viernes, 8 de diciembre de 2023

 EL PIE Y LA PASION DE CRISTO EN LA PINTURA

CONDUCCIÓN AL SEPULCRO 

La conducción de Cristo al sepulcro. Antonio Ciseri. 

Se encuentra en un retablo de la tercera capilla del lado norte de la Iglesia de Santa María de la Asunción, en el complejo arquitectónico del Santuario de la Madonna del Sasso, en Lucarno (Suiza).

La obra representa la escena evangélica conocida como “Lamentación sobre Cristo muerto”, representando el traslado del cadáver de Cristo desde la cruz hacia el sepulcro propiedad de José de Arimatea.  

Aparecen representados ocho personajes, divididos en dos grupos. Uno es el que forman el cuerpo de Cristo, en el centro, trasladado por Nicodemo, José de Arimatea y San Juan; la Virgen María, acompañada de María Magdalena, María Salomé y María de Cleofás forman el segundo grupo, que sigue al primero.

La figura del Salvador presenta la rigidez de una persona muerta, con el brazo izquierdo sobresaliendo de la sábana y cayendo hacia el suelo. Está cubierto con el sudario, que deja descubierta la cabeza y el brazo izquierdo, tapándole el resto del cuerpo y los pies. El rostro, sereno, cae hacia el pecho, ladeado un poco a la derecha.   

Detalle de Jesús

A la izquierda de la pintura, abriendo la marcha, aparece José de Arimatea, de edad avanzada y barba oscura, vestido con túnica ocre y azul, con el pie derecho adelantado sobre la pierna izquierda. 

Le acompaña al frente del grupo Nicodemo, también de edad avanzada, barba blanca, túnica de color verde y gorro amarillo. Adelanta la pierna derecha, dejando atrás la izquierda, en un marcado contraposto.  

 

Detalle de José de Arimatea y Nicodemo

En la parte de atrás de la sábana, sujetándola por los hombros, se encuentra San Juan, de apariencia más joven, mirando hacia el espectador y vestido, según su iconografía, de verde y rojo, con el pie derecho adelantado.  

Detalle de san Juan

El grupo de mujeres es de gran patetismo. La Virgen, vestida con anchos ropajes azul y rojo, aparece en actitud exhausta, con el brazo derecho extendido en dirección al Salvador y mirada implorante al cielo.

Detalle de la Virgen

A su izquierda aparece María Magdalena, descalza y vestida de blanco y amarillo, con los hombros desnudos, cabizbaja y con el pelo cayendo, tapándose el rostro con ambas manos. 

Detalle de María Magdalena

En un segundo plano aparecen las otras dos mujeres, María Salomé, que oculta su rostro con la mano derecha, y María Cleofás, ubicada detrás de la Virgen y sosteniéndola por debajo de los brazos.

Detalle de María Salomé y María Cleofás

El fondo se aprecia vagamente un paisaje y un cielo gris, como corresponde a los textos de las Escrituras.

jueves, 7 de diciembre de 2023

 SIMBOLISMO DEL PIE EN LA PINTURA

Adoración de los Reyes. Cornelis de Vos. 

Adoración de los Reyes. Cornelis de Vos. Hacia 1630. Óleo sobre lienzo. 245 x 326 cm. Museo de Bellas Artes. Sevilla

La primera representación que se conoce de los Reyes Magos se encuentra en la capilla griega de la catacumba de Priscila de Roma, cuyos frescos están datados entre la segunda mitad del siglo II y la segunda del siglo siguiente. Está situado sobre el arco que da paso al cubículo destinado a acoger los sarcófagos de la familia de los Acilios. 


En el Museo de Bellas Artes de Sevilla, esta gran obra que presentamos ocupa un testero completo de la sala IX, y durante muchos años fue atribuida al granadino Pedro de Moya, hasta que Matías Díaz Padrón la asignó a Cornelis de Vos, en el catálogo de la exposición del centenario de Rubens en Madrid en 1977.

La composición está basada en el grabado de Lucas Vorstermann, según el original de Rubens, del Museo de Bellas Artes de Lyon.

Adoración de los Reyes. Cornelis de Vos. Hacia 1630. Óleo sobre lienzo. 245 x 326 cm. Museo de Bellas Artes. Sevilla

No se representa un humilde portal sino que la Sagrada Familia recibe a los Reyes Magos en el pórtico de un viejo edificio de traza clásica.

Detalle de la sagrada Familia

Melchor está arrodillado y descubierto, mientras que Gaspar y Baltasar se sitúan en posición de pie. 

Detalle de Melchor

Detalle de la corona de Melchor

Detalle de Gaspar

Detalle de Baltazar

En los laterales, se muestran los acompañantes de los Reyes.


Acompañante de Baltazar con la copa de su don

Detalle de personajes acompañantes

Se representan a dos perros, símbolos de la lealtad.

