apertura lateral izquierda hacia un paisaje de tonos fríos, que contribuye a acentuar la sensación de profundidad espacial.

El estudio técnico realizado por el Museo revela que Velázquez manchaba desigualmente en zonas “con los mismos pigmentos, muy diluidos, como ensuciando la superficie” para conseguir un efecto de volumen ayudado por el juego de luces y sombras.

Detalle del trabajador del fondo

En la mitología griega, Vulcano es hijo de Hera y Zeus (Juno y Jupiter, en la mitología romana). Hera lo arrojó del Olimpo por tener alguna tara física, y por ello Vulcano era cojo y necesitaba muletas para caminar. Velázquez representa su cojera, con un “contraposto”, término italiano que designa la oposición armónica de las distintas partes del cuerpo, y se aplica normalmente a la figura que rompe la simetría al descansar el peso sobre una sola pierna, de manera que las caderas y hombros no están totalmente horizontales, pero la figura permanece en equilibrio, lo que sería un “Trendelemburg” en términos ortopédicos, y que proporciona cierta sensación de movimiento, y que podría representar la existencia de una artrosis de cadera (coxartrosis).

Vulcano en “contraposto” o Trendelemburg

Por Andrés Carranza Bencano

martes, 16 de agosto de 2022

 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Hallux Valgus

Andrómeda y Perseo. Rubens

Andrómeda y Perseo. Rubens. 1639/1641. Óleo sobre lienzo. 223 x 163 cm.Museo del Prado. 


Esta obra es un encargo del rey Felipe IV para el salón Nuevo del Real Alcázar. Es el último cuadro de Rubens pues le sorprendió la muerte durante su ejecución y fue terminado por Jacopo Jordaens.

Andrómeda, hija del rey de Etiopía, quiso disputar a las Nereidas el premio a la hermosura y fue atada a una roca para ser devorada, como ofrenda para aplacar la ira, por un monstruo marino enviado por Poseidón, Dios del mar. Perseo, hijo del Dios Júpiter, encontró a Andrómeda durante uno de sus viajes, la libera,  se enamora de ella y la desposó.

Rubens elige el momento en que Perseo libera a la joven y los futuros enamorados se ven por primera vez. Junto a los pies de Andrómeda el escudo de Perseo con la cabeza de medusa a la que había derrotado para liberar a Andrómeda. Un ángel alado aparece en la parte superior y detrás Cupido, Dios del Amor e Himeneo, que porta la antorcha del amor conyugal. En la parte inferior el “caballo alado” de Perseo completa la composición.

La luz se proyecta sobre Andrómeda como protagonista del óleo, cuya belleza y desnudez se destaca sobre un fondo oscuro. 


Algunos autores piensan que Rubens utilizó como modelo a su mujer, Helene Fourment, recogiendo la moda de la época al mostrarnos imágenes de mujeres “gorditas, rubias y con poco pecho”, y con determinadas deformidades o enfermedades, en este caso el Hallux Valgus con gran delicadeza.


SIMBOLISMO DEL PIE EN LA PINTURA

San Jerónimo Penitente. Cosme Tura

San Jerónimo Penitente. Cosme Tura.1474. Óleo sobre madera. 101 x557,2 cm. National Gallery. Londres

La tabla muestra al santo (ver) como un penitente en el desierto, con el cuerpo semidesnudo y la ropa desordenada, mirando al cielo al que levanta el brazo derecho, portando una piedra en la mano, con la que se supone que se ha golpeado el pecho pues de él brotan gotas de sangre.

Detalle de la mano con la piedra

En el suelo, el sombrero rojo de su condición cardenalicia y libros de su actividad intelectual, como traductor de la Vulgata, traducción latina de la Biblia.

Detalle del libro y el sombrero rojo

Detrás hay un árbol con un búho que simboliza el mal, los pecados de la humanidad y al fondo, en el lado izquierdo de la tabla pinta un puente con un fiel león, del que se ganó su lealtad al quitarle una espina de la pata, según la leyenda “Aurea”. 

Detalle del búho

Detalle del león

La luz se extiende desde la izquierda e incide fundamentalmente en el cuerpo del santo, quedando los pies en discreta penumbra mostrando la garra de sus dedos. 

Detalle de la garra de dedos
Por Andrés Carranza Bencano

miércoles, 10 de agosto de 2022

 PATOLOGIA DEL PIE EN LA PINTURA

Pie paralítico

San Hugo en el refectorio de los cartujos. Francisco de Zurbarán

San Hugo en el refectorio de los cartujos. Francisco de Zurbarán. 1635. Óleo sobre lienzo. 262 x 307 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla.