Detalle de los perros

El Evangelio de Mateo es la única fuente bíblica que menciona a unos magos (sin especificar los nombres, el número, ni el título de reyes), que tras seguir a una estrella, buscaban al “rey de los judíos” que ha nacido en Jerusalén:

“Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?”. (Mt 2:1-2).  “Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra” (Mt 2: 11).

 La palabra “mago” proviene del persa que significa “sacerdote”. Llegó al griego refiriéndose a una casta de sacerdotes persas o babilonios que buscaban las estrellas en su deseo de buscar a Dios. Del griego pasó al latín como “magus” de donde llegó al español como “mago”. El término “mago” se utiliza para referirse a “hombres sabios” u “hombres de ciencia” y conocedores de las Escrituras, que desde antiguo se asociaban al “mazdeísmo” (ver).

En cuanto al número, en las iglesias Sirias o de Armenia eran doce, por alusión a las doce tribus de Israel. Posteriormente, se fijaría el número de tres por el oro, incienso y mirra (el poder, la divinidad y el perfume de la muerte), los dones presentados a la Sagrada Familia y porque también eran tres los continentes (África, Asia y Europa) conocidos en la antigüedad, poblados por los tres hijos de Noé, Sem, Cam y Jafet, y por que tres eran las edades de la vida.  A finales del siglo XV, el rey Baltazar aparece con la tez negra y los tres reyes, además de representar las edades, representan las tres razas conocidas hasta la Edad Media, de tal modo que Melchor encarnará a los europeos, Gaspar a los asiáticos y Baltazar a los africanos. Ello también se relaciona con los animales, Melchor el caballo, Gaspar el camello y Baltazar el elefante. 

Con respecto a los nombres de Melchor, Gaspar y Baltazar, las primeras referencias son del siglo V, en la “Excerpta latina” en la que son llamados Melichior, Gastaspa y Bithisarea y en el Evangelio Apócrifo “Evangelio Armenio de la Infancia” donde se les llama Baltazar (rey de los árabes), Melkon (rey de los persas) y Gaspar (rey de los indios). 

La iglesia de San Apolinar Nuova de Rávena (Italia) presenta un friso decorado con mosaicos de mediados del siglo VI, que representa la procesión de las Vírgenes conducida por tres personajes vestidos a la moda persa, tocados con un gorro frígido, y en actitud de realizar una ofrenda  a la Virgen. Sobre la cabeza de estos personajes se pueden leer los nombres de Gaspar, Melchior y Balthassar, de derecha a izquierda.  

Detalle del mosaico de San Apolinar Nuevo

En cuanto a su origen, se habla de Oriente que puede referirse a la región de Babilonia, por lo que, para algunos autores, los magos podrían corresponder a los “Doctores Babilónicos de la Tradición Oral”, pero para otros autores el extremo oriente incluía todo el mundo hasta entonces conocido, y cuyo límite occidental era Tartessos, una zona que los historiadores ubican entre Huelva, Cádiz y Sevilla.

Una leyenda medieval refiere que, después de la resurrección de Jesús, el apóstol Tomás los halló en el reino de Saba y los bautizó y los consagró obispos. Después fueron martirizados en el año 70 y depositados en el mismo sarcófago. Santa Elena halló tres cuerpos coronados, y consideró que se trataría de los Reyes Magos, por lo que los trasladó a Constantinopla en el siglo IV. Posteriormente, Federico I Barbarroja, en el siglo XII, los trasladó a Colonia donde son venerados en un relicario bizantino de la catedral de esta ciudad. 


El gran simbolismo de esta obra, que presentamos, reside en la actitud de Melchor que arrodillado besa los pies de Jesús, como signo de humildad y reverencia, junto a Gaspar y Baltasar, que contemplan absortos la ceremonia.


Detalle de Melchor, sin corona, arrodillado besando los pies de Jesús Niño

El origen de la costumbre de besar los pies procede de Oriente y en el Imperio Aqueménida era la forma de venerar al Emperador de los Persas.

Tras la invasión de Alejandro Magno (331 a. C), los griegos traen esta costumbre a Occidente, consolidándose en el Imperio Romano como forma de veneración al Emperador. 

Esta costumbre se mantuvo en el Imperio Romano de Oriente o Bizantino hasta su caída en 1453.

Esta forma de mostrar respeto se daba igualmente en la Edad Media, pues los vasallos juraban fidelidad a los nobles. 

En el Occidente Medieval, el Papa Constantino I introdujo esta costumbre en el ceremonial pontificio en el año 709, para jurar obediencia al Papa, pero esta costumbre fue abolida por San Juan XXIII en los años 50 del siglo XX. 

Así, en la época de Jesús era una tarea que se consideraba humillante y que solo la realizaban los esclavos o los sirvientes y Cristo la convirtió en una señal de humildad cuando, en la última Cena, besó los pies de los Apóstoles, luego de lavárselos.

El Beato Papa Pablo VI, el 14 de septiembre de 1975, recibió al Patriarca Melitón de Calcedonia, en representación de toda la Ortodoxia, y tras abrazarlo se arrodilló y le besó los pies en señal de humildad y reverencia para toda la Iglesia Ortodoxa.  

miércoles, 6 de diciembre de 2023

 EL PIE Y LA PASION DE CRISTO EN LA PINTURA

DESCENDIMIENTO 

El descendimiento de la Cruz. Rogier van der Weyden. 

Se pintó, antes de 1443, para la capilla de Nuestra Señora de Extramuros de Lovaina,  fundada en el siglo XIV por el gremio de ballesteros, vendida en 1789 y demolida poco después. 

En honor a dicho gremio, el artista incluyó las dos pequeñas ballestas que cuelgan en la tracería de las dos esquinas mayores de la tabla.

La regente de los Países Bajos María de Hungría, hermana de Carlos V, canjeó la pintura original por un órgano y una réplica de la original, pintada por Michel Coxcie, para su palacio de Binche en 1549, y posteriormente la donó a su sobrino Felipe II que la tenía en la capilla del Pardo en 1564.

El pintor Juan Fernández Navarrete (Navarrete el Mudo) creo, por encargo de Felipe II,  dos alas o postigos en grisalla que devolvieron a la obra su estado general de forma de tríptico, aunque se perdieron posteriormente, al igual que los originales.

En 1567, Felipe II encargó a Coxcie una nueva replica para el Pardo mientras el original se enviaría al Monasterio de El Escorial. Actualmente, esta copia pertenece al Museo del Prado y está cedida en depósito al Monasterio del Escorial.

En 1936, al estallar la Guerra Civil Española fue trasladada desde el Monasterio de El Escorial al Museo del Prado. En febrero de 1939 fue llevada a Ginebra junto a otras obras del Museo. Afortunadamente, al terminar la guerra fue devuelta al Museo del Prado donde fue incluida, en 1943, por decreto del gobierno de Franco. Actualmente, permanece en este último Museo bajo la fórmula jurídica de depósito temporal renovable, cuya última actualización es de 1998. 

Esta obra ha sido objeto de innumerables copias. Así, en 1430 un pintor desconocido realizó una réplica para la capilla de una familia de Lovaina, en la Iglesia de san Pedro, que actualmente está en el Museo M de Lovaina, y existe una copia española, que aportó Leonor de Mascareñas en 1563 al fundar el convento de Nuestra Señora de los Ángeles de Madrid, que pasó al Museo del Prado tras la desamortización de Mendizábal, y que actualmente se exhibe en depósito en la Capilla Real de Granada.  

La obra tiene forma rectangular, con un saliente en el centro de la parte superior y encaja un gran número de personajes en una tabla de dimensiones no muy grandes, estipulada por el comitente.

La obra incluye en una sola escena dos episodios, “el Descendimiento de la Cruz” y “el Espasmo de la Virgen María”, que según el texto apócrifo conocido como “Las Actas de Pilato”, realmente habría ocurrido cuando María vio a Jesús en la Vía Dolorosa, pero se prefirió representarla junto a la Cruz (Stabat Mater), según el evangelio de san Juan.

El fondo es liso, de color dorado, semejando un tablero, con lo que las figuras parecen esculturas policromadas. Este fondo de oro simboliza la eternidad y es propio de lo divino.

En primer término y en la parte inferior de la composición hay un pequeño fragmento de paisaje, un pequeño matorral con una calavera y un fémur que podría aludir a la vida después de la muerte.


Detalle de la calavera y el fémur

Jesús aparece con el cuerpo pálido y en estado de absoluta relajación, como corresponde a su muerte inmediata, sin signos de la flagelación.


Detalle de Jesús

La cabeza muestra la corona de espinas con el sangrado de la frente. Curiosamente solo presenta una barba incipiente y cerrada que debe entenderse como crecida durante los días de tormento. Los ojos cerrados.


Detalle del rostro de Jesús

De la herida del costado mana sangre que desciende hasta la cara interna del muslo y el paño de pureza es tan transparente que permite ver a la sangre fluyendo por debajo pero sin llegar a mancharlo. 


Detalle de la sangre de la herida del costado y el paño de pureza

El cuerpo de Jesús es bajado de la cruz por tres hombres. El más joven, que parece un criado, tiene los dos clavos sanguinolentos que han quitado de las manos de Cristo   y va vestido con un pañuelo blanco, unas medias también blancas y una casaca de damasco azul claro. 


Detalle del hombre joven

El de más edad es probablemente Nicodemo, fariseo y jefe judío (Juan 3: 1-21; 7: 50). 