Hacia el año 1083 de la era cristiana, en algún lugar de Francia, un joven de rica familia, llamado Bruno, decidió abandonar los placeres mundanos para alcanzar la entrega a Dios, basada en el silencio absoluto, la pobreza, el trabajo, el ayuno con abstinencia a la carne, la meditación y la oración. Para ello, se retira con seis compañeros a un bosque en el área de Chartreuse, cerca de Grenoble, donde fundan un pequeño monasterio. 

El cuadro formaba parte de una trilogía en la que cada uno de los cuadros hacía referencia a una norma distintos de los cartujos, como la abstinencia, la oración y el silencio. En este caso el mensaje es el ayuno y la abstinencia de los cartujos.

La escena del cuadro cuenta el milagro acontecido a esta pequeña comunidad. Los monjes son mantenidos por san Hugo, obispo de Grenoble, que les remite periódicamente ciertas provisiones para su sustento.  Al comienzo de la Cuaresma, les envía carne y los monjes reunidos en el refectorio inician un largo debate sobre si una vida dedicada a Dios debe incluir la ingesta de carne o es mejor practicar la abstinencia.

En medio de la discusión, los siete frailes caen en éxtasis y quedan sumidos en un profundo sueño durante los cuarenta días de la Cuaresma. San Hugo envía a un page, antes de pasar por el monasterio para celebrar el Jueves Santo con los monjes. El page le comunica que ha encontrado a Hugo y a sus monjes dormidos sobre la mesa. Por lo que san Bruno envía a dos pajes más que le confirman dicha situación y se dirige personalmente al convento, escandalizándose al ver la carne sobre la mesa, siendo Miércoles Santo. En esto se despertaron los santos monjes y san Bruno pudo comprobar que no tenían noción del tiempo que había pasado. En ese mismo momento la carne de los platos se convirtió en cenizas y lo interpretaron como un mensaje divino que aprobaba la abstinencia absoluta de carne por parte de los monjes.

El cuadro estuvo emplazado originalmente en la Sacristía del Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla y actualmente se encuentra expuesto en el Museo de Bellas Artes.

En este lienzo muy enigmático, Zurbarán realiza una composición muy geométrica en tres planos, en el primero san Hugo, obispo de Genoble, y el paje; en el segundo la mesa, en “L”, cubierta con un mantel que casi llega hasta el suelo, como bodegón de naturaleza muerta formada por escudillas que contienen las comidas, dos jarras de barro, un tazón boca abajo, panes y cuchillos abandonados, guardando diversas distancias en relación al borde de la mesa;  y en el tercero, San Bruno, en el centro, y el resto de monjes saliendo de su sueño, con aspecto cabizbajo y sin prestar atención a los recién llegados, situando a uno de los monjes prácticamente fuera del cuadro, como si fuera una instantánea. Sobre la pared, como si fuera una ventana abierta al cielo, un cuadro con María con el niño y san Juan Bautista, los grandes protectores de la orden, utilizando así el recurso de un cuadro dentro de otro. A la derecha una apertura por la que se divisa la sencilla Iglesia cartuja.

Con la rigidez y envaramiento que parecen afectar a los monjes, se quiere mostrar la dignidad que traducen la paz cartujana.

Los rostros de los monjes muestran los signos de una vida de penitencia, demacrados por el ayuno, absortos por su larga meditación, reflejando el silencioso estado en el que se encuentran sumidos, asomando sus cabezas sobre los blancos hábitos, en una de las mayores genialidades creativas del pintor extremeño.

Es interesante detenerse en la vestimenta del paje pues nos sitúa cronológicamente la obra, ya que, el cuello a la italiana, el jubón de largos calzones y la menor volumetría de las calzas, se encuentran a partir de 1635.

Es magistral la armonía de grises y blancos, sólo quebrada por la colorista escena del cuadro que cuelga en la pared, con los colores vivos de las túnicas de la Virgen y san Juan. Los hábitos de los cartujos, elaborados a partir de los diferentes cromatismos de blanco, iluminan toda la escena. La luz es clara y brillante y se difunde de manera homogénea por toda la composición.



El cuadro muestra a dos figuras con patología neurológica. El paje de la izquierda, que hace reverencia al anciano con bastón, presenta un pie equino posiblemente espástico. El anciano (san Hugo) presenta una postura con extrema flexión anterior involuntaria de la columna dorso lumbar que se mantiene en bipedestación y durante la marcha. Su etiología es muy variable siendo la enfermedad de Parkinson la asociación que más frecuencia ha sido descrita en la bibliografía.