Detalle de Nicodemo

La figura que viste de dorado es probablemente José de Arimatea, el hombre rico que consiguió que Pilato le entregasen el cuerpo de Cristo y lo enterró en un sepulcro nuevo que reservaba para sí (Mt 27, 57-60). Destaca la tristeza de su rostro lleno de lágrimas.


Detalle de José de Arimatea

Detalle del rostro de José de Arimatea

José de Arimatea y Nicodemo sostienen el cuerpo exánime de Cristo con la expresión de consternación a que obliga el fenómeno de la muerte.

El hombre barbado y vestido de verde que está detrás de José de Arimatea es probablemente otro criado, que lleva en sus manos el tarro que contendría el perfume de nardo, auténtico y costoso con que Magdalena ungió los pies de Jesús (Juan 12: 3). Su postura está forzada para que su pie derecho y el ribete de piel de su vestido oculten en parte un larguero de la escalera. 


Detalle del hombre con el tarro en sus manos

La Magdalena es representada en el lado derecho con las manos entrecruzadas y los pies cruzados apoyándose en el lateral de la caja dorada para mantenerse de pie, con el cuerpo doblado y una gran expresión de dolor.

Lleva un cinturón que simboliza la virginidad y la pureza. Este cinturón se encuentra alineado con los pies de Cristo y la cabeza de la Virgen, y en él aparece una inscripción que hace referencia a ambos: IHESVS MARIA. 


Detalle de Magdalena

A la izquierda, la Virgen se ha desvanecido y ha caído al suelo en una postura que repite la del cuerpo muerto de Cristo. Tiene los ojos en blanco, entrecerrados. Las lágrimas resbalan por su rostro, y junto a la barbilla una de ellas está a punto de gotear.

En su posición alarga la pierna izquierda, de manera que el pie y el manto esconden la base de la cruz y uno de los largueros de la escalera.


Detalle de la Virgen

Detalle de la cara de la Virgen

La Virgen es sujetada por San Juan Bautista, ayudado por una mujer vestida de verde que es probablemente María Salomé, hermanastra de la Virgen y madre de Juan. La mujer que está situada detrás de Juan puede ser María Cleofás, la otra hermanastra de la Virgen, de la que destaca el ojo lacrimoso.


Detalle de san Juan, la Virgen y dos Santas mujeres

Detalle de las lágrimas de María de Cleofás

Finalmente destacamos el pie cavo de San Juan.

Detalle del pie de San Juan

lunes, 4 de diciembre de 2023

 EL PIE Y LA PASION DE CRISTO EN LA PINTURA

SABANA SANTA

Crucifixión.

El suplicio de la cruz es de origen oriental y los, griegos, egipcios y romanos lo recibieron de los fenicios, persas, asirios y caldeos.

Si bien Alejandro Magno heredó tal práctica de los persas, quienes la emplearon sistemáticamente en el siglo VI a.C., se cree que fueron los fenicios los que la introdujeron en la capital del imperio itálico tres siglos después.

Otros académicos postulan que fueron los cartagineses los referentes que inspiraron a los romanos en este modo de ajusticiamiento, creencia compartida con Gualdi y el resto de investigadores, quienes consideran que los romanos la usaron durante casi un milenio hasta que el emperador Constantino la prohibió en el siglo IV d.C.

Constituye la forma de muertes más inhumana, suplicio infamante (servile suppliciun), por lo que el imperio romano la reservaba para los peores criminales, los esclavos, los extranjeros, los prisioneros de guerra, los enemigos del Imperio.

De aquí, la reticencia de Poncio Pilato a condenar a Jesús, sobre todo porque tenía que hacerlo bajo la ley imperial, cuando Jesús era judío sin ciudadanía romana, y porque los judíos no tenían potestad jurídica para aplicar la pena de muerte.

Tras la flagelación, Jesús tuvo que caminar un poco más de medio kilómetro (entre 600 a 650 metros) para llegar al lugar del suplicio, cuyo nombre en arameo es Golgotha, equivalente en hebreo a Gulgolet que significa “lugar de la calavera”, ya que era una protuberancia rocosa, que tenía cierta semejanza con un cráneo humano, hoy se llama Calvario por la traducción latina.

Los esclavos crucificados. Lugar de ejecución en la antigua Roma. Bronnikov, Fyodor. 1878. Óleo sobre tabla.  Galería Tretiakov. Moscú

"Y le condujeron al lugar del Gólgota, que quiere decir: "Lugar de la Calavera". Le dieron vino con mirra, pero Él no lo tomó. Y lo crucificaron, y repartieron sus ropas, echando a suertes sobre ellas para ver qué se llevaría cada uno. Eran las nueve de la mañana cuando lo crucificaron. (Mc 15: 22-25).

Así, llegado al lugar de la crucifixión, el reo era desatado del patibulum y a Jesús le arrancaron la túnica que tenía pegada al cuerpo, por lo que todas sus heridas se volvieron a abrir y sangrar, con el dolor consiguiente.


Y como era costumbre sería crucificado desnudo, como burla y porque a su muerte los reos eran arrojados a una fosa común.

Ninguno de los cuatro evangelios canónicos cuenta cómo transcurrió la Crucifixión, por lo que la Tradición puede tener un valor para conocer la Historia Sagrada.

Normalmente la crucifixión era realizada por un grupo experimentado de cinco personas, un centurión (exactor mortis) a cargo de cuatro soldados (el quaternio).

Para clavarle las manos, el reo era tendido de espalda, en decúbito supino (boca arriba), con los brazos y las manos extendidas, haciendo coincidir el dorso de las manos con los extremos del patibulum.

Los clavos utilizados eran los llamados “clavitrales”, de sesenta gramos de peso, empleados en la construcción. Eran de forma piramidal, con esquinas dentadas o rugosas y de cabeza cupular o acampanada, lo cual aseguraba la fijación al madero, al ensancharse los orificios de las manos y los pies por el peso del crucificado. Al tener un centímetro de diámetro, y entre 13 y 18 centímetros de longitud, le permitía sobresalir por detrás de la cruz, como aseguraba en su día la beata agustina Ana Catalina Emmerick.

La Biblia contempla la fijación en las palmas de las manos, como vemos en este cuadro de Campi Vicenzo, que además está representado con la cruz completa, no solo el patibulum.

Cristo clavado en la Cruz. Campi, Vincenzo. 1577. Óleo sobre lienzo. 2120 x 141 cm. Museo del Prado. No expuesto (ver)

Detalle del enclavamiento de la mano derecha

Una vez que el cuerpo era fijado al “patibulum”, este era izado, con ayuda de cuerdas o escaleras, hasta encajar en el “stipes” o madero vertical, que estaba ya plantado de antemano. 

Elevación del patibulum para fijarlo al estipe

Aunque en nuestras manifestaciones artística es la cruz completa la que es izada, como vemos a Rubens.


Finalmente, los pies eran clavando al estipe, igualmente, con un clavo de hierro, a través del primero o segundo espacio intermetatarsiano.

Una cuestión controvertida y discutible es la utilización de un solo clavo o un clavo para cada pie.

San Cipriano que, más de una vez había presenciado crucifixiones, habla en plural de los clavos que traspasaban los pies. San Ambrosio, San Agustín y otros mencionan expresamente los cuatro clavos que se emplearon para crucificar a Jesús.

Igualmente, en nuestras representaciones pictóricas se contemplan las dos opciones.

Como vemos entre Murillo y Juan Lievens


El stipes poseía a veces un saliente a la altura de las nalgas para que el reo pudiese sentarse o apoyarse en él, se denomina “sedile o corne”, y permitía tener un punto de apoyo para mejorar la respiración, y otro saliente de madera bajo los pies, que se denomina “subpedale”, como podemos apreciar en el "Cristo Crucificado" de Goya. 


Sedile


Subpedale

Una vez crucificado, para poder respirar (y mantener su nivel de 02 en sangre en niveles bióticos) tiene que pasar de la espiración a la inspiración mecánicamente, 20 o 30 veces por minuto.

En la espiración, el cuerpo se relaja y se apoya en los pies. Se flexionan las rodillas y se apoyan los glúteos en el stipe. El cuerpo se desplaza hacia abajo, y queda colgado de los brazos, con un ángulo de 65º con respecto a la horizontal. El plexo braquial y el paquete vascular se estiran, lo que provoca más dolor. 


Esquema de Plexo Braquial

En esa postura, las manos soportan el peso del cuerpo, aunque éste descarga parte del peso en los pies. Los clavos desgarran los tejidos, aumenta la elongación de los nervios implicados y la sensación dolorosa. La cabeza cae, en flexión.


Momento de la espiración. Los brazos colgando en ángulo de 65º dejando suspender de las manos, la cabeza en flexión, las nalgas apoyadas en el “stipe”, las rodillas en flexión y de nuevo apoyo en los pies clavados en la cruz. 


Para realizar la inspiración, el reo tiene que apoyarse en los pies, extender las rodillas y separar las nalgas del "stipe" para subir el cuerpo, girando las manos sobre los clavos y extendiendo la cabeza hasta tocar el madero. 

En el momento de la inspiración, además, tiene que inclinarse hacia el lado derecho, flexionar el codo 90º y tirar desde la mano derecha con el antebrazo casi verticalmente, para mejorar la capacidad de palanca del brazo y el volumen del hemitórax derecho. 

De esta manera, los regueros de sangre del antebrazo derecho, procedentes de la mano, recorrerán toda su longitud, mientras que los del brazo izquierdo serán menores, porque ese antebrazo estará casi horizontal respecto al suelo, y la sangre caerá directamente, sin tener recorrido longitudinal.

Postura de inspiración. El brazo derecho en flexión a nivel del codo para poder hacer más fuerza y elevarse en la cruz, la cabeza en extensión, rozando la nuca con el “stipe”, contacto mayor de la columna dorsal, aumento de la ensilladura lumbar, separación de las nalgas del “stipe”, rodillas más extendidas y apoyo en ambos pies.

 

Este ascenso y descenso en la cruz para poder respirar significa que se hace continuamente un giro, tanto de las manos como de los pies, entorno a los clavos, con el consiguiente dolor.

Dibujo comparativo de las posturas del crucificado en inspiración y espiración, mostrando la rotación de las manos sobre el clavo. En el lado derecho, al estar el antebrazo en posición vertical, la sangre de la mano discurre por dicho antebrazo.


Pero, cuando se quería terminar con la vida del reo, se procedía a romper los huesos de las piernas (“Crurifragium”), con lo que, al no poder apoyarse en el sedile o en los clavos de los pies, no podía realizar los movimientos respiratorios.  

Esta maniobra se ejecutaba golpeando fuertemente el muslo (Femur) o la pierna (Tibia) del reo con un "crurifragium", que era un mazo metálico con una cabeza que pesaba entre uno y seis kilogramos.

Realización del "crurifragium"

Así, las piernas de los ladrones fueron fracturadas, pero al observar que Jesús ya estaba muerto, renunciaron al "crucifragium", y uno de los soldados le traspaso el pecho con una lanza, con lo que se cumplían las profecías de las Escrituras: “No será quebrado hueso suyo (Éxo 12:46) “Miraran al que traspasaron” (Zac 12:10).

Según el Evangelio Apócrifo de Nicodemo 10:5 (conocido como “Actas de Pilato”), este soldado se llamaba Longinos, que en arameo y en griego significa "lancero".

“Y un soldado, llamado Longinos, tomando una lanza, le perforó el costado, del cual salió sangre y agua” (Jn 19:34).  

El escritor y astrólogo alemán Luis de Whol, en su novela “La Lanza” identifica al soldado como Cayo Casio Longinos. 

Pero, no se determina si la lanzada la realizó estando de pie o montado a caballo.

Jesús es atravesado en un costado por la lanza de un soldado romano.  Fray Angélico (1346-1440). Fresco. Monasterio del convento Dominico de San Marcos. Florencia. (ver)


La lanza romana, o "pilum", tenía de unos dos metros de largo, estaba formada por un largo eje de hierro, de unos 60 centímetros, con punta piramidal y cola plana. El eje de hierro se encajaba por su cola en una ranura del mango, de 120 cm., que era de madera y se sujeta con tres remaches.

Tipo de lanzas romanas


La lanzada la propinó Longinos en el hemitórax derecho del crucificado. Un golpe típico de legionario romano, pues el enemigo solía protegerse el lado izquierdo con el escudo.

Longinos sufría una infección en los ojos que lo había hecho "bizco", pero de la herida de Jesús, empezó a manar sangre y agua que salpicaron el rostro de Longinos, que inmediatamente dejó de ser "bizco".  Se convirtió al cristianismo, murió mártir, fue hecho santo, su cuerpo se encuentra, enterrado en la iglesia de San Agustín de Roma y en la Basílica de San Pedro se levantó una estatua de Bernini.


El doctor Barbet, en sus estudios, nos indica que: "La lanza del soldado se deslizó por encima de la sexta costilla, atravesó el quinto espacio intercostal y encontró en su ruta primero la pleura, y luego el pulmón derecho. Si el soldado hubiera impulsado su lanza en dirección casi vertical, se habría hundido en los pulmones, habría desgarrado unas cuantas venas y habría brotado, solo sangre, no un chorro de sangre y agua. No cabe duda que el golpe de lanza fue dado en dirección casi horizontal. La cruz no podía estar muy alta, o tal vez el lancero blandió la lanza en alto o descargó el golpe a caballo. La punta, pues, penetró por el pulmón derecho y alcanzó el corazón, envuelto en el pericardio, atravesando dicho pericardio y la aurícula derecha. Y esta aurícula, que conecta hacia arriba con la vena cava inferior, se halla siempre llena de sangre líquida en cadáveres recientes, pues la parada del corazón es siempre en diástoles (expansión). Si, en cambio, la lanza se hubiese dirigido más hacia la izquierda, habría desgarrado los ventrículos que, en los cadáveres, están vacíos de sangre".

Esquema de la lanzada penetrando en aurícula derecha

Así, puede explicarse la salida de sangre y agua que refiere el evangelista: “Al atravesar el costado, la lanza llegó hasta la aurícula derecha, donde había aún sangre líquida, porque es allí donde permanece por algunas horas en los cadáveres recientes. Al abrir la lanza la aurícula y aun cuando el corazón tuviera presión cero, por estar parado, la sangre brotó con fuerza debido a la gravedad, por la posición colgada del cuerpo. Primero, la sangre debió brotar empleando como guía el hierro de la lanza, pero inmediatamente después el pulmón se retrajo, exprimiendo el líquido del edema, y el espacio pleural se vació, empujando la sangre.

Finalmente, "Cuando hubo tomado el vinagre, Jesús dijo: "Está cumplido", e inclinando la cabeza, entregó el espíritu" (Jn 19: 30). 

Así, Jesús murió cerca de las tres de tarde del día 14 del mes de Nisán. 


La Sábana Santa vuelve a tener aquí ese significado de "Quinto Evangelio", ya que podemos encontrar en ella todas las lesiones provocadas durante el proceso de la crucifixión.

Imagen de la Sabana Santa donde se señalan las distintas áreas


Óleo de Francisco Trigueros

Manos. Podemos observar las manos cruzadas y uno de los brazos horadados, pues el otro brazo está medio oculto debajo del primero, a nivel de la muñeca.

De estas manchas se puede deducir que al hombre de la Síndone le colocaron los clavos a través del carpo. 


Positivo de la Sabana Santa señalando el área de las manos

Detalle del negativo frontal de la Síndone, en la zona de las manos con la herida del clavo, comparado con el óleo de Francisco Trigueros realizado a partir de ese negativo.


Hay cuatro hipótesis sobre la situación de los clavos en las manos:

Según el doctor Pierre Barbet, el clavo entraría por el teórico espacio de Destot, entre los huesos semilunar, piramidal, ganchoso y grande.

Para el doctor Frederick Zugibe, el calvo penetró entre el segundo metacarpiano, y los huesos trapecio y grande, atravesando el ligamento anular del carpo y lesionando el nervio mediano.

El doctor Lagraña y colaboradores plantea la opción de penetración entre los huesos escafoides, semilunar y grande, atravesando igualmente el ligamento anular del carpo, debajo del cual se encuentra el nervio mediano, tanto su tronco como su rama motora y el inicio de las ramas sensitivas.

También existe la posibilidad de que el clavo penetrara por la muñeca, entre cubito y radio, que sería un punto de anclaje más sólido, con lesión del nervio mediano y evitando la fractura ósea, cumpliendo las profecías de las Escrituras: “No será quebrado hueso suyo (Éxo 12:46) “Miraran al que traspasaron” (Zac 12:10).

Esquema y radiografía de la muñeca


Esquema mostrando las estructuras anatómicas de la muñeca

Observando atentamente la impronta de las manos en la Síndone, vemos que la mano izquierda está apoyada, como "agarrada", a la muñeca derecha, y que solamente puede reconocerse que el pulgar está "escondido" detrás.

Si el nervio mediano o la rama nerviosa que realiza la oposición del dedo pulgar hubieran quedado paralizados, éste no se opondría al resto de los dedos, simplemente dejaría de funcionar y la mano, pasivamente, adoptaría naturalmente esta postura.

Pero la lesión del mediano no es solo motora sino también sensitiva, por lo que provoca gran dolor en los dedos, pero sobre todo en la zona tenar de la palma de la mano, donde nace el pulgar.

Además, las zonas donde se produjeron aquellas heridas de clavo están muy vascularizadas, por lo que la hemorragia es profusa. 

Esquema arterio-venoso de muñeca y mano

¿A qué se debería, por tanto, la situación de los clavos en las obras de arte, reflejadas en las palmas de las manos? sin duda, siguiendo las palabras inspiradas por el rey-profeta David: “Han taladrado mis manos”. En las lenguas semíticas (como el arameo) no existe un término que designe la muñeca. En hebreo, la muñeca se engloba en la palabra “Yad” (mano). El griego posee el sustantivo “Karpos” y “Jeir” para la mano. La traducción de Yad por Jeir ha dado pie al error de toda la iconografía cristiana sobre la crucifixión.

Costado. La herida del costado tiene una forma elíptica del mismo diámetro que una lanza romana: 4.5 cm x 1.5 cm. En las manchas de sangre del costado de la Síndone se distinguen muy bien los bordes de la herida, que se aprecian abiertos, sin retractilidad, indicando que fue realizada en un cuerpo sin vida.

Reproducción en el cadáver de la herida del costado. No hay retracción de los bordes (Juan Delgado Roig)

La herida está parcialmente oculta por una gran cantidad de sangre, pero los investigadores del equipo norteamericano STURP exploraron la Síndone en 1978, lo que les permitió determinar que aquella mide 4,5 centímetros de longitud y 1,5 cm de anchura.

En fotografías de ultravioleta se pudo comprobar, por su emisión fluorescente, que la herida fue posterior a la muerte, porque las células sanguíneas, hematíes sobre todo, estaban "separadas" del suero. La mancha abarca desde el quinto espacio intercostal, unos seis centímetros hacia arriba y 15 centímetros al menos hacia abajo, aunque parte de la mancha se perdió en el incendio de 1532, y quedaría hoy bajo las quemaduras triangulares que hay en su frontera lateral.

Mancha de sangre en el costado derecho. La mancha esta, en parte, tapada por la quemadura triangular del incendio de Chambery

Detalle de la mancha de sangre llamada "cinturón lumbar" en la Síndone, en relación con el sangrado de la herida del costado

El prof. Miñarro, imaginero y especialista en la Sabana Santa  sugiere que la lanza atravesó el cuerpo por existir una mancha de sangre en la espalda, en relación con una pequeña herida paralela a la del pecho, con lo que se cumpliría las escrituras “Miraran al que traspasaron” (Zacarías 12:10).

Detalle de la hipótesis del Prof. Miñarro de la existencia de un orificio de salida de la lanza por la espalda, en el cuerpo yacente del Museo de la Pasión de cabra (Prof. José Manuel Miñarro)


Pies. En la Sabana no hay signos de la existencia de "Sedile" ni "Subpedaneo", por lo que los pies fueron fijados directamente sobre el palo vertical o "stipe".

El pie derecho ha marcado sobre la Síndone su huella completa, mientras que del izquierdo sólo se marca el talón y la parte central, y los dedos no aparecen. Esto nos indica que el pie izquierdo estuvo clavado sobre el derecho, de tal modo que al hombre de la Síndone le clavaron los pies directamente sobre el stipes, el izquierdo cruzado sobre el derecho, con un solo clavo, como nos muestra Francisco Trigueros en este óleo.

Fotografía de la zona correspondiente a los pies de la Síndone.  Detalle del negativo frontal y dorsal de la Síndone donde son visibles las manchas de sangre en la planta de ambos pies, mucho más abundantes en la planta derecha. Óleo de Francisco Trigueros a partir del negativo de la Síndone


Podemos suponer, que sobre el pie derecho, sujeto por las manos de un soldado, le colocaron el izquierdo. Las piernas están paralelas, y para que coincida un pie sobre el otro por delante del tobillo, tienen que rotar el derecho hacia dentro suavemente. De esa manera el clavo puede atravesar los dos pies a la vez.

Pero, para colocar la planta del pie paralela al stipe es necesario poner el pie “de puntilla” (en equino), lo que exige la flexión de la rodilla, especialmente la izquierda, y precisamente en la Síndone se observa claramente el hecho de que, estando ambas rodillas en flexo discreto, éste es mayor en la rodilla izquierda, al estar el pie sobre el derecho. Por ello aparece en la Síndone la pierna izquierda algo más corta que la derecha.

El clavitral debió entrar primero por el pie izquierdo, en el espacio que existe entre el segundo y tercer hueso metatarsiano, muy cerca de la articulación de Lisfranc (tarso-metatarsiana). Su punta salió por la planta y, en el pie derecho, dada la postura, lógicamente debió atravesar el primer espacio inter-metatarsiano, que se encuentra debajo, aunque en posición más distal, hacia la punta del pie.

Esquema y radiografía de la posible introducción de los calvos por el espacio intermetatarsiano


En ambos pies las heridas interesaron los vasos superficial y profundo del arco plantar o cualquiera de sus ramas terminales, de igual forma, fueron afectados los nervios sensitivos de las últimas ramas de los nervios ciáticos poplíteos, externo e interno.

Esquema arterial y venoso del pie

Genéricamente, hasta hace poco era comúnmente aceptado en Sindonología que la muerte de Jesús la provocó la asfixia que sufrió en la cruz, sobre todo por el fallo de la mecánica respiratoria, a causa de la postura. Esta teoría fue postulada por el doctor Pierre Barbet en 1932.

El doctor Frederick Zugibe ha practicado experimentos en sujetos de 20 a 35 años, a los cuales "crucificó" (suspendió de una cruz), para que se mantuvieran en la postura en que Cristo murió, durante 5 a 45 minutos.

Experimentos del doctor Zugibe con voluntarios jóvenes, de edad entre los 20 y 35 años, para conocer los efectos de la crucifixión (ensayada de forma incruenta)


Para Zugibe, Jesús murió de un shock traumático irreversible fundamentalmente hipovolémico, es decir, a consecuencia de la pérdida masiva y continuada de sangre, sobre una insuficiencia respiratoria provocada por su postura en la cruz y un hemotórax derecho de entidad importante, junto a una insuficiencia renal y un gran trastorno metabólico. Esto es, la muerte de Jesús se debió a un "fallo multi-órgano